Cuarentena: Romper el cerco sobre Venezuela. Notas sobre política, economía y migrantes (III)


  • El desmontaje progresivo de los mecanismos de integración latinoamericana y caribeña y el cerco sobre Venezuela, transcurren paralelamente al éxodo masivo de venezolanos y venezolanas. Son tres fenómenos íntimamente relacionados.
  • El desmontaje masivo de los mecanismos de integración, el reciente protagonismo de la Organización de Estados Americanos, la creación del Grupo de Lima, el agresivo lobby de la ultraderecha venezolana, etc., forman parte del correlato diplomático de avance de la derecha continental, y apuntan fundamentalmente al aislamiento de Venezuela. El cerco político y económico sobre Venezuela ha incidido directamente en el éxodo masivo de venezolanos y venezolanas, situación que ha sido sistemáticamente instrumentalizada para reforzar dicho cerco.
  • Paradójicamente, mientras más se intenta aislar políticamente y económicamente a Venezuela, más venezolanos y venezolanas se esparcen por el mundo, con énfasis en países suramericanos.
  • Venezuela es a la vez peste y viruela. Se le intenta aislar no solo política y económicamente, sino también en el plano simbólico. Incluso parte de la izquierda concibe a Venezuela como sujeto apestoso, que debe ser aislado, contenido, proscripto, como precondición para que la izquierda vuelva a tener alguna opción de poder. Es un caso perdido, un enfermo incurable que debe ser dejado a su suerte, confinado. Cerrar la puerta, botar la llave y no mirar atrás. Antes realidad inenarrable, luego realidad de la que es mejor no hablar, luego realidad que no puede ser pensada. Venezuela ya no como lo posible, sino como lo impensable. La izquierda en particular, o una parte de ella, y en general la población del continente, han sido vacunadas contra la enfermedad venezolana. Uso político de los migrantes venezolanos para vacunar contra la enfermedad chavista.
  • Pero también hay una ceguera de las fuerzas revolucionarias en Venezuela. Si bien parecen quedar pocas dudas respecto de la relación de causalidad entre el cerco general y la migración económica masiva, predomina la opacidad sobre los condicionantes políticos y económicos que anteceden a la aplicación de las primeras medidas coercitivas unilaterales estadounidenses (2015): no se ha hecho balance suficiente, y mucho menos existe consenso sobre los errores y aciertos del gobierno venezolano al momento de tomar decisiones para enfrentar la severa contracción de la renta como consecuencia de la caída en picada de los precios del petróleo (2014). Existe una disputa en buena medida soterrada sobre el sentido, las orientaciones e implicaciones políticas de las decisiones tomadas o nunca tomadas en el período pre-medidas coercitivas, y las adoptadas luego de tales medidas (sobre todo a partir de 2016).
  • Esta singular cesura sobre la insuficiencia de pensamiento estratégico de la dirección política de la revolución bolivariana para lidiar con una situación económica hostil, que se fue expresando progresivamente como caotización de las relaciones económicas y sociales, acentuada drásticamente por las medidas coercitivas unilaterales (con la importante salvedad de que las agresiones económicas estadounidenses datan del inicio mismo de la revolución bolivariana), va aparejada a la muy evidente dificultad para lidiar con el fenómeno migratorio. Respecto de este último, la reacción de las fuerzas revolucionarias ha respondido principalmente a la lógica de la fortaleza asediada: no solo cualquier disidencia, sino también cualquier defección es traición.
  • El migrante suele ser asimilado a la figura del traidor que huye de la fortaleza, renunciando al imperativo ético de resistir. Tiene lugar, de esta forma, un curioso fenómeno de enclaustramiento de la resistencia: solo el que permanece dentro de la fortaleza es capaz de resistir. Para el sujeto resistente enclaustrado, el migrante, en el acto mismo de emigrar, renuncia a su condición de sujeto de resistencia.
  • El resultado es la despolitización del fenómeno migratorio. Anclados en el imaginario de Caracas, ciudad de despedidas (2011), una oda a la diáspora de las clases medias-altas, incapaces de lidiar ética y estéticamente con un país en el que las mayorías populares se identifican con el chavismo, no logramos comprender que el sujeto que emigra es otro muy distinto: de extracción eminentemente popular, incluso de los estratos más bajos, severamente afectados por la neoliberalización de facto de la sociedad venezolana.
  • Esta despolitización del fenómeno migratorio es consecuencia o se expresa, entre otras cosas, como pérdida de las coordenadas de clase: al pensar y actuar como sujetos resistentes enclaustrados, no somos capaces de solidarizarnos con nuestros comunes de clase. En los casos más extremos, incluso nos referimos con sorna a la sobreexplotación de la que son víctimas en los países receptores, sin preguntarnos por los motivos que los hacen emigrar, aun a sabiendas de que tendrán que lidiar con un ambiente político, económico y cultural hostil. Tal vez la sorna funciona como un mecanismo de defensa: evita que nos interpelemos sobre la sobreexplotación de la que es víctima la clase trabajadora en Venezuela.
  • Romper el aislamiento pasa, por tanto, por indagar a fondo sobre los errores y aciertos de la revolución bolivariana en materia política y económica, en particular sobre la orientación estratégica de las medidas adoptadas principalmente a partir de 2016, y por repolitizar el fenómeno migratorio, en el sentido de hacerlo inteligible desde coordenadas de clase, para comenzar.
  • Si el sujeto migrante económico no se reconoce en la revolución bolivariana, antes que estigmatizarlo por su “despolitización”, habría que interrogarse por las razones profundas de su desafiliación política. Adicionalmente, y dando por hecho la eficacia política de las tácticas de vacunación contra la enfermedad chavista, que se expresa precisamente como estigmatización pura y dura de todo lo asociado con el chavismo, tendríamos que ser capaces de identificar una cierta astucia del emigrante: no reconocerse en el chavismo bien puede ser un mecanismo de sobrevivencia en un ambiente particularmente hostil, en el que además predomina la xenofobia.
  • En resumen, a las fuerzas populares, democráticas, revolucionarias y de izquierda de todo el continente, al contrario de sentar posición respecto de Venezuela obedeciendo a las miserias del cálculo político a corto plazo y de poco o nulo calado estratégico, les corresponde asumir que la estrategia imperial de cerco no solo es contra Venezuela, ni siquiera solo contra la población de todo el continente, sino contra estas mismas fuerzas y su posibilidad de retomar o asumir el poder político, y sobre todo contra la posibilidad de retomar la unidad latinoamericana y caribeña como horizonte estratégico. A las fuerzas revolucionarias venezolanas, específicamente, les corresponde propiciar esta unidad, resistiendo el cerco, en primer lugar, pero fundamentalmente haciendo todo lo posible por revertir un proceso de neoliberalización de facto que expulsa enormes contingentes de venezolanos y venezolanas, la mayoría de ellos nuestros comunes de clase.
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Cuarentena: Venezuela como experimento biopolítico (II)


Michel Foucault

Enfermedad contagiosa, cuarentena (1): el empleo de este lenguaje biologicista para referirse a la situación en Venezuela no es accidental. No se trata de simples metáforas.

Venezuela es actualmente un escenario de experimentación biopolítica. Tal y como éste es trabajado por Michel Foucault, el concepto de biopolítica refiere al proceso de mutación de la “economía general del poder” que tiene lugar en las sociedades de la Europa occidental del siglo XVIII, que desde entonces pasarán a estar gobernadas fundamentalmente a través de tecnologías o mecanismos de “seguridad”.

Foucault dedicó buena parte de su trabajo intelectual a desentrañar el funcionamiento de estos mecanismos de seguridad, que estarían en el origen de lo que hoy conocemos como neoliberalismo. Las implicaciones teóricas y políticas de sus análisis, que destacan por su audacia y rigurosidad, son más que evidentes: estos nos ofrecen herramientas invaluables para comprender el presente, y su estudio no debería estar de ninguna forma circunscrito a círculos académicos con poca o nula vocación militante.

Para describir en líneas muy generales este proceso de mutación de la economía general de poder, Foucault apela a los ejemplos históricos de la lepra, la peste y la viruela, entre otros más vinculados a la economía, la ciudad, etc. Tomo como punto de partida lo expuesto en su curso en el College de France de 1977-1978, publicado por primera vez en 2004 (en 2006 en español) en un libro intitulado Seguridad, territorio y población.

Lepra, peste, viruela

Para Foucault, en el caso de los leprosos en la Edad Media europea, lo fundamental es la exclusión: “Es una exclusión que se hacía esencialmente, aunque también hubiera otros aspectos, mediante un conjunto… jurídico de leyes y reglamentos, un conjunto religioso, asimismo, de rituales, que introducían en todo caso una partición de tipo binario entre quienes eran leprosos y quienes no lo eran” (2).

Luego está la peste, en los siglos XVI y XVII. En tal caso, ya no se trata de excluir al apestado, sino de someterlo a cuarentena: “El objetivo de esos reglamentos de la peste es cuadricular literalmente las regiones, las ciudades dentro de las cuales hay apestados, con normas que indican a la gente cuándo salir, cómo, a qué horas, qué deben hacer en sus casas, qué tipo de alimentación deben comer, les prohíben tal o cual clase de contacto, los obligan a presentarse ante inspectores, a dejar a estos entrar a sus casas” (3). Se establece así un sistema que Foucault identifica como disciplinario.

Por último, la viruela, ya en el siglo XVIII. Comienzan a emplearse prácticas de inoculación. “El problema se plantea de muy otra manera: no consiste tanto en imponer una disciplina, aunque se solicite el auxilio de ésta; el problema fundamental va a ser saber cuántas personas son víctimas de la viruela, a qué edad, con qué efectos, qué mortalidad, qué lesiones o secuelas, qué riesgos se corren al inocularse, cuál es la probabilidad de que un individuo muera o se contagie la enfermedad a pesar de la inoculación, cuáles son los efectos estadísticos sobre la población en general; en síntesis, todo un problema que ya no es el de la exclusión, como en el caso de la lepra, que ya no es el de la cuarentena, como en la peste, sino que será en cambio el problema de las epidemias y las campañas médicas por cuyo conducto se intenta erradicar los fenómenos, sea epidémicos, sea endémicos” (4).

El predominio de estos mecanismos de seguridad, explica Foucault, no implica la desaparición de los mecanismos legales o disciplinarios. Antes bien, esta tecnología de seguridad “hace suyos y pone en funcionamiento dentro de su propia táctica elementos jurídicos y elementos disciplinarios” (5).

Estos tres tipos de tecnologías de poder establecen una relación diferente con el espacio. Planteado de manera muy esquemática, “la soberanía se ejerce en los límites de un territorio, la disciplina se ejerce sobre el cuerpo de los individuos y la seguridad, para terminar, se ejerce sobre el conjunto de una población” (6).

El surgimiento no solo de la noción, sino de la realidad de la población resulta clave en el análisis desplegado por Foucault: ésta es “objeto y sujeto a la vez de esos mecanismos de seguridad” (7). La población entendida como “una multiplicidad de individuos que están y solo existen profunda, esencial, biológicamente ligados a la materialidad dentro de la cual existen” (8)

Más adelante, Foucault identifica otras tres diferencias sustanciales entre los mecanismos legales o de soberanía, disciplinarios y de seguridad, a saber:

1) “La disciplina es esencialmente centrípeta. Me refiero a que funciona aislando un espacio, determinando un segmento. La disciplina concentra, centra, encierra. Su primer gesto, en efecto, radica en circunscribir un espacio dentro del cual su poder y los mecanismos de éste actuarán a pleno y sin límites”. Al contrario, “los dispositivos de seguridad… tienen una tendencia constante a ampliarse: son centrífugos. Se integran sin cesar nuevos elementos… Se trata por lo tanto de organizar o, en todo caso, de permitir el desarrollo de circuitos cada vez más grandes”;

2) “la disciplina reglamenta todo. No deja escapar nada. No solo no deja hacer, sino que su principio reza que ni siquiera las cosas más pequeñas deben quedar libradas a sí mismas…El dispositivo de seguridad, por el contrario… deja hacer. No deja hacer todo, claro, pero hay un nivel en el cual la permisividad es indispensable… La función esencial de la disciplina es impedir todo, aun y en particular el detalle. La función de la seguridad consiste en apoyarse en los detalles, no valorados en sí mismos como bien o mal y tomados en cambio como procesos necesarios e inevitables”;

3) tanto la disciplina como los sistemas de legalidad “distribuyen todas las cosas según un código que es el de lo permitido y lo prohibido… En el dispositivo de seguridad… se trata justamente de no adoptar ni el punto de vista de lo que se impide ni el punto de vista de lo que es obligatorio, y tomar en cambio la distancia suficiente para poder captar el punto donde las cosas van a producirse, sean deseables o indeseables… En otras palabras, la ley prohíbe, la disciplina prescribe y la seguridad, sin prohibir ni prescribir, y aunque eventualmente se dé algunos instrumentos vinculados con la interdicción y la prescripción, tiene la función esencial de responder a una realidad de tal manera que la respuesta la anule: la anule, la limite, la frene o la regule. Esta regulación en el elemento de la realidad es, creo, lo fundamental en los dispositivos de la seguridad” (9).

El caso Venezuela

Hipótesis de trabajo: aun cuando el chavismo ha sido concebido y tratado consuetudinariamente como la peste, e incluso como la lepra, en ocasiones literalmente, las tácticas asociadas a cada una de estas figuras terminan siendo subsumidas por las lógicas propias de un dispositivo de seguridad.

Esto se ha hace cada vez más evidente en la medida en que, como consecuencia del cerco político y económico que pesa sobre la población venezolana, trabajando afanosamente sobre los puntos débiles de la revolución bolivariana, a saber, los errores de su conducción política, la vulnerabilidad de su economía, los conflictos sociales irresueltos, etc., se acentúa el proceso de neoliberalización de facto de la sociedad.

Las medidas coercitivas unilaterales, las mal llamadas “sanciones” impuestas por las administraciones Obama y Trump, están orientadas estratégicamente a hacer inviable cualquier forma de sociabilidad distinta de la neoliberal.

La vocería oficial del gobierno venezolano ha insistido, correctamente, en denunciar la falacia de que se trata de medidas coercitivas dirigidas contra individuos o “personas”, tal y como este término es definido en la orden ejecutiva 13692, del 8 de marzo de 2015, suscrita por Barack Obama (10), y hace un esfuerzo sostenido por demostrar las graves afectaciones que producen a toda la población.

No obstante, habría que precisar que tales medidas coercitivas unilaterales tienen como blanco no solo a la población venezolana, sino a la población global, y sobre todo a la población de los países latinoamericanos y caribeños. Esto es particularmente evidente en el caso de la migración masiva de venezolanos y venezolanas, fundamentalmente migrantes económicos, que se acentúa a partir de 2016.

Si bien sería incorrecto afirmar que el éxodo masivo de venezolanos y venezolanas, principalmente a países suramericanos, obedece exclusivamente a las medidas coercitivas unilaterales impuestas por Estados Unidos, es imposible negar el profundo impacto social de medidas dirigidas no solo a entorpecer el funcionamiento de la economía nacional, con énfasis en su industria petrolera, sino a dificultar deliberadamente el acceso a alimentos y medicinas (11).

Se trata, en efecto, de medidas punitivas que infligen un “castigo” a la población venezolana, y eventualmente a su gobierno. Pero su eficacia política está más relacionada con el hecho de que permiten vacunar a la población global, y sobre todo a la que se encuentra en el “patio trasero” estadounidense, contra la enfermedad chavista.

En tal sentido, el éxodo de venezolanos y venezolanas hace las veces de una inoculación política de la población latinoamericana y caribeña, ciertamente contagiándola, provocando en ella algo que es la propia enfermedad chavista, pero en condiciones que tendrían que producir la propia anulación de la enfermedad.

Es en razón de esta lógica de los mecanismos de seguridad que Julio Borges se refiere a Venezuela como un “foco” infeccioso, como “el foco de todo lo que significa la degradación social”, como “enfermedad contagiosa”, y a la migración venezolana como un contingente humano que esparce la enfermedad o la “degradación social” (12).

La interpretación dominante sobre la masiva migración venezolana responde a las lógicas de este dispositivo de seguridad, si bien las elites de los países receptores, y por tanto víctimas de esta enfermedad de la que se han contagiado, alientan medidas que responden a las lógicas de los sistemas de legalidad o disciplinarios. Pero si estas elites atizan, por ejemplo, la xenofobia, o endurecen los controles migratorios, estas tácticas casi siempre son funcionales, por una parte, al control de sus propias poblaciones, y especialmente a la orientación estratégica del dispositivo securitario: el predominio del neoliberalismo.

Si fuera cierto que la sistemática campaña de estigmatización de la revolución bolivariana en los países latinoamericanos y caribeños, que se hacía más intensa en coyunturales electorales, era objeto de sospecha para unas clases populares más bien propensas a identificarse con el experimento democrático venezolano, el migrante venezolano vendría a ser la constatación de que tal experimento fracasó, y por tanto está muy lejos de representar una alternativa. De hecho, Venezuela se habría convertido en el ejemplo de todo lo que hay que evitar.

La peste chavista es más precisamente la viruela chavista. Las medidas punitivas contra la población venezolana, incluyendo el bloqueo total o “cuarentena” que recomendaba Borges en abril de 2017 y asomaba como posibilidad Trump en agosto de 2019, contribuyen a esparcir la enfermedad por todo el continente. Más que contenerla, como se hacía con la peste, se la deja pasar, con el propósito de anularla.

De acuerdo a esta lógica del dispositivo de seguridad, si miles mueren y unos cuantos millones padecen, esto no es bueno ni malo, sino inevitable. Ya lo decía William Brownfield, ex embajador estadounidense en Venezuela, en octubre de 2018, refiriéndose a las “sanciones” contra la industria petrolera nacional: “En este momento quizás la mejor resolución sería acelerar el colapso, aunque produzca un período de sufrimiento mayor por un período de meses o quizás años”. Todo sea porque se reduzca la enfermedad chavista a su mínima expresión.

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(1) Reinaldo Iturriza López. Cuarenta: Enfermedad contagiosa (1). 3 de octubre de 2019.

(2) Michel Foucault. Seguridad, territorio, población. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, Argentina. 2006. Pág. 25.

(3) Michel Foucault. Seguridad, territorio, población. Pág. 25.

(4) Michel Foucault. Seguridad, territorio, población. Pág. 26.

(5) Michel Foucault. Seguridad, territorio, población. Pág. 24.

(6) Michel Foucault. Seguridad, territorio, población. Pág. 27.

(7) Michel Foucault. Seguridad, territorio, población. Pág. 27.

(8) Michel Foucault. Seguridad, territorio, población. Págs. 42-43.

(9) Michel Foucault. Seguridad, territorio, población. Págs. 66-69.

(10) Executive Order 13692 of March 8, 2015. Blocking Property and Suspending Entry of Certain Persons Contributing to the Situation in Venezuela.

(11) Ministerio del Poder Popular para la Comunicación e Información. Cronología de medidas económicas de bloqueo financiero y comercial (2014 – 2019). Ediciones MinCI. Caracas, República Bolivariana Venezuela. Agosto de 2019. También se puede consultar este otro documento: Sanciones y bloqueo. Crimen de lesa humanidad contra Venezuela.

(12) Reinaldo Iturriza López. Cuarentena: Enfermedad contagiosa (I). 3 de octubre de 2019.

Cuarentena: Enfermedad contagiosa (I)


El 6 de abril de 2017, Julio Borges, entonces presidente de la Asamblea Nacional, y diputado por el ultraderechista partido Primero Justicia, ofreció unas polémicas declaraciones a la salida de una reunión con el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro. Según Borges, la “crisis de Venezuela”, y específicamente el “problema social de las migraciones”, debían ser considerados como una “enfermedad contagiosa para toda la región”. Luego de referir cifras de migrantes venezolanos en Colombia, Panamá, República Dominicana, Chile, Argentina y Brasil, calificó a Venezuela como “el foco de todo lo que significa la degradación social” (1).

Tales declaraciones fueron reseñadas ampliamente a través de medios públicos (2), y al menos parte de la sociedad venezolana reaccionó indignada, calificándolas como ominosas, denigrantes e injustificadas.

Sin embargo, no era la primera vez que Julio Borges se expresaba en tales términos. El 1 de marzo del mismo año, en una entrevista concedida a un periódico dominicano, declaró que la venezolana “es una sociedad que se está deshumanizando completamente”. Sin ofrecer mayores detalles, relató: “La semana pasada un hermano mató a otro por un pedazo de pan”. Más adelante, agregó que el “problema venezolano” representaba un “problema regional”, es decir, “una especie de enfermedad contagiosa y que tiene que ver con el tema de las migraciones masivas”, entre otros problemas, y que estos amenazaban con la “destrucción de la paz y la estabilidad en la región” (3).

Pocos días después, el 7 de marzo, a través de su cuenta Twitter, sentenció: “América Latina es ahora otra región y el gobierno es una enfermedad contagiosa que pone en riesgo su democracia y progreso” (4).

El 31 de marzo, en rueda de prensa desde la Asamblea Nacional, declaró: “Venezuela se ha convertido en un país que es un problema para toda la región y en una enfermedad contagiosa… No solamente por el problema migratorio… No solamente se trata de esta triste desbandada y éxodo de venezolanos, sino también de problemas que están ligados a quienes están en el poder en Venezuela: problemas de narcotráfico… terrorismo… militarismo… de grupos paramilitares armados en suelo venezolano. Hoy por hoy la paz de la región depende de la democracia en Venezuela” (5).

Días después de su reunión con el Secretario General de la OEA, The Washington Times publicó una entrevista en la que Julio Borges insistió: “Venezuela ya no es un problema local de gobernabilidad y autoritarismo, sino una enfermedad contagiosa que tiene raíces y tentáculos en todos los problemas de la región” (6).

Con toda seguridad, una revisión exhaustiva de las intervenciones públicas de Borges durante los primeros meses de 2017 demostraría que el diputado empleó el mismo discurso en otras oportunidades. La relación hecha aquí es suficiente en el sentido de que nos permite verificar esta regularidad discursiva, la repetición indiscriminada de los mismos tópicos, y particularmente la relación que establece entre el fenómeno migratorio y la metáfora de la enfermedad contagiosa.

Más allá incluso de la figura de Julio Borges, y sin que esto implique en lo absoluto salvar su responsabilidad política, lo importante es el contenido del discurso, las condiciones históricas que le hacen posible y los efectos de poder que persigue y produce.

No queda la menor duda de que Borges está repitiendo deliberadamente un discurso aprendido o, más precisamente, un discurso que muy probablemente fue decidido o fraguado en otra parte. El diputado es relevante sobre todo en la medida en que es el agente que vehiculiza ese discurso.

En primer lugar, Borges es un agente de líneas de fuerza que persiguen activamente el involucramiento de otros factores de poder en la situación política venezolana. Esas líneas de fuerza tienen una presencia nacional, pero también más allá de las fronteras nacionales, fundamentalmente en Estados Unidos, que por demás actúa como soberano imperial a escala global.

El cálculo es más o menos como sigue: el involucramiento de otros factores de poder es indispensable para resolver el conflicto político venezolano a favor de las fuerzas nacionales y transnacionales que encarna Borges, apenas un vector de una espesa trama global; lo que de paso es un reconocimiento indirecto de la debilidad relativa de estas fuerzas: por sí mismas no han sido capaces de resolver la situación.

En este contexto, descrito de manera muy esquemática, es que cobra sentido el empleo de la metáfora de la enfermedad contagiosa: el “problema venezolano” ya dejó de ser tal, y pasó a convertirse en un problema que amenaza la paz, la estabilidad, la democracia y el progreso de toda la región. La “triste desbandada” de venezolanos, su presencia creciente en varios países latinoamericanos y del Caribe, vendría a ser la más clara demostración de ello.

Ahora bien, lo más problemático del discurso que transmite Borges es que la enfermedad contagiosa no está encarnada exclusivamente por el régimen autoritario o dictatorial, para expresarlo en sus términos, sino por los propios migrantes, agentes de la “degradación social”, que se esparcen por toda la región como una especie de virus. En otras palabras, no conforme con crear una “sociedad que se está deshumanizando completamente”, el régimen venezolano estaría exportando contingentes degradados y deshumanizados.

¿Cómo contener el contagio? Precisamente a través del activo involucramiento de las naciones receptoras, y por tanto víctimas de estos agentes de la degradación social que son los migrantes venezolanos, sumado a todo el esfuerzo por “crear la máxima presión internacional” (7) contra el Gobierno venezolano, por supuesto liderada por la Administración Trump. Reveladoramente, en la entrevista con The Washington Times, Borges destaca la relevancia que reviste el papel que él mismo desempeña: es “muy importante para nosotros ser un factor que ayude” a crear tal presión.

En la misma entrevista, Borges iba más allá, y se atrevía a recomendar medidas que podría implementar la Administración Trump: “[Podrían bloquear] el intercambio político o comercial con Venezuela… lo que significaría el completo aislamiento del país, un país bajo cuarentena”.

La recomendación era perfectamente coherente: para contener la enfermedad contagiosa es preciso una cuarentena.

Dos años después, el 1 de agosto de 2019, a las afueras de la Casa Blanca, un periodista estadounidense preguntaba a Donald Trump si estaba considerado imponer un “bloqueo” o “cuarentena” a Venezuela, dada su estrecha relación con gobiernos como los de China e Irán. La respuesta fue un lacónico: “Sí” (8).

Y fue como si Trump respondiera afirmativamente, al menos por primera vez de manera pública, a su agente en Venezuela, aunque, a decir verdad, hace ya un tiempo que Julio Borges no pisa suelo venezolano. Por supuesto, en el caso de Borges, quien desde finales de agosto de este año ejerce funciones como “canciller” del diputado Juan Guaidó, cabe hablar de un exiliado, perseguido por la dictadura venezolana, y no de un agente de la “degradación social”.

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(1) Borges: “Crisis en Venezuela puede convertirse en enfermedad contagiosa”. Voz de América, 6 de abril de 2017.

(2) Julio Borges dice que la emigración venezolana es una «enfermedad contagiosa» para los países de la región. Alba Ciudad, 16 de abril de 2017.

(3) Abel Guzmán Then. “Nuestra Venezuela se está deshumanizando, y es como una enfermedad contagiosa”. Diario Libre, 1 de marzo de 2017.

(4) https://twitter.com/JulioBorges/status/839177911433310212?s=20

(5) Julio Borges: Venezuela es una enfermedad contagiosa para toda la región. 31 de marzo de 2017.

(6) Frederic Puglie. Venezuelan opposition leader sees positive effect from Trump’s blunt diplomacy. The Washington Times, 17 de abril de 2019.

(7) Frederic Puglie. Venezuelan opposition leader sees positive effect from Trump’s blunt diplomacy. The Washington Times, 17 de abril de 2019.

(8) Jennifer A Dlouhy y Samy Adghirni. Trump Says He’s Considering Blockade or Quarantine of Venezuela. Bloomberg, 1 de agosto de 2019.

Dos meses de la Masacre de Ticoporo: que se haga justicia


Hace dos meses exactos, el 27 de julio a media mañana, fueron asesinados cinco compañeros y una compañera, militantes de la Corriente Revolucionaria Bolívar y Zamora (CRBZ) e integrantes de las Brigadas de Defensa Popular Hugo Chávez. El crimen fue perpetrado en el kilómetro 12 de la Reserva de Ticoporo, en el estado Barinas.

Al día siguiente, la Coordinación Nacional de la CRBZ hizo público un comunicado en el que denunciaba: “El modus operandi permite inferir que el cobarde ataque fue realizado por un equipo con entrenamiento militar, presumiblemente integrado por elementos del paramilitarismo colombiano, ex policías venezolanos y delincuencia común”. A su vez, pedía “la mayor celeridad en las investigaciones que lleven al esclarecimiento de los hechos y al castigo de los responsables materiales e intelectuales”.

El sábado 3 de agosto se realizó un emotivo acto en honor a los Mártires de Ticoporo, en el propio lugar de los hechos. Allí estuvimos, junto a compañeros y compañeras de la Comuna Socialista El Maizal, y dirigimos unas palabras.

Más recientemente, el 10 de septiembre, la compañera Yenifer Urbina, coordinadora municipal de la CRBZ, concejala del municipio Sucre de Barinas por el PSUV, vocera del Comité de Víctimas de la Masacre de Ticoporo, y quien también dirigió unas palabras en el referido acto en honor a las víctimas, sufrió un atentado en la carretera entre Socopó y Chameta. Por fortuna, Yenifer resultó ilesa.

Lamentablemente, hasta los momentos, las investigaciones no han arrojado ningún resultado. Por tanto, hoy me sumo a quienes exigen justicia por la Masacre de Ticoporo.

#JusticiaPorMasacreDeTicoporo

An Affective Picture of Chavismo (VI): Converts


I do not think I would be mistaken in stating that Chavismo is a mostly silent subject. There are exceptions, naturally, but I believe Chavismo is distinguished by a certain self-control, a certain cautiousness that allows it to shine in difficult circumstances, wriggle out of trouble, fall on its feet, maintain an integrity, both physical and spiritual. It will rarely be heard loudly in a public office, a grocery store, the corner kiosk, the bank queue, the elevator, a family celebration, a gathering of friends.

I recognize that silence can lead to mistaken interpretations: it is not that it would rather be silent in the face of injustice or remain still in the face of offense. Even less true is that it has nothing to say or that it feels ashamed of what it is, feels and thinks. When the moment arrives, Chavismo speaks, loud and clear, and if it comes to that, acts.

Used to dealing with adversity, to being marginalized, ignored, invisible, it took a lot of effort to adapt to a hostile political environment.

If we looked for a popular expression that can refer to how problems are often solved in elementary or high school, Chavismo is a lot about biding its (historical) time.

It is not that it avoids problems, it is that it is so used to them that it has learned how to find the opportune moment to find the appropriate, fairest, smartest way of solving them.

In its environment, for example in urban barrios, or in the countryside, being aware that it represents the majority, or that it is simply out of danger, it can engage in long discussions with opponents, always with humor aplenty, from the divine to the profane, with a preference for the latter.

In circumstances of extreme hostility, finding itself at a clear disadvantage and foreseeing an imminent attack, it feels fear, as expected, and may disguise itself as something else, trying to go unnoticed. But it may be hit by the fate the befell Orlando Figuera [young black man who was burned alive by an opposition mob], who, knowing he was doomed, condemned to death, opted to accept his fate: “… whatever I said, they were going to kill me. I told them ‘yes, I’m a Chavista, what’s the problem’” (1), his mother said shortly before he died. At best, his murderers will have interpreted those words as a resigned confession, as proof of his guilt, and not as what it really was: a reaffirmation of his dignity, something his attackers cannot grasp.

The convert, in contrast, feels an imperious, unstoppable urge to voice their disenchantment. Facing the difficulty of justifying his shameful selling out, he declares himself ashamed of the past, and does not miss a chance to declare how he feels betrayed, fooled. Someone once breached his trust or took advantage of his naiveté or crushed his dreams, and he will not stand for it any more.

But if those who betrayed, misled, abused, took advantage of or crushed dreams deserve all the insults, nobody is more despicable to the convert than those who remain faithful to their principles, convictions, and go on struggling. He accuses them of being mediocre, apologists, blind, privileged, accomplices.

The vociferous attitude of the converts has one more goal: to be accepted by the media that used to antagonize them, considering them weird, monstrous, uncivilized, ignorant, madmen. To repent publicly is a way to show rectification, a change of course, towards reason. Sadly, this does not always work: those who turned hostility into a way of doing politics will not cease to demand more and more professions of faith. For the converts, the past is a conviction, like a curse that follows them, forcing them to utter the worst things, louder and stronger, entering a vicious cycle with no end in sight.

The proliferation of converts in recent times is no coincidence. Naomi Klein’s “Shock Doctrine” (2) has plenty of details about the effects of shock economic, social or political measures, features of what she terms “disaster capitalism.” Klein exposes the sinister similarities between torture methods imposed by the US government and these shock measures. The goal is to create a tabula rasa, in both the body and mind of those tortured individuals, or societies, to create a new personality or to present as acceptable, even desirable, the most brutal and inhumane forms of capitalism.

Of course, there is no creativity in torture, only the power of destruction. A destruction which, eventually, forces the victim to renounce his personality. In the case of societies, economic, political and social torture has as one of its goals to destroy the historic memory, to generate disoriented, scared, submissive human groups.

On the issue of US sanctions against Venezuela, Alfred-Maurice de Zayas said: “Modern-day economic sanctions and blockades are comparable with medieval sieges of towns with the intention of forcing them to surrender. Twenty-first century sanctions attempt to bring not just a town, but sovereign countries to their knees.” More recently, Idriss Jazairy said: “It is hard to imagine how, according to the US Treasury Department, these measures can seek to ‘help the Venezuelan people’ if they destroy the economy and will not allow Venezuelans to send money to their country.”

With sanctions, Venezuela is being literally tortured, so that, among other reasons, overwhelmed by extreme circumstances, the Venezuelan people will renounce their political identity. That has not taken place.

The converts spawned by pure political irrelevance are joined by the converts produced by the inhumane attack against the population. But the Chavista political identity is still standing.

One must be able to distinguish between the conversion phenomenon and popular malaise, even political disaffection. The difficulty is understandable: the vociferous make a lot of noise. But one must learn how to listen to the underground, almost silent, popular rumor, which tells us of the mistakes and failings of officials and leaders, but also their achievements, it tells us about Chávez, about the unwillingness to definitively renounce everything that was built during the Bolivarian Revolution.

There may be a will to fall back, to stay on the margins, even to no longer identify with Chavismo. But that is one thing, which is very different from committing political suicide.

Notes

(1) Jairo Vargas. “A mi hijo lo quemaron vivo por ser chavista”. Público, 16 de mayo de 2019.

(2) Naomi Klein. La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Paidós Ibérica. 2007.

Translated by Ricardo Vaz for Venezuelanalysis.com.

An Affective Picture of Chavismo (V): The Human Tragedy


“As always, there’s the mass of people and I throw myself among them, I embrace them, sweat with them, cry with them and find myself. Because the drama, the pain, is over there, and I want to feel that pain. Because only that pain, alongside the love one feels, will give us strength to fight for a thousand years, if need be, against corruption, against inefficiency, for the good of a noble, dignified, brave people like the Venezuelan one. We don’t have to look very far to find tragedy.” (1)

These words, halfway between revelation and a declaration of principles, define what Hugo Chávez was all about.

This attitude in the face of drama, of popular pain, tells us about the mettle the man was made of, but it also allows us to understand the genuine Chavista way of doing politics.

It is not about finding human tragedy to disappear into infinite sorrow and roam as a preacher of misery would do, allowing ourselves to be consumed by resentment.

In contrast, this search, this collective cry, only makes sense to help us find ourselves, to find the strength to go on fighting.

An abyss separates Chávez’s attitude from what is usually called “exploitation journalism,” something very much in vogue in recent years.

Exploitation journalism is the journalistic counterpart of the “humanitarianization” of politics, a phenomenon which is strengthened around 2015, when the anti-Chavista political leadership takes on the “humanitarian crisis” discourse, which would come to justify not only “humanitarian aid,” but especially “humanitarian intervention.”

Millions of human beings who never mattered to elites, the dispensable, the historically invisible, appear all of sudden in exploitation journalism as the subject of a narrative, always in the role of “dehumanized” victims of a regime which is, as a result, inhuman, tyrannical and cruel.

The dehumanized victims of exploitation have much of Foucault’s infamous men: “Having been nothing in history, having not played any appreciable role in events or amidst important people, having not left any trace about them behind which may be referred to, they do not have and will never ever have any existence except under the precarious shelter of these words” (2). The eye that sets sight on them is a humanitarian one, coming to return to the victims some of the humanity stolen from them.

Be they migrants or “refugees,” miserable beings who eat from garbage or wither to death in hospitals, victims of criminal violence, of government repression, of the tortures in the regime’s dungeons, they are always worthy of pity.

It is no coincidence that, during the same period, charity campaigns multiplied, meant to assist the victims of an absent state. No campaigns against brutal imperial sanctions, against the food oligopolies or against private clinics, whose owners finance many of these charity initiatives.

The “humanitarianization” of politics results in pitiful politics, which can only prevail and reach its goals by appealing to an equally pitiful subjectivity, something that has been partially achieved: people inside and outside the country exude pity, in some cases declaring themselves persecuted or simply victims, for one reason or another, and narrating with excessive detail the Venezuelan hellscape, not so much to generate solidarity from the reader/listener, but to beg for aid.

Now, the tragedy is real. And as Chávez said, we don’t have to look very far to find it.

Politics which cannot empathize with popular tragedy can be anything, even pitiful politics, but never Chavista politics.

Those of us who have the opportunity, and in some cases the privilege, of intervening in public forums, have the responsibility to embrace this pain which is ours, and also struggle against corruption, inefficiency, deviations, omissions, what’s not properly done.

We must tell the tales of the people who overcome pain and struggle, with this infinite joy that defines us, but also the tales of the discouraged, frustrated, disoriented people, not to find solace in their discouragement, but precisely to boost spirits, to have them know they count, that their dignity makes us more human, to orient them, which in many cases helps us reorient ourselves. All in all, to walk alongside them, which is also a way to ward off our own loneliness.

Walking alongside the discouraged does not amount to showing weakness, but becoming stronger.

“I see this Dantesque picture and another child further back, also in his mother’s arms, his face disfigured over here. The jaw on one side and the disfigured head. I think a horse kicked him and broke his jaw, broke it in two. It healed itself, because the mother found nobody to help him. And so the kid is disfigured, he has like two jaws. And that’s going on here in front of mayors, governors, presidents, doctors, everyone.” (3)

And this cannot go on.

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(1) Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso. Cuentos del arañero. Vadell Hermanos Editores. Caracas, Venezuela. 2013. Págs. 173-174.

(2) Michel Foucault. La vida de los hombres infames, en: Estrategias de poder. Obras esenciales, volumen II. Paidós. Barcelona, España. 1999. Págs. 394-395.

(3) Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso. Cuentos del arañero. Pág. 174.

Translated by Ricardo Vaz

Radiografía sentimental del chavismo (y XXI): Presente y futuro


Angelus Novus. Paul Klee

Esta relación dialéctica entre necesidad y contingencia, entre estructura y ruptura, entre historia y acontecimiento, sienta las bases para la posibilidad de una política organizada duradera, mientras que la apuesta arbitraria y voluntarista sobre la explosión repentina de un acontecimiento puede permitirnos resistir la atmósfera de los tiempos, pero conduce generalmente a una postura de resistencia estética, en vez de a un compromiso militante que modifique pacientemente el curso de los acontecimientos.

Daniel Bensaïd

Cuesta trabajo asimilar que vivimos un tiempo en el que casi cualquier cosa puede suceder y, sin embargo, no somos lo suficientemente fuertes como para garantizar que el desenlace sea favorable para las mayorías populares.

Son tiempos de reflujo popular, de hegemonía popular y democrática que se resquebraja, de generaciones de militantes chavistas y de izquierda que son relegados en las instituciones, en el partido, en los territorios, y de los más despiadados ataques del soberano imperial estadounidense.

La revolución bolivariana significó desde sus inicios la exuberancia de posibilidades. Hoy día, lo posible no necesariamente es lo más deseable. El horizonte se ha hecho más angosto. Renegando de la insoportable mundanidad del pueblo que lucha y de la idea misma, que considera ridícula, de tomar el cielo por asalto, una legión de nuevos ricos se pelea con los camellos por lo que consideran su derecho a pasar por el ojo de la aguja. No pasarán, lo sabemos, pero eso no les impide seguir intentándolo. El poder los ha asaltado.

Se viene produciendo una lenta pero indetenible mutación en el alma popular. Mientras una parte de la población resiste activamente los ataques provenientes de varias direcciones, como si se hallara bajo fuego cruzado, y otra parte intenta sacar provecho de las circunstancias, las mayorías, confundidas, desorientadas, atraviesan por un proceso de profunda reconfiguración de sus identidades políticas. Con todo, al grueso de ellas les asiste la certeza de aquello con lo que no desean identificarse nunca más. Lo que podría denominarse experiencia-Chávez es demasiado reciente y dejó en ellas, en nosotros y nosotras, una huella imperecedera.

Lo que hoy se incuba en las catacumbas y más acá, y que todavía no alcanza a expresarse con toda su fuerza en la superficie, dialoga incesantemente con Chávez, que es un recuerdo alegre, mucho más que motivo de nostalgia; materialidad, mucho más que idea que inspira y moviliza. Más que venerarlo, a Chávez se le resguarda, se le protege, se le atesora. También se le interroga y se le reclama. Lo que habrá de resultar de aquel proceso de reconfiguración dependerá en buena medida de este diálogo, y es muy probable que termine copando la escena política en los años venideros.

Está en nosotros y nosotras escuchar atentamente y decir nuestra palabra o hacernos de oídos sordos.

Muchos de nosotros y nosotras hemos asumido la responsabilidad de rearmar el rompecabezas de la militancia popular, chavista y de izquierda. Es lo menos que podemos hacer. Si tal y como parece el desenlace en el corto plazo no dependerá de nuestros actos, al menos no principalmente, que nos sorprenda unidos, articulados.

Como en todo tiempo, nos corresponde identificarnos con el pueblo al que pertenecemos y sus problemas y sus luchas, que son los nuestros, y hacer de bisagra con las generaciones de nuevos militantes. Debemos ser capaces de transmitir un aprendizaje colectivo gigantesco, invaluable, y además no renunciar a la oportunidad de seguir aprendiendo.

No es tiempo de balances históricos, pero única y exclusivamente en el sentido de que los balances hay que hacerlos permanentemente. Que los memorialistas y los comentaristas hagan su trabajo. El nuestro es muy distinto.

El balance que nos toca hacer no puede limitarse a dar cuenta del pasado, ni siquiera a arrojar luces sobre las tareas del presente, sino sobre todo del futuro. La nuestra tendrá que ser una mirada jánica, como lo advirtiera el propio Chávez en su discurso de toma de posesión del 2 de febrero de 1999. Como la mirada del angelus novus de Klee citado por Walter Benjamin en sus Tesis sobre la Historia, con la notable diferencia de que nuestros ojos habrán de posarse no solo en la catástrofe, sino en todo lo hecho por el pueblo venezolano para romper el continuum de la historia.

Sin olvidar un instante las tareas del presente, debemos aprender a cultivar la mirada a mediano y largo plazo, evitando apostar voluntaristamente por la explosión de un acontecimiento que nos permita lidiar con la atmósfera de los tiempos, como diría Daniel Bensaïd. Ciertamente, la revolución es acontecimiento, pero también proceso, historia, e ignorar este detalle puede conducirnos directo a la resistencia estética, sin eficacia política, impotente.

Se dirá que ésta es una postura derrotista, que el combate no está decidido, que son muchos en el mundo quienes siguen atentamente el curso de los acontecimientos, que nos expresan su solidaridad frente a las agresiones imperiales, que desean fervientemente que la revolución bolivariana prevalezca, porque en tiempos de oscuridad los pocos faros existentes permiten a los pueblos aferrarse a la idea de que otro mundo es posible. Nada más alejado de la realidad.

Precisamente porque el combate no está decidido es necesario identificar lo que hay de adverso en el panorama, porque solo así es posible despejar obstáculos y trabajar para que la revolución sea posible. Lo contrario es perseguir espejismos, arriesgándose a morir en medio del desierto.

Derrotista sería resistir sin voluntad de poder o asumirse irreversiblemente vencido y por tanto procurar la salvación personal. Si tal es la elección de algunos, definitivamente no es la nuestra.

Para que haya futuro tiene que haber voluntad de poder en el presente. Y es desde esta manifestación de voluntad que me animo a plantear la necesidad de cultivar la mirada a mediano y largo plazo. No se trata de sentarse a esperar el momento propicio, sino de crear, aquí y ahora, las condiciones propicias para actuar, para ensanchar nuevamente el horizonte. Tal es el sentido último de esta radiografía sentimental del chavismo.

A los impacientes, tanto como a los que sienten que la revolución ya fue, les vendría bien preguntarse dónde estábamos hace veinte años, o más bien veintitrés años atrás, cuando Chávez fue presa de aquella inmensa fatiga que casi lo arrastró a abandonarlo todo. Oportuno recordar a Heráclito, una vez más: el carácter es para el hombre su destino.