Los excesos de Chávez


Foto: Marcelo Volpe. Colectivo Cacri Photos

Muy dada a las generalizaciones motivadas política y pecuniariamente, la encuestología suele concluir que la mayoría del país, actualmente tanto como alrededor de los dos tercios de la población, no se identifica con ninguno de los dos polos en pugna: chavismo y antichavismo.

La construcción de una imagen de país mayoritariamente “independiente”, renuente a identificarse con parcialidades políticas, es un ejercicio en el que viene incurriendo la encuestología ya desde los tiempos de Chávez, cuando la mayoría del país se inclinaba indiscutiblemente por el chavismo, en particular las clases populares. Es conveniente no olvidar este importante precedente.

En teoría, esta imagen de país mayoritariamente “independiente” autorizaba a la encuestología en tanto que única fuente de saber, disciplina o “ciencia” capaz de desentrañar los “secretos” de esa mayoría que, siempre según este relato, tendía a rechazar más o menos firmemente la “polarización”.

En efecto, la encuestología ha sido decisiva a la hora de construir un relato condenatorio de la “polarización”, lo que la emparenta políticamente con el antichavismo, que hizo suyo este discurso desde muy temprano: ésta era interpretada como un efecto perverso de la manera chavista de hacer política, asociada a la altisonancia retórica de Chávez, a sus veleidades antidemocráticas, a su estimulación del odio de clases y, más tarde, a sus excesos políticos (Misiones, socialismo, consejos comunales, Comunas, reforma constitucional, enmienda, etc.) y sobre todo económicos (recuperación de PDVSA, control de cambio, distribución popular de la renta, nacionalizaciones, recuperación de tierras, expropiaciones, control de precios, etc.).

A mi juicio, hoy día tiene realmente muy poco mérito concluir que la mayoría del país no se identifica con ninguna de las dos principales fuerzas políticas. Es algo que salta a la vista. La cuestión clave es cómo llegamos a este punto. Es imperativo que seamos capaces de ofrecer una explicación convincente, rigurosa, informada, fundada en hechos y datos. Esto supone poner seriamente en entredicho algunos tópicos que han venido instalándose en el sentido común.

Así, por ejemplo, la idea de que las mayorías rechazan la “polarización”. Este tópico ha adquirido el rango de verdad incontrovertible, al punto de que ponerlo en duda es considerado casi un anatema. Sin embargo, me parece que lo que las mayorías populares rechazan es el remedo de polarización. No la polarización que, muy distinta a la acepción antichavista del término, remitía al conflicto entre dos grandes proyectos históricos, y que se tradujo en la politización sin precedentes de las clases populares, sino la polarización realmente existente que, contrario a lo que fue, hoy no enfrenta a dos proyectos claramente distinguibles, sino a dos fuerzas políticas menguadas.

El punto de partida para explicar por qué tanta gente se siente poco o nada identificada con alguna fuerza política no es la “polarización” de la que nos habla la encuestología, sino este remedo de polarización.

Adoptar el punto de vista de la encuestología entraña riesgos enormes para la democracia venezolana: implícitamente, lo que se nos ofrece como verdad es que las mayorías anhelan una sociedad “despolarizada”, lo que en el mejor de los casos vendría a significar, tal vez, la existencia de una oposición dispuesta a aceptar las reglas democráticas, capaz de asimilar que su empecinamiento por la violencia ha significado no solo su propia ruina en tanto clase política, sino que ha provocado un enorme perjuicio a la población, y que termine de comprender que, por ejemplo, apoyar entusiastamente el bloqueo económico contra la nación es, para decirlo elegantemente, un absoluto despropósito, uno que, dicho sea de paso, es rechazado categóricamente en todas las encuestas. Hasta aquí, podría decirse, todo en orden.

Pero una sociedad “despolarizada” significaría también la existencia de un chavismo gobernante dispuesto a comprender que ya no puede permitirse los excesos del pasado, en particular los económicos, y mucho menos cuando atravesamos una crisis económica prácticamente sin precedentes en la historia, a la cual habríamos llegado, en buena medida, como consecuencia de tales excesos. Y en este punto es donde el asunto se complica.

Cabe preguntarse: ¿cuáles son los efectos de poder de este discurso? ¿Su destinatario son las mayorías “despolarizadas” o la clase política? Me inclino por la sospecha de que esta imagen un tanto idílica de unas mayorías “despolarizadas” que anhelan la paz, la tranquilidad, el entendimiento, etc., va dirigido fundamentalmente a la clase política chavista, que a fin de cuentas es la que ostenta, qué se le va a hacer, el poder político.

Ahora bien, si se indagara más a fondo y se hiciera el ejercicio de intentar comprender lo que ellas piensan y sienten, podríamos encontrarnos con la “sorpresa” de que el grueso de las mayorías populares supuestamente “despolarizadas” está realmente compuesto por chavistas en proceso de desafiliación. Esto nos obligaría a encarar un fenómeno ciertamente difícil de asimilar, puesto que podría dejar al descubierto las inconsecuencias, reales o percibidas por la gente, del liderazgo chavista.

Esta misma circunstancia, es decir, la dificultad para afrontar el fenómeno de la desafiliación política, y por tanto la propia inconsecuencia, es lo que hace que, en última instancia, suceda lo impensable: esto es, que parte importante de la clase política chavista prefiera refugiarse en el discurso de la “despolarización”, de acuerdo al cual lo que le corresponde es no solo evitar cualquier exceso, sino aplicar políticas de ajuste económico que considera “inevitables”.

Instalado este discurso de la “despolarización” en el sentido común, no solo de la clase política en general, sino de parte de la población, es por supuesto normal que la vocería oficial u oficiosa tanto del chavismo como del antichavismo, tiendan a coincidir en un cuestionamiento radical, pongamos por caso, del control de precios o de las expropiaciones, y pretendan asimilar cualquier crítica a las actuales políticas de ajuste con la defensa extemporánea, irresponsable, más bien propia del “izquierdismo infantil”, de aquellas medidas adoptadas por Chávez, bien es cierto que un momento histórico muy distinto.

Con todo, sigue siendo pertinente la pregunta: ¿entonces todo el esfuerzo por democratizar radicalmente la estructura económica venezolana no fue más que un exceso de Chávez? El solo hecho de tener que hacernos la pregunta explica en buena medida por qué hay tanta gente desafiliada.

Foto: Giuliano Salvatore. Colectivo Cacri Photos

13A: El día que el pueblo se salvó a sí mismo


Unión Comunera

El 13 de abril fue el día que el pueblo rescató al líder del proyecto que encarnaba sus esperanzas. Fue uno de esos días extraordinarios en que el pueblo tomó la determinación de salvarse a sí mismo.

Ese pueblo, vestido de obrero, campesino, militar, intelectual, hoy sigue en combate, a pesar de la desesperanza, la resignación, el descontento, la angustia y la decepción. De entre la miasma brota la alegría, la valentía y el afán de seguir confrontando las adversidades.

Ese 13 de abril presenciamos, de la mano del Comandante Chávez y la Revolución Bolivariana, el parto del poder popular, entendido como la posibilidad de auto-reconocer la fuerza transformadora del pueblo, capaz de derrotar imperios y oligarquías.

Hoy, 19 años después de aquel histórico acontecimiento, nosotros y nosotras, comunas y organizaciones sociales reunidas alrededor de la Unión Comunera, reafirmamos nuestro compromiso chavista y revolucionario de continuar la labor iniciada por el pueblo venezolano quien junto al Comandante Chávez, demostró la posibilidad real de transformación de la sociedad venezolana, trazando con el lápiz del socialismo el horizonte de la emancipación y el proyecto comunero como camino seguro para alcanzarlo.

Desde la Unión Comunera, que viene construyéndose desde abajo, desde el chavismo rebelde, desde las comunas que se niegan a morir, con la fuerza del pueblo, asumimos la responsabilidad de no dejar, desde nuestros modestos esfuerzos, que aquella épica del 13A quede enterrada en la historia.

Hoy levantamos nuestras manos, para asestar el puño con el que el Comandante nos convocaba al combate, para convertirlo en nuestra insignia de lucha y nuestro sentido de existencia. Con este símbolo ratificamos nuestra voluntad de mantener viva la llama revolucionaria, nuestra vocación combativa y chavista, nuestro compromiso con la construcción del socialismo por la vía del ejercicio del poder popular.

Aquí no hay pueblo vencido. Aquí nadie se rinde. Vamos con alegría y mucha esperanza a reencontrarnos como pueblo, en las catacumbas, donde hay pueblo dispuesto a pelear, a organizarse, a producir, transformar y construir la patria soñada.

Independencia, Comuna y Socialismo

¿Venezuela despolitizada?


Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

¿Cuándo fue la última vez que usted sintió genuino interés por leer alguna nota relacionada con la política venezolana?

Parece más que evidente que viene tomando cuerpo un creciente desinterés de las mayorías populares por la política.

Hasta no hace mucho me parecía claro que nuestra situación describía el rechazo de las mayorías politizadas a un tipo específico de ejercicio de la política que creíamos superado, si bien no completamente. Pero de aquel rechazo al actual desinterés hay un trecho que puede estar conduciendo a la despolitización.

Bien entrada la segunda década del siglo XXI, hablar de mayorías despolitizadas en Venezuela a la vuelta de unos pocos años era algo simplemente impensable. Pero es importante tomar nota: los tiempos están cambiando.

Por supuesto que la clase política tiene una alta cuota de responsabilidad. Pero no basta con emprenderla de modo genérico contra la clase política, gesto que ciertamente resume, con razón, el signo de los tiempos.

Más allá de las múltiples causas que puedan estar en el origen de este fenómeno de despolitización, creo necesario poner el énfasis en la cuestión económica, y más específicamente en el progresivo deterioro de las condiciones materiales de existencia de la gente.

Suele afirmarse que el desinterés de las mayorías por la política tiene que ver con el hecho cierto de que la gente está ocupada, fundamentalmente, en resolver el día a día, y que por tal razón no tiene tiempo para otra cosa. Y en la medida en que tal afirmación refiere a una situación de hecho, pasa como una verdad indiscutible.

Sin embargo, a mi juicio, sucede justo lo contrario: el desinterés de las mayorías por la política se relaciona, sobre todo, con el hecho de que ésta ha dejado de significar el ejercicio de una actividad que le permita a la gente resolver sus problemas más elementales. Pero esto todavía sería una verdad a medias.

Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

La otra parte de la explicación es que difícilmente pueda haber algún interés en la política si no está asociada a una idea de horizonte. El supuesto de que la gente, por regla general, es no solo tan pragmática, sino además tan cínica como para involucrarse en política exclusivamente para resolver sus necesidades materiales más inmediatas, es en sí mismo muy cínico. Es, por cierto, la idea que los políticos de la peor ralea tienen de la gente.

La Venezuela de principios de este siglo es un buen ejemplo de que las mayorías se involucran en política en la medida en que hacen suya la perspectiva de cambio favorable a corto, mediano e incluso largo plazo. No solo la situación económica de las clases populares no varió significativamente con la llegada de Chávez al poder, sino que al cabo de cuatro años había empeorado drásticamente. En tales circunstancias, con todas las apuestas en contra, las mayorías siguieron convencidas de que solo tendrían un mejor futuro junto con Chávez. Entre otras razones, porque había una idea clara de horizonte: un proyecto de país que sería realizable mediante la participación de la gente y, más que eso, con su protagonismo.

Dicho sea de paso, no es el precio del petróleo lo que permite comprender aquel convencimiento colectivo, como suele repetirse hasta la saciedad hoy día, con el agravante de que esta falsa premisa es suscrita por buena parte del chavismo oficial. Y ya que hablamos de petróleo, lo que sí es cierto es que difícilmente pueda reconstruirse una idea de horizonte si se insiste en que la tarea del presente es avanzar en la dirección de una economía post-petrolera. En Venezuela, la idea de horizonte para las mayorías populares es indisociable de la existencia de una robusta industria petrolera, lo que pasa por la plena soberanía sobre nuestros recursos energéticos.

En buena medida, es precisamente sobre la base de la defensa de nuestra soberanía económica que puede reconstruirse, a su vez, nuestra soberanía política, no en el sentido liberal clásico, de autoridad que se delega, sino en tanto autoridad ejercida por el único dueño originario del poder soberano que es el pueblo, que la ejerce para transformar el actual estado de cosas.

Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

«El reto es cómo superar un modelo agotado por la vía democrática y revolucionaria» (entrevista en Gara, 7 de marzo de 2021)


Foto: Américo Morillo

Por Mirari Isasi

Publicado originalmente en Gara/Naiz

Reinaldo Iturriza (Puerto Ordaz, 1973) es sociólogo, escritor y militante popular. Autor de varios libros, entre ellos “El chavismo salvaje” (2016), además de haber ejercido como profesor en las universidades Bolivariana y Central de Venezuela, fue asesor de la Vicepresidencia (2010/2013) y ministro de Comunas y Movimientos Sociales (2013/2014) y de Cultura (2014/2016). En esta entrevista aporta algunas claves para entender la desconfianza y desafiliación política de amplios sectores de la sociedad y reclama autocrítica. Asegura que Venezuela superará la actual crisis y considera que el eje central debe ser «cómo superar un modelo agotado, y cómo hacerlo por la vía democrática y revolucionaria».

Reinaldo Iturriza asegura que Venezuela atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia, del que no duda que logrará salir tomando como referencia, y «corrigiendo los errores que haya que corregir», los avances durante la «década ganada».

2021 ha arrancado con una nueva Asamblea Nacional y todos los poderes del Estado en manos chavistas. ¿Qué retos se plantean? ¿Cuál es su balance de la anterior?

Comencemos por la última pregunta, porque solo de esa manera se puede ubicar en su contexto la afirmación: ‘todos los poderes del Estado en manos chavistas’, que se puede prestar a equívocos.

El resultado de las elecciones parlamentarias de diciembre significó la derrota de los que muy probablemente sean los diputados y diputadas más radicalmente antinacionales de nuestra historia republicana, lo que es mucho decir, dada la larga tradición de políticos serviles a intereses foráneos.

Desde que asumieron el control de la Asamblea Nacional, en enero de 2016, con los primeros amagos de aprobación de nuevas leyes, actuaron como un tropel desordenado, ansioso de revancha y deseoso de desmontar, pieza por pieza, el armazón jurídico que da soporte legal a varias de las conquistas sociales más sentidas por el pueblo venezolano, alcanzadas en la revolución bolivariana.

Habiendo podido elegir capitalizar la victoria electoral, erigiéndose como una institución que actuara como contrapeso del Ejecutivo, optaron por convertir al Legislativo en el menos independiente de los poderes, haciendo el papel de aspirantes a procónsules del soberano imperial estadounidense.

La trama destituyente del último quinquenio fue parcialmente urdida, pero sobre todo ejecutada de manera entusiasta, por la clase política antichavista con control de la Asamblea Nacional: es pública su participación en actos de violencia, en tentativas de golpe de Estado, en actos terroristas, culminando con la insólita autoproclamación como ‘presidente interino’ del diputado Guaidó, y la amenaza expresa de una agresión armada extranjera contra la nación.

Si todo lo anterior sería un exceso en cualquier país del mundo, es todavía poco frente a las nefastas consecuencias de las exitosas gestiones realizadas por diputados y diputadas antichavistas, para acelerar y profundizar el cerco económico contra el país entero. Siendo así, la derrota del antichavismo no puede ser sino una buena noticia para el conjunto de la sociedad venezolana. Luego, el resultado electoral representa una categórica victoria para la clase política chavista, que incluso ha logrado alzarse con la mayoría calificada, lo que supone, por supuesto, una amplísima capacidad de maniobra, y despeja el camino para que la Asamblea Nacional vuelva a estar al servicio de los intereses de la nación.

Dicho esto, el principal reto es convertir esta victoria del chavismo en una victoria para las mayorías populares. Si eso será así, está por verse.

La Asamblea Nacional era la única baza en manos de la oposición que lidera Juan Guaidó y en la que se basaba un apoyo internacional que se ha ido diluyendo. ¿Qué futuro le espera?

En nuestro país, en enero de 2019, se puso en marcha lo que podríamos llamar el ‘experimento Guaidó’. ¿En qué consistía? Previo desconocimiento de las elecciones presidenciales de mayo de 2018, el diputado Guaidó, una figura desconocida que recién había asumido la presidencia de la Asamblea Nacional, se autoproclama ‘presidente interino’ en una plaza pública, e inmediatamente obtiene el reconocimiento formal del Gobierno estadounidense. Luego es reconocido por algunos gobiernos de América y Europa. Una precisión muy importante: en su mejor momento, el ‘Gobierno interino’ recibió el reconocimiento de apenas una cuarta parte de los gobiernos del mundo.

Esta medida de máxima presión política y diplomática internacional, dirigida fundamentalmente por Estados Unidos, con el firme apoyo de la Unión Europea, vino a sumarse a la brutal agresión económica padecida por la sociedad venezolana durante los años previos. Inicia formalmente en 2015, durante la Administración Obama; se acentúa en 2017, ya durante la Administración Trump, con la aplicación de medidas coercitivas dirigidas a paralizar la industria petrolera, corazón de la economía venezolana, y se profundiza aún más a partir de la autoproclamación de Guaidó. El objetivo era asfixiar económicamente al país para forzar el quiebre popular, es decir, crear las condiciones para que la población se levantara contra el gobierno, y/o el quiebre institucional: fracturar la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y deponer al Gobierno por la vía del golpe de Estado.

A partir de la autoproclamación de Guaidó se redobla la apuesta y comienza a hablarse con mucha fuerza de ‘intervención humanitaria’. En tal sentido, un hito decisivo es la tentativa de incursión militar extranjera del 23 de febrero de 2019, bajo el pretexto de traer ‘ayuda’ a la población venezolana a través de la frontera con Colombia y, en menor medida, por Brasil. Esa tentativa fracasa, dado el firme rechazo no solo del Gobierno venezolano, sino de su Fuerza Armada, y de parte importante de la población.

Luego de este episodio, resultaba muy claro que el ‘experimento Guaidó’ había sido concebido para lograr el objetivo de ‘cambio de régimen’ en el muy corto plazo. Fracasado el plan, el Gobierno estadounidense, haciendo alarde de su característica arrogancia, en lugar de reconocer su derrota, decidió pagar el precio de seguir respaldando públicamente a un personaje que no pasa de ser un muñeco de ventrílocuo, sin verdadero arraigo popular, cuyos actos y declaraciones fueron perdiendo eficacia política de manera acelerada. A mediados de 2019, puede que un poco antes, Guaidó había perdido casi por completo su capacidad convocatoria, y las manifestaciones de la base social del antichavismo fueron cada vez más menguadas. ¿Qué futuro le espera? En un país democrático, ninguno. Quizá el olvido. A lo sumo, ser recordado como una figura tristemente célebre, que se prestó para estar en la primera línea, en el bando agresor, durante uno de los ataques más arteros que haya recibido la nación venezolana.

¿Qué lectura hace del alto índice de abstención en las últimas elecciones? ¿A qué responde? ¿Al hastío, a la indiferencia, al desgaste del chavismo, al agotamiento por la larga crisis económica y el bloqueo impuesto de EEUU?

Sí, todas esas circunstancias inciden y pueden sumarse otras: el hecho de que los principales partidos de oposición optaran por la línea abstencionista, intentando deslegitimar los comicios; la pandemia, aunque en líneas generales el Gobierno ha logrado mantener la situación sanitaria bajo control, y el bloqueo económico, que ciertamente afecta yes traduce, por ejemplo, en una significativa merma de los inventarios de combustible, lo que a su vez incide negativamente en la posibilidad de acceso al servicio de transporte…

Ahora bien, he planteado que el liderazgo político está en la obligación de ir más allá de análisis autocomplacientes, y tiene que ser capaz de valorar en su justa dimensión el peso de un fenómeno relativamente reciente: la indiferencia por la política.

A mi manera de ver, y analizando el voto chavista, hay una línea que va desde cierto hastío por la política, que se manifiesta ya en las parlamentarias de 2010, cuando el chavismo logra la mayoría en la Asamblea Nacional, pero no alcanza la meta de la mayoría calificada; pasa por la desafiliación política, fenómeno que se expresa en las parlamentarias de 2015, y que incide directamente en la victoria del antichavismo, y llega hasta las elecciones más recientes, cuando una parte de la población se abstiene de participar por pura y simple indiferencia.

Una participación del 30,5% en una sociedad altamente politizada, es un porcentaje muy bajo. Una parte importante de la población ha hecho un fuerte llamado de atención a su clase política.

Usted ha mencionado en alguna ocasión el rechazo de la ciudadanía al clientelismo y asistencialismo del PSUV.

Sí, es algo sobre lo que he insistido mucho. Es un tópico sobre el que se ha discutido bastante durante todos estos años. El mismo Hugo Chávez realizó numerosas reflexiones y cuestionamientos públicos al respecto.


Para decirlo de manera resumida: lo que puede entenderse como chavismo, es decir, las mayorías populares que se politizan ya durante la última década del siglo XX, se constituyó, en buena medida, como rechazo a lo que en Venezuela se conoce como ‘partidocracia’, incluyendo, por supuesto, sus usos y costumbres.

La fragua del chavismo como sujeto político se realiza alrededor, entre otras, de la idea fuerza de democracia participativa y protagónica, lo que supone una dura crítica a los viejos vicios de los partidos tradicionales, entre ellos el clientelismo y el asistencialismo. Eso de concebir a la gente como ‘cliente’ o como objeto de asistencia, en tanto que implica desconocer la potencia del sujeto chavista, siempre suscitará el más firme rechazo popular.

El problema es cuando, de tanto apelar a esas prácticas, el rechazo a la clase política chavista comienza a dar paso a la desafiliación de la identidad política, y ésta a la indiferencia.

Está claro que el PSUV y sus aliados no han sabido atraer a la ciudadanía. ¿Ha habido autocrítica? ¿Cómo volver a conquistar a esas bases?

Mi impresión es que, en líneas generales, el liderazgo político chavista, y salvo notables excepciones, es bastante poco autocrítico al respecto.

Sobre cómo volver a atraer a las bases: eso será posible siempre y cuando las mayorías populares sigan percibiendo que, más allá de las diatribas entre políticos, digamos que más allá de las miserias asociadas al ejercicio de la política, se están enfrentando dos proyectos antagónicos de país. Si está lo suficientemente claro que se trata de dos proyectos históricos en pugna, y en tanto que el proyecto del antichavismo es indiscutiblemente antinacional y antipopular, como lo es todo proyecto de elites, en esa medida habrá margen de maniobra para reagrupar fuerzas.

La fracasada estrategia de Guaidó le ha hecho perder apoyos y ha llevado a la ruptura de la oposición antichavista. ¿Hay posibilidades de un diálogo que facilite una salida a la crisis que vive Venezuela?

Sí. No solo el diálogo político es posible, sino que es lo deseable por las mayorías populares. Ahora bien, estoy convencido de que, con todo y que la población anhela alguna especie de tregua, un mínimo entendimiento, tampoco está de acuerdo con un nuevo pacto de elites. Como decimos en Venezuela: paz, sí, pero con justicia e igualdad, no la paz de los sepulcros, no la paz para que las mayorías vuelvan a ser invisibles y marginadas.

También ha habido una división en su seno con la ruptura con los principales y tradicionales aliados del PSUV, quienes acusan al Gobierno de negociar y aliarse con la burguesía, de aplicar políticas neoliberales, incluidas privatizaciones, y de olvidarse del legado de Hugo Chávez. ¿Es una ruptura insalvable?

Se ha deslindado el Partido Comunista de Venezuela, y parte de la militancia de otros partidos que integraban el Gran Polo Patriótico, lo que ha dado lugar a la Alternativa Popular Revolucionaria, que es una iniciativa que apenas da sus primeros pasos, y que actualmente tiene poco peso electoral.

Desde el gobierno se insiste en que no existe tal viraje hacia el neoliberalismo y se afirma que la política económica es el resultado inevitable de unas condiciones económicas particularmente adversas, que obligan a proceder con mucho pragmatismo. Pero hay razones para pensar que, más allá del necesario pragmatismo, algunas líneas de fuerza con mucha influencia en el Gobierno están convencidas de que las mayorías empobrecidas no pueden ser el centro de gravedad de la política, que lo vital en las actuales circunstancias es entenderse con el capital, brindarle todas las facilidades posibles, lo que implica posponer cualquier medida orientada a la revalorización del salario, a pechar las grandes fortunas, a aumentar los impuestos que tendrían que pagar los que más tienen.

Se ha denunciado públicamente que algunas tierras y empresas recuperadas por el Estado han sido devueltas a sus antiguos dueños y existe evidencia de que se ha procedido a la deliberada desinversión en algunas unidades de producción, para luego establecer las llamadas ‘alianzas estratégicas’, término que, en muchos casos, es simplemente un eufemismo que encubre la privatización. La política de defensa de los trabajadores se ha debilitado gradualmente, se han producido despidos arbitrarios, trabajadores han sido judicializados…

En general, estas líneas de fuerza no creen en la firme y necesaria fiscalización estatal de las fuerzas económicas que controlan el mercado.

El debate público sobre estos asuntos es bastante pobre: la vocería oficial suele responder a la defensiva, descalificando la crítica en términos nada constructivos. Las decisiones sobre asuntos tan fundamentales suelen tomarse en un clima de mucha opacidad. Es muy poco lo que se informa a la población. El Gobierno parece haber renunciado a su obligación no solo de informar, sino de explicar de la manera más didáctica posible por qué toma las decisiones que toma. Percibo una profunda y muy preocupante desconfianza en la gente.

En resumen, más que las serias diferencias entre antiguos aliados políticos, lo realmente preocupante es que termine de producirse una ruptura entre la clase política chavista y las mayorías populares.

¿Está en juego el capital político del chavismo? ¿Se reconocen las nuevas generaciones en el actual liderazgo, en el Gobierno y en el PSUV? ¿Cómo recuperar ese apoyo?

Sí, por supuesto que está en juego, en razón de todo lo que he intentado explicar hasta este punto, aunque de manera muy resumida. Más allá de lo generacional, hablamos de que mucha gente que alguna vez se reconoció como chavista, hoy se siente en una suerte de no-lugar de la política, no quiere saber nada de los políticos. Lo paradójico es que se trata de gente muy politizada. Si bien puede hablarse de una suerte de repliegue de la política, no es correcto hablar de despolitización.

A los más jóvenes, que no vivieron o estaban muy pequeños durante la ‘década ganada’, les resulta más difícil identificarse con un proceso que hoy exhibe su cara menos amable. El liderazgo político tiene el desafío de recuperar la confianza de la población en general, y de las nuevas generaciones en particular, y pienso que eso se logra, entre otras cosas, dando el ejemplo.

El liderazgo tiene que ser capaz de transmitir confianza en el futuro, de orientar hacia dónde vamos.

¿Cómo calificaría la situación política y económica de su país, a la que se ha sumado la crisis sanitaria por la pandemia?

Para la inmensa mayoría de la población, es una situación muy difícil. Para la nación, es uno de los momentos más difíciles de su historia. El venezolano es un pueblo muy perseverante, que no se ha dejado doblegar. Pero el precio que ha tenido que pagar es sumamente alto. Con todo, tengo la confianza de que vendrán nuevas situaciones y lograremos, una vez más, salir del laberinto.

¿Han conseguido el bloqueo y las sanciones su objetivo? ¿Han puesto en cuestión la continuidad del chavismo?

Ha fracasado en su intento de crear las condiciones para un ‘cambio de régimen’, pero ha provocado un enorme perjuicio en la población. Esto que estamos padeciendo es capitalismo del desastre, pero de manual. Con Chávez se dieron los primeros pasos para construir el socialismo bolivariano y Maduro intentó seguir el mismo camino durante sus primeros años en el gobierno. Hoy en día, en Venezuela no solo no hay socialismo, sino que impera el capitalismo salvaje, puro y duro. Si usted todavía tiene alguna duda de que el capitalismo es inviable, no tiene más que venir a Venezuela.

Estoy convencido de que uno de los objetivos era producir un shock político en la población, de manera que más nunca se nos ocurriera optar por la vía democrática socialista. Pero en su magnífico libro, Naomi Klein demostraba que las sociedades, para sobreponerse a situaciones de shock, suelen recurrir a las construcciones del pasado, apalancarse allí para construir lo nuevo.

Nada de tabula rasa, que el sueño de los neoliberales. Confío en que lograremos hacer eso: saldremos de esta situación tomando como referencia todo lo que fuimos capaces de hacer durante nuestra década ganada, corrigiendo los errores que haya que corregir. Así acometeremos la reconstrucción nacional.

Pero no todo será culpa del enemigo externo, Venezuela es un país con recursos y algo se estará haciendo mal.

Sí, por supuesto. Ya me referido a algunos de estos errores, creo haber mencionado los principales. En todo caso, estoy completamente de acuerdo con que es un craso error atribuir todos los problemas al enemigo externo, llámese imperialismo, guerra económica o bloqueo. Esto es algo sobre lo que ha advertido el propio Maduro. El liderazgo político está en la obligación de asumir su responsabilidad, de la misma forma que el Gobierno está obligado a gobernar con eficacia política y calidad revolucionaria.

¿Qué peso tiene la corrupción en la crisis económica y política y en los problemas de gestión?

Tiene un peso enorme. Creo que el problema principal es el modelo capitalista rentístico, que se estableció en Venezuela a partir de la explotación petrolera, a comienzos del siglo XX, y que según los expertos en la materia ya dio señales inequívocas de agotamiento durante la década de los 70.

El chavismo en tanto sujeto y el bolivariano en tanto proyecto pueden ser entendidos como la respuesta que las mayorías populares ofrecen para resolver ese problema fundamental, estructural, de la sociedad venezolana. Es allí donde está el quid de la cuestión.

Sin menospreciar el peso que pueda tener la corrupción en todo esto, no se puede negar que corremos el riesgo de vernos envueltos en discusiones interminables salpicadas de moralina, situación que nos puede desviar de lo que considero central: cómo superar un modelo agotado, y cómo hacerlo por la vía democrática y revolucionaria.

¿Qué papel juegan los militares en la política venezolana?

Un papel de primer orden, lo que por supuesto tiene que ver con el peso de una figura como la de Hugo Chávez. Se puede y creo que de hecho se tiene que discutir sobre la conveniencia de que figuras provenientes del mundo militar asuman, por ejemplo, la responsabilidad del manejo de empresas estratégicas, porque no es cierto que eso garantice una administración más eficiente, etc. Pero el hecho de que se trate de un civil tampoco es garantía de nada. En líneas generales, soy firme partidario de la unidad cívico-militar, pero esa unidad tiene que fundarse en principios muy claros: eficacia política y calidad revolucionaria.

Donald Trump se despidió con nuevas sanciones a Venezuela. ¿Espera un cambio en la política de Washington con la llegada de Joe Biden?

Parece que la Administración Biden ha comprendido que el ‘experimento Guaidó’ resultó un estrepitoso fracaso, pero, a decir verdad, tal reconocimiento no tiene mucho mérito. Trump lo sabía, y sin embargo insistió en su política contra Venezuela. Falta saber si Biden actuará, aunque sea parcialmente, de manera diferente. No abrigo ninguna esperanza. Podrán variar poco o mucho los métodos: Biden podrá marcar cierta distancia de Guaidó y su entorno, podrá dejar de exigir la renuncia de Maduro como condición sine qua non para una ‘salida electoral’, etc. Pero el objetivo del Gobierno estadounidense sigue siendo el mismo: retomar el control total de la nación venezolana, de nuestras riquezas. Además, no solo es harto conocida la vocación injerencista e incluso guerrerista de las administraciones demócratas, sino que, no hay que olvidarlo, las primeras ‘sanciones’ fueron impuestas por Obama, con Biden como vicepresidente. En tal sentido, es como si luego del interregno Trump volviéramos al punto de inicio, con la salvedad de que el presidente saliente no hizo más que continuar la senda ya trazada por sus rivales políticos internos.

Hasta el 2021. Siete lecciones y un horizonte


Más que una simple frase, una idea fuerza

Este 14 de enero se cumplen veinte años de la primera vez que Hugo Chávez empleó la célebre frase “hasta el 2021”, al menos de manera pública, y según puede verificarse en el sitio digital del Instituto de Altos Estudios que lleva su nombre.

La frase aparece referida un total de ochenta y ocho veces, en un arco temporal que inicia en 2001 y culmina en 2012. Notablemente, en veintitrés oportunidades no fue utilizada por Chávez, sino por alguno de sus interlocutores, casi siempre algún vocero o vocera popular, lo que habla a las claras de la manera como ella prendió en el seno de la base social de apoyo a la revolución bolivariana.

Chávez apeló a ella sesenta y cinco veces, más de la mitad de las cuales (treinta y cuatro) entre 2001 y 2003. Éste no es un detalle menor: la frase es mencionada por primera vez en un momento histórico en que el líder bolivariano da por sentadas las bases de la etapa correspondiente a la revolución política, es decir, aquella que inicia el 2 de febrero de 1999, cuando firma el decreto convocando al pueblo venezolano a decidir sobre la pertinencia de una Asamblea Nacional Constituyente, pasa por su posterior elección, el 25 de julio de 1999, el referendo popular aprobatorio de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, el 15 de diciembre de 1999, la total relegitimación de los poderes, el 30 de julio de 2000, y llega hasta el 10 de enero de 2001, cuando Chávez inicia formalmente un nuevo período de gobierno.

Cuatro días más tarde, el 14 de enero de 2001, en su programa Aló Presidente número 58, afirmará: “Este año 2001 es el año de la exaltación del pueblo venezolano y de la Fuerza Armada venezolana, por el 24 de junio y por el 5 de julio. Ciento noventa años del 5 de julio y ciento ochenta años del 24 de junio. Además, es el arranque, la década de plata y la década de oro. La década de plata es desde este año hasta el año 2011, cuando conmemoraremos los doscientos años del 5 de julio, y luego vendrá la década de oro, preparémonos para esa […].Comenzará con esa década del año 2011 hasta el 2021, porque el 24 de junio de 2021 conmemoraremos los doscientos años de la Batalla de Carabobo, es decir, de la independencia venezolana” (1).

Muy pronto, Chávez dejará entrever que “hasta el 2021” es mucho más que una frase entre otras, que en alguna ocasión le permitiera construir discusivamente una periodización más o menos arbitraria sobre el tiempo futuro, y la convertirá en una verdadera idea-fuerza que apalancará profundas reflexiones sobre los ritmos temporales en tiempos revolucionarios.

En más de una oportunidad tendrá que salirle al paso a las versiones según las cuales la frase escondía su pretensión de perpetuarse en el poder y, en parte como respuesta a esos mismos ataques, haciendo despliegue del sentido del humor que le caracterizaba, la empleará también como señuelo o provocación. Estos episodios más bien puntuales darían para un rico anecdotario, pero no es ese el objetivo de este texto.

Infinitamente más relevante para nuestro tiempo presente resulta identificar las lecciones políticas asociadas a la idea fuerza de “hasta el 2021”, casi todas extraídas de un discurso clave: el que ofrecerá el presidente Chávez durante sesión especial de la Asamblea Nacional del 28 de septiembre de 2001, con motivo de la presentación de las Líneas Generales del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2001-2007 (2). Lecciones sobre las que volverá reiteradamente, de una forma u otra, hasta el final de sus días.

Siete lecciones políticas

1.- “No son viables proyectos cortoplacistas”

En su alocución del 28 de septiembre de 2001, Chávez explicaba que en la propuesta que a título personal había elevado a la Constituyente, planteaba períodos de gobierno de siete años “con posibilidad de reelección inmediata”, porque era necesario garantizar “longitud a la maniobra” o “profundidad a la maniobra estratégica”. En razón del “profundo daño: moral, político, económico, social y de todo tipo”, era necesario, decía, “buscar una maniobra en profundidad”. Argumentaba: “Aquí no son viables proyectos cortoplacistas y superficiales […], convenzámonos de esto […]. A un mal estructural solo le cabe una solución estructural profunda, y el daño viene de lejos […], tiene profundidad […], pues no se va a solucionar con una maniobra de corto plazo. La solución, que tiene mucha variables, y surgirán caminos, pero sean cuales fueren las variantes del camino central estratégico, preparémonos, porque la maniobra va para largo plazo”.

Como es sabido, la Constituyente “soberanamente decidió períodos de seis años, y este plan estratégico nuestro lo hemos pensado y visualizado a veinte años, por eso hablamos del 2001-2021. Realmente solo en dos décadas, creemos, Venezuela puede fortalecerse de manera definitiva y sin posibilidad de retorno en lo social, en lo político, en lo ético, y nosotros bien podemos ser un […] pequeño gran país, hermanado con todos los países del mundo”.

A propósito de las Líneas Generales que exponía entonces ante la Asamblea Nacional, sostenía que el “proyecto transformador apunta ya a una fecha: 2007. Claro que ya estamos trabajando 2007-2014, las mismas líneas, a lo mejor salen otras, porque así pasa, los caminos se abren o se cierran, pero ahí va el camino. Y luego habrá que trabajar, porque es que uno se va acercando al horizonte y tiene que ir mirando más allá, incluso hay que mirar más allá del horizonte”.

Al final de la misma alocución reiteraba en la idea de que el período 2001-2011 tendría que ser “la década de plata, rumbo a la década de oro de Venezuela”, entre 2011 y 2021.

Un par de años más tarde, el 17 de octubre de 2003, en reunión con periodistas extranjeros acreditados en el país, extendía la mirada la mirada sobre el horizonte, estableciendo como meta el 2030: “Yo tengo una visión de tres décadas, hasta donde me llega la vista. Más allá no quiero ver porque no me corresponde ya […]. El 2030 para mí, así lo veo, es […] el año del bicentenario de la muerte no sólo de Bolívar […], [sino] del proyecto bolivariano que se enterró en Santa Marta, y nos dividimos en pedazos aquí: Colombia por un lado, Venezuela por otro lado, Ecuador, Perú, hubo guerras entre nosotros, corrientes divisionistas, las oligarquías de cada país se adueñaron de esos países; los pobres, los que libertaron de verdad, y los que echaron al imperio español, fueron expropiados, atropellados, y ahí están: estos son los herederos de ellos, los marginales de hoy; los abuelos de ellos fueron los que echaron al imperio español. Entonces he hablado del 2030 como una meta, como una gran meta, para que ese 2030 celebremos los doscientos años de la muerte de Bolívar, pero no con una muerte, sino con una república verdadera” (3).

2.- “Componentes vitales del proceso de transición”

Para acometer los cambios revolucionarios necesarios “hasta el 2021” y más allá, serían indispensables la voluntad y la racionalidad transformadoras: “a la voluntad transformadora hay que agregarle siempre la racionalidad transformadora, hay que llenar de razón al proceso transformador”.

Aquellas Líneas Generales equivalían a “un incremento de la racionalidad transformadora”. Esta última, explicaba Chávez, “implica que cada situación deseada futura […] requiere de dos elementos esenciales: el proyecto transformador y la fuerza transformadora. Estoy articulando ideas para dejar bien claro, especialmente a quienes impulsamos el proyecto transformador, que es necesario visualizar estos componentes vitales del proceso de transición que ahora comenzamos”.

Entonces, voluntad y racionalidad, y asociadas a esta última el proyecto y la fuerza. Es decir, “no basta con la voluntad revolucionaria”. Por supuesto, “toda situación de transición requiere de voluntad, pero además de voluntad, de racionalización, y la racionalización se consigue a través de programas concretos”. Complementaba Chávez: “Las metas hay que especificarlas de manera muy clara para poder evaluar y hacer seguimiento, y hacer control de gestión […], porque la revolución debe estar acompañada por […] calidad de gestión, calidad transformadora”.

3.- “No podemos bajar banderas”

Estrechamente vinculado al asunto sobre la voluntad y la racionalidad transformadora, está la obligación ética de no arrear banderas, a riesgo de que se desdibuje la orientación estratégica del esfuerzo transformador.

En palabras de Chávez: “No podemos bajar banderas. Es un proceso revolucionario el que estamos viviendo, que respeta y respetará toda opinión, respeta y respetará toda crítica, como lo hemos hecho y lo seguiremos haciendo. Nadie nos va a sacar de esa posición ética. Nadie va a lograr provocarnos. Porque hay incluso quienes pretenden provocarnos a ver si salimos a embestir como un toro. ¡No! Nosotros tenemos racionalidad. A veces somos como el toro, pero un toro que sabe muy bien cuál es su adversario. No el trapo rojo. Un toro que piensa y avanza cuando quiere avanzar, y se sienta cuando quiere sentarse. Hay una racionalidad en todo esto”.

Voluntad, racionalidad, firmeza ética e iniciativa estratégica. Proseguía Chávez: “Es importantísimo que los revolucionarios y las revolucionarias de hoy tengamos cada día eso muy claro, y ustedes, quienes aquí están en la Asamblea Nacional, deben tenerlo bien claro todos los días, como nosotros en el gobierno, como los gobernadores, pero especialmente quienes tenemos capacidad para tomar grandes decisiones: no podemos bajar banderas, insisto […]. Leyes revolucionarias tienen que salir de aquí, y de allá del gobierno […]. No podemos, a nombre de un falso consenso que por ahí se pregona, bajar banderas o echar principios a un lado. La inmensa mayoría del país está con este proceso transformador. Pues yo lo que hago es […] un llamado a todas las fuerzas políticas [para] que, aun con las diferencias, faciliten el proceso necesario, que aun con la crítica, se sumen al proceso de cambio, porque Venezuela no va a dar vuelta atrás. Un país no se suicida, ningún pueblo se suicida”.

4.- “No olvidemos jamás, ni por un instante, cuidar esa base popular de apoyo a la revolución”

En la misma intervención ante la Asamblea Nacional, Chávez explicaba que no hubiera sido posible “lanzar ningún proyecto de ningún signo hace dos años”. “Había que comenzar limpiando el pantano y construyendo las bases”, decía más adelante.

Luego de referirse, entre otros asuntos económicos, a los esfuerzos dirigidos a recuperar los precios del petróleo, razonaba que en 2001 ya podía afirmarse que “tenemos bases no solo en lo económico, tenemos bases en la estructura política que aguantan el proyecto”, aludiendo en este último caso, por supuesto, a las profundas transformaciones políticas ocurridas con el inicio del proceso constituyente en 1999.

Pero tan o más importantes que las bases previamente referidas, “también en lo social las tenemos: un pueblo […]. Y eso es algo fundamental. Porque más que el petróleo y su precio, es importantísimo el nivel de la moral de nuestro pueblo. Ahí anda en las calles, ahí anda por todas partes, a pesar de que muchas veces ese despertar de nuestro pueblo es utilizado […] para tratar de hacer creer que es el pueblo contra el gobierno. ¡No! Ese pueblo está con su gobierno. Pero es un pueblo que no está callado, no es un pueblo oprimido […] Es un pueblo que tomó la calle, es un pueblo que marcha, es un pueblo que habla, es un pueblo que reclama, porque tiene derecho a hablar, tiene derecho a reclamar, y es un pueblo que incluso me grita: ¡Chávez! Y tiene derecho a gritarme, y yo tengo la obligación de pararme, oírlo, y preguntarle qué quiere. Así que tenemos una base social […]. Así como no podemos descuidar ni siquiera por un día el precio del petróleo […], así como no podemos descuidar el crecimiento económico […], no olvidemos, compatriotas, no olvidemos jamás, ni por un instante, cuidar esa base popular de apoyo a la revolución. Ni un segundo podemos olvidarla”.

Un aspecto que no puede pasar desapercibido, y que podría considerarse decisivo, es que Chávez consideraba a esa poderosa base popular como un bien político invaluable para toda la nación, sin distingo de parcialidades políticas. Lo que la moviliza “no es una fe ciega en el caudillo”, afirmaba. Tampoco “es una fe irracional en el Mesías. No. Es amor. Ahí despertó un amor. Y decía Martí, lo repito: Amor con amor se paga. Amemos a ese pueblo. Vamos por él y con él, a sufrir con él, entendamos su grito, entendamos su dolor, entendamos su pasión, entendamos su necesidad. Cuidemos. Pero tenemos una base social que no es de Chávez. No es de los movimientos políticos que apoyan e impulsan el proceso de cambio revolucionario. No. Es un bien para todos, incluyendo a quienes nos adversan. Algunos no entienden o no terminan de entenderlo. ¡Incluyendo a quienes nos adversan! Ese es un capital de todos”.

5.- “Lo nuevo trae genes de lo viejo”

Sentadas las bases para la transformación revolucionaria de la sociedad venezolana, algunas más sólidas que otras, correspondía trabajar para seguir fortaleciéndolas. “Porque hay que tener claro lo siguiente: así como todos nosotros tenemos en nuestros genes rastros a veces muy marcados de nuestros padres o abuelos, así como nuestros hijos tienen en sus genes rastros también de nosotros mismos, igual pasa con la transición: lo nuevo trae genes de lo viejo. Y a veces en los genes vienen virus, enfermedades muy viejas”.

Acto seguido, Chávez ilustraba: “Hace poco, por ejemplo, nosotros decidimos expulsar de nuestro movimiento a un grupo de diputados regionales que se incrementaron el sueldo […]. Y será expulsado de nuestras filas quien lo haga. Ahí hay que tener, por una parte, firmeza, mucha firmeza al respecto. Pero por otra parte, también conciencia de que eso siempre ha ocurrido así, de que es natural que ocurra, lo cual no significa que lo vamos a aceptar. No. Hay que combatir esos rastros y esos restos de lo viejo que se vienen en el vientre de lo nuevo”.

6.- “Paciencia infinita para no perder el rumbo”

Chávez insistirá en que hacer realidad un proyecto de transformación de largo aliento, no será tarea fácil. Así lo manifestó aquel 14 de enero de 2001: “Preparémonos, pues. El camino es largo. Será difícil. Siempre estaremos enfrentando obstáculos, campañas de difamación, de tergiversación de la realidad, pero esta revolución no tiene marcha atrás, ha entrado al siglo XXI a paso de vencedores y no hay marcha atrás”.

Así lo reiteró el 5 de octubre de 2001, desde el estado Barinas: “Invito a todos a que nos unamos, que pongamos lo mejor de nosotros, que nos pongamos nuestras botas de campaña bien amarradas, que nos pongamos esas armas de la razón y el coraje de la verdad, porque el camino es largo y difícil, y que nos vayamos a hacer la patria desde este año 2001 hasta el 2021 […]. Ahora, esto requiere mucha paciencia, hermanos. Porque es como que nosotros nos propongamos subir el Pico Bolívar, que tiene 5007 metros de altura. Y entonces, en este momento, bueno, hemos subido a lo mejor un metro, pero son 5007 metros. Y además sin muchas provisiones, además sin alimentos suficientes, además con ventarrones y nevadas, y por picos y farallones. Hay que armarse de una paciencia infinita para no perder el rumbo y para no cansarse, para no desfallecer” (4).

El 7 de junio de 2003, desde el 23 de Enero, en Caracas, advertía: “Esta batalla no ha terminado, pero para nada. Que nadie se equivoque. Esto apenas está comenzando. Repito, esta batalla es larga, yo los acompaño hasta el 2021 […] Esta batalla es de ustedes. Vayan preparándose bien, porque les vamos a entregar […] el testigo” (5).

7.- “La revolución comienza a tocar intereses de mucha gente con poder”

El mismo 5 de octubre de 2001, en un acto enmarcado en la lucha contra el latifundio, que iniciaba con bríos a partir de la reciente entrada en vigencia de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario, Chávez explicaba las razones parciales de las dificultades que entraña impulsar un proyecto revolucionario: “La revolución ha entrado en una fase mucho más difícil, y así lo digo y así lo aclaro, y así lo declaro. Mucho más difícil lo que viene ahora. Porque ahora se trata de la revolución económica y social, ya no solo de la revolución política que hemos hecho. En la revolución económica y social, entonces, es cuando la revolución comienza a tocar intereses de mucha gente con poder, aquí y fuera de Venezuela”.

Oteando el horizonte

Una vez que nos vimos alcanzados por el futuro (qué lejano nos parecía cuando Chávez hablaba de 2021), lo primero que habría que recuperar, allí donde corresponda, o preservar, allí donde no se haya perdido, es nuestra capacidad para otear el horizonte. Por dos razones.

En primer lugar, porque se nos ha impuesto la idea de que, veinte años después, todas las bases se han venido abajo, encontrándonos de nuevo, como si de una fatalidad se tratara, en el pantano histórico. Habrá que reconocer que, más allá de la idea, es el terrible peso de las circunstancias materiales el que se impone, aplastando voluntades. En segundo lugar, porque, aplastadas las voluntades, sin fuerza para levantar cabeza, pierde todo sentido cualquier idea de horizonte.

Pero incluso si fuera el caso que nos hallamos en medio de las ruinas de lo que alguna vez fueran bases más o menos sólidas, debemos identificar el punto más alto y, desde allí, iniciar la tarea de reconstrucción.

Por tanto, otear el horizonte vendría a ser quizá nuestra principal bandera en el tiempo presente. Una que no podemos bajar, bajo ninguna circunstancia.

Puntualicemos:

  1. Oteando el horizonte con mirada jánica podemos llegar a una conclusión crucial: en lo absoluto puede considerarse a la revolución bolivariana como un proyecto fracasado, sino como un proyecto inacabado. Un proyecto que fue concebido, desde el inicio, para realizarse en tres décadas y, quizá más importante todavía, que resultó indiscutiblemente exitoso no solo durante la década de plata, sino aun entrada la que, siguiendo a Chávez, ha debido ser la década de oro. Hay suficiente evidencia material al respecto, y también espiritual: son millones los testimonios que pueden respaldarla. Solo el obcecamiento de las elites, que ha encontrado terreno fértil en las terribles dificultades que hemos tenido que sortear las mayorías populares, en particular durante el último quinquenio, puede pretender borrar la realidad de un plumazo.
  2. Para garantizar la continuidad del proyecto inacabado, con notables éxitos parciales, y también para enfrentar con eficacia cualquier tentativa de elites orientada a borronear la historia y reescribirla a conveniencia, es indispensable reconocer los errores en los que ha incurrido el liderazgo bolivariano, tanto en el gobierno como en el partido, tras la desaparición física de Chávez, así como la evidente incapacidad para ofrecer soluciones a los graves padecimientos de la población. Si toda transición requiere de voluntad y racionalidad, hay que identificar y atacar allí donde, claramente, no se manifiesta ni voluntad ni racionalidad transformadora alguna, y de allí la impresión popular creciente de que dejó de estar claro el proyecto que guía los actos de gobierno, y de allí también la pérdida progresiva de fuerza.
  3. Deja de haber claridad sobre el proyecto estratégico cuando se decide bajar las banderas. Si estaba presente hace veinte años atrás, hoy ronda con mucha más fuerza el peligro del falso consenso, para decirlo en términos de Chávez. Ciertamente, los pueblos no se suicidan, pero cualquier pacto de elites, de las viejas y las nuevas, pueden asestarles un golpe casi mortal. El irrespeto de prácticamente cualquier opinión y crítica pareciera un claro indicio de mala conciencia.
  4. Respétese el derecho que tiene el pueblo de hablar, de reclamar, de gritar, y asúmase la obligación de escuchar. No es solo invitarlo: Ven, vamos juntos. Es fundamentalmente ir con él, sufrir con él. Entenderlo. Es cuidar una base popular que no es patrimonio de nadie o, dicho de mejor manera, es un bien político de todos. Es un capital de todos, que no tendría que ser usufructuado por ninguna fuerza política.
  5. Uno de los tópicos preferidos del discurso de elites es que, desde sus orígenes, la revolución bolivariana llevaba consigo los genes del fracaso, y que por tanto éste resultaba inevitable. En sentido estricto, no habría habido avance material y espiritual alguno durante la primera década de este siglo y parte de la segunda, sino un espejismo que solo hoy, cuando nos vemos obligados a lidiar con el desierto de lo real, podemos apreciar en su justa dimensión. Más allá de la mezquindad y el cinismo de elites, corresponsables de la situación presente, y en lugar de conformarnos con balances autocomplacientes, y mucho menos nostálgicos, tendríamos que poder identificar cuánto persiste entre nosotros de los genes de la vieja política, y cuándo se decidió dejar de combatir, si tal fuera el caso, los restos de lo viejo. Tarea que corresponde asumir, con particular énfasis, a las nuevas generaciones de políticos, que no por nuevas están exentas de reproducir las peores prácticas. Más bien podría decirse que todo lo contrario.
  6. Nadie dijo que sería fácil. Por tanto, ya basta de seguir enumerando dificultades, nada más que para utilizarlas como pretextos.
  7. Ahora que recién inicia la tercera década del ciclo bicentenario, definamos: o ésta es una revolución que, inevitablemente, en tanto que antepone los intereses de las mayorías populares, seguirá afectando los intereses de mucha gente con poder, con las dificultades que eso acarrea, o se siguen afectando los intereses de las mayorías populares porque se ha decidido que, para preservar el poder, es conveniente no afectar los intereses de mucha gente con poder. De alguna forma tendrá que resolverse el dilema. De eso dependerá, en buena medida, la naturaleza de las luchas que libraremos en el futuro.

Chávez decía que no le correspondía ver más allá de 2030. Nosotros asumimos la obligación de hacerlo. Tenemos la voluntad y también razones suficientes.

Referencias

(1) Hugo Chávez Frías. Aló Presidente N° 58. 14 de enero de 2001.

(2) Hugo Chávez Frías. Alocución en Sesión Especial de la Asamblea Nacional con Motivo de la Presentación del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación. 28 de septiembre de 2001.

(3) Hugo Chávez Frías. Intervención en almuerzo con periodistas extranjeros. 17 de octubre de 2003.

(4) Hugo Chávez Frías. Desde Sabaneta de Barinas. 5 de octubre de 2001.

(5) Hugo Chávez Frías. Discurso durante inauguración de Mercal en el 23 de Enero. 7 de junio de 2003.

Parlamentarias 2020: por el reencuentro de las mayorías con la política


Foto: Rome Arrieche. Caracas. domingo 6 de diciembre de 2020

I.-

Las elecciones parlamentarias de este domingo 6 de diciembre en Venezuela significan tanto la derrota como la despedida formal de los que muy probablemente sean los diputados y diputadas más radicalmente antinacionales de nuestra historia republicana, lo que es mucho decir, dada la larga tradición de políticos serviles a intereses foráneos.

Desde que asumieron el control de la Asamblea Nacional, en enero de 2016, al hacer los primeros amagos de aprobación de nuevas leyes, mostraron sus fauces: actuaban como un tropel desordenado, ansioso de revancha, deseoso de desmontar, pieza por pieza, el armazón jurídico que da soporte legal a varias de las conquistas sociales más sentidas por el pueblo venezolano, alcanzadas en revolución bolivariana.

Muy pronto se hizo evidente que no les resultaba suficiente con atacar cualquier vestigio de democracia participativa y protagónica: estaban más que dispuestos a saltarse las formas a las que obliga la democracia liberal. Habiendo podido elegir intentar capitalizar la victoria electoral recién alcanzada, erigiéndose como una institución que actuara como contrapeso del Ejecutivo, optaron por convertir al Legislativo en el menos independiente de los poderes, haciendo el papel de aspirantes a procónsules del soberano imperial estadounidense.

Toda la trama destituyente del último quinquenio fue parcialmente urdida, pero sobre todo ejecutada de manera entusiasta, podría decirse que con ímpetu fanático, por el partido antichavista con control de la Asamblea Nacional: es pública su participación en actos de violencia, en tentativas de golpe de Estado, en actos terroristas, culminando con la insólita autoproclamación como “presidente interino” del diputado Guaidó, y la amenaza expresa de una agresión armada extranjera contra la nación.

Si todo lo anterior sería demasiado en cualquier país del mundo, es todavía poco frente a las nefastas consecuencias de las exitosas gestiones realizadas por diputados y diputadas antichavistas, para acelerar y profundizar el cerco económico contra el país entero.

Foto: Rome Arrieche. Caracas. domingo 6 de diciembre de 2020

II.-

Semejante cuadro permite explicar parcialmente el índice de participación del 30,5 por ciento, según se desprende del segundo boletín oficial del Consejo Nacional Electoral, ofrecido durante la tarde de este lunes 7 de diciembre, con el 98,63 por ciento de las actas escrutadas.

En esta ocasión, la participación del electorado ha sido significativamente más baja que los dos comicios parlamentarios previos (74,17 por ciento en 2015 y 66,45 por ciento en 2010), ubicándose muy cerca del piso histórico establecido en 2005 (25,26 por ciento), año en que la oposición en pleno decidió boicotear el evento electoral.

A diferencia de 2005, esta vez una parte del antichavismo partidista decidió participar, logrando reunir el 28,15 por ciento de la votación, siempre según boletín del Poder Electoral. El indiscutible triunfador de la jornada ha sido la coalición encabezada por el PSUV, con 68,43 por ciento de los votos, mientras que las candidaturas chavistas agrupadas en torno a la tarjeta del PCV han alcanzado el 2,7 por ciento. Resta saber cómo se expresan estos porcentajes en cantidad de diputados y diputadas, pero todo hace suponer que el PSUV logrará una cómoda mayoría.

Foto: Rome Arrieche. Caracas. domingo 6 de diciembre de 2020

III.-

Las reacciones iniciales apuntan, fundamentalmente, en dos direcciones: de un lado, la derecha más rancia, que por presión o convencimiento ha acatado la línea dictada por Washington, de no participación en los comicios, apelando al manido recurso retórico del fraude electoral y pretendiendo erigirse en portavoz de la mayoría abstencionista; del otro lado, la vocería oficial del chavismo desestimando la poca participación y, naturalmente, reafirmando la legitimidad de su categórica victoria, que no puede ponerse en duda.

Al respecto, considero necesario reivindicar lo que se hizo tradición en revolución bolivariana: si algo debe prevalecer en las coyunturas post-electorales es la posibilidad de realizar análisis rigurosos, honestos y nada autocomplacientes sobre los resultados.

Si un índice de participación electoral que no es equivalente siquiera a un tercio del electorado no es interpretado como un llamado de atención popular, es porque la clase política venezolana tiene un grave problema.

Tiene un grave problema la derecha cipaya y destituyente que, tras su importante triunfo en las parlamentarias de 2015, optó por renunciar a la vía electoral para abrazar la causa del “cambio de régimen”, como quien decide postergar la realización de sus propias aspiraciones porque la prioridad es servir de instrumento para realizaciones ajenas. El resultado es el contundente rechazo de su propia base social y, por si fuera poco, el repudio popular mayoritario de las “sanciones” que ha promovido con tanto empeño.

Pero también tiene un grave problema el chavismo oficial cuando pretende hacerse el desentendido respecto del hastío por la política que ya se manifestaba nítidamente en ocasión de las parlamentarias de 2010 (1), y a propósito de la cual el comandante Chávez habló de la necesidad de repolarizar, repolitizar y recuperar; o cuando pretende ignorar que en las elecciones parlamentarias de 2015 el antichavismo logró, por primera vez, movilizar a un porcentaje de la base social del chavismo (2).

Hay que volver sobre 2010 y 2015, y detenerse en las lecciones políticas que nos dejaron o han debido dejarnos aquellas contiendas.

Por supuesto que también podemos hacer el ejercicio de retrotraernos a las parlamentarias de 2005, y trazar algún paralelismo, establecer algún contraste, pero me parece que las claves principales las encontraremos en la última década.

Hay una línea que va desde el hastío de 2010, pasa por el fenómeno de desafiliación política que se expresa en 2015, y llega a este diciembre de 2020 convertida en un fenómeno todavía difícil de nombrar, pero que se asemeja mucho a la indiferencia popular.

Ya habrá tiempo y espacio para seguir profundizando en esta hipótesis. En este momento solo apuntaría que es virtualmente imposible determinar qué es lo predominante: si el hastío, la desafiliación o la indiferencia.

Sobre el hastío por la política, he defendido la idea de que, si bien se trata de un fenómeno inquietante, es sobre todo un signo de vitalidad política. Hastío es desencuentro, contrariedad, enfado, disputa, diferencia, conflicto, y no debe confundirse con desilusión, desesperanza, decepción o desencanto (3).

La desafiliación política, en cambio, es lo que ocurre cuando el liderazgo político no es capaz de procesar con eficacia el hastío popular, reincidiendo en aquellas prácticas que las mayorías rechazan.

Si el hastío puede ser inquietante, y si la desafiliación política puede ser un campanazo que anuncia la posibilidad de una fractura del bloque histórico que hizo posible la revolución bolivariana, la indiferencia puede ser mortal (4). Nada más peligroso que el desinterés de las mayorías populares por la política, y la masiva incredulidad respecto de la clase política.

Un cuadro en el que predomina la indiferencia popular, y por tanto el cinismo como patrón de sociabilidad, es el peor de los escenarios, y puede ser la antesala de los peores experimentos políticos.

De manera muy sumaria, plantearía que no hay nada más importante que propiciar el reencuentro de las mayorías con la política, lo que implica que entre la clase política y las mayorías no puede mediar un abismo.

Foto: Rome Arrieche. Caracas. domingo 6 de diciembre de 2020

IV.-

En diciembre de 2015, tras las elecciones parlamentarias, resultaba casi una obviedad señalar que existía una relación de causalidad entre la guerra económica y la derrota del chavismo.

Entre 2014, primero de siete años consecutivos de crecimiento económico negativo, y este 2020, el chavismo ha resultado vencedor en seis de siete contiendas electorales de alcance nacional, incluida la elección de una Asamblea Nacional Constituyente. Durante el mismo período, la situación económica de las mayorías populares no ha dejado de empeorar progresivamente.

El punto es que no basta con repetir que, durante todos estos años, la economía nacional ha sido objeto de una brutal agresión, y tampoco sirve de consuelo reiterar que, pese a todas las adversidades, hemos logrado salir airosos en casi todos los comicios. No por tener un componente de verdad, este discurso resulta creíble para buena parte de la población: a la hora de los balances, concluye que es mucho más lo que hemos perdido, no por derrotista, sino porque le asiste una verdad del tamaño de un monumento.

Un discurso nada más que para entendidos no solo seguirá arrimando a la brasa del hastío y la desafiliación, sino que puede avivar la llama de la indiferencia.

Para que se produzca el reencuentro de las mayorías con la política habría que encarar con firmeza, audacia y valentía el tema de la economía. Reconocer el fracaso de políticas y medidas. Reorientar el rumbo. Hay que gobernar la economía, pero con y para las mayorías, no con las elites viejas y nuevas, insensibles al padecimiento popular.

Si la recién electa Asamblea Nacional no sirve para plantear estos asuntos, a nadie le extrañe que sean cada vez menos los oídos que escuchen lo que la clase política tiene que decir.

Caracas, 8 de diciembre de 2020

Referencias

(1) Reinaldo Iturriza López. Parlamentarias 26S: un análisis preliminar, en: El chavismo salvaje. Editorial El Colectivo. Buenos Aires, Argentina. 2017. Págs. 116-118.
(2) Reinaldo Iturriza López. Después del 6D: no hay chavismo vencido. 7 de diciembre de 2016.
(3) Reinaldo Iturriza López. El hastío por la política, en: El chavismo salvaje. Págs. 307-309.
(4) Reinaldo Iturriza López. La indiferencia por la política, en: El chavismo salvaje. Págs. 315-316.

Cuando parte un gigante como Maradona


La tarde del 25 de noviembre, cuando nos enteramos en casa de la muerte del Diego, una brisa fría recorrió todos los rincones, muy similar a aquella levísima ráfaga de viento que, aquella otra tarde del 5 de marzo de 2013, apagó la vela que teníamos encendida en la cocina, segundos antes de escuchar la noticia sobre la muerte de Chávez.

En aquella ocasión nos abrazamos, lloramos, y nos prometimos ser fuertes. Sabíamos que lo que venía no sería fácil.

La tarde de este miércoles no salíamos de nuestra incredulidad. La noticia nos agarró de sorpresa, con la guardia baja. Bajé a mi cuarto y encendí el televisor. Pensé en tantos amigos en Argentina, quise saber de ellos, les escribí a unos cuantos. El dolor de la patria chica, que era mi propio dolor, no se compara con el dolor de la patria grande. Sentí que debía acompañarles.

Desde Chávez yo no lloraba la muerte de alguien.

Maradona, pequeño gigante universal que tantas veces nos pareció de otro mundo, y que tantas veces hizo de este mundo un lugar mejor. El que no se olvidó de su villa. El que nos demostró que los poderosos pueden ser gigantes con pies de barro, que no es lo mismo que pararse firme en el mismo barro, como lo hacía el Diego, y gambetear, y correr y hacer maravillas. El que les marcó con los pies y una sola vez, cuando más se lo merecían, con la mano. El que fue convertido en Dios por las mayorías, no por sobrehumano, sino porque su existencia misma, su ejemplo, constituían una blasfemia para las minorías. El de las causas justas.

También, el que siguió apoyando incondicionalmente a Venezuela cuando el recato, las buenas maneras y la hipocresía volvían por sus fueros.

Es del Diego de quien estamos hablando. No es posible rendirle homenaje escamoteando verdades incómodas. Quiero decir, es verdad que hemos tenido la fortuna de vivir los tiempos de Maradona, de Chávez, de Fidel, pero qué difícil es despertarse a la mañana siguiente y darse cuenta de que ya no están físicamente. El mundo se nos dibuja más pequeño y, al mismo tiempo, más ancho y ajeno, como diría el peruano.

La misma tarde del miércoles, uno de mis amigos argentinos me escribía que sentía que había concluido el largo siglo XX. Tal era la dimensión del Diego. Me dio por pensar que el siglo XXI venezolano, que comenzó con la rebelión popular de febrero de 1989, había concluido demasiado pronto, aquel 5 de marzo.

¿Cómo definir la época que inicia tras la muerte de un gigante? ¿Está marcada por la inevitable orfandad? ¿Estamos condenados a vivir tiempos de soledades compartidas? ¿Su muerte es apenas el hito que nos recuerda nuestra insondable pequeñez? ¿Se supone que debemos renunciar a lo imposible y conformarnos con el posibilismo? ¿Es preciso olvidarnos del furor y abrasar la tibieza?

El detalle está en que nuestros gigantes no libraron épicas batallas para ganarse el favor de las mayorías. Si así fuera, el Diego se hubiera limitado a ser el insuperable, afamado e idolatrado jugador de fútbol que fue. Tampoco su grandeza radica en que nos invitaran a librarlas con ellos, haciéndonos sus fervientes seguidores.

Nuestros héroes fueron gigantes y son inmortales porque decidieron librar, junto con nosotros y nosotras, nuestras propias batallas, esas que libramos cotidianamente, y acompañarnos en nuestras victorias y derrotas.

Esa decisión de pelear juntos y juntas es la única capaz de conjurar la orfandad, la soledad, la pequeñez, la miseria de lo posible, la tibieza.  

Los pueblos no son irracionales. Los pueblos no se suicidan. Pelean siempre y, cada tanto, cuando las cosas les salen mejor, paren un Fidel, un Chávez, un Maradona. Y las minorías los odian como solo son capaces de odiar los que amasan privilegios, y los vilipendian, y celebran sus fracasos, y señalan sus defectos, y si tienen oportunidad les cortan las piernas. Pero los pueblos saben. Los pueblos no son tontos.

Cuando parte un gigante como Maradona, o como Fidel, o como Chávez, no importa tanto si su muerte marca el fin de una época, sino el hecho de que la vida continúa. Lo que importa es que, aunque no lo parezca, los pueblos siguen peleando, preparándose para ganar la próxima partida.

********

Publicado originalmente en Nodal, el sábado 28 de noviembre de 2020

Reinaldo Iturriza: ‘Una parte importante del chavismo está reclamando ubicarse nuevamente en la cresta de la ola’


Foto: Orlando Monteleone

Por Federico Fuentes

Publicado originalmente en Links. International Journal of Socialist Renewal

La Ley Antibloqueo recientemente aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente ha generado un fuerte debate. ¿Cuáles son sus pensamientos sobre la ley y el debate en torno a ella?

Quizá lo primero que habría que apuntar respecto de la Ley Antibloqueo es que hay una línea de continuidad entre esta iniciativa y la Agenda Económica Bolivariana, de enero de 2016. 

En aquel entonces, en un contexto de severa contracción de la renta petrolera, que inicia en 2014, e inmediatamente después de la derrota del chavismo en las elecciones parlamentarias, en diciembre de 2015, el Gobierno se decide por una política de alianza con algunos sectores de la burguesía, por el diálogo con la burguesía más tradicional, representada por Fedecámaras, con la que sostendrá reuniones periódicas durante todo 2016, y apuesta por el fortalecimiento o la creación, incluso, de lo que concibe como “burguesía revolucionaria”. 

Se trata, sin duda, de un punto de inflexión del proceso bolivariano, y no precisamente por el hecho de sentarse a “negociar” con la burguesía, o con parte de ella, sino por todo lo que implica hacerlo en posición de desventaja. Reuniones con la burguesía, incluso con sus representantes más conspicuos, las hubo siempre, pero sin que estuviera nunca en entredicho la necesaria e innegociable función reguladora del Estado sobre el mercado, lo que significaba realmente mantener a raya al “sector privado”, sin negarle en ningún momento su espacio, para poder garantizar el acceso de las grandes mayorías populares al mercado.

Estando en posición de desventaja, resultaba no solo predecible, sino correcto, sensato y recomendable, retroceder algunos pasos, ceder algo de terreno, mientras se reordenaban fuerzas. No obstante, lo que ocurrió desde aquel momento se parece más a un repliegue desordenado que a cualquier otra cosa. 

En primer lugar, parece haber prevalecido una subestimación de la propia fuerza: más allá de lo que podía percibirse en la calle (por ejemplo, la victoria del antichavismo en las elecciones parlamentarias no fue celebrada popularmente, más bien todo lo contrario), y desde el punto de vista estrictamente electoral, el chavismo seguía representando un macizo cuarenta por ciento del país. Y mucho más allá de lo electoral, tal y como lo ha demostrado hasta el tiempo presente, constituía una fuerza capaz de lidiar con un entorno abiertamente hostil, y de sobreponerse a las más duras dificultades. 

En segundo lugar, comenzaron a hacerse públicas las opiniones de algunos altos funcionarios y dirigentes, favorables a ponerle marcha atrás a la nacionalización de algunas actividades petroleras, por ejemplo, o contrarias a las satanizadas expropiaciones. El hecho decisivo de que el liderazgo político decidiera no plantear o convocar un debate nacional sobre la eventual necesidad de hacer un viraje significativo en la orientación estratégica de la política económica, aportó a la percepción de que se trataba de opiniones aisladas; inconcebibles hasta entonces, eso sí, lo que sugería que algo más grueso se podía estar fraguando a puertas cerradas, pero aisladas al fin.

No obstante, hoy resulta relativamente sencillo concluir que aquellas opiniones encarnaban el signo de los nuevos tiempos: tal parece que algunas líneas de fuerza que, dentro del chavismo, y por la razón que fuere, miraban con recelo el radicalismo implícito en el horizonte estratégico delineado en el Plan de la Patria, se habían convencido de que, junto a las graves dificultades económicas y el reflujo popular, su tiempo había llegado. La pésima gestión de algunas empresas públicas, la corrupción, pero también la deliberada desinversión, sumado a la profunda desconfianza en el pueblo organizado, circunstancias todas que precedieron a la Agenda Económica Bolivariana, contribuyeron a posicionar la idea de que, por ejemplo, resultaba indispensable establecer “alianzas estratégicas” con sectores de la burguesía para salir del atolladero.

El problema, debo insistir, no son las tales “alianzas estratégicas”, que seguramente, en determinados casos, eran necesarias o convenientes. No se trata de una cuestión de principios. El problema, realmente, es que en muchos casos se decidiera por la desinversión: por el abandono de bienes públicos con la finalidad de privatizarlos. Lo que debemos tomar en cuenta es que desinvertir presupone, lógicamente, la posibilidad de invertir, de apostarle a seguir invirtiendo en lo público. Desinvertir es una decisión política, no la consecuencia inevitable de la mala gestión. De hecho, en muchos de estos casos (todavía no es posible saberlo, porque el proceso se ha caracterizado por la opacidad) seguramente era todo lo contrario: la mala gestión pública era la consecuencia inevitable de la desinversión, así como de la corrupción. En todo caso, lo central aquí es que la decisión ha podido ser corregir los problemas de gestión y garantizar la propiedad pública de estos bienes.

¿Se trataba de una política de Estado: desinvertir para luego privatizar? No lo creo. Como tampoco era una política de Estado el desalojo violento de campesinos y la devolución de la titularidad de las tierras a terratenientes, o la falta de apoyo a las experiencias comuneras, o la judicialización de trabajadores, o los férreos obstáculos a iniciativas extraordinarias, como la del Ejército Productivo Obrero. Me parece que no fue así como se desarrollaron los acontecimientos. Pero sin duda alguna estábamos en presencia de un patrón de actuación, apuntalado por algunas líneas de fuerza con importante presencia en los distintos niveles de gobierno, no solo nacional, sino también regional y local.

Pero si la desinversión no era una política de Estado, las “alianzas estratégicas” sí lo son, fundamentalmente a partir de 2016, con la Agenda Económica Bolivariana. En la medida en que, a pesar de haberse levantado todos los controles sobre el mercado, la situación económica ha venido agravándose (brutal desvalorización del trabajo, hiperinflación, dolarización de facto), en tanto que las “sanciones” criminales suponen el estrangulamiento del cuerpo económico de la nación (sobre todo después de los golpes arteros contra PDVSA en 2017), y dado que el ingreso nacional ha disminuido de manera abrupta, lo más “lógico” pareciera ser insistir, ahora con más razón, en las alianzas con el “sector privado”, nacional y transnacional, para reactivar la economía.

En ese contexto debe entenderse, a mi juicio, una iniciativa como la Ley Antibloqueo. De hecho, el artículo 18, relativo al destino de los recursos generados a partir de su aplicación, establece que uno de sus objetivos es “el estímulo e impulso de los motores económicos productivos de la Agenda Económica Bolivariana”, además de prever mecanismos que pudieran hacer posible “la captación de inversión extranjera, sobre todo a gran escala” (artículo 20), la posibilidad de “modificar los mecanismos de constitución, gestión, administración, funcionamiento y participación del Estado de determinadas empresas públicas o mixtas” (artículo 26), la implementación de “medidas que estimulen y favorezcan la participación, gestión y operación parcial o integral del sector privado nacional e internacional en el desarrollo de la economía nacional” (artículo 29), la “incorporación urgente” en el proceso productivo, mediante “alianzas con entidades del sector privado, incluida la pequeña y mediana empresa, o con el Poder Popular organizado” de “activos que se encuentren bajo administración o gestión del Estado venezolano como consecuencia de alguna medida administrativa o judicial restrictiva de alguno de los elementos de la propiedad” (artículo 30), entre otros.

Dicho esto, es claro que cualquier venezolano o venezolana está en su pleno derecho de discutir ésta o cualquier otra iniciativa legal o acto de gobierno, de exigir que sus proponentes expliquen con mucha claridad cuál es el propósito que persigue, y estos últimos están en la obligación de aclarar cualquier duda que pudiera surgir. Es decir, la duda no tiene por qué ofender a nadie. En todo caso, el liderazgo político debería comenzar por comprender que la opacidad que ha caracterizado la actuación gubernamental en materia económica ha sido un craso error.

Mucho más allá de la Ley Antibloqueo, suerte de colofón del giro gubernamental en materia económica iniciado alrededor de 2016, creo que hay pocas cosas más importantes que someter a balance crítico la Agenda Económica Bolivariana. Y no me refiero a un balance entre especialistas, a una reunión a puertas cerradas, a un sofisticado ejercicio de introspección, a un torneo de retórica, a la antesala de futuras tesis académicas, a una discusión interminable, estéril e incluso melancólica sobre lo que se hizo, lo que no se hizo o lo que pudo haberse hecho. Lo que se hizo, hecho está. Hablamos de hechos consumados, lo que también quiere decir, por cierto, que ya no tiene mucho sentido seguir adoptando el tono de advertencia, que fue lo que tantos y tantas hicimos durante estos años.

Vistos los resultados, hay sobradas evidencias de que, buscando una salida, nos hemos adentrado aún más en el laberinto. Si lo que tuvo lugar fue un repliegue desordenado, lo que correspondería es reordenar fuerzas para estar en capacidad de volver caras. No volveremos al punto en el que nos encontrábamos la víspera de 2016. La historia no transcurre de esa manera. No solo no es posible, sino tampoco deseable. Deseable es asumir que se eligió entre varios caminos posibles, y en tanto que los resultados están lejos de haber sido favorables para las mayorías populares, tiene que ser posible y deseable elegir uno nuevo. En revolución siempre.

Ese camino tiene como norte, a mi juicio, una sólida y robusta propiedad pública, lo que no desdice, debo insistir, del espacio que siempre le ha sido garantizado al capital privado, pero cuyos intereses y margen de maniobra deben tener un límite, y ese límite lo define el interés nacional, social, colectivo. Como decía Chávez en su Aló Presidente Teórico No. 2: “Nosotros defendemos la propiedad, pero no la propiedad burguesa, [sino] la propiedad social, la propiedad del pueblo… la propiedad honesta, la propiedad de tu trabajo, la propiedad de tu vivienda, la propiedad de ti mismo, la propiedad de tus bienes personales, la propiedad familiar, la propiedad comunal. Esa es la propiedad que nosotros defendemos, no la grosera propiedad de los burgueses que se quieren adueñar de todo”. Esa es la propiedad que tenemos que seguir defendiendo. Ese tendría que ser el punto de partida.

Parecería que están apareciendo divisiones dentro del chavismo. Por ejemplo, hemos visto la formación recientemente de la Alternativa Popular Revolucionaria, que incluye quizás a dos de los aliados más grandes del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) junto con algunos otros movimientos populares. Están postulando candidatos en contra del PSUV y han lanzado algunas críticas fuertes al Gobierno. ¿Cómo podemos entender estas divisiones y los debates que ocurren entre partidos y movimientos revolucionarios?

Alguna gente podría sentirse tentada a concluir que la Alternativa Popular Revolucionaria (APR) es el típico caso de fuerzas de ultraizquierda que, haciendo gala de su característica desubicación histórica, terminan siendo funcionales, aquí y ahora, a la estrategia imperial de “cambio de régimen”, corriendo al Gobierno por izquierda en un contexto de brutal asedio político y económico, es decir, de la manera más inoportuna, y contribuyendo a la suicida dispersión de fuerzas. Creo que no es correcta esta valoración.

En primer lugar, difícilmente pueda catalogarse de “ultraizquierdistas” a las fuerzas que confluyen en la APR: Partido Comunista de Venezuela (PCV), el grueso de Patria Para Todos (otra parte se ha alineado con el Gobierno), y otras organizaciones más modestas, con presencia fundamentalmente regional o local. En segundo lugar, la dispersión de fuerzas precede a la iniciativa de conformación de la APR, y guarda relación directa, entre otras cosas, con el sectarismo que ha caracterizado al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). En tercer lugar, y esto es quizá lo más importante, no creo que la APR constituya una “amenaza”, en el sentido de poner en riesgo una eventual mayoría de fuerzas chavistas en la futura Asamblea Nacional. Hay que recordar que, aun cuando algunos de ellos han inscrito candidaturas, todo indica que los principales partidos opositores acatarán la línea impuesta por el gobierno estadounidense, que es la abstencionista. Al contrario, creo que la existencia de la APR puede motivar a mucha gente chavista que, por la razón que fuere, no desea votar por la tarjeta del PSUV, y mucho menos por algún partido de la oposición, y en tal sentido puede contribuir a reducir la abstención, que es uno de los principales objetivos de las fuerzas patrióticas de cara a las elecciones parlamentarias; además, obviamente, de recuperar la mayoría en una institución del Estado que, en manos del antichavismo, fue puesta al servicio de intereses claramente contrarios a la nación.

De hecho, me atrevería a afirmar que si no fuera por el servilismo sin límites de los principales partidos antichavistas, que los ha privado de la libertad de definir soberanamente su estrategia política (lo que los ha hecho encajar una derrota electoral tras otra a partir de 2017), una iniciativa como la APR sería inconcebible. En otras circunstancias, y más allá de diferencias programáticas, estoy seguro de que las fuerzas políticas chavistas, o al menos la mayoría de las que integran la APR, hubieran encontrado la fórmula de la unidad electoral.

Amenaza real, en todo caso, es el sostenido esfuerzo del gobierno estadounidense de deslegitimar las elecciones en nuestro país, y su pretensión de bloquear cualquier posibilidad de salida política y electoral, pese a lo cual, como es correcto, aquí se siguen celebrando elecciones como manda la Constitución.

La APR, en cambio, puede ser una iniciativa que contribuya, al menos, a destrabar un poco la discusión pública sobre los problemas fundamentales del país real. Ni siquiera se trata, en este momento, de determinar si los compañeros y compañeras de la APR tienen razón respecto de tal o cual asunto, sino de crear y multiplicar canales de interlocución política que le permitan al pueblo venezolano expresarse, interpelar, demandar, organizarse incluso. Esos canales han venido reduciéndose, y ese es un proceso que es necesario revertir.

Muchas personas que no hacemos parte de esa iniciativa política abrigamos la esperanza de que no se trate de una alianza puntual en torno a lo electoral, que es siempre un riesgo, sino de la antesala de una plataforma que aglutine fuerzas que vienen actuando de manera desarticulada, lo que les resta mucha eficacia política. 

Lo electoral es un momento. Muy importante, por supuesto, pero es solo un momento. Si la tarjeta del PCV obtuviera menos votos de lo esperado por quienes promueven la APR, eso no tendría por qué conducirlos a abandonar el esfuerzo de articulación política. Caso contrario, de obtener un significativo caudal de votos, eso no debería ser traducido como un apoyo expreso e incondicional a la APR. Tal vez haya mucho de rechazo al PSUV.

Por otra parte, me parece importante precisar que la mayoría del pueblo chavista que votará en las parlamentarias lo seguirá haciendo por el PSUV. Respecto de este punto, creo que los compañeros y compañeras de la APR deben hilar muy fino y ser muy cuidadosos en el análisis. Porque si algo no se puede hacer en política revolucionaria es menospreciar a la gente. Hay que asumir que si mucha gente votará por el PSUV, lo hará por razones absolutamente legítimas, y no porque actúa como rebaño que es conducido al matadero, que dicho sea de paso ha sido siempre el discurso del antichavismo. No lo hará por una bolsa de comida, como afirma la derecha, sino porque, para decirlo en términos muy gruesos, considera que la mejor opción sigue siendo, pese a todo, votar por el partido de Chávez. ¿Eso qué significa? Hay que hacer el ejercicio de responderse esa pregunta. Por mi parte, descarto de entrada cualquier respuesta que apunte en la dirección de señalar de ignorante al pueblo que vota por el PSUV. 

Ese es, por cierto, el problema de parte importante del liderazgo del PSUV: creer que la política, y más en tiempo de elecciones, se reduce al clientelismo y al asistencialismo, y que tales prácticas, que suscitan un profundo rechazo popular, bastan para ganarse el respaldo de la gente.

Hay una cuesta muy empinada que remontar. Hay que retomar los fundamentos de la política revolucionaria. El pueblo trabajador que vota por el PSUV, lo mismo que el pueblo que está decidido a no votar, como el que votará por el PCV, incluso el que votará por la oposición, pertenece a una misma clase. Hay que hacer política para la clase trabajadora, con la clase trabajadora, no importa con qué partido se identifique o si no se identifica con ninguno, como es el caso de mucha gente actualmente.

El chavismo, en el momento de su fragua histórica, hace más de veinte años, fue mucho más allá, y forjó una alianza policlasista, cuyo centro de gravedad fue precisamente la clase trabajadora, y en particular eso que Chávez llamaba, a comienzos de los 90, “clase marginal”, que son los pobres que trabajan, pero cuyo trabajo no les garantiza lo mínimo suficiente para la reproducción de la vida. Luego de reducirse significativamente durante la primera década de este siglo y parte de la presente, esa fracción de clase ha vuelto a ser mayoritaria. Sin embargo, no hace resonancia con ninguna fuerza política partidista. Se sienta huérfana de liderazgo, se percibe a sí misma como en un callejón sin salida. El antichavismo es sencillamente incapaz de identificar esa realidad. Su origen de clase se lo impide. Allí es donde tenemos que hacer política nosotros y nosotras.

¿Cuál es la situación actual del chavismo? ¿Cómo está la relación entre este movimiento y el Gobierno, particularmente a la luz de las recientes protestas que hemos visto en áreas que tradicionalmente han votado por Chávez y Maduro? ¿Cómo ves la dinámica entre movimiento y Gobierno en la coyuntura actual?

Alfredo Maneiro apelaba a la figura del “agua mansa” para referirse al lugar que ocupa el pueblo venezolano que se prepara para eclosionar, es decir, para convertirse en esas “gotas de agua que están en la cumbre de la ola”. Eso lo decía por allá en 1982. 

Pues bien, las mayorías populares eclosionaron varias veces desde entonces, con mayor o menor intensidad: durante la rebelión popular del 27F de 1989; en 1992, convertido en pueblo militar; en 1994, al salir Chávez de la cárcel y hasta llevarlo a la presidencia, en 1998; en 2002, cuando el contragolpe popular; y así sucesivamente. Por supuesto que esto del “agua mansa” puede interpretarse de distintas formas y, visto desde una perspectiva histórica de más largo alcance, quizá lo correcto sea hablar de una gran eclosión en 1989, y de una mar embravecida a partir de ese acontecimiento, con unas cuantas coyunturas de relativa calma, pero estando el pueblo con frecuencia en la cresta de la ola.

Pienso que atravesamos por una de esas coyunturas en que volvemos a ubicarnos en el “agua mansa” o, para seguir con Maneiro, en el “seno” que separa la ola más reciente de la que vendrá.

En esta coyuntura en particular hay una suerte de clausura de la política. En primer lugar, diría, porque el antichavismo le ha apostado muy fuerte a la antipolítica. Ese es un hecho decisivo. El grueso de la oposición venezolana, y no me refiero solamente a su clase política, se ha caracterizado por ser extremadamente desleal y antidemocrática. A comienzos de 2014, muy poco después de la desaparición física de Chávez, y cuando la situación política y económica del país todavía era relativamente estable (lo que no es un dato menor), su facción más extrema volvió a apostarle a la vía confrontacional y violenta, que había abandonado diez años antes, después de sucesivas derrotas. Luego, a comienzos de 2016, y con el control de la Asamblea Nacional, “prometieron” al país que harían lo necesario para deponer al Gobierno en un lapso no mayor de seis meses, es decir, por vías no legales. En 2017 arreciaron las diligencias para endurecer el asedio económico contra la nación, ya en un contexto de severa crisis económica y, de nuevo apostando a la violencia, lograron poner al país al borde de una guerra civil. En 2018 se produce un intento de magnicidio. En 2019, como es sabido, un diputado hasta entonces desconocido se autoproclama presidente, y hacen llamados abiertos al golpe militar y a la intervención militar estadounidense y de gobiernos vecinos. Más recientemente, tiene lugar una frustrada incursión paramilitar por las costas venezolanas. En el ínterin, varios planes de golpes de Estado son develados, se producen ataques armados a instituciones del Estado, a fuertes militares, se multiplican las “sanciones”, etc.

Si bien en las presidenciales de 2013 la oposición estuvo más cerca que nunca de llevarse la victoria, y pese a haber triunfado en las elecciones parlamentarias de 2015, lo cierto es que durante los últimos seis o siete años no ha hecho otra cosa que desperdiciar el capital político que hubiera podido acumular. Ensoberbecida, convencida de que, en ausencia de Chávez, hacerse con el poder era algo que estaba a la vuelta de la esquina, a costa de lo que fuere; apoyada incondicionalmente por el imperialismo yanqui y, más que apoyada, haciendo el papel de muñeco de ventrílocuo de Washington; animada por el desplome de los precios del petróleo y confiada en su capacidad de aprovechar su posición de dominio sobre la economía nacional; enceguecida por el deseo de revancha; favorecida irrestrictamente por las transnacionales de la información; entusiasmada por el avance de la derecha continental, la oposición venezolana terminó aplicando, de hecho, una política de tierra arrasada, contribuyendo decisivamente a lo que en otra parte he caracterizado como desciudadanización de la sociedad venezolana, sobre todo a partir de 2017, cuando el ciudadano común, lejos de sentirse a las puertas de la “liberación” del país, tenía miedo de salir a la calle, algo que no había experimentado desde, precisamente, los días posteriores al 27F de 1989, cuando el Estado masacró a miles de venezolanos y venezolanas.

Analizado en retrospectiva, y a muy grandes rasgos, puede verse cómo, tras cada fracaso, la oposición ha respondido no replanteando su estrategia, sino doblando la apuesta, de manera cada vez más violenta.

Lo anterior no es un memorial de agravios. Son datos de contexto sin los cuales es imposible comprender por qué, pese a la profunda inconformidad con el Gobierno nacional, al margen de toda la responsabilidad que recae sobre éste, a las clases populares les resulta tan difícil percibir a la oposición como una alternativa real.

Dicho de otra manera, no se trata tanto de que la oposición venezolana haya sido incapaz de trazar una estrategia acertada, que le permitiera encontrar soluciones políticas a los “problemas” del país, para decirlo de manera eufemística, sino de que su estrategia ha consistido en conjurar cualquier solución política. Ella misma es un gran problema.

Volviendo a lo que planteaba sobre la clausura política, y en segundo lugar, tenemos a un Gobierno que sin duda alguna ha tenido el mérito de resistir los sucesivos embates violentos a los que acabo de referirme y, pese a todo, mantenerse en el poder, pero teniendo que pagar un altísimo costo en términos estratégicos, asunto sobre el que ya me referí en extenso en la respuesta a la primera pregunta.

Si tuviera que resumir el profundo impacto que esta situación ha suscitado en el campo popular, diría que viene produciéndose un fenómeno masivo de desafiliación política, al punto de que, actualmente, a mi juicio, la identidad política mayoritaria vendría a ser lo que podría denominarse chavismo desafiliado: predominantemente hombres y mujeres entre los veinte y los cuarenta años, pertenecientes a las clases populares, cuyo horizonte material y espiritual se ha ido estrechando en la medida en que se ha agravado la crisis económica, parte de los cuales decidieron emigrar, que incorporaron los valores o hicieron suyas muchas de las ideas-fuerza de la cultura política chavista, pero que no por eso se reconocen en su actual liderazgo, ni en sus símbolos, ni en su gramática, ni en el Gobierno, ni en el PSUV. Esa es, al menos, mi hipótesis de trabajo, y siempre cabe la posibilidad de que esté equivocado.

También cabe la posibilidad de no pensar en estos asuntos, por considerar que sería inoportuno, y conformarnos con una imagen más bien estática del chavismo, es decir, con la imagen más confortable de lo que fuimos, y refugiarnos en la tranquilidad de ánimo que viene aparejada a las certezas políticas, pero en tal caso creo que estaríamos incurriendo en una grave equivocación. Porque la verdad es que son tiempos de incertidumbre para las mayorías, de “agua mansa”, de mutación del alma popular.

Si muta el alma popular, ¿por qué el chavismo habría de permanecer estático, inconmovible? Lo más irónico es que la misma existencia del chavismo desafiliado, si acaso nos permitiéramos pensar en la eventual validez de esa hipótesis, daría cuenta de que parte importante del mismo chavismo, lejos de envejecer mal, está reclamando su lugar en el presente, y su derecho, en un futuro que esperemos no sea tan lejano, a ubicarse nuevamente en la cresta de la ola. 

The Wild and the Disaffected: A Conversation with Reinaldo Iturriza


By Cira Pascual Marquina – Venezuelanalysis.com

You have developed a creative reading of the Chavista identity over the years. Could you tell us something about this?

First, there is what is laid out in the El chavismo salvaje book, which basically gathers writings that go from 2007 to 2012. Among other things, it is a first attempt at identifying the tensions within Chavismo, an effort to present the logic of the different lines of force that traverse the movement, how they are expressed in practices, etc.

Writing these texts involved some abstraction in the attempt to capture the real movement – it was a dizzying exercise –, but at no point did I intend to position myself as an observer of Chavismo “from the outside.” On the contrary, these are militant writings. At that time I considered it imperative to explain what we had learned, what we had been, and where we were as a movement. It required working in two registers: on the one hand, recording what the experience of the Bolivarian Revolution meant to us; on the other hand, we had to construct a story outside of the propaganda, not make concessions to self-indulgent approaches.

The very concept of “wild Chavismo” is far from being a mere metaphor or attempt to provoke. What I pinpointed then is that there was an attempt to “brutalize” [brutalizar] Chavismo (in fact this is one of the founding practices of anti-Chavismo), but there was another attempt aimed at “stupefying it” [embrutecer] – this latter would become a characteristic of what I call “officialism” in my reflections.

Nonetheless, I highlighted that civil service, for example, was not by definition officialist, and that it is also possible to reproduce an officialist logic inside the grassroots movement. In synthesis, I tried to problematize the question of power, of its exercise, and also the question of the state and its institutions.

In the book [El chavismo salvaje], I raised issues of this kind and left open, as is inevitable, many questions. It was a starting point. From then on, I have tried to go deeper into some of these issues, while other themes have emerged.

In 2017, I wrote an essay (still unpublished): Chávez, lector de Nietzsche [Chávez, Reader of Nietzsche]. During the last years of his life, Chávez was a committed and unprejudiced reader of Nietzsche. And, as one would expect from a man like Chávez, his were not mere philosophical cavilings.

The Nietzsche readings, with others, inspired some major decisions. In fact, Chávez’s “Commune or Nothing,” the famous slogan, was born, at least in part, from Chávez’s peculiar and very heterodox reading of Nietzsche. Finally, in line with the analysis initiated in El chavismo salvaje and taking as a reference Gilles Deleuze’s interpretation of Nietzsche, I suggested that there was an “active” Chavismo that would set itself apart from “reactive” Chavismo.

In 2018 I wrote another book (also unpublished), La política de los comunes [Politics of the Commons], in which I collected some already published texts on the communal question in Venezuela. Among other things, I attempted to demonstrate that Chavismo breaks with the political culture of Acción Democrática [the social-democratic party that ruled for many years in Venezuela]. In other words, I argued that although there is a clear line of continuity between Accion Democratica’s political culture and that of Chavismo, what distinguishes the latter is precisely its singularity.

What does the singularity of Chavismo consist in? When is it born? A real “epistemological rupture” – as Chávez would call it – occurred in the 1990s when a young Bolivarian military contingent “discovered” the idée-force of participative and protagonist democracy. We were in the presence of a full-fledged theoretical and political event: by gravitating around this idea, revolutionary politics in Venezuela would never be the same. It marks a before and an after. I do not think I am exaggerating when I say that the Bolivarian Revolution becomes possible with this breakthrough. It changed everything and, in particular, the way of relating to the popular subject.

More recently, in 2019, I wrote a series of articles called Radiografía sentimental del chavismo [Sentimental X-ray of Chavismo], and I began to work on a line of research that I called Cuarentena [Quarantine]. The latter has nothing to do with the coronavirus pandemic, but with the fact that, in 2017, the most reactionary anti-Chavista lines of force became fervent promoters of the total economic blockade against Venezuela – a “quarantine” to contain and eradicate the “contagious disease” that is Chavismo.

Radiografía is an update of the analysis that I began in El chavismo salvaje. For example, what I identify in Radiografía as “disaffected Chavismo” is the most contemporary expression of wild Chavismo which, as far back as 2010, has been fed up with “dumb politics,” with the aggravating factor that [in recent times] this phenomenon of disaffection has become massive.

In Cuarentena I tried to identify the conditions triggering the phenomenon of political disaffection by delving into an area which I had not paid enough attention to until then: the economy. More than a pending issue at the personal level, I’m thinking that this – understanding the economy – is a pending collective task.

To give you an example, we have to understand the class composition of Venezuelan society today. But more than a snapshot of the current historical situation, I think we should understand the evolution of the class structure in Venezuelan society since the 1970s. Until we begin to gather such basic and crucial information, we will be condemned to repeat the same old generalizations about “oil rentierism,” “post-rentierism,” and other vague analyses.

Have you come to any conclusions from your recent research and thinking?

Some of my working hypotheses right now are the following. First, there is a close relationship – not mechanical but not casual either – between the emergence of the first revolutionary cells within the Venezuelan Army in the 1980s, and the growing informality and unemployment of the time.

Second, there is documented evidence of the strategic insight of the Bolivarian military regarding what would have to be the backbone of the revolutionary subject in Venezuela: those who as early as 1993 Chávez identified as the “marginal class,” fundamentally made up by what some scholars call the “sub-proletariat,” which is the fraction of the proletariat most affected by the economic crisis: they are the poor who work, but those whose work does not guarantee the minimum conditions for the reproduction of life.

Third, the support of this sub-proletariat turned out to be decisive in Chávez’s 1998 electoral victory, and that support became even more decisive in the resistance against each and every one of the attempts to overthrow the Bolivarian Revolution, including Chávez’s extraordinary victory in the 2004 recall referendum.

Fourth, the social, economic, and cultural policies advanced during Chávez’s presidency had, as a fundamental purpose, improving the material and spiritual conditions of this class fraction.

Fifth, Chávez’s effort to build a popular and democratic hegemony had this class fraction as its center of gravity: its aspirations and demands, but also its organization; this perspective is key to understanding the creation of the communal councils and, later, the communes.

Sixth and finally, the 2015 parliamentary defeat rang an alarm bell, warning us of a fracture in this popular hegemonic construction.

I think that, with sufficient information at hand, it is possible to demonstrate that this sub-proletariat is the economic (and no doubt political) correspondent with that which I have called “wild Chavismo.” Once we have undertaken a rigorous, detailed analysis of the evolution of Venezuelan society’s class structure during the last decades – something that, as I said before, is a pending task – I believe we will be in a better position to confront the challenges that face us today. The question of wild Chavismo today – for the most part, a disaffected bloc – is also the question of the sub-proletariat. The answer to this question would give us fundamental clues about how to proceed in reconstructing a popular democratic hegemony.

Can we contrast what you call “wild Chavismo” – its desires and aspirations – with the government’s way of doing politics? I am aware that we need to take into account all the external factors that condition Venezuelan politics, but I want to focus on its day-to-day modus operandi in the country.

It is practically impossible to reflect on the daily practice of governing here without taking these external factors into account. If there is something that overdetermines our daily life, it’s precisely the US economic blockade that weighs on the whole of Venezuelan society.

The effects of the blockade are almost unspeakable. It produces suffering, stress, anxiety, fear, anger, distrust, and death. To that, we should add uncertainty and the narrowing horizon that the pandemic produces. We are talking about an experience that is difficult to explain to people who have never had to suffer through such a criminal blockade.

Additionally, wherever the imperialist story is effective, we can observe what Walter Benjamin would call “empathy with the winner.” This translates more or less as follows: if in Venezuela we are going through such a historical crisis, it must be because we deserve it. This idea expresses itself in different ways, including the convoluted discourse about the existence of a “dictatorship,” “regime,” and so on.

There is empathy for the winner for two reasons. First, there is the logic of the executioner’s accomplice – in this case, the most lackey-like anti-Chavistas. Second, there are those who fear experiencing a similar blockade, which keeps people from raising their heads and encourages them to either look away or even turn against their own neighbors, to employ Benjamin’s terms.

This brings us to another difficult question: have the Venezuelan people been defeated?

Well, anyone could say I’m wrong, and they would likely come up with convincing arguments, but my answer is no. I do not think the Venezuelan people have been defeated. One of my reasons for saying this is my deep conviction that an important part of the population– even as it struggles with the harmful effects of the blockade – has preserved a margin of maneuver. In other words, our destiny is still in our hands.

What I observe is that, for a large sector of the population, the blockade is not seen as an inexorable fate: it is a crime that produces deprivation and death, but it is not inevitable. It is because they see it this way that so many people of all walks of life strongly reject the typical official story that the root of all our suffering is to be found in the blockade. In fact, the worst thing we can do now is to take an event as serious as the blockade and turn it into a pretext.

The problem with this way of thinking is that it exonerates those with government posts from assuming responsibilities and, worse still, it frees the society as a whole from responsibility. It’s a discourse that turns us into victims that have to be protected or, in another reading, we only have the obligation to “resist” – preferably without too much complaining. There is a false epic attitude in this story and also a lot of fatalism.

Should the Venezuelan government cease to fulfill its obligation to protect the population? Of course not. Has everyone in the government adopted this story [of the blockade exonerating them of responsibility]? I don’t think so either, but the story is gaining ground.

To me, it seems evident that there is a crisis in the Bolivarian narrative. How can we overcome it? By keeping in mind two elements: on the one hand, the blockade, the effects of unilateral coercive measures, and the imperial siege; on the other hand, our margin of maneuver, the alternatives we have, what we can do. To do this, however, there must be confidence in the collective spirit – which is to say, one must trust the popular subject which, at the end of the day, is what made the Bolivarian Revolution possible.

Does this mean that each and every one of the government’s decisions must be debated publicly in an assembly? Clearly not. But it is also evident that the “there is no alternative” discourse cannot become a practice every time that people question decisions or express disagreements.

If the “there is no alternative” principle of politics were to become normal, we could just as well turn off the lights and close shop. We should understand the consequences of closing the door on the people that Chávez politicized. In fact, it is one of the reasons why there are so many disaffected people – people who have come to not expect anything from Chavismo or from the opposition. This is the fact that should concern and occupy us, and not the fact that many are expressing their dissent… Dissent, at the end of the day, is actually a sign of political vitality!

Throughout the Bolivarian Process, there has been a sometimes tense relationship between institutions and the popular movement. For many years, this tension was productive and positive, but now we are witnessing fissures in the political bloc. What is going on?

I think that what we call the popular movement has to be profoundly self-critical. It’s not enough to understand that what you correctly call a “positive tension” has degenerated into something that is quite close to outright antagonism.

Some dismiss the matter by saying that this situation is just an expression of class struggle inside the movement. Even worse, however, are those who are oblivious and yield to the temptation of reading conflict, tension, or antagonism as a question of loyalty. In this way of seeing things, there is no longer any conflict, only loyalty or betrayal everywhere.

Let us try to get to the root of the conflict. I said before that Chávez’s effort to build a democratic and popular hegemony had, as its center of gravity, the sub-proletariat. What happened is that during the first decade of this century a large sector of the sub-proletariat joined the ranks of the proletariat – that which some mistakenly call the “new popular middle class.” This sector never became middle class in the strict sense. Instead, for the first time in our history, the working class was able to live with dignity. What is significant here is that we are talking about the majority of the country.

In other words, Chávez became not only a leader with enough moral authority to govern the country, with broad democratic liberties, but he also became the arbiter between the different lines of force within Chavismo. He did so by putting a class fraction [the sub-proletariat, which he called the “marginal class”] at the center of Chavista politics (though it did not mean that the petty bourgeoisie and the bourgeoisie would cease to benefit, even if they did not admit it).

For reasons that we can’t go into deeply here but which need to be further examined, it is obvious that the question of how to organize that class fraction (and the working class in general) has not been resolved. Chavismo emerged in the context of a severe crisis of the traditional forms of political mediation, including parties, unions, and guilds. This required the movement to try out new organization models without abandoning more traditional forms of organization.

Communal councils and communes would become the most advanced forms of this new political experiment. In them, the sub-proletariat felt at ease and there was the advantage that these spaces allowed a more direct dialogue with Chávez, thus bypassing the party, the union, the local and regional governments, etc.

Obviously, this wasn’t always the case. Before these new forms of organization emerged, time and again people would find themselves having to struggle with the party, with the local and regional governments, etc. These relationships were often problematic, to say the least. In fact, it couldn’t be any other way: it was the meeting of two logics, two radically different ways of conceiving politics, which were in conflict with each other.

So Chávez became the arbiter, playing simultaneously the role of head of state, on the one hand, and a kind of subversive within the state, on the other. There was the Chávez who had to preserve the status quo and the one who aspired to transform it. To give you an example, Chávez would highlight the importance of the party and the preservation of local governments while exhorting those who were politicized on the margins of the traditional politics to resist becoming an appendix of anything or anyone.

Amidst all this, what was the role of the popular movement?

It seems to me that the movement was – very correctly – trying to open the way by exercising leadership in the spaces of popular organization, sometimes within the party, sometimes in government functions. Nonetheless, it always represented a modest fraction within a vast whole. The movement was politically prepared but it had evident limitations, and these limitations were barely made up for by the advantage of having Chávez’s leadership on its side.

It is quite obvious that Chávez’s death disrupted the internal dynamic of the movement, and it is equally obvious that Maduro is not Chávez.

Let us suppose, for the moment, that it is true that the sub-proletariat (or the working class in general) is no longer the center of gravity of Chavista politics, but that instead the “revolutionary bourgeoisie” is at the center because the new correlation of forces has made it so. What role should the popular movement play? Surely understanding the political implications of this change is necessary, but this entails inquiring into what has become of the working class and asking about the tribulations taking place in the spirit of the masses. At present, I believe that this means understanding what goes on in the minds of the Venezuelan pueblo and particularly in the minds of disaffected Chavismo. The latter is a vast subject that seems to have been left without an interlocutor, in a political “non-place,” as I contended in some of the texts in Radiografía sentimental del Chavismo (2019).

There is a lot going on in the left now. For a sector of Chavismo (eg. media outlet Misión Verdad) the Bolivarian Process is at its most glorious moment because of its capacity to take the heat from imperialism. Another sector melancholically thinks things have turned for the worse, because the process is separated from the masses and lost sight of the goal of socialism. Then there is a third group that believes – as Marx contended in The Eighteenth Brumaire of Louis Napoleon – that the revolution must leave its Chavista past behind and make its poetry in the present. What kind of relationship should the revolution have to its past?

The past is of no use to us if it does not allow us to move forward in the present. Allow me to dwell on the importance of building a popular and democratic hegemony.

When one carefully reads Chávez’s texts from the 1990s, some of the most extraordinary sections involve a harsh polemic with the leadership of the Venezuelan left parties, with sectors of their militancy, and with some important left intellectuals. To sum it up: Chávez questioned their disconnection from the popular masses, their propensity for endless debates without ever getting down to business, their [Soviet] manual influenced readings of the classics of Marxism, their scarce interest in taking power, their strategic short-sightedness, their sectarianism, and their contempt for the pueblo. According to Chávez himself, the left considered those questions anathema, as a kind of neophyte’s babbling. I have tried to partially reconstruct this historical episode in La política de los comunes.

I don’t know – and in fact it’s not important – if Chávez had studied Gramsci at that time, but he no doubt knew well the work of Alfredo Maneiro, José Esteban Ruiz Guevara, Pedro Duno, Jose Rafael Nuñez Tenorio, Kleber Ramírez, Domingo Alberto Rangel, Alí Rodríguez Araque, Victor Hugo Morales, and Hugo Trejo among others. In fact, he met and talked with most if not all of them before becoming president, in some cases even before the February 4, 1992 uprising.

What I mean is that, from the beginning, Chávez was the opposite of a neophyte. He was, without a doubt, a military person who had joined the left. However, precisely because he knew the left well and had, to a great extent, been inspired by the critical heritage of its most lucid figures, Chavez understood that, for the Bolivarian Revolution to happen, it was essential to go “beyond the left” as Maneiro put it in his famous 1980 text.

His “discovery” of the key idea of participatory and protagonistic democracy was decisive. It implied radically, mercilessly questioning of the traditional political culture of the left. For starters, the political leadership would have to abandon any pretension of being an “enlightened vanguard” and would have to learn to move through the popular catacombs… like fish in the water. They could take the word to the people, yes, but above all come to and understand the suffering of the masses and accompany their struggles. It seems to me that Chávez, who has been accused of being a messianic, vertical, authoritarian leader, understood that the common citizen had to be treated as an equal: with respect and dignity. I am not at all sure that we’ve assimilated his profound impact in the sphere of political culture!

The conception that the Venezuelan pueblo is not only qualified to actively participate in political affairs, but also to be the protagonist, was key to forming the powerful bloc that eventually achieved the 1998 electoral victory.

We are talking about a historical moment in which labels mattered very little. It didn’t matter if one was defined as a leftist or otherwise. What mattered was if one considered it necessary to defeat the political class that represented bourgeois democracy and the pact of elites, and if one believed it was possible to build a genuine, popular, participatory and protagonist democracy.

In fact, if one reviews the opinion polls of the time, one can see that most of the people who voted for Chávez did not identify with the left. But, what is more, what is actually the left? (The truth is that there isn’t one left but many.) It was an open question to the movement, which brought together different expressions of the left, from the most traditional to the most radical, but also people from the right. And it was an open question to the people and Chávez, who even flirted with the “third way.”

As it happens, by 2006 most of the people voting for Chávez defined themselves as being on the left. So the question is, what did “left” mean for them? This is, actually, an important question. By simple logical deduction, we can conclude that “left” did not mean the same in 2006 as in the early days of Chávez’s government, and much less so in the mid-1990s, when Chávez himself engaged in a controversy with the left’s political leadership….

And, speaking about the grammar of politics, when in 2004 Chávez began to talk about socialism, he did so clearly expressing the need to revise and go beyond the old leftist political culture. In essence, however, he was just repeating in other terms and in very different historical circumstances – which included a large political accumulation – what he had proposed in the mid-90s.

Chávez didn’t dissociate himself from the left. Instead, the left resignified itself with Chávez and Chavismo. It prepared itself, it became more powerful, more national and popular, trying to consolidate a new political culture – a different, more radically democratic way of conceiving the practice of politics.

With the benefit of hindsight, today we can evaluate how far Chávez and Chavismo went in this attempt to refound revolutionary politics. We can point out, here and there, that there were moments and situations where advances were slower and times when we had setbacks, particularly when the old political culture continued to weigh us down – and here I’m not only talking about the more traditional left, but also about the influence of the tradition of Acción Democrática [the social-democratic party that ruled for many years in Venezuela] culture. We can and should identify unresolved issues.

However, the most important issue in this regard is that the attempt to build democratic and popular hegemony – in favor of that which Chávez called Venezuelan, Bolivarian, 21st-century Socialism – was supported, to a great degree, by a revolutionary left leadership which managed to bring the masses together behind it.

All this means that we must be extremely cautious – I would even say, scrupulous — while employing extreme political and intellectual honesty, when one is talking about the left today. I perceive a tendency to separate the left from Chavismo, and to claim that one is the “legitimate” representative of the other. In the most extreme cases, this generates a propensity [from the government] to identify the “left” as a threat or something of the sort, as the epitome of political deviation.

The issue, of course, is far from purely nominal. The important question is not how one identifies oneself. History has given us many “scions of Chavismo” who ended up in farce (and it will continue to do so). The issue at stake is what political culture one is trading in: how we conceive of the practice of politics; how we behave (when we are close to “power” or far from it, to give you an example); how we settle differences; and how we relate to people, which is perhaps the most important thing.

Ironically, in many of the [government’s] invectives against the “left,” one can identify the practices and habits of the more traditional left: arrogance, authoritarianism, verticalism, sectarianism, contempt for the people; assuming oneself to be an “illuminated,” informed vanguard, that understands things, that is capable of seeing what the majority cannot see, that knows what must be said at the right moment and exactly what things should not be discussed. All in all, the same political culture that made the most traditional left incapable of building a popular and democratic hegemony is reproducing itself.

“Leave the past behind and make poetry in the present.” You said that in your question, quoting Marx. It seems to me that a poet needs a good dose of humility. We must not forget that popular poetry was made through all these years… and it continues to be made, in a good measure, against the old political culture of the left. We need to assume that if many don’t like the poetry we recite today, it is not so much because they are tired of the present, but because they learned with Chávez that it is not possible to go forward in the present repeating the mistakes of the past.

The Wild and the Disaffected: A Conversation with Reinaldo Iturriza (Part I). Oct 10th 2020

Chavismo and the Left: A Conversation with Reinaldo Iturriza (Part II). Oct 15th 2020

Salvajes y desafiliados (Entrevista en Venezuelanalysis, octubre de 2020)


Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

Cira Pascual Marquina (CPM): Tú has desarrollado una lectura creativa sobre la identidad de Chavismo. Como ejercicio, ¿podrías hacer una síntesis sobre esta lectura?

Reinaldo Iturriza (RI): Está en primer lugar lo planteado en El chavismo salvaje. Cronológicamente, este libro recoge escritos que van desde 2007 hasta 2012, fundamentalmente. Entre otras cosas, hay allí un primer intento de identificar las tensiones a lo interno del chavismo, de explicar a qué lógicas responden las distintas líneas de fuerza que lo atraviesan, cómo éstas se expresan en prácticas, etc. Escribir estos textos implicó, naturalmente, un mínimo ejercicio de abstracción, intentando captar el movimiento real, por demás vertiginoso, pero en ningún momento tuve la intención de ubicarme como un observador del chavismo “desde afuera”. Todo lo contrario, son textos enteramente militantes. En ese entonces consideraba que teníamos la obligación de intentar explicar lo que íbamos comprendiendo acerca de lo que habíamos sido y éramos como movimiento. Había que hacer un esfuerzo por partida doble: por una parte, dejar registro de lo que significaba para nosotros y nosotras la experiencia de la revolución bolivariana, y por la otra construir un relato al margen de la propaganda, que no hiciera concesiones a interpretaciones autoindulgentes. 

El mismo concepto de “chavismo salvaje” está lejos de ser una simple metáfora, o una provocación. Lo que identificaba entonces es que había un intento de “brutalizar” al chavismo, que es una de las prácticas fundantes del antichavismo, pero igualmente otro orientado a “embrutecerlo”, que sería lo propio de lo que allí denomino como “oficialismo”. Con todo, hacía la importante salvedad de que el funcionariado, por ejemplo, no era por definición “oficialista”, y precisaba que perfectamente podía reproducirse una lógica política “oficialista” militando en el movimiento popular. Intentaba, en síntesis, que problematizáramos la cuestión del poder, de su ejercicio, y por su supuesto del Estado, de la institucionalidad.

En El chavismo salvaje planteé unos cuantos problemas de esta índole y dejé abiertas, como es inevitable, muchas interrogantes. Fue realmente un punto de partida. En adelante he intentado profundizar en algunos de estos asuntos, y en otros que han ido surgiendo.

Luego, en 2017, escribí un pequeño ensayo aún inédito: Chávez lector de Nietzsche. Chávez fue un intenso y desprejuiciado lector de Nietzsche durante sus últimos dos años de vida. Y como cabría esperar de un hombre como Chávez, no se trataba de simples disquisiciones filosóficas. Tales lecturas, entre otras, inspiraron algunas decisiones de gran envergadura. El célebre “Comuna o nada” nace, al menos en parte, de esta peculiar y muy heterodoxa lectura que hacía Chávez de Nietzsche. En fin, en línea con el análisis iniciado en El chavismo salvaje, y tomando como referencia la lectura que hacía Gilles Deleuze de Nietzsche, sugería la existencia de un chavismo activo que se distinguiría claramente de un chavismo reactivo.

En 2018 escribí otro libro aún inédito, La política de los comunes, en el que además reúno algunos textos ya publicados sobre la cuestión comunal en Venezuela. Entre otras cosas, allí intento demostrar que el chavismo significó una ruptura con la cultura política adeca. Es decir, si bien hay una clara línea de continuidad entre ésta y lo que podría llamarse la cultura política chavista, lo que distinguiría a esta última es, precisamente, lo que tiene de singular. ¿En qué consiste la singularidad del chavismo? ¿En qué punto ocurre esto? Cuando, en plena década de los 90, se produce lo que el mismo Chávez llamaría una verdadera “ruptura epistemológica”, que es lo que sucede cuando los jóvenes militares bolivarianos “descubren” la idea-fuerza de democracia participativa y protagónica. De nuevo, aquí estamos en presencia de un acontecimiento teórico y político en toda la línea, en tanto que, gravitando en torno a esta idea-fuerza, la política revolucionaria en Venezuela ya no sería la misma. Hay un antes y un después de este acontecimiento. Creo no exagerar al afirmar que la misma revolución bolivariana será posible a partir de esta ruptura. Ella lo cambia todo, y en particular la manera de relacionarse con el sujeto popular.

Más recientemente, en 2019, escribí la Radiografía sentimental del chavismo, y comencé a trabajar en una línea de investigación a la que intitulé Cuarentena, lo que por cierto no tiene que ver con la contingencia derivada de la pandemia por el coronavirus, sino con el hecho de que, en 2017, las líneas de fuerza más reaccionarias del antichavismo se hicieron fervorosos promotores del bloqueo económico total contra Venezuela (una “cuarentena” para contener y erradicar la “enfermedad contagiosa” que es el chavismo). 

La Radiografía puede ser leída como una actualización del análisis iniciado en El chavismo salvaje. Por ejemplo, lo que identifico en la Radiografía como “chavismo desafiliado” no es más que la expresión más contemporánea del mismo chavismo salvaje hastiado, ¡ya en 2010!, de lo que llamo la “política boba”, con el agravante de que este fenómeno de desafiliación se ha hecho masivo.

En Cuarentena he intentado identificar los condicionantes de este fenómeno de desafiliación política, comenzando a hurgar a fondo en un campo de análisis al que no presté la suficiente atención en todos estos años: el económico. Más que un asunto pendiente, se trata, digamos, de una deuda colectiva, mucho más que personal: comprender, por ejemplo, cuál es la composición de clases de la sociedad venezolana actual. Pero, más allá de la pertinencia de una instantánea sobre la actual coyuntura histórica, me parece que debemos ser capaces de saber cuál ha sido la evolución de la estructura de clases en la sociedad venezolana, pongamos, desde la década de los 70. Hasta tanto no dispongamos de información tan básica como crucial, estaremos condenados a repetir las mismas generalidades sobre el “rentismo petrolero”, el “post-rentismo” y cuestiones por el estilo.

Algunas de mis hipótesis de trabajo, actualmente, son las siguientes: 1) hay una relación estrecha, no mecánica, pero tampoco casual, entre la emergencia de las primeras células revolucionarias en el seno del Ejército venezolano, en la década de los 80, y el progresivo aumento de la informalidad y el desempleo; 2) hay evidencia histórica, documental, de la claridad estratégica de los militares bolivarianos respecto de lo que tendría que ser la médula del sujeto popular revolucionario: eso que tan temprano como en 1993 Chávez identificaba como “clase marginal”, conformada, fundamentalmente, por lo que algunos estudiosos llaman “subproletariado”, que es la fracción de clase proletaria más golpeada por la crisis económica: son los pobres que trabajan, pero cuyo trabajo no les garantiza lo mínimo suficiente para la reproducción de la vida; 3) el apoyo de este “subproletariado” será decisivo en la victoria electoral de Chávez en 1998 y más determinante aún en la resistencia contra todas y cada una de las tentativas destituyentes de los primeros años de revolución bolivariana, incluido el categórico triunfo en el referendo de 2004; 4) la política social, económica y cultural durante las presidencias de Chávez tendrá como propósito, fundamentalmente, afectar positivamente las condiciones materiales y espirituales de vida de esta fracción de clase; 5) todo el esfuerzo de construcción de hegemonía popular y democrática liderado por Chávez tendrá como centro de gravedad esta fracción de clase: sus aspiraciones y demandas, pero también su organización. Desde esta perspectiva, me parece, puede entenderse una iniciativa como la creación de los consejos comunales y, más tarde, de las Comunas; 6) la derrota en las parlamentarias de 2015 es un campanazo, en el sentido de que es signo de fractura de esta construcción hegemónica democrática.

Pienso que, con información suficiente a la mano, es posible demostrar, sin mayores contratiempos, que este “subproletariado” es el correlato económico (y al mismo tiempo político, sin duda alguna) de eso que en algún momento llamé “chavismo salvaje”. Y habiendo hecho el correspondiente análisis riguroso, pormenorizado, de la evolución de la estructura de clases de la sociedad venezolana durante las últimas décadas, algo que, insisto, está por hacerse, creo que estaríamos en mejores condiciones para encarar los desafíos del tiempo presente. 

La pregunta sobre el “chavismo salvaje” hoy, en buena medida desafiliado, es la pregunta sobre el “subproletariado”. Y las respuestas a estas preguntas nos arrojarían pistas inestimables sobre cómo proceder para retomar la construcción de hegemonía popular y democrática. 

CPM: Ahora viene algo más complicado… contrastemos la identidad del Chavismo con el ejercicio de la política desde el Estado hoy (entendiendo todos los factores externos que condicionan la política, pero centrándonos en el ejercicio cotidiano de la misma)

RI: Es que, de entrada, es prácticamente imposible referirse al ejercicio cotidiano de la política gubernamental sin tomar en cuenta estos factores externos. Si hay algo que sobredetermina, digamos, nuestra vida cotidiana es el bloqueo económico que pesa sobre el conjunto de la sociedad venezolana. Los efectos del bloqueo llegan al extremo de lo inenarrable: éste produce sufrimiento, privaciones, angustia, ansiedad, miedo, ira, desconfianza, muerte, a lo que se suman la incertidumbre y el estrechamiento del horizonte que produce una circunstancia como la pandemia. Hablamos de una experiencia que es difícil de transmitir a pueblos que, por una razón u otra, han tenido la fortuna de no padecer un asedio tan criminal. 

Además, allí donde tiene eficacia el relato imperialista se produce lo que Walter Benjamin llamaría empatía con el vencedor, cuya traducción sería más o menos la siguiente: si en Venezuela estamos atravesando por semejante trance histórico es porque nos lo tenemos bien merecido, idea que se expresa de distintas formas, incluido el truculento expediente sobre la existencia de una “dictadura”, un “régimen”, etc.

Hay empatía con el vencedor por dos razones, principalmente: porque se es cómplice de quienes se arrogan el derecho de hacer el papel de verdugos, que es el caso, por ejemplo, del antichavismo más cipayo, y porque se tiene miedo de padecer un asedio similar, por lo que se elige no levantar cabeza, desviar la mirada o directamente ensañarse contra el vencido, para decirlo en términos del mismo Benjamin.

CPM: Ahora bien, y ésta es una pregunta clave: ¿el pueblo venezolano ha sido vencido? 

RI: Cualquiera podría opinar que estoy equivocado, y seguramente sería capaz de esgrimir razones muy válidas, pero mi respuesta es que no. No creo que el pueblo venezolano haya sido vencido. Y una de las razones que sustentan mi posición es, precisamente, el profundo convencimiento de una parte importante de la población, así lo percibo, de que, con todo y los nefastos efectos del bloqueo, tenemos un margen de maniobra. Es decir, nuestro destino sigue estando en nuestras manos.

Lo que percibo es que, para una parte importante de la población, el bloqueo no es una fatalidad. Es un crimen, y ese crimen produce privaciones y muertes. Pero no es una fatalidad. De ese convencimiento se deriva el hecho de que tanta gente, en todas partes, rechace tan enérgicamente el relato, propio del oficialismo, según el cual todo lo que padecemos es consecuencia del bloqueo. Y lo peor que podemos hacer en este momento es apelar a un hecho tan grave como el bloqueo para convertirlo en un pretexto.

El problema con este relato es que libera de cualquier responsabilidad a quienes, precisamente, tienen responsabilidades de gobierno y, peor aún, libera de responsabilidad a todo el mundo: no seríamos más que víctimas que habría que proteger o, en todo caso, no tendríamos más que la obligación de “resistir”, preferiblemente sin “quejarnos” tanto. Hay mucho de falsa épica en este relato, y también mucho de fatalismo.

¿El gobierno venezolano debe dejar de cumplir con su obligación de proteger a la población? Por supuesto que no. ¿Todo el que está ejerciendo funciones de gobierno ha hecho suyo este relato? Tampoco lo creo. Pero es sin duda un relato que ha ganado mucho terreno. 

De hecho, me parece bastante evidente que hay una crisis del relato bolivariano. ¿Cómo superarla? Poniendo en la balanza ambas cosas: el bloqueo, los efectos de las medidas coercitivas unilaterales, el asedio imperial, de un lado, y del otro nuestro margen de maniobra, las alternativas que tenemos, lo que podemos hacer. Eso pasa por tener confianza en el genio colectivo, es decir, en el sujeto popular que, en última instancia, hizo posible la revolución bolivariana.

¿Eso quiere decir que todas y cada una de las decisiones gubernamentales deben ser previamente discutidas públicamente, a la manera asamblearia? Está claro que no. Pero no puede seguir siendo una práctica común tomar tal o cual decisión en determinada materia y que, frente a cualquier manifestación de inconformidad o incomprensión respecto de lo decidido, la respuesta sea, cuando la hay: no había ninguna otra alternativa.

Cuando en política se parte del principio de que no hay alternativas, es como si decidieras bajar las santamarías. Y hay que saber medir las consecuencias de bajarle las santamarías en la cara al pueblo que se politizó con Chávez. Por esa razón, entre otras, es que hay tanta gente desafiliada, que ya no espera nada ni del chavismo ni del antichavismo. Eso sí debería preocuparnos y ocuparnos, y no el hecho de que todavía haya mucha otra gente que expresa de manera abierta su inconformidad, lo que a fin de cuentas es señal de vitalidad política.

Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

CPM: Durante todo el Proceso Bolivariano siempre hubo una relación tensionada entre la institucionalidad y el movimiento popular. Durante muchos años, esa tensión fue productiva o virtuosa, pero en este momento estamos viendo que las tensiones se van convirtiendo en grietas. ¿Qué ocurre?

RI: Respecto de este asunto, pienso que lo que conocemos como el movimiento popular está en la obligación de ser profundamente autocrítico. No basta con que constatemos que eso que identificas correctamente como tensión virtuosa haya degenerado, ciertamente, en algo que se asemeja al antagonismo puro y duro. 

Uno podría despachar el asunto diciendo que esta situación no es más que una expresión de la lucha de clases a lo interno del movimiento, aunque también es cierto que hay gente que no alcanza a ver siquiera esto, y termina cediendo a la tentación de pasar cualquier conflicto, tensión o antagonismo por el tamiz de la lealtad y la traición, de manera que ya no hay más conflicto, sino leales y traidores por todas partes.

Intentemos aproximarnos a la raíz del conflicto. He dicho más arriba que el esfuerzo de construcción de hegemonía popular y democrática liderado por Chávez tuvo como centro de gravedad al subproletariado, buena parte del cual, durante la primera década de este siglo, pasó a engrosar las filas del proletariado, eso que de manera más o menos equívoca llamamos “nueva clase media popular”, pero que nunca fue clase media en sentido estricto, sino clase trabajadora que, por primera vez en su historia, pudo vivir dignamente. Lo significativo aquí, entre otras cosas, es que estamos hablando de la mayoría del país.

En otras palabras, Chávez se hizo un líder con la suficiente auctoritas no solo para gobernar al país, con amplias libertades democráticas, sino también para arbitrar entre las distintas líneas de fuerza del chavismo, poniendo en el centro de la política chavista, reitero, a una fracción de clase determinada, sin que esto implicara, por cierto, que la pequeña burguesía y la burguesía dejaran de beneficiarse, al margen de que estén dispuestas a reconocerlo.

Ahora bien, por razones que no da chance de profundizar aquí, y en las que hay que seguir escudriñando, me parece que quedó irresuelto el problema de la organización de esa fracción de clase, y en general de la clase trabajadora. No puede ignorarse el hecho de que el chavismo insurge en un contexto de severa crisis de las formas tradicionales de mediación política: partidos, sindicatos, gremios, lo que exigía a todo el movimiento ensayar nuevas formas de organización, sin que fuera posible, y tampoco deseable, prescindir de las formas más tradicionales. Los consejos comunales y las Comunas vendrían a ser las formas más avanzadas de este ejercicio de experimentación política. En ellos el subproletariado se sentía, digamos, a sus anchas, con la ventaja de que estos espacios tendían a permitirle una interlocución más directa con el mismo Chávez, sin tener que pasar por el partido, el sindicato, las gobernaciones, las alcaldías, etc. 

Pero sabemos de sobra que esto no siempre ocurría así. Más bien era todo lo contrario: una y otra vez, el pueblo organizado en estos y otros espacios afines tenía que verse obligado a lidiar, naturalmente, con el partido, las gobernaciones, las alcaldías, etc., y la relación solía ser muy problemática, por decir lo menos. Y no podía ser de otra forma, porque se trataba de dos lógicas, incluso de dos maneras radicalmente distintas de concebir la política, que se enfrentaban. Entonces Chávez arbitraba, desempeñando, al mismo tiempo, el papel de jefe de Estado y el de subversivo dentro del Estado; el Chávez que está en la obligación de preservar el statu quo y el que desea transformarlo; todo a pulso, casi siempre con mucha mano zurda, realzando la importancia del partido o de preservar el control de gobernaciones y alcaldías, por ejemplo, pero al mismo tiempo exhortando a ese pueblo que se politizó al margen de las formas tradicionales de representación política, a no ser apéndice de nada ni de nadie.

Mientras todo esto ocurría, ¿qué papel desempeñaba el movimiento popular? Me parece que intentaba, correctamente por demás, abrirse paso y ejercer un liderazgo en estos espacios de organización popular, en ocasiones dentro del partido, a veces en funciones de gobierno, pero representando siempre una modesta parte dentro de un todo muy vasto. Muy cualificado políticamente, pero con limitaciones muy evidentes, apenas disimuladas por la ventaja que implicaba contar con un liderazgo como el de Chávez.

Creo que es bastante obvio, y por eso realmente no tiene mérito repetirlo aquí, que la ausencia física de Chávez trastoca profundamente la dinámica a lo interno del movimiento. Y es igualmente obvio que Maduro no es Chávez. Supongamos que es cierto que el subproletariado, o en general la clase trabajadora, ya no es el centro de gravedad de la política chavista, sino la “burguesía revolucionaria”, porque así lo determina la nueva correlación de fuerzas. Pues bien, ¿qué papel le corresponde jugar al movimiento popular? Ciertamente, dejar constancia de las implicaciones políticas de este trastocamiento, pero eso pasa, necesariamente, por preguntarse qué ha sido de la clase trabajadora, por interrogarse por las tribulaciones que anidan en el alma popular. Y en las actuales circunstancias, creo que eso implica comprender qué pasa por la cabeza del pueblo venezolano todo, pero en particular del chavismo desafiliado, ese vasto sujeto que parece haber quedado sin interlocución posible, en una suerte de no-lugar de la política, como ya lo he planteado en alguno de los textos que forman parte de la Radiografía.

Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

CPM: El pasado y el presente. Para una parte del Chavismo (Misión Verdad, por poner un ejemplo) el Proceso Bolivariano está en su momento más glorioso por su capacidad de resistir los golpes. Para otra parte del Chavismo, el Proceso se está achicando por haberse apartado de la vocación democrática que lo caracterizó y por haberse desdibujado el horizonte socialista. Sin embargo, hay otro grupo a lo interno que (como Marx en el 18 Brumario) considera que la revolución debe dejar atrás su pasado y hacer su poesía en el presente. Entonces, ¿cuál debe ser la relación de la revolución con su pasado, y hasta cuándo?

RI: El pasado no nos sirve de nada si no nos permite avanzar, o desplazarnos, en el presente. Permíteme que insista en este punto de la construcción de hegemonía popular y democrática. 

Cuando uno lee con detenimiento al Chávez de la década de los 90, algunos de los pasajes más extraordinarios tienen que ver con la dura polémica que sostiene entonces con el liderazgo de los partidos de izquierda venezolanos, con parte de su militancia, con algunos referentes de la intelectualidad de izquierda. En resumen, Chávez les cuestionaba su profunda desconexión con las mayorías populares, su vocación por las discusiones interminables sin pasaje al acto, su lectura manualesca de los clásicos del marxismo, su escasa vocación de poder, su cortedad de miras estratégica, su sectarismo, su menosprecio por el pueblo. En la versión del mismo Chávez, esta izquierda consideraba aquellos cuestionamientos como un anatema, como palabrería propia de un advenedizo. He intentado reconstruir parcialmente este episodio en La política de los comunes.

Desconozco, y la verdad importa poco, si Chávez había estudiado para entonces a un autor como Gramsci, pero conocía a profundidad la obra de gente como Alfredo Maneiro, José Esteban Ruiz Guevara, Pedro Duno, José Rafael Núñez Tenorio, Kléber Ramírez, Domingo Alberto Rangel, Alí Rodríguez Araque, Víctor Hugo Morales, Hugo Trejo, entre otros que pudieran mencionarse, y de hecho conoció y dialogó personalmente si no con todos, sí con la mayoría de ellos, antes de llegar a la Presidencia, dicho sea de paso, y en algunos casos incluso antes del 4F de 1992.

Lo que quiero decir es que Chávez era todo lo contrario de un advenedizo: era, sin duda alguna, un militar de izquierda que, precisamente por conocerla lo suficiente, aunque no hubiera militado en ella, y en buena medida inspirado en el acervo crítico de quienes tenía como sus más lúcidos referentes, pronto comprendió que, para que la revolución bolivariana fuera posible, era imprescindible ir “más allá de la izquierda”, como lo planteara Maneiro en su célebre texto de 1980.

De nuevo, aquí el “descubrimiento” de la idea-fuerza de democracia participativa y protagónica resultó decisivo: ella implicaba, en los hechos, someter a cuestionamiento radical, inclemente, lo que podríamos denominar la tradicional cultura política de izquierdas, comenzando porque el liderazgo político debía abandonar cualquier pretensión de “vanguardia esclarecida” y tenía que aprender a desplazarse por las catacumbas populares como pez en el agua, llevando la palabra, sí, pero sobre todo escuchando, sintiendo el padecimiento de las mayorías, acompañando sus luchas. Me parece que Chávez, al que tanto se ha acusado de líder mesiánico, vertical, autoritario, comprendió que al ciudadano común había que tratarlo como un igual, con respeto, con dignidad, y no estoy seguro de que hayamos asimilado todavía el profundo impacto que esto tuvo en el campo de la cultura política.

Es a partir de la centralidad de esta idea de que el pueblo venezolano no solo está cualificado para participar activamente en los asuntos políticos, sino además para ser protagonista, que Chávez y el chavismo incipiente van conformando un poderoso bloque de poder, que termina alzándose con la victoria electoral de 1998. Hablamos de un momento histórico en que los rótulos importaban muy poco: no importaba si usted se autodefinía como una persona de izquierdas, lo que importaba era si usted consideraba necesario derrotar a la clase política que representaba a la democracia burguesa, al pacto de élites, y si creía posible construir una democracia genuina, popular, participativa y protagónica.

Cualquiera que revise los estudios de opinión de la época puede constatar que la mayoría de la gente que votó por Chávez no se identificaba con la izquierda. Pero, además, ¿qué cosa era la izquierda? Porque lo cierto es que, definitivamente, no hay una izquierda, sino muchas. No lo tenía claro el movimiento, que reunía en su seno distintas expresiones de la izquierda, desde la más tradicional hasta la más radical, pero también a gente de la derecha. No lo tenía claro la gente, y tampoco Chávez, que incluso coqueteó durante breve tiempo con la “tercera vía”, como seguramente recordaremos.

Pero sucede que, en 2006, la mayoría de la gente que vota por Chávez se autodefine de izquierdas. ¿Qué significaba entonces ser de izquierdas? No es una pregunta cualquiera. Por simple deducción lógica podemos concluir que no significaba lo mismo que a comienzos del gobierno de Chávez, y mucho menos lo que significaba a mediados de la década de los 90, cuando el mismo Chávez entablaba aquella polémica con el liderazgo político de la izquierda tradicional. Habiendo superado ya varias pruebas de fuego, se había producido una suerte de decantación ideológica, programática, que no dejaba de expresarse en la gramática política, y por supuesto en la acción de gobierno. 

Hablando de gramática política, cuando en 2004 Chávez comienza a hablar de socialismo, lo hace planteando expresamente la necesidad de revisar e ir más allá de la vieja cultura política de izquierdas. En el fondo, no hacía más que reiterar, en otros términos y en circunstancias históricas muy distintas, con un acumulado político inestimable, lo que ya había planteado a mediados de los años 90.

Chávez no se deslinda de la izquierda, la izquierda se resignifica con Chávez y el chavismo, se cualifica, se hace más potente, más nacional y popular, intentando consolidar una nueva cultura política, una forma distinta de concebir el ejercicio de la política, más radicalmente democrática. 

Con la ventaja que implica hacer cualquier lectura retrospectiva, hoy puede evaluarse qué tan lejos llegaron Chávez y el chavismo, o qué tan lejos llegamos, en este intento de refundar el ejercicio de la política revolucionaria. Podemos señalar, aquí y allá, dónde hubo avances más lentos, retrocesos incluso; cuánto siguió pesando la vieja cultura política, no solo de la izquierda más tradicional, sino incluso de la adeca; podemos y debemos identificar cuáles siguen siendo los problemas irresueltos.

Pero lo que no puede desconocerse es que la tentativa de construir hegemonía democrática y popular, eso que Chávez llamaba el socialismo venezolano, bolivariano, del siglo XXI, fue apuntalado, en buena medida, por un liderazgo de izquierda revolucionaria, que logró aglutinar en torno suyo a las mayorías populares.

Por todo lo anterior, hay que ser extremadamente cautos, diría incluso que muy escrupulosos y manejarse con mucha honestidad política e intelectual, cuando se discute, hoy en día, sobre la izquierda. Más específicamente, percibo una cierta inclinación por distinguir entre izquierda y chavismo, o por erigirse como el “legítimo” representante de aquella o de este último. En los casos más extremos, hay una cierta propensión a identificar a la “izquierda”, así, entre comillas, como una amenaza o algo por el estilo, como el epítome de lo que está extraviado en política.

El asunto, por supuesto, está muy lejos de ser puramente nominal. Aquí no se trata tanto de cómo usted se autodenomine. La historia nos ha brindado unos cuantos ejemplos, y lo seguirá haciendo, lamentablemente, de muchos “legatarios” de Chávez que terminaron en farsa. Aquí de lo que se trata es de a cuál cultura política se tributa: cómo concebimos el ejercicio de la política, cómo procedemos (por ejemplo, cuando se está cerca del “poder” o lejos de él), cómo dirimimos las diferencias, cómo nos relacionamos con la gente, que es quizá lo más importante.

Irónicamente, en muchas de las invectivas contra la “izquierda” pueden identificarse exactamente las mismas prácticas, los mismos malos hábitos, de la izquierda más tradicional: soberbia, autoritarismo, verticalismo, sectarismo, menosprecio por la gente; el convencimiento de que se forma parte de una vanguardia preclara que sí está informada, sí entiende, sí es capaz de ver lo que la mayoría no puede ver, sí sabe lo que hay que decir en el momento correcto y conoce perfectamente cuáles cosas no deben ser discutidas. En suma, la misma cultura política que hizo de la izquierda más tradicional un conjunto de fuerzas sencillamente incapaz de construir hegemonía popular y democrática.

Dejar atrás el pasado y hacer poesía en el presente, decías en tu pregunta, siguiendo a Marx. Me parece que al poeta le hace falta un buen baño de humildad. No olvidar que la poesía popular fue hecha todos estos años, y sigue haciéndose, en buena medida, contra la vieja cultura política de izquierdas. Nos hace falta asumir que si a tanta gente no le gusta la poesía que recitamos hoy, no es tanto porque está hastiada del presente, sino porque sabe, después de Chávez, que no es posible lidiar con el presente repitiendo los mismos errores del pasado.

Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

Publicado por primera vez en Venezuelanalysis.com.