Mucho más que unas alcaldías


Angel Prado camisa amarill
Ángel Prado, de la Comuna El Maizal, candidato a alcalde por el municipio Simón Planas, estado Lara

En ocasión de las elecciones municipales del 10 de diciembre, comuneros y militantes revolucionarios vinculados estrechamente con algunas de las más importantes iniciativas de organización comunal del país han sido postulados como candidatos a alcalde. Es el caso, entre otros, de Ángel Prado, de la Comuna El Maizal (Simón Planas, Lara); Augusto Espinoza, de la Comuna Cajigal (Cajigal, Sucre); Jesús Silva, de Alexis Vive e impulsor de los Panalitos por la Patria (Morán, Lara); y José María “Chema” Romero, de la Corriente Revolucionaria Bolívar y Zamora, involucrado en la construcción de la Ciudad Comunal Simón Bolívar (Páez, Apure).

Aunque no puede hablarse de un fenómeno masivo, sin duda alguna es un hecho profundamente significativo, por varias razones.

Siempre existió una relación de tensión entre Comunas y alcaldías. Salvo excepciones, como la del municipio Torres en el estado Lara (primero con Julio Chávez y actualmente con Édgar Carrasco), quienes asumen funciones de gobierno a escala municipal tienden a ver con recelo los espacios donde tienen lugar iniciativas de autogobierno popular, incluso si se trata de un modesto consejo comunal. No es una tensión cualquiera: en ningún otro nivel se expresa de manera tan clara el choque entre las lógicas políticas representativa y participativa. Diríase que el estremecimiento político que es la revolución bolivariana tiene su epicentro allí: estas lógicas políticas hacen las veces de fallas tectónicas, en constante desplazamiento. El chavismo no es otra cosa sino el sujeto político que encarna el esfuerzo histórico que da origen a este estremecimiento. No obstante, en nombre de la necesaria estabilidad, la falla representativa ha venido acomodándose sobre la participativa, lo que irónicamente podría estar preparando el terreno para el derrumbe de todo lo que hemos construido.

Conozco muchos casos de alcaldes poniendo todo su empeño en frustrar estas experiencias comunales, atacando sus liderazgos, en quienes ven competidores más que compañeros de lucha, en ocasiones intentando cooptarlos, casi siempre negándoles cualquier apoyo, y me consta que al menos hasta hace muy poco la abrumadora mayoría de estos liderazgos nunca se tomó en serio la posibilidad de aspirar a candidatura alguna. Esto último porque la Comuna permitía aspirar a otra cosa: a sentar las bases de otra política, a construir una nueva institucionalidad, sobre cimientos radicalmente democráticos, participativos, protagónicos. La Comuna permitía (y permite) aspirar colectivamente, y cualquier legítima aspiración personal se subordinaba al anhelo de los iguales, de los comunes, de quienes nos hacen ser lo que somos y sin los cuales no somos nadie.

Esto recién comenzó a cambiar, me parece, con la convocatoria que hizo el presidente Nicolás Maduro a elegir una Asamblea Nacional Constituyente, incluyendo constituyentes del “sector” consejos comunales y Comunas, circunstancia que “obligó” a nuestra clase política, demasiado proclive a la lógica representativa, a ceder espacio a un sujeto que, hay que insistir en este punto, suele ser visto como una amenaza, en lugar de como corresponde: como lo más avanzando del experimento político bolivariano. Y “obligó”, igualmente, a una parte del liderazgo comunero a dar un paso al frente, no solo para destrancar el juego político, sino para ir creando las condiciones que nos deben permitir la urgente renovación de la clase política chavista, como lo llegó a plantear entre líneas, en varias ocasiones, el mismo Presidente.

De los cuatro compañeros que mencioné arriba, solo uno de ellos cuenta con el respaldo “oficial” del Partido Socialista Unido de Venezuela. Pero detrás de los otros tres no está un puñado de partidos intentando pescar en río revuelto, y si así fuera, sé que los compañeros sabrían mantenerlos a raya; detrás de ellos están miles y miles de personas que siguen apostándole a la revolución bolivariana en tanto que posibilidad de practicar otra forma de hacer política, esa que aprendimos con Chávez.

Es normal que liderazgos de esas características sean tan rechazados por quienes han convertido al Partido Socialista Unido de Venezuela en sinónimo de sectarismo y burocratismo, imponiendo “liderazgos” severamente cuestionados por el pueblo. Esto no debe amilanarnos: no tenemos otra alternativa que seguir luchando para poner las cosas en su sitio.

En el caso específico del constituyente Ángel Prado, de la Comuna El Maizal, son muchos los obstáculos que debió sortear para lograr ser inscrito como candidato a alcalde de Simón Planas, en Lara, a pesar de contar con el respaldo mayoritario del pueblo. Ahora, el Consejo Nacional Electoral regional le ha comunicado que hasta tanto no tenga el permiso de la directiva de la Asamblea Nacional Constituyente, no podrá hacerse efectiva su candidatura. Estoy seguro de que esto nada tiene que ver con el hecho de que Ángel Prado no sea el candidato “oficial” del chavismo. Nadie sería tan torpe como para desconocer de tal manera la voluntad de las mayorías, y de paso poner en cuestión algo que tanto nos ha costado: la credibilidad en el árbitro electoral.

Lo que está en juego es mucho más que unas alcaldías. Algo más está pasando. Es el piso de la patria el que se está estremeciendo, lo que quiere decir que ella sigue viva, que no han logrado sepultarnos.

Más allá de los partidos. En solidaridad con Ángel Prado


Angel Prado

Más allá de los partidos hay un vasto y extraordinario universo de pueblo politizado con Chávez. El mismo que fuera convocado el 1 de mayo por el presidente Nicolás Maduro para que hiciera posible la Constituyente.

Ese pueblo eligió a Ángel Prado, comunero de El Maizal, su constituyente por el municipio Simón Planas, en el estado Lara, con el ochenta por ciento de los votos. Y ahora decidió que debe ser su alcalde.

Desconociendo la voluntad popular, el PSUV decidió otra cosa. En respuesta, el pueblo de Simón Planas recogió nueve mil firmas e inscribió a su candidato. Solo hacían falta mil trescientas. Pero no contaba con un obstáculo: Ángel Prado no tiene el respaldo formal de un partido.

Precisemos: el comunero es el candidato de la mayoría de los militantes del PSUV en el municipio. Pero no tiene el respaldo formal del partido en el que militan. Por tal motivo, parece que Ángel Prado no podrá ser candidato.

Valga acotar que el pueblo de Simón Planas no quiere a Ángel Prado en la alcaldía porque ya no le importe la Constituyente. Todo lo contrario: tiene la esperanza de que el proceso constituyente le permita recuperar ese espacio y ponerlo al servicio de la gente.

En Simón Planas no hay una disputa entre partidos que pone en riesgo la unidad revolucionaria. Lo que se expresa es exactamente el mismo conflicto histórico que hizo posible la emergencia del chavismo: ese que enfrenta a una clase política inmensamente corrompida, como la que ahora mismo ocupa la alcaldía, con la inmensa mayoría del pueblo. Con el agravante de que esta clase política corrompida se hace llamar chavista.

No hay disputa entre partidos en Simón Planas. Como en todas partes, el pueblo está harto de las disputas entre partidos. Lo que hay es pura iniciativa popular. Iniciativa popular que, en términos estrictamente electorales, asume la forma de iniciativa propia.

Es la iniciativa propia de los iguales, de los comunes, disputándose los espacios con la iniciativa ajena de un reducido grupo de políticos corrompidos que tiene el poder del partido, y lo ejerce contra el extraordinario y vasto universo de pueblo politizado con Chávez.

El mismo que hizo posible la Constituyente.

Rebelarnos, ser mejores. A Kléber Ramírez, veinticuatro años después del 4F


Kléber Ramírez

Veinticuatro años después de la gesta patriótica del 4F, es oportuno traer a la memoria la figura de Kléber Ramírez, poco conocida para las nuevas generaciones, aun cuando desempeñó un papel de primer orden en los inicios de la revolución bolivariana.

A mediados de noviembre de 1991, cuenta el mismo Ramírez en el prólogo de su “Historia documental del 4 de Febrero”, “en una reunión presidida por el comandante Hugo Rafael Chávez Frías con un grupo de civiles… se decidió crear una comisión redactora de los documentos fundamentales para la instalación del nuevo gobierno”. Ramírez recibió la encomienda de encabezar tal comisión.

Apenas un par de meses antes había terminado de redactar su “Programa general para el nacimiento de una nueva Venezuela”. Se trataba de un documento escrito al calor de los preparativos de la rebelión. Hacía un año que mantenía estrecho contacto con los líderes del movimiento, lo que le permitía estar al tanto de lo que estaba por acontecer. Eventualmente, imaginaba su autor, el “Programa” contribuiría a legitimar, en el plano de las ideas, y en el campo civil, la insurgencia de los militares bolivarianos.

La comisión definida en noviembre de 1991 no funcionó, y todo el peso recayó sobre Ramírez. En la medida en que los redactaba, los borradores circulaban entre los comandantes y algunas otras personas, recibía las observaciones y hacía las respectivas correcciones. Al final, había redactado el “Acta constitutiva del Gobierno de Emergencia Nacional” (lo primero que hubieran leído los militares rebeldes en caso de haber resultado victoriosos), dos comunicados y veinticuatro decretos.

Existe una clara relación de continuidad entre el “Programa” de septiembre de 1991 y los documentos que produjera la “comisión” meses más tarde. No es difícil inferir la comunión de ideas entre los comandantes bolivarianos y Kléber Ramírez.

En el “Programa” pueden identificarse unas cuantas claves para descifrar el enigma de nuestra economía dependiente, así como verificarse la importancia estratégica que, desde el inicio, los bolivarianos le atribuían a lo comunal. Sólo por estas dos razones se trata de un documento sobre el que habría que volver con frecuencia, revisarlo con detenimiento, hacer balance de lo hecho y lo que está por hacer, y acometer la correspondiente tarea de actualización.

Pero hay un tercer asunto que destaca, y que resulta tan importante, tan definitorio, como la economía o la Comuna: la ética.

Al momento de definir las “características primordiales del nuevo Estado”, Ramírez puntualiza: “El nuevo Estado orientará la sociedad hacia la liquidación de su actual base ética de ‘ser poderoso’ por una nueva ética fundamentada en el principio de ‘ser mejor’, cuyo resultado será un ciudadano veraz y responsable. Además, para lograr un ciudadano y una sociedad crítica, el conocimiento debe fundamentarse en la dilucidación del porqué de las cosas”.

Más adelante, en el aparte en que perfila la orientación estratégica de la educación en el nuevo Estado, plantea que ésta debe estar al servicio de la producción de “ciudadanos aptos para la vida, para el ejercicio de la democracia, críticos y solidarios, con imaginación creadora, y en donde el venezolano afiance las bases de una nueva ética para nuestra sociedad: la del ciudadano que se preocupe por ser cada vez mejor, que se sienta orgulloso de saber que la actividad que con honestidad realiza a diario contribuye a fortalecer nuestro gentilicio, y así poder derrotar la grotesca aspiración de servirse de la educación para escalar posiciones donde lucrase más y más pronto, modo en que la corrupción irrumpió en el sistema educativo”.

En la medida en que la construcción del nuevo Estado es una tarea no sólo inacabada, sino en algunos aspectos incipiente, debiendo sortear en muchos terrenos infinidad de obstáculos, incluyendo los vicios del viejo Estado, la férrea oposición de las fuerzas contrarias a la revolución y nuestros propios errores, pareciéramos muy lejos de alcanzar un estadio en el que predomine la “nueva ética” propuesta por Kléber Ramírez y los bolivarianos. Sin embargo, ésta me parece una lectura del todo errada, con peligrosas implicaciones.

Desconocer las profundas transformaciones que ha experimentado y protagonizado el pueblo venezolano en el campo de la ética, así como en el resto de los campos, antes y durante la revolución bolivariana, es una vía expedita a la derrota. Desconocimiento que equivale, además, a un penoso autoengaño, en tanto que nos ubica en una posición de debilidad que no se corresponde, en lo absoluto, con la actual correlación de fuerzas.

Si la intelectualidad, las universidades, las Academias, la prensa y el resto de los medios de masas, de todos los signos políticos, han sido incapaces de registrar estas transformaciones, si no han mostrado ningún interés en hacerlo e, incluso, si han omitido su análisis de manera deliberada, la responsabilidad no puede recaer en el pueblo venezolano.

Éste no es un problema exclusivo de la nación venezolana. Todos los países alguna vez colonizados han debido derrotar a las fuerzas que impiden la conformación de una conciencia nacional. Entre nosotros, queda muchísimo por hacer en esta materia.

Seguiremos insistiendo en el hecho de que uno de los propósitos manifiestos de la brutal guerra económica que pesa sobre el pueblo venezolano es destruir las reglas de sociabilidad que muy laboriosamente construyó el chavismo durante las últimas dos décadas.

Habría que empezar a dejar de ver al chavismo simplemente como una parcialidad política. El chavismo es un sujeto político, que es una cosa muy distinta. El mismo proceso de subjetivación del chavismo consistió, entre otras cosas, en exorcizar la humillación histórica de la que siempre fue víctima por parte de las elites. La médula de lo que hoy constituye el chavismo es esa parte mayoritaria de la sociedad venezolana que siempre fue invisibilizada, excluida, explotada. La “barbarie” de todas las épocas comienza a reconocerse en su humanidad, en su condición de sujeto político, una vez que insurge el chavismo. Su existencia misma supone, por supuesto, un cuestionamiento radical de todos los valores de las clases medias y altas, agentes “modernizadores” que monopolizaron los “derechos ciudadanos”, que reclamaron históricamente sus derechos particulares hablando en nombre de los derechos generales de la población. En el acto de constituirse en sujeto político, la mayoría del pueblo venezolano recuperó su dignidad perdida o la experimentó por primera vez.

Durante la revolución bolivariana, nunca antes de la guerra económica la población venezolana conoció la humillación que supone, específicamente, el conjunto inenarrable de penurias por las que debe atravesar para comprar alimentos. Las colas, que funcionarios irresponsables prometieron acabar en el corto plazo, y en las que algunos indolentes sólo son capaces de ver “bachaqueros”, se han convertido en una fuente permanente de hartazgo popular. Son contados los que, cercanos a la sensibilidad popular, pueden identificar las infinitas expresiones de solidaridad, características de los grupos humanos que padecen situaciones-límite.

Un porcentaje muy pequeño del propio chavismo, fundamentalmente proveniente de la clase media, y cuyo grado de filiación política es directamente proporcional a sus niveles de bienestar material, ha respondido con la recreación del discurso sobre la “viveza criolla”, de impronta profundamente conservadora, en tanto que denota prejuicios muy arraigados sobre las clases populares, asociadas históricamente con la inmoralidad, la ignorancia, la flojera o la trampa. Este discurso, que lejos de contribuir a la comprensión de los problemas agudiza el malestar, suele estar acompañado de una permanente denuncia de la pasividad gubernamental, que casi siempre disimula la propia pasividad, fenómeno por cierto reñido con la cultura política chavista.

Mientras tanto, el grueso del chavismo, parte del cual se multiplicó en asambleas populares los días inmediatamente posteriores al 6D, permanece a la expectativa, observando y evaluando los movimientos de los distintos actores políticos, siguiendo con atención las decisiones que, cautelosamente, comienza a tomar el presidente Maduro, sumándose desde ya, por ejemplo, a muchas de las iniciativas productivas a pequeña escala, celebrando las detenciones de funcionarios corruptos, etc. Se trata de una fuerza que representa, en el momento más difícil por el que haya atravesado la revolución bolivariana, más del 40 por ciento del electorado, una fuerza descomunal, sin precedentes, si tomamos como referencia la fuerza que alguna vez lograron acumular los partidos de izquierda.

El chavismo de comienzos de 2016 es una fuerza que ha resistido, de manera heroica, el mayor atentado que haya sufrido la economía nacional en toda su historia. Es un sujeto leal, disciplinado. Que cree fervientemente en la democracia, que siente orgullo de vivir en este tiempo y lugar, solidario, profundamente crítico. Después de todo, su proceder, su cultura política, su universo de valores, se asemejan bastante a lo que Kléber Ramírez y los comandantes bolivarianos imaginaban como “nueva ética”.

¿Hasta cuándo será capaz el chavismo de fungir como fuerza contenedora de la violencia que promueven las fuerzas contrarias a la revolución? Está por verse.

Mientras tanto, y para concluir, no está de más puntualizar que el chavismo es una fuerza que confía en la orientación popular de su gobierno, y específicamente en la figura de Nicolás Maduro. Respecto de las decisiones que estén por tomarse, fundamentalmente en el campo económico, lo que corresponde es confiar en la conciencia popular. Y no olvidar nunca, bajo ninguna circunstancia, que las revoluciones que vacilan están condenadas al fracaso. La oligarquía tiene que pagar tanto daño hecho al pueblo.

Éste es un pueblo que desea luchar. Hasta las últimas consecuencias.

Para el renacimiento de la política revolucionaria


Chavismo, familia, Orlando Monteleone

Con base en las lecciones políticas aprendidas durante la intensa etapa que va desde la muerte del comandante Chávez, el 5 de marzo de 2013, hasta la derrota electoral del 6 de diciembre de 2015, van las siguientes hipótesis de trabajo que, eventualmente, pudieran traducirse en líneas para la acción.

1. Para que se produzca el renacimiento de la revolución bolivariana habrá de producirse el rescate de los consejos comunales. Rescatarlos quiere decir: reivindicarlos, fortalecerlos y multiplicarlos.

2. Los consejos comunales no son, por supuesto, el único espacio de militancia revolucionaria, ni es deseable que así sea. Pero constituyen el espacio primario para el ejercicio de la democracia participativa y protagónica. Los consejos comunales son un espacio hecho a la medida del sujeto político que da origen a la revolución bolivariana.

3. Los consejos comunales son espacios para el común, para el ejercicio de la política entendida como política de los iguales. Tal política es protagonizada por el chavismo. El chavismo es un sujeto que comparte no sólo un origen predominante de clase, sino la experiencia común de la politización. El chavismo está hecho, fundamentalmente, de enormes contingentes de hombres y mujeres de las clases populares, casi todos sin experiencia previa de militancia política, que decidieron rebelarse contra la democracia representativa. Incluso antes de reconocerse como tal, el chavismo se incorpora a la política en el acto de rebelarse. Es un sujeto político exuberante, plural, desprejuiciado, sin ataduras ideológicas, de carácter radicalmente democrático, igualitarista, anti-oligárquico y, eventualmente, anti-capitalista.

4. Chávez no promueve la creación de los consejos comunales para nivelar por debajo, sino para incorporar a los de abajo, para garantizarles un espacio. No lo hace para domesticar al chavismo, sino porque lo reconoce como un sujeto que apunta en la dirección de la construcción de otra política. Chávez identifica en el chavismo un espíritu difícil de conformarse con formas más tradicionales de participación política.

5. Tal vez sean los aportes más importantes del pueblo venezolano, de Chávez y de la revolución bolivariana, a la filosofía política, a la milenaria tradición de luchas de los pueblos por su liberación, a la emergencia de una cultura política emancipatoria para el siglo XXI: a) la política entendida como una política de los iguales; b) los consejos comunales como espacios para el ejercicio de esta política; y c) las Comunas, entendidas no sólo como la agregación de consejos comunales, sino también como expresión de una nueva cultura política. No en balde, las Comunas serán el tema central del último de los discursos programáticos del comandante Chávez: el Golpe de Timón.

6. Los consejos comunales constituyen, igualmente, el espacio primario para la construcción de hegemonía democrática y popular, incorporando, sumando a los que piensan distinto, incluso a los opuestos, para plantear y resolver problemas comunes.

7. Nuestra progresiva retirada de los consejos comunales es signo inequívoco de la burocratización de la revolución bolivariana.

8. Otro signo inequívoco del mismo fenómeno es el creciente malestar de la burocracia política por su manifiesta incapacidad para “controlar” los consejos comunales. El problema es que para alcanzar su objetivo debe dedicarle tiempo y esfuerzo a hacer política en el territorio. Ha pasado mucho desde que dejó de hacerlo.

9. Lo más retrasado de la burocracia política ni siquiera se plantea como dilema ético su exigencia de amañar, incluso, elecciones de consejos comunales, cuando otras maniobras no le han sido suficientes, con tal de “controlarlos”. Promueve, de esta forma, el aniquilamiento de la democracia participativa y protagónica.

10. Luego del III Congreso del PSUV, celebrado a finales de julio de 2014, los consejos comunales pierden su centralidad como espacio para el despliegue de la política revolucionaria, y su lugar pasa a ser ocupado por las Unidades Bolívar Chávez (UBCH), que de hecho son incluidas en los estatutos del partido, y definidas como “organización esencial y base de articulación de las patrullas socialistas para la ejecución coordinada de los planes de acción política y social en un radio de acción determinado” (artículo 22). El “Acta de Decisiones”, documento que recoge las conclusiones del Congreso, no menciona a los consejos comunales. Las Comunas sólo son referidas de manera genérica (punto 12), pero no se definen criterios de actuación de las UBCH en estos espacios.

11. La trayectoria es clara: el partido se retira progresivamente del territorio para refugiarse en sí mismo. Por un lado, abandona el espacio para el ejercicio de la política entre iguales, despolitizando la relación entre las partes, que pasan a ser “benefactor” y “cliente”. Por otro lado, el abandono del espacio para la construcción de hegemonía popular y democrática se traducirá no sólo en la incapacidad para ensanchar la base social de apoyo a la revolución, sino en desafiliación política.

12. La burocracia política instigará el conflicto entre consejos comunales, Comunas y UBCH. Irónicamente, se trata casi siempre de los mismos individuos: el vocero del consejo comunal, el parlamentario de la Comuna y el integrante de la UBCH, sólo que jalonados por lógicas antagónicas: la lógica democrática participativa versus la lógica del “beneficio”. El burócrata político intentará imponer la idea de que es posible (incluso deseable) prescindir de la primera para acceder al segundo.

13. ¿Consejos comunales y Comunas están exentos del riesgo de sucumbir a la lógica clientelar? En lo absoluto. No idealicemos ningún espacio. La cuestión es: justamente porque el riesgo es permanente, el partido tendría que actuar permanentemente en el territorio, como anticuerpo, como agente dinamizador de la política revolucionaria, participativa y protagónica, y jamás como su sepulturero.

14. ¿Acaso las UBCH no pueden funcionar de acuerdo a la lógica democrática participativa? Por supuesto que sí. De hecho, muchos jefes de UBCH ejercen un liderazgo genuino en sus territorios. El problema radica en la decisión política que faculta a las UBCH para la asignación de “beneficios” a la población, tomada en algún momento después del III Congreso del PSUV, violando un principio básico de la política revolucionaria: el “principio electoral”. Adecuado a nuestras circunstancias, la traducción de tal principio sería la siguiente: nuestra militancia partidista entraña una responsabilidad, no un privilegio; nuestra militancia partidista no nos hace “beneficiarios” ni “benefactores” de nada ni de nadie.

15. Lléguese hasta las últimas consecuencias de la entronización de esta lógica clientelar, y no será complicado identificar algunas de las principales causas de nuestra derrota el 6D. Contra ella se ha rebelado el “chavismo de corazón”.

16. El “chavismo de corazón” es un concepto que traduce una cierta sensibilidad popular en los días inmediatamente posteriores al 6D; expresa la forma como una parte del chavismo metaboliza el fracaso, lo hace soportable, inteligible, antes de convertirlo en desafío político. No es un invento que obedece al interés de cualquiera, acaso un optimista empedernido o un iluso sin remedio, por poetizar la derrota, minimizándola. Es la forma como se autodefinen muchos de quienes rechazan la imposición del clientelismo como forma de relación política. Lo que hay que saber percibir es cómo este “chavismo de corazón” antepone lo inmaterial a lo material. Llámele usted como prefiera. Antes solía llamársele conciencia.

17. En los primeros años de revolución bolivariana el comandante Chávez trazaba una línea que iba de la revolución política (o refundación de la república) a la revolución económica. Si el antichavismo global, y no sólo el vernáculo, presiona por todos los medios posibles para que la férrea disputa sobre la política económica se resuelva a su favor, es en parte porque cree consumada la contrarrevolución política, por lo que sólo bastaría este último zarpazo.

18. El abandono de los espacios que garantizan el ejercicio de la democracia participativa y protagónica, la neutralización de su potencial transformador, preparan el terreno a la contrarrevolución política. Estamos obligados a conjurar la aparición de Comunas de papel. Pero más obligados estamos a combatir, con apasionamiento, a los que sólo son capaces de ver Comunas de papel por todas partes.

19. Acaso los mismos agentes de la contrarrevolución política estén pugnando hoy por nuestra claudicación en lo que se refiere a política económica.

20. Hablando de agendas funcionales a las fuerzas contrarias a la revolución: no olvidar la centralidad otorgada por el antichavismo a la crítica de los consejos comunales. En 2012, durante la campaña electoral presidencial, intentaron socavar el “liderazgo moral” del chavismo disparando contra el “enchufado”. Hoy, cuando tantos de nosotros hemos naturalizado el uso del lenguaje que se emplea en filas contrarrevolucionarias, y cuando menospreciamos la importancia estratégica de los consejos comunales, bien haríamos releyendo el Golpe de Timón como una respuesta, por qué no, frente a aquellos ataques. Sin consejos comunales no hay Comuna. Y bien sabemos que es Comuna o nada.

La vitalidad de la revolución


Los consejos comunales son espacios de construcción política del común. No son, para decirlo con Foucault, sujetos de derecho. Ni siquiera son un sujeto. Son, de nuevo, un espacio, en que el común denominador es el chavismo, ese vigoroso sujeto de sujetos que comparte no sólo un origen predominante de clase, sino la experiencia común de la politización.

El chavismo está hecho, fundamentalmente, de hombres y mujeres de las clases populares que padecieron, sintieron repulsa y se rebelaron contra la democracia representativa. Si el padecimiento, el rechazo, la indiferencia incluso, suponen en principio una actitud pasiva, la decisión más o menos expresa de mantenerse al margen de la política, la rebelión es un acontecimiento político de primer orden. Incluso antes de reconocerse como tal, el chavismo se incorpora a la política en el acto de rebelarse. Es inconcebible sin esta memoria colectiva, sin esta noción común de la rebelión: en ella se hermanan y politizan estos hombres y mujeres, y en ella tienen su bautizo de fuego.

La incomprensión de las condiciones históricas de emergencia del chavismo como sujeto político y ético conduce al desconocimiento de la naturaleza de los espacios donde se desenvuelve. En otras palabras, si no se comprende la singularidad del proceso de politización del chavismo y, sobre todo, la cultura política que fue construyendo con el paso de los años, es imposible reconocer la potencialidad de un espacio como el consejo comunal.

Chávez no promueve la creación de los consejos comunales para nivelar por debajo, sino para incorporar a los de abajo, para garantizarles un espacio, un lugar. No lo hace, como se ha pretendido, para domesticar al chavismo, para moldearlo a imagen y semejanza de lo mismo, sino porque lo reconoce como lo otro, como algo diferente, como un sujeto que apunta en la dirección de la construcción de otra política. Chávez sabe identificar en el chavismo un espíritu difícil de conformarse con formas más tradicionales de participación política.

Estos espacios de construcción política de los comunes son característicos de todo proceso revolucionario. Es igualmente característica la tendencia a controlarlos, tarea que casi siempre acometen las fuerzas más conservadoras y burocratizadas dentro de las filas revolucionarias. Tratándose de una constante histórica, tal circunstancia no tendría por qué ser motivo de escándalo, lo que por supuesto no significa que debamos resignarnos. Todo lo contrario, lo que corresponde es estar siempre prevenidos.

No hay forma más eficaz de controlar estos espacios que corromperlos, desnaturalizarlos: intentar convertir al pueblo organizado en clientela, a líderes populares en gestores que, imposibilitados de gestionar exitosamente las soluciones de los problemas de la comunidad ante la burocracia estatal, pierden toda legitimidad. Convertidos en escenarios de disputa entre grupos por cargos o recursos, se produce la clausura de estos espacios: el pueblo comienza a identificarlos como más de lo mismo y, en el peor de los casos, se retira de ellos.

Pero ninguno de los fenómenos anteriores, expresiones de la vieja cultura política, puede inducirnos a desconocer la naturaleza del espacio: el propósito para el que fue creado, el sujeto político para el que fue concebido. La pervivencia de lo viejo no puede impedirnos distinguir su radical novedad.

No hay lugar en el mundo donde el pueblo organizado pueda hacer lo que hoy hace a través de los consejos comunales. Sin la vitalidad que, contra todo obstáculo, ostenta una significativa parte de ellos, sería imposible el salto cualitativo que ha experimentado el movimiento comunero, que hoy impulsa con extraordinario vigor el Consejo Presidencial de Gobierno Comunal. En parte importante de nuestras Comunas, a despecho de los más incrédulos, está planteado el desafío mayúsculo de producir otra sociedad. Es nuestra manera de vivir lo que está siendo puesto en cuestión en muchos de esos territorios. Y esa audacia política es inconcebible sin una vitalidad de origen, que es lo que encontramos en los consejos comunales.

La indispensable vitalidad de los espacios de participación es un tópico muy recurrido en la extensa bibliografía sobre las revoluciones populares. Así, por ejemplo, y para citar un texto clásico, en «La revolución rusa«, escrito en 1918, Rosa Luxemburg cuestiona duramente la decisión de los bolcheviques de disolver la Asamblea Constituyente de noviembre de 1917: «el remedio que han hallado Trotsky y Lenin, la eliminación de la democracia en general, es peor que la enfermedad que ha de curar: porque obstruye la fuente viva de la que podrían emanar, y sólo de ella, los correctivos de todas las insuficiencias inherentes a las instituciones sociales. La vida política activa, enérgica y sin trabas de las más amplias masas populares».

Diez años después, Christian Rakovski escribe «Los peligros profesionales del poder«, en el que intenta desentrañar las razones del proceso gradual de burocratización en la Unión Soviética: «La burocracia de los soviets y del partido constituye un hecho de un orden nuevo. No se trata de casos aislados, de fallos en la conducta de algún camarada, sino más bien de una nueva categoría social a la que debería dedicarse todo un tratado». Revisando la experiencia de la Revolución Francesa, da con una de las causas del aletargamiento del proceso revolucionario: «la eliminación gradual del principio electoral y su sustitución por el principio de los nombramientos».

La bibliografía, como ya hemos dicho, es muy extensa, y ella constituye parte sustancial del acervo de la humanidad. No hay mejor forma de preservarlo que disponer tiempo para su estudio, de manera de ser capaces de corregir errores que, en su momento, también cometieron pueblos tan dignos y aguerridos como el nuestro. Esa misma bibliografía tiende a coincidir en el planteamiento de que la crisis terminal de las revoluciones populares guarda relación directa con la clausura de los espacios de participación popular y el ascenso de una casta burocrática o, para decirlo como John William Cooke, con el predominio de un «estilo» burocrático.

En «Peronismo y revolución«, el argentino Cooke afirma: «Lo burocrático es un estilo en el ejercicio de las funciones o de la influencia. Presupone, por lo pronto, operar con los mismos valores que el adversario, es decir, con una visión reformista, superficial, antitética de la revolucionaria… La burocracia es centrista, cultiva un ‘realismo’ que pasa por ser el colmo de lo pragmático… Entonces su actividad está depurada de ese sentido de creación propio de la política revolucionaria, de esa proyección hacia el futuro que se busca en cada táctica, en cada hecho, en cada episodio, para que no se agote en sí mismo. El burócrata quiere que caiga el régimen, pero también quiere durar; espera que la transición se cumpla sin que él abandone el cargo o posición. Se ve como el representante o, a veces, como el benefactor de la masa, pero no como parte de ella; su política es una sucesión de tácticas que él considera que sumadas aritméticamente y extendidas en lo temporal configuran una estrategia».

En Venezuela, preservar y estimular la vitalidad de los espacios de participación popular en general, y de los consejos comunales en particular, es condición de continuidad de la revolución bolivariana. Para ello es indispensable neutralizar el influjo conservador, burocratizante, presente en todo proceso de cambios revolucionarios.

Nuestro partido está en lo obligación ética de construir una política clara en materia de estímulo de los consejos comunales, que contemple la condena sin miramientos de cualquier resquicio de clientelismo. La lucha contra lo que en el documento «Líneas estratégicas de acción política» se enuncia como «cultura política capitalista», debe pasar de lo declarativo a los hechos concretos, expresarse en medidas aleccionadoras. Esta «cultura política capitalista» debe ser señalada y combatida desde el más alto nivel. Nuestro liderazgo debe erigirse como un referente ético. En las bases, la crítica contra el clientelismo y otros vicios es realmente despiadada. El pueblo chavista tiene plena consciencia del problema. Una posición firme del liderazgo político contra estos vicios tendría además un efecto moralizante.

De igual forma, nuestro partido debe renunciar expresamente a la pretensión de instrumentalizar los consejos comunales, de administrar el espacio a conveniencia. Antes de controlarlo «a cualquier costo», concebirlo como un espacio desde el que se construye hegemonía popular y democrática. La administración mezquina de la fuerza sin precedentes que Chávez construyó junto al pueblo, es lo contrario de la política revolucionaria. Ésta habrá de ser, como diría algún camarada siguiendo al mismo Chávez, «el arte de convencer» que logra imponerse sobre «la costumbre de administrar». No hay política revolucionaria sin compresión de cómo se construyó esa fuerza. Esa fuerza que hoy sostiene a la revolución bolivariana, que le sirve de punto de apoyo, se construyó escuchando al otro, al que piensa diferente, sumándolo, incorporándolo. Una fuerza política incapaz de convencer pierde el derecho de llamarse fuerza y entra así en fase de decadencia. La construcción de la hegemonía del chavismo ha sido un ejercicio literalmente democrático, popular, en el sentido de que ha significado no sólo la incorporación de las mayorías, sino de diversidad de pensamientos y demandas. Esta capacidad para la construcción hegemónica ha supuesto la derrota para la vieja clase política, de la misma forma que dejar de cultivar «el arte de convencer» puede significar nuestra ruina.

Estamos a tiempo de comprometernos en una política militante orientada a recuperar, allí donde sea necesario, y a defender, allí donde corresponda, los consejos comunales como espacios donde impere, para decirlo con Rosa Luxemburg «la vida política activa, enérgica y sin trabas» del pueblo venezolano. Para ello, es fundamental reivindicar lo que Rakovski identificaba como «principio electoral». Al 29 de agosto del presente año, el 33,2% de los 43198 consejos comunales registrados tenían sus vocerías vencidas. Nuestro partido tendría que promover, por todas las razones aquí expuestas, y como una de sus tareas de primer orden, la renovación de vocerías. Pero no basta con que todas estén vigentes.

Nuestro esfuerzo tendría que estar dirigido a convertir los consejos comunales en verdaderas escuelas de gobierno, donde los comunes se ejerciten en la práctica de gobierno, para que aprendan el arte de gobernar. «Ninguna clase ha venido al mundo poseyendo el arte de gobernar. Este arte sólo se adquiere por la experiencia, gracias a los errores cometidos, es decir, extrayendo las lecciones de los errores que uno mismo comete», escribía Rakovski. Aprender el arte de gobernar no para que el pueblo se convierta eventualmente en funcionario, sino para ir construyendo otra institucionalidad. El militante revolucionario en funciones, por su parte, tendría que trabajar para reducir la brecha que separa a las instituciones del pueblo, librando una lucha sin tregua contra el «estilo» burocrático que señalara Cooke.

Los consejos comunales no son ni mucho menos deben ser el único espacio de la revolución bolivariana. Pero sí son el espacio político por excelencia. Un espacio que «no puede ser apéndice del partido», como alertara el comandante Chávez el 11 de junio de 2009. «¡Los consejos comunales no pueden ser apéndices de las alcaldías! No pueden ser, no deben ser, no se dejen. Los consejos comunales, las Comunas, no pueden ser apéndices de gobernaciones, ni del Ministerio, ni del Ministerio de Comunas, ni del Presidente Chávez ni de nadie. ¡Son del pueblo, son creación de las masas, son de ustedes!».

Que así sea.

Celebrar la Comuna


Caimán

Hay que distinguir entre la Comuna productiva y el proceso de producción social de la Comuna. La Comuna no se decreta, se produce. La Comuna no es un territorio, aunque se asienta en él. La Comuna es producción material y espiritual del pueblo organizado en el territorio. Para que haya Comuna debe haber un pueblo organizado que la suscite, que la produzca.

Este proceso de producción social de la Comuna es un hecho inédito, con un potencial transformador extraordinario: el pueblo venezolano está construyendo Comunas porque desea dejar atrás la vieja sociedad. Hay que insistir en el punto: nuestras Comunas no son extravagantes experimentos de socialistas utópicos, sino iniciativa del pueblo llano que desea emanciparse. Esa emancipación suele tener visos anticapitalistas.

Allí donde pretenda erigirse algún remedo de Comuna, desde arriba o con arreglo a las prácticas de la vieja política (clientelismo, sectarismo, oportunismo), ya sabemos cuál será su destino: el más estrepitoso fracaso, como fracasa todo lo que no sea hechura popular. Por fortuna, en lo que a Comunas refiere hay poco de remedo y mucho de pueblo. El remedo lo es de lo genuino. Y lo genuino se impone.

Ambas circunstancias, la novedad y el potencial transformador, dificultan nuestra capacidad de comunicar las experiencias comunales. Se comunica más fácil lo que ya se conoce. Comunicar lo novedoso, lo revolucionario, exige de nosotros innovar en la forma como comunicamos.

¿Cómo comunicar este proceso de producción social de la Comuna? Es lo que nos hemos propuesto con la Fiesta de los Saberes Comunales, FISAC 2014, que se celebró en la Plaza Diego Ibarra de Caracas, de jueves 5 a sábado 7 de junio, y que organizamos junto a Ciencia, Tecnología e Innovación.

Con la FISAC 2014 no pretendíamos exhibir lo que las Comunas producen, sino comunicar cómo se produce en la Comuna, y cómo producen diversos sujetos vinculados directa o indirectamente a la economía comunal: Empresas de Propiedad Social, Unidades de Producción Familiar, cooperativas, movimientos, tecnólogos populares, en campos como producción alimentaria, innovación científica y tecnológica, manufactura de alta calidad y producción cultural.

Con la FISAC 2014 ensayamos un método de trabajo de muchos posibles. Ideamos espacios para el intercambio de experiencias, para construir colectivamente la historia del chavismo, para «amarres» entre los participantes. La FISAC 2014 no fue más que un movimiento táctico en el tablero en construcción de la democracia comunal.

Por último, la cuestión estética. Nos planteamos desde el inicio que la FISAC 2014 fuera una experiencia estéticamente gratificante. ¿Qué significa eso? Con toda honestidad, no lo sabemos. O mejor dicho: sabemos muy bien lo que no nos gusta, y militamos en el cuestionamiento radical de la forma como las élites pretenden representarnos: sus estereotipos y prejuicios. Pero no es menos cierto que desde el chavismo, y específicamente desde el Gobierno, hemos construido una imagen con frecuencia simplona, predecible, de lo que somos.

Partiendo del principio innegociable de que el chavismo es un sujeto bello, exuberante, ¿cómo recrear su estética? No creemos en lo absoluto haber estado cerca de resolver el problema, pero al menos nos lo planteamos. Y para nuestra satisfacción, el mismo chavismo fue nuestro principal cómplice: durante los tres días de FISAC 2014 asistieron 7417 personas de 23 estados del país. De ese universo, decidieron registrarse 4217 personas. Tal vez le asombrará conocer el perfil del visitante: mujer de entre 36 y 59 años que se identifica como de la comunidad.

En otras palabras, el visitante de la FISAC 2014 fue exactamente el mismo sujeto que protagoniza los procesos políticos en nuestros barrios, y en general en comunidades populares de todo tipo a lo largo y ancho de Venezuela.

Me gustaría saber qué piensan nuestras mujeres del Laboratorio Creativo, a mi juicio el experimento más fascinante de toda la FISAC 2014: cada uno de siete colectivos creativos debía participar en el diseño de la campaña publicitaria de siete productos comunales, elegidos en sorteo público. Creativos y comuneros, dos sujetos que hasta entonces, y salvo contadas excepciones, vivían en universos paralelos, trabajaron juntos durante tres días para concebir una estética para cada producto. Una estética no para vender (no principalmente), sino para afirmar una identidad, que es también una forma de decir que aquí estamos, que somos una alternativa de vida.

Sería igualmente interesante saber qué piensan de todo esto los muchachos de Engrapo, ganadores del concurso, por su campaña publicitaria para los tanques de agua que fabrica la Empresa de Propiedad Social Construyendo el Socialismo, ubicada en el municipio Paz Castillo, Miranda.

Tal vez, y sólo tal vez, los trazos de la imagen del Caimán (marca de los tanques de agua) escondan algunos de los secretos mejor guardados sobre lo que somos como pueblo chavista, y sobre las fuerzas y razones que nos mueven a construir Comunas.

“Los colectivos son sinónimo de organización, no de violencia” (entrevista en Ciudad CCS, 10 de marzo de 2014)


(Entrevista concedida a Clodovaldo Hernández, en la mañana del domingo 9 de marzo de 2014, a pocas horas de iniciarse la movilización del pueblo comunero a Miraflores, en defensa de la patria y contra la violencia fascista. Aparece publicada hoy en Ciudad CCS.

Salud.)

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– Nuevamente hay una criminalización de la organización popular. Tal como ocurrió en 2002 con los Círculos Bolivarianos, hoy se pretende atribuir la violencia a “los colectivos”, calificándolos de grupos paramilitares armados. ¿Prosperará de nuevo esa matriz de opinión, tal como lo hizo aquel año?
– Ya prosperó, lo estamos viendo en las muy acotadas pero intensas demostraciones de odio en algunos municipios del país. Eso forma parte de la cultura política de un sector de la oposición venezolana. Yo sigo pensando, no sé si será por ingenuidad, que es una porción minoritaria. Conozco muchas personas que no son chavistas y no piensan así, pero hay un núcleo muy duro de la oposición que es verdadera y literalmente fascista.

-Pero, ¿esa matriz afecta a los partidarios de la Revolución?
-En algunas circunstancias la base social del chavismo ha sido vulnerable a ese discurso. De hecho, estoy convencido de que en abril de 2002 aquellas multitudinarias marchas que vimos de la oposición fueron posibles porque se trabajó con muchísima habilidad el factor miedo. Se le sembró a mucha gente el temor a un chavismo que supuestamente era violento y criminal. Ese trabajo psicológico ha seguido y nosotros no hemos logrado nunca vencerlo por completo. Creo que es algo con lo que vamos a tener que seguir lidiando hasta que se imponga la voluntad de paz de la mayoría del pueblo.

-¿Esas campañas para satanizar a los colectivos causa algún desgaste en ellos mismos, en las expresiones del Poder Popular como los consejos comunales y las comunas?
-No, en absoluto. En lo interno de los colectivos pasa lo mismo que ocurre en el chavismo en general cuando se producen estas arremetidas del fascismo: la gente se cohesiona, se nuclea. Estas acciones recientes del antichavismo más virulento y “facho” lo que ha traído es un esfuerzo mayor por reivindicar el trabajo de los colectivos en sus comunidades. Los colectivos desempeñan en algunos barrios un papel que más nadie hace en aspectos tan importantes como la formación política y las expresiones culturales y deportivas. Muchas de las políticas del Gobierno Bolivariano, por ejemplo las misiones, pueden aplicarse gracias a la existencia de estos colectivos.

-¿Cuál es la realidad de la relación entre los colectivos y las armas?
-La realidad es que no hay tal identificación entre colectivos y armas. Creo que sobre eso el Comandante Chávez, primero, y el presidente Nicolás Maduro más recientemente, han fijado una posición inequívoca: cualquier persona que se levante en armas en supuesta defensa de la Revolución Bolivariana está fuera de lugar y de la ley porque el monopolio de la violencia legítima lo ejerce el Estado como obligación democrática. Tenemos que hacer un esfuerzo para no permitir que la discusión se plantee en esos términos porque los colectivos no son sinónimos de armas y violencia, sino de participación, organización y movilización popular, de cultura, de trabajo conjunto con el Gobierno Bolivariano para resolver problemas concretos de las comunidades.

-¿Vincular a los colectivos con la violencia es una línea política de la derecha contra la organización popular?
-Indudablemente, una línea clara y persistente. En ese sentido, el antichavismo ha sido totalmente coherente. Saben que para sus objetivos políticos es necesario criminalizar cualquier forma de organización popular, porque todas ellas atentan contra su propósito estratégico de vencer a la Revolución. Saben que en la medida en que el pueblo se organiza, sus posibilidades de derrotar a la Revolución se debilitan. Pero además de eso hay un claro intento por desmoralizar a las filas revolucionarias. Eso fue lo que hizo, muy hábilmente, el equipo de campaña de Capriles Radonski en 2012 cuando habló de los enchufados. En algún momento se pensó que iba dirigido hacia el alto gobierno, pero la verdad es que buscaba golpear a los consejos comunales, a sus voceros. Se apoyaba en situaciones de una minoría de consejos comunales, cuyos integrantes habían sido señalados por la comunidad por malas prácticas y corrupción. La campaña procuró ampliar esos casos, hacerlos pasar como la realidad universal, como si sucediera en todas partes, todo ello con el fin último de destruir esa forma de organización. La derecha sabe que en los consejos comunales está participando el pueblo que nunca tuvo cabida en la política, que nunca administró recursos y por eso es un espacio fundamental de la Revolución Bolivariana contra el cual es necesario enfilar baterías. Se trata de que el pueblo deje de creer en sus potencialidades, que comience a ver a su vocería, a sus organizaciones como si fueran un problema y no como lo que son en realidad, parte de la solución. Finalmente, la derecha y, sobre todo el ala fascista, tiene una razón coyuntural para criminalizar a los colectivos, que es responsabilizarlos de sus propias acciones violentas, tener un culpable señalado de antemano y decir que la violencia viene de otra parte.

UN CAMBIO CULTURAL PROFUNDO

-Aparte de estas campañas, la organización popular enfrenta otras dificultades, por ejemplo, el predominio de valores capitalistas como el individualismo y el egoísmo en los sectores populares. ¿Cómo lo ve usted, que primero fue un teórico de estos temas y en los últimos tiempos ha vivido la experiencia práctica directa?
-Creo que la supervivencia de este proceso político tiene que ver con la capacidad para reinventar permanentemente sus formas y espacios de participación y organización. El presidente Chávez se planteó desde un principio superar la lógica de la democracia representativa, los espacios tradicionales de participación. Aquí no se ha prescindido de los partidos ni de los sindicatos, por ejemplo, pero hay un esfuerzo sistemático por reinventar el ejercicio de la política. Yo en algún momento pensé, lo reconozco, que era necesario revisar y reinventar los consejos comunales. Sin embargo, cuando comencé a vivir mi experiencia como ministro, sobre todo cuando realizamos el Gobierno de Calle, comprendí mejor la idea que el Comandante Chávez tenía cuando concibió los consejos comunales. Fue entonces cuando entendí, lo digo con humildad, la importancia que tienen los consejos comunales en nuestra Revolución. Entonces valoré más lo que se hizo en este Ministerio antes de que llegara el equipo que me acompaña. No hay un lugar del país donde no exista organización popular. En todos los rincones hay gente que sabe dónde están los problemas más importantes… La verdad es que nosotros no hemos tenido la capacidad para contar la historia de la impresionante y profunda transformación que ha operado en términos de cultura política en Venezuela. Por regla general, la gente que tiene la vocería en esas organizaciones se ocupa más de los problemas colectivos que de los suyos individuales o familiares. Claro que en algunos casos persiste el individualismo y muchas veces, por el lado contrario, la comunidad no se involucra en la atención de los problemas y descarga toda la responsabilidad en esos voceros, que no quieren ser representantes, pero terminan siéndolo por la falta de participación de los demás. También tenemos problemas con la respuesta de la institucionalidad, del Estado, porque tenemos unos voceros allí que están sirviendo de intermediarios, pero cuando el Estado no da respuesta, queda mal el Estado y hace quedar mal a los voceros. En todo caso, esta generación de hombres y mujeres, sobre todo de mujeres, que han asumido esa responsabilidad, ese protagonismo, merecen un reconocimiento más allá de las formalidades. En algún momento tendremos que detenernos a valorar el enorme trabajo que se ha hecho desde esos espacios. Por otro lado, pienso que estamos obligados a ser muy categóricos y firmes con los casos en los que se ha traicionado la confianza de las asambleas de ciudadanos y ciudadanas. Quienes utilizan su condición de voceros para enriquecerse o actuar en función de intereses individuales o de pequeños grupos, deben ser sancionados. Son obstáculos que se presentan en el camino de una Revolución, pero que se pueden sortear porque no son la generalidad, sino casos aislados.

-¿La llamada contraloría social ha avanzado paralelamente a esos cambios en la cultura política?
-En el tema del manejo de los recursos ha habido muchos prejuicios. Se dice que le estamos dando recursos a gente que no sabe nada de administración. Bueno, precisamente, se trata de un camino nuevo, estamos hablando de un pueblo que nunca había sido llamado a participar en la gestión de sus recursos, es obvio que al hacerlo por primera vez surgen problemas. Eso no significa tener una actitud cómplice de dejar hacer y dejar pasar, lo que debemos es hacer esfuerzos por darle cauce a la contraloría social, lograr que el control popular de la gestión sea más eficaz. Eso implica, por ejemplo, que el Estado ponga de su parte, que se desburocraticen los procesos, ser más eficaces a la hora de apoyar a las comunidades que quieren apoyar a sus consejos comunales.

DIFUSIÓN: TRABAJO PENDIENTE

-Está claro que los medios de comunicación privados son enemigos de la organización popular. Pero, ¿qué pasa con los medios públicos y con los populares, comunitarios y alternativos? ¿Han avanzado en la tarea de contrarrestar esas matrices perversas?
-Yo creo que se ha avanzado con pasos muy lentos. Por eso el Presidente nos ha insistido mucho en proyectos como VTV Comunas, del que pronto veremos los primeros contenidos. Sobre este tema hemos reflexionado permanentemente y puedo decir, de manera muy autocrítica, que nos falta mucho, mucho por avanzar en la divulgación de la obra del Poder Popular. Se trata de contar muchas historias que están transcurriendo en este preciso momento, simultáneamente, en muchos lugares. Son miles y miles de personas que tienen algo que decir. En eso nos falta muchísimo.

-Hay un sector interno de la Revolución, importante en la discusión ideológica, que plantea que la organización del pueblo en consejos comunales y comunas no conduce hacia el socialismo porque más bien genera una especie de individualismo ampliado de pequeños sectores que se ocupan solo de sus intereses específicos. ¿Cómo responde usted a ese planteamiento?
-No estoy de acuerdo en absoluto. Repito que en mi concepto la Revolución se juega su continuidad en la medida en que sea capaz o no de inventar y reinventar formas de participación. El presidente Chávez lo tuvo claro desde el inicio mismo de la Revolución, supo que era necesario crear formas de participación que funcionaran de acuerdo con una lógica reticular. Cuando el golpe de timón, en octubre de 2012, él habló de una inmensa red que se extiende por todo el territorio de la Patria. Esa lógica reticular no es parecida a las formas tradicionales de participación. Yo soy un firme defensor del partido porque es necesario para cumplir tareas específicas, pero toda revolución debe experimentar permanentemente en el campo organizativo, no quedarse en el partido. No digo que los consejos comunales sean la forma última de participación, pero me parece que en estos momentos sobre los consejos comunales descansa la continuidad de la Revolución Bolivariana. Si no existieran los consejos comunales, la Revolución Bolivariana no se habría sostenido. Si eso se va a transformar en algo mejor en el futuro, es lo deseable, pero eso está por verse. En todo caso, eso no lo va a decidir nadie que hace un análisis político por allá, sino el pueblo venezolano junto con su dirigencia. Yo creo que a veces falta disposición de ánimo para confiar en el pueblo y en la dirección política de la Revolución. En los últimos meses, el presidente Maduro ha demostrado que no solo es el presidente legítimo y constitucional, sino que se está constituyendo progresivamente en el líder político de la Revolución. Sé que puede costarnos pensar en otro líder que no es Chávez, pero creo que el presidente Maduro se encamina a lograrlo. Esta es una reflexión que deberían hacer los bolivarianos que vienen de la vieja izquierda: si tuvieran un poquito más de confianza en la gente, tal vez lograrían lo que logró Chávez en 1998.

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Definiciones con alma, de carne y hueso

“¿Qué es una comuna?”, fue la pregunta que se hizo el sociólogo Reinaldo Iturriza cuando llegó al Ministerio del Poder Popular para las Comunas y los Movimientos Sociales. Desde un principio pensó que no servía de nada dar una explicación academicista. “Tiene que ser una definición con alma, de carne y hueso. Desde el inicio nos convencimos de que esa explicación tienen que darla los comuneros y las comuneras, porque si la da otro tipo de personas, nadie la entiende”, dice.

También ha trabajado mucho en otra interrogante: ¿Qué hace que la gente quiera constituirse en comuna? Las conversaciones con los protagonistas le llevan a ser muy optimista, pues, naturalmente, mucha gente se ha movilizado gracias a las tremendas facultades de dirección política del Comandante Hugo Chávez, pero lo mejor del caso es que hay razones más allá de ese planteamiento estratégico del Líder. “Hay unas razones que inspiran a la gente y que hacen la diferencia, esas son las historias que debemos contar”, comenta.

Incorporado al gabinete luego de haber adquirido notoriedad como un analista político muy agudo, Iturriza ha tenido la oportunidad de recorrer el país viendo de cerca eso que se llama el Poder Popular y que para algunos es una mera abstracción. “Creo que hay que hacer todos los esfuerzos para crear las condiciones apropiadas para el autogobierno popular, para que el protagonista de todo este proceso sea el pueblo organizado”, puntualiza.

Teoría y praxis

El enfoque comprometido con la Revolución, pero a la vez muy crítico, que caracteriza a Reinaldo Iturriza, llamó la atención del Comandante Hugo Chávez. Un artículo suyo publicado en Aporrea luego de las elecciones legislativas de 2010, fue muy bien ponderado por el Líder bolivariano en una de sus intervenciones públicas.

Desde entonces, como todo aquel que fue tocado por la vara mágica de Chávez, Iturriza ya no pudo escapar a la notoriedad, a pesar de que es un hombre que prefiere el bajo perfil. A la larga, aquella recomendación expresa del Comandante influyó para ser designado en el despacho de Comunas y Movimientos Sociales.

Ahora, con su visión comprometida y crítica, por un lado, y con la experiencia práctica de todos los días, está absolutamente sumergido en las aguas del Poder Popular y puede esbozar un análisis que una teoría y praxis: “Es claro que es absolutamente natural de las revoluciones que surjan sectores que apuestan a burocratizar los procesos y otros que le tienen mucha desconfianza al pueblo, aunque suene contradictorio. Creo que fue por eso que el Presidente Chávez se empeñó, de una manera casi chocante, en ponerle a los ministerios el apellido “del Poder Popular”. A alguna gente, por razones muy válidas, no le gusta que se llamen así, pero en particular los burócratas lo detestan profundamente”.

Pistas para el pueblo que vendrá


Comuneros 1781

I.-
Hay crímenes de los que hablamos muy poco. Hay crímenes que pasan desapercibidos, a la sombra de otros que producen escándalo. Hay crímenes que desnudan el lado más vergonzoso de nuestra sociedad, y que se utilizan como pretexto para la criminalización. Crímenes horrendos que un día están en la boca de todos. Pero existe también el «epistemicidio«, como le llama Boaventura de Sousa Santos a la destrucción sistemática de los saberes populares, que tantas veces en la historia ha ido acompañada de la aniquilación física del sujeto popular. El mismo que es criminalizado por las elites, que actúan a sus anchas en momentos de conmoción.

Desde hace un par de décadas, el grueso de esos saberes populares viene siendo producido por un sujeto que, sin complejos de ningún tipo, se hace llamar chavista. El chavismo es un universo en el que caben muchos mundos, muchas formas de recrear el mundo popular. Es inútil intentar reducirlo a algo parecido a un sistema ordenado de pensamiento, aunque hay un pensamiento chavista, con sus fuentes, sus tradiciones, todas de profunda raigambre popular.

El mismo Chávez, al hablar del árbol de las tres raíces, realiza una lectura de la historia desde lo popular: recupera para el pueblo hombres de carne y hueso, ideas-fuerza, acontecimientos que la historiografía de elites había logrado convertir en objetos de museo. Lo que hace Chávez es contar la historia del sujeto popular que la protagoniza, y ese mismo sujeto, hecho chavismo, no sólo se reconoce en ella, sino que se decide a hacer historia. Para hacerla viable, construye una cultura política chavista.

Tal vez hemos subestimado la importancia de investigar sobre el crimen que significa desconocer, cuando no atacar con saña (como si se tratara del criminal más abominable), esos saberes populares que va produciendo el chavismo empoderado, y también sus prácticas, sus gustos, sus discursos. Tal vez nos ha faltado valentía, nos ha temblado la mano, y hemos dejado de actuar con justicia. Tal vez nos ha producido mucha vergüenza sabernos responsables, y hemos intentado disimularla. Es posible que nos haya faltado un poco de tiempo y mucho de voluntad. Tal vez hemos sido excesivamente timoratos.

Hay muchas formas de enderezar entuertos. Una de ellas, apenas una: ir dejando algunas pistas para el pueblo que vendrá, que habrá de ser un poco detective, para resolver el misterio de tanto afán antipopular, y militante que reivindica lo mejor del chavismo, para demostrar que no existe el crimen perfecto. Un pueblo futuro que ya se perfila en el pueblo que hoy se resiste a la muerte, a dejar de tener patria, y cuya alegría de pueblo que lucha supera al sufrimiento que le producen los poderes que ya lo quisieran de nuevo arrodillado.

II.-
Bien vale la pena dejar algunas pistas sobre la obra que va construyendo el pueblo comunero, sobre algunos de los obstáculos de toda naturaleza que hoy debe sortear.

1.- El comandante Chávez se refirió al «espíritu de la Comuna«. Pero existe también un espíritu contra la Comuna. No me refiero a las estridencias paranoicas de personajes como el historiador Germán Carrera Damas, que ha dicho que «el objetivo de las Comunas es demoler la república«. El espíritu contra la Comuna se expresa en filas revolucionarias. No hay algo así como un autor que destaque en sus ataques, mucho menos un plan minuciosamente urdido. Es literalmente un espíritu: un algo inmaterial, un cierto clima enrarecido, como un rumor que se parece a la mezcla de derrotismo y pánico disfrazado de «crítica» que se apoderó de algunos tras la desaparición física del comandante Chávez.

2.- El espíritu contra la Comuna se expresa frecuentemente como incredulidad frente al avance comunero. Uno de los tópicos preferidos es el número de Comunas registradas. Esto no quiere decir, por cierto, que es «sospechoso» todo el que se interrogue sobre la realidad más allá de las cifras, como por cierto lo hacía Eleazar Díaz Rangel hace un par de semanas. Yo mismo he planteado la necesidad de hender los números para ser capaces de descubrir lo nuevo. Pero hay mucho espíritu envejecido. Mucho espíritu cansado y socarrón que exige saber dónde están unas Comunas que no sería capaz de ver así las tuviera frente a sus narices.

3.- Un espíritu envejecido sólo es capaz de ver lo viejo en las nuevas luchas (sus vicios, sus errores), pero nunca lo novedoso, lo que emerge. Un espíritu viejo hace balance de los fracasos mientras otros se arriesgan. Sólo un espíritu cansado es incapaz de ver cómo el pueblo comunero le está apostando a la invención, a la experimentación.

4.- Por regla general, esta incredulidad, este escepticismo frente a la Comuna es otra forma de marcar distancia: se juzga de manera negativa lo que se desconoce, porque no hay vinculación con el territorio. La Comuna es lo que está literalmente lejos. Es una realidad ajena. En los casos más extremos, según hemos visto, simplemente no existe o no es como «debería» ser: como los comuneros de Mérida en 1781, los de París en 1871, o como los de cualquier otro tiempo y lugar, menos como los de aquí y ahora.

5.- Otro tópico muy socorrido es el del Estado proto-totalitario, y en esto es posible identificar una curiosa y alarmante afinidad con los opinadores del antichavismo más rancio. Según, la actual política de acompañamiento al proceso de construcción de Comunas «esconde» la voluntad de homogeneizar y, peor, de vigilar a la población. De acuerdo a la misma lógica, las Comunas no serían espacios donde confluyen los «comunes», sino espacios donde el Estado hace tabula rasa de las diferencias y las singularidades. La cuestión es: ¿acaso esta denuncia de la multiplicación de Comunas homogéneas e indiferenciadas no presupone la existencia de un pueblo comunero dispuesto a dejarse sojuzgar de tal manera?

6.- Un militante revolucionario incapaz de identificar la potencia revolucionaria de una política de alcance nacional es un militante impotente, que no sabe sacar partido de la situación. Entonces opta por la denuncia soporífera contra el Estado en abstracto, encarnación del mal, que todo lo tutela. ¿Existen fuerzas dentro del proceso revolucionario que prefieren un pueblo tutelado? Por supuesto que sí. Pero esto es algo que sucede en todas las revoluciones, sin excepción. Reaccionar frente a esta realidad con falso asombro es una impostura que nada aporta. Aportan los que suman al esfuerzo de crear las condiciones que nos permitan evitar la tutela. El error del espíritu cansado es concebir la tutela como una fatalidad.

7.- Como la voluntad de tutela, la fatalidad es crimen. Es definitivamente antipopular. Es lo propio de los espíritus cansados, que palidecen frente a los pueblos vigorosos y audaces de todas las épocas. Son los mismos que se niegan a reconocerle criterio político, sentido de la estrategia, capacidad de negociación y, claro que sí, el deseo de establecer sólidas alianzas con el gobierno bolivariano, al pueblo que hoy construye Comunas.

Comunas: para hacer que emerja lo nuevo. (Un balance de 2013).


Encuentro Nacional Comunas

Para no perder la orientación, nada mejor que ir a las fuentes: el Programa de la Patria establece como uno de sus objetivos nacionales «consolidar y expandir el poder popular y la democracia socialista» (2.3). El mismo objetivo incluye un complemento diagnóstico con aires de promesa: «La gestación y desarrollo de nuevas instancias de participación popular dan cuenta de cómo la revolución bolivariana avanza consolidando la hegemonía y el control de la orientación política, social, económica y cultural de la nación. El poder que había sido secuestrado por la oligarquía va siendo restituido al pueblo, quien, de batalla en batalla y de victoria en victoria, ha aumentado su nivel de complejidad organizativa».

La Comuna, más que una nueva instancia de participación, es la avanzada organizativa de esa democracia socialista por construir. En el mismo aparte del Programa se lee que el imperativo es acompañar al pueblo venezolano en la construcción y consolidación de 3 mil Comunas para el período 2013-2019, calculando «un crecimiento anual aproximado de 450 Comunas» (2.3.1.4).

Durante 2013 se registraron 532 Comunas, que vienen a sumarse a las 12 registradas entre agosto y diciembre de 2012, para un total de 544. En términos porcentuales, se registró el 118% de las Comunas previstas. Cumplida y superada la meta. Más importante aún: iniciamos 2014 con un 60,4% de avance en el cumplimiento de la meta para el año, que es alcanzar las 900 Comunas. Buenos augurios.

Cualquiera podría objetar que los números no lo son todo. Que más allá de lo cuantitativo está la cualidad de los procesos políticos, máxime cuando estos tienen lugar en medio de una revolución. Estoy completamente de acuerdo. No obstante, debemos estar atentos: los números no lo son todo, pero mucho nos sirven para guiarnos. Ellos constituyen una referencia ineludible, que nos permite medir nuestro desempeño de manera permanente. Pero esto todavía es muy obvio. Lo central, ciertamente, no es la meta, que no es un fin en sí mismo, sino lo que hemos hecho (los procesos de trabajo o militancia en los que hemos estado inmersos) para alcanzarla o, en su defecto, para incumplirla.

Todavía habría que echar un poco más de leña a la brasa de los números. Entre nosotros persiste un profundo menosprecio por las cuentas, lo que nos hace imprecisos, inexactos. Justo porque en ocasiones anteponemos el logro de la meta a los procesos que hacen posible cumplirla, maquillamos los números para que ellos hablen públicamente de una «eficiencia» que no es tal. De esta manera «logramos», al precio que sea, una meta que realmente no alcanzamos. Ésta es una de las manifestaciones más comunes de la gestionalización de la política, fenómeno referido a la práctica de colocar lo administrativo por delante de la política, y que trae como consecuencia que nuestros militantes queden reducidos a meros gestores o burócratas de aparato.

Más dramático es cuando somos imprecisos e inexactos a la hora de mostrar logros extraordinarios. Y esto es todavía más dramático en tanto que es muchísimo más lo que la revolución bolivariana tendría que mostrar en lugar de disimular. Ya sea por falta de rigurosidad o disciplina, o por simple incompetencia, dejamos de registrar al detalle experiencias y procesos inauditos, muchos de los cuales (como las Misiones) han dejado una huella indeleble en millones de seres humanos que ahora viven más dignamente.

«El diablo está en los detalles», le gustaba repetir al comandante Chávez, y ciertamente deberíamos ocuparnos del menor detalle, por insignificante que parezca. Estamos obligados a ser precisos, exactos, rigurosos con los números, porque sólo con cuentas claras es posible dar el siguiente paso: darle vida al frío e inerte número, hender los números como frecuentemente es necesario hender las palabras para que seamos capaces de descubrir lo que de otra forma jamás hubiéramos descubierto: lo nuevo.

Pero hay algo más que nos exige ser rigurosos y disciplinados con nuestros números, y en general con toda la información que recabamos o producimos: la obligación de rendir cuentas a nuestro pueblo. Nuestro pueblo tiene derecho a estar informado sobre lo que hacemos para lograr los objetivos que nos han sido encomendados, y no sólo a saber cuál es el uso que hacemos de los recursos que tenemos disponibles para tales fines. Más allá de esto último, se trata de rendir cuentas, con afán pedagógico, de lo que hacemos, de cómo lo hacemos y de los resultados que obtenemos. Pedagógico en el sentido de que, en el camino, nos obligamos a pensar sobre aquello que hacemos y creamos las condiciones para que nuestro pueblo pueda evaluar y pensar sobre lo realizado. De esta manera, todos aprendemos.

¿Aprendemos qué? Tal vez estemos aprendiendo qué significa aquello de gobernar «socialistamente«. Porque el socialismo es una entelequia si no se expresa en unas prácticas de gobierno específicamente socialistas. ¿Qué significa, entonces, gobernar «socialistamente»? He aquí algunas pistas: 1) socializar información precisa, pormenorizada, que nos permita seguir produciéndola socialmente (pueblo y gobierno); 2) anteponer siempre la política a lo administrativo, los procesos de trabajo a la meta: ésta nunca es un número (que, habiéndolo alcanzado, me permite aferrarme a un cargo u obtener cuotas de poder), sino la transformación revolucionaria de la sociedad, que se expresa en felicidad social. Anteponemos la política a la «gestión» porque la política es revolucionaria, esto es, está al servicio del cambio social. Hacemos «gestiones» para desplegar nuestra política revolucionaria. La eficacia de nuestra política se mide por el cambio que produce en nuestro pueblo, por la felicidad social que produce. La felicidad social de nuestro pueblo depende de su capacidad para «autogestionarse», lo que implica una manera profundamente revolucionaria de entender el problema de la gestión. Hacia allá deben apuntar las Comunas: al «autogobierno» popular, a la «soberanía plena», como está escrito en el Programa de la Patria (2.3).

Es cierto que de nada vale afirmar que hemos registrado las primeras 544 Comunas si olvidamos que lo estratégico es crear las condiciones que hagan posible que las Comunas sean espacios de autogobierno popular. Ahora bien, ¿qué procesos hicieron posible el registro de tal cantidad de Comunas? Socializar esta información, rendir cuentas al respecto, es tan importante como reafirmar la orientación estratégica de la política. Es por allí que debemos comenzar.

¿Cómo comenzaba el comandante Chávez su reflexión del consejo de ministros del 20 de octubre de 2012, el célebre Golpe de Timón? Haciendo el mismo ejercicio que he intentado hacer aquí: preguntándose cómo medir los logros de una revolución. Para ello echaba mano de un fragmento del capítulo XIX de Más allá del capital, el libro de Mészáros: «El patrón de medición, dice Mészáros, de los logros socialistas es: hasta qué grado las medidas y políticas adoptadas contribuyen activamente a la constitución y consolidación bien arraigada de un modo sustancialmente democrático, de control social y autogestión general». La pregunta de fondo que se hacía Chávez era la siguiente: ¿nuestras políticas están contribuyendo al logro de esos objetivos que enuncia Mészáros? Y más específicamente: ¿nuestras políticas están orientadas a la construcción de las Comunas?

Acto seguido, planteaba el comandante dos cuestiones decisivas: en primer lugar, la necesidad de «territorializar los modelos», nuestro modelo de socialismo, y empleaba una imagen portentosa: un modelo que pase por la creación de «una red que vaya como una gigantesca telaraña cubriendo el territorio de lo nuevo», para evitar que el monstruo del capitalismo, esa «gigantesca amiba», lo absorba. En segundo lugar, se refería a la naturaleza de la hegemonía que está llamado a construir el chavismo: nuestro socialismo, afirmaba, «tiene que ser verdaderamente nuevo, y una de las cosas esencialmente nuevas en nuestro modelo es su carácter democrático, una nueva hegemonía democrática, y eso nos obliga a nosotros no a imponer, sino a convencer».

Cuando a finales de abril de 2013 nos dispusimos a concebir lo que tendría que ser el signo de nuestra actuación al frente del ministerio, intentamos traducir en el ámbito institucional lo que el comandante Chávez ya había orientado en su Golpe de Timón. Si tuviera que resumirlo, diría que trabajamos para respondernos las siguientes interrogantes: ¿cómo territorializar nuestro socialismo? ¿Cómo suscitar la emergencia del «territorio de lo nuevo», que desde el principio veíamos expresado en las Comunas organizadas de acuerdo a una lógica reticular, en forma de «gigantesca telaraña»? Además, ¿cómo contribuir a la construcción de «una nueva hegemonía democrática», optando por el convencimiento en lugar de la imposición? En la misma formulación de los problemas estaba (sigue estando) la clave de su resolución.

Este trabajo de análisis dio como resultado, pocas semanas después, un documento que es público, y que resume la orientación estratégica de todo lo que hacemos desde entonces: nuestro Plan Político Estratégico Comuna o nada. De su contenido quisiera resaltar la idea-fuerza o el «principio de acción», como le llamamos en el documento, que a mi juicio explica en buena medida cómo hemos sido capaces de alcanzar las 544 Comunas registradas. Es la idea-fuerza de amplitud política.

En un momento en que la hegemonía política construida por el chavismo estaba seriamente en entredicho, principalmente como consecuencia de la desaparición física de su líder histórico, lo último que necesitábamos era «revolucionarios» que recriminaran al pueblo entristecido, «malagradecido» y presa de la incertidumbre. Quizá nunca como entonces fue necesario acompañarlo, escucharlo (que es nuestro deber siempre), convocarlo a la movilización, incluso orientarlo. Eso fue lo que nos permitió esa extraordinaria iniciativa política de Nicolás Maduro que fue el «gobierno de la eficiencia en la calle».

Resultaba imprescindible transmitirle al pueblo venezolano que la revolución bolivariana había sido siempre una obra colectiva, que éramos el resultado de la acción virtuosa de millones, con todo y sus imperfecciones; que habíamos comenzado a ser lo que deseábamos ser, y que estábamos dejando de ser la imposición de otros.

Tal fue el mensaje que llevamos a los comuneros y comuneras. Pero sobre todo nos sentamos a escuchar. Paciente y atentamente. Llenamos cuadernos de notas. Colectivamente fuimos construyendo un diagnóstico de todo lo que impedía avanzar en la consolidación de las Comunas. Recibimos lo nuestro: fuertes cuestionamientos, severos llamados de atención. También un sinnúmero de propuestas. Nos reunimos con todas las tendencias, y pronto comenzamos a realizar reuniones donde fuerzas supuestamente irreconciliables volvían a encontrarse. Si deseábamos afrontar la crisis de hegemonía política en puertas, debíamos practicar el tipo de política que nos enseñó Chávez: una política con vocación de articulación de la diferencia, de unidad en la diversidad; una política para incorporar al que piensa distinto; una política amplia, democrática.

Sin duda alguna, el grueso de los cuestionamientos de comuneros y comuneras era relativo a las dificultades para lograr el registro de las Comunas. Procedimos a simplificar los trámites administrativos, haciendo recaer el peso en dos procesos capitales: elaboración colectiva de propuesta de carta fundacional y referendo aprobatorio.

Además, realizamos cinco encuentros regionales de Comunas, en los que participaron 534 Comunas. Antes del primer encuentro (celebrado en Lara, entre el 6 y el 8 de agosto) existían 101 Comunas registradas en el país. 185 Comunas de las 433 restantes se habían registrado al cierre del ciclo de encuentros, es decir, el 42,7%.

El fin de semana del 7 y 8 de septiembre se realizó el Censo Comunal 2013, que continuó durante los días viernes 13, 14 y 15 de septiembre. La actividad, ideada por el Presidente Maduro, convocó a 1401 Comunas en distintos grados de desarrollo (registradas, con comisiones promotoras ya constituidas, consejos comunales con la intención de organizarse en Comunas).

El 17 y 18 de noviembre tuvo lugar en Caracas el Primer Encuentro Nacional de Comuneras y Comuneros, con la participación de 506 Comunas. Este acontecimiento fue sucedido por sendas jornadas nacionales de referendos aprobatorios de cartas fundacionales, los días 24 de noviembre y 15 de diciembre, luego de las cuales se registraron 217 Comunas.

Más que como actividades puntuales dirigidas a alcanzar metas numéricas, todas las previamente mencionadas fueron concebidas como jornadas de movilización popular, de acuerdo con el primer objetivo de nuestro Plan Político Estratégico: reagrupar y movilizar a las fuerzas revolucionarias en sus territorios. Si a esto le sumamos la reinstalación de la Comisión Presidencial para el Impulso de las Comunas, dirigida por el Vicepresidente Jorge Arreaza, y el hecho muy significativo de que el mismo Presidente Maduro se convirtió en el principal agitador de estas jornadas, poniendo siempre de realce la importancia estratégica que reviste la Comuna, es posible entender por qué fue posible alcanzar la meta del Programa de la Patria.

¿Las 544 Comunas registradas hasta ahora lograrán consolidarse como espacios de autogobierno? Por supuesto que no podemos asegurarlo. Lo que sí podemos asegurar es que estamos trabajando para que así sea. No sólo no hemos dejado de lado, en ningún momento, lo estratégico, sino que el mismo logro de la meta de Comunas registradas ha sido posible porque hemos procurado actuar en razón de las orientaciones estratégicas del comandante Chávez. Desplegados siempre en el territorio, sin imposiciones, inventando junto a nuestro pueblo, haciendo que emerja lo nuevo.

El 8D fue derrotado el miedo a la Comuna


Chavismo celebra 8D, Nicolás

La persona que todavía no alcance a entender lo que sucede en la Venezuela después de Chávez, debe comenzar por saber que las contiendas electorales dejaron de ser lo que lamentablemente siguen siendo en la mayoría de las democracias del mundo: un mero trámite que le permite a quienes ejercen el poder económico disputarse el control del poder político, ofertando variaciones de un mismo programa, que ni de chiste se plantea poner en entredicho el capitalismo.

Ya desde 1998, años antes de que Chávez hablara por primera vez de socialismo, son dos proyectos históricos los que antagonizan en cada contienda: el popular, bolivariano y revolucionario, y el que convoca a las fuerzas históricamente asociadas a la oligarquía, a los amos del valle, privilegios y prejuicios de raza y clase a cuestas. Chavismo y antichavismo, en resumidas cuentas.

Este 8D, ambos proyectos históricos volvieron a enfrentarse. Como es de esperarse, la oligarquía venezolana, y más concretamente la burguesía comercial importadora, que ahora mismo dirige a la clase política antichavista, ducha en estos menesteres, disimula con relativo éxito la verdadera naturaleza del conflicto, haciendo particular énfasis en la desideologización del debate público.

De un tiempo a esta parte, ha invertido la mayor parte de su devaluado capital político en la estrategia de desgaste, que busca colocar en el centro de la diatriba pública el tema de la ineficiencia gubernamental, sumado a llamados al diálogo y a la reconciliación, entre otras tácticas (entre las que se cuenta la apropiación y resignificación de ideas-fuerza del chavismo).

Durante los últimos meses, el antichavismo se animó a llevar esta estrategia de desgaste hasta sus últimas consecuencias: con un chavismo con la guardia baja por la convalecencia de su líder, y luego triste por su desaparición física, se fue a la guerra económica.

Tiene razón el presidente Maduro cuando afirma que el antichavismo no hizo campaña electoral, sino guerra. Y sabotaje. La primera para desmovilizar a la base social del chavismo, presa de la impotencia. El segundo (como el apagón eléctrico del lunes 2 de diciembre), para recordarle a su base social por qué hay que derrotar al chavismo «ineficiente».

Sólo en este contexto era posible concebir el 8D como un acontecimiento plebiscitario. Plebiscitario en el sentido de que el chavismo (y esto es expresión de la genialidad política de Chávez) es una fuerza que ha logrado prevalecer porque ha sido capaz de construir hegemonía popular y democrática, y la ha construido en buena medida porque tiene la vocación de someter permanentemente su proyecto histórico a la consulta de toda la sociedad.

Animado por los severos estragos que la guerra económica ha causado en la población, el antichavismo asumió el 8D como un plebiscito, pero en sentido notablemente distinto al anterior: igualmente entusiasmado por los resultados del 14A (tan solo 223 mil 599 votos de diferencia a favor de Maduro), se planteó superar al chavismo en votos totales. El cálculo era claro: debilitada la figura del presidente Maduro, en evidencia la dificultad del chavismo para construir un liderazgo político después de Chávez, la mesa estaba servida para decretar la acelerada descomposición del «régimen».

Ya sabemos que el antichavismo ha salido con las tablas en la cabeza: según el primer boletín del Consejo Nacional Electoral, el chavismo no sólo ha cuadruplicado al antichavismo en número de alcaldías, ganando en la mayoría de las capitales de estado, sino que le ha sacado una ventaja de casi 700 mil votos.

Es mucho lo que debe analizarse, por supuesto. Debe indagarse en las razones de la derrota de las fuerzas revolucionarias en ciudades claves. Debemos evaluar el papel desempeñado por el presidente Maduro durante estos ocho intensos meses: cómo ha venido convirtiéndose en el líder político de un movimiento que muchos, en muchas partes, ya daban por derrotado. Debemos releer detenidamente su discurso ante la Asamblea Nacional, el pasado 8 de octubre, y sacar las conclusiones a que hubiere lugar. Debemos analizar el impacto de la ofensiva económica, es decir, la apuesta por repolarizar en el campo económico, poniendo en el centro del debate público la necesidad de antagonizar con la burguesía. Igualmente, debemos ponderar el impacto que puede tener una política tan audaz como la Gran Misión Barrio Nuevo Barrio Tricolor, con todo lo que ella implica en cuanto a «concentración de fuego» en el territorio, al mejor estilo chavista.

Pero hay un aspecto adicional que, a mi juicio, debemos evitar que pase desapercibido. El 8D no sólo ha sido derrotada la idea antichavista de plebiscito. También ha sido derrotada la conseja según la cual el antichavismo debía salir a votar en masa para derrotar a la Comuna, una figura monstruosa, aberrante, contraria a la Constitución y las leyes, que pretendería sustituir a las alcaldías y, en último término, poner de rodillas a la mismísima democracia. Ha sido derrotado el miedo a la Comuna.

El argumento, falaz si es que puede llamarse argumento, apenas tomó vuelo durante la campaña (o la guerra), pero se asomó con insistencia durante los últimos días, en la Asamblea Nacional (a propósito de los debates para aprobar el Plan de la Patria como Ley de la República) y en algunos medios antichavistas.

Más curioso aún, la prensa antichavista la enfila hoy, 9 de diciembre, contra la Comuna. Quien no los conozca que los compre: si no supiéramos de los antecedentes de El Nacional, El Universal y El Mundo, podría pensarse que es pura casualidad esta singular lectura que hacen hoy del asunto. Basta con los títulos de las respectivas notas: «Comunas restarán Bs. 2,9 millardos del presupuesto de las alcaldías» (El Nacional, Economía y Negocios, 11); «Economía comunal minimizará las competencias de las alcaldías» (El Universal, Economía, 1-12); «Alcaldías obligadas a convivir con el poder comunal» (El Mundo, 4).

Si nos guiáramos por la línea editorial de la prensa antichavista, cualquier podría pensar que, victorioso el chavismo el 8D, las grandes perdedoras habrían sido las alcaldías. Porque, siempre según la prensa antichavista, las Comunas «restarán» o «minimizarán» el poder de las alcaldías o éstas se verán «obligadas» a coexistir con aquellas. Nótese cómo, al plantear el antichavismo este falso dilema entre Comunas y alcaldías, el pueblo organizado no aparece nunca. En el caso de El Universal, por ejemplo, no se trata de competencias que serán transferidas al pueblo organizado, sino de competencias que les serían arrebatadas a las alcaldías.

La realidad es otra: después del 8D, las Comunas son más fuertes porque hemos triunfado en la gran mayoría de los municipios. Tal es la manera correcta de plantear el asunto. De hecho, si hay alguna Comuna amenazada es porque allí gobiernan, desde antes o a partir del 8D, las fuerzas contrarias a la revolución.

En líneas generales, el panorama es alentador: antes de la Jornada Nacional de Registro de Comunas (24 de noviembre) existían 264 Comunas registradas, esparcidas en 106 municipios (31,6%). En la víspera del 8D, la cifra había ascendido a 473 Comunas registradas, en 168 municipios, el 50,15% del territorio nacional.

En el momento en que escribo, el Consejo Nacional Electoral ha oficializado los resultados en 158 de estos municipios. El cuadro es el siguiente: el chavismo ha triunfado en 127 municipios en donde existen Comunas, es decir, en un 80,4% de los casos. En esos 127 municipios están ubicadas 386 de las Comunas registradas, el 81,6%. Abrumadora mayoría.

Las 87 Comunas registradas restantes están asentadas en 31 municipios en los que el chavismo fue derrotado. Pero hay un dato muy interesante: 38 de esas Comunas (43,7%), casi la mitad, están ubicadas en parroquias donde triunfó la revolución. Así, por ejemplo, en Lara, todas las 16 Comunas en el municipio Iribarren están en parroquias donde venció el chavismo, incluyendo 6 de ellas en la parroquia Juan de Villegas, importante bastión popular. En Barinas, municipio Barinas, todas las 3 Comunas están en parroquias donde ganó el chavismo. En Carabobo, municipio Valencia, las únicas 2 Comunas están en parroquias donde venció la revolución. En Miranda, municipio Sucre, 3 Comunas están en parroquias de mayoría chavista. En Zulia, la única Comuna registrada en el municipio Maracaibo está en la parroquia Idelfonso Vásquez, donde ganó el chavismo.

Después del 8D, y contra todo pronóstico, soplan vientos a favor de las fuerzas revolucionarias. No es poca cosa, siendo éste el año que ha sido: el más difícil por el que ha atravesado la revolución bolivariana.

Que terminemos este año con perspectivas ciertas de ir fortaleciendo cada vez más el autogobierno popular, a través de las Comunas, y en plena ofensiva contra la burguesía parasitaria, es una buena manera de hacerle honor al comandante Chávez. Un hombre de carne y hueso que honró con su vida el compromiso con todo un pueblo.

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