Un capitalismo sano


Parque Central, Caracas. Foto: Sandra Iturriza

I.-

Mañana celebraremos el 238 aniversario del natalicio de Simón Bolívar. Cuatro días más tarde, el alumbramiento del hombre que hizo que Bolívar resucitara de entre los muertos. Hugo Chávez estaría cumpliendo 67 años.

Esta mañana he salido a caminar junto a mi esposa y mi hija más pequeña por la avenida que lleva el nombre del Libertador, y que pasa frente a Parque Central. Me lo ha pedido mi hija, intuyo que buscando alivianar un poco los efectos del confinamiento. Sobre la acera, a la altura de una señal de mototaxis, nos ha recibido una suave brisa fría que viene del este y que amortigua los rayos de sol. Caminamos en ese sentido. A las puertas del Anauco estaba formada una cola de unas diez personas que esperaban para comprar medicamentos a bajo costo en una farmacia itinerante del Ministerio de Salud. Una nube gris se posó sobre nosotros y nos cayeron algunas gotas. Nos cruzamos con un puñado de personas de la tercera edad que seguramente venían de colocarse una dosis de la vacuna rusa en el Hotel Alba Caracas. Un par de parejas jóvenes conversaban en la plaza frente al Museo de Arte Contemporáneo. Viramos a la izquierda, cruzando sobre la avenida, y comenzamos a desandarla por la acera norte, en sentido oeste.

Caminamos dos cuadras. Pasamos la Galería de Arte Nacional. Justo en la esquina siguiente nos detuvimos en una plaza recién inaugurada, con motivo del bicentenario de la Batalla de Carabobo. Leímos la placa conmemorativa, contemplamos la escultura en forma de espada, y seguimos nuestro camino. Tras unos pocos pasos nos alcanzó la nube gris y nos lloviznó. Era una nube pasajera, pero decidimos dar vuelta atrás y regresar a casa.

Parque Central, Caracas. Foto: Sandra Iturriza

El 27 de junio pasado, junto a mi esposa y mi hija mayor, recibimos la primera dosis de la vacuna cubana Abdala, en Fuerte Tiuna. El 11 de julio la segunda dosis. Alrededor de un diez por ciento de la población ha sido vacunada. Recién, el Gobierno ha anunciado la eventual eliminación de la modalidad de cuarentena “radical”, más restrictiva que la modalidad “flexible”. Todo indica que el inicio del nuevo año escolar, en septiembre próximo, será bajo la modalidad presencial.

La devaluación de la moneda avanza lenta pero sostenidamente: el 18 de junio pasado se pagaban 3.113.807,18 bolívares soberanos por dólar. Hoy son 3.784.653,84. La inflación siempre va un paso adelante: hace un par de meses había que disponer de 20 dólares para comprar un kilo de carne molida, dos pollos, un kilo de alas de pollo, un kilo de bistec y kilo y medio de chuletas de cochino. Eso mismo, hace una semana, costaba 36 dólares. La prensa económica especula sobre una inminente reconversión monetaria.

Mientras se acentúa la brecha entre los que tienen y los que no tienen, entre quienes ostentan sus lujos y quienes desaparecieron a la vista incluso de quienes sobrevivimos, al más alto nivel avanzan las negociaciones políticas que, eventualmente, podrían traducirse en la participación mayoritaria de la oposición en los comicios de noviembre próximo, en los que se disputarán gobernaciones, alcaldías y diputaciones regionales y locales, un evento que puede trastocar el mapa de fuerzas a escala nacional.

Parque Central, Caracas. Foto: Sandra Iturriza

El Partido Socialista Unido de Venezuela viene de realizar, el 27 de junio, elecciones por la base para escoger precandidaturas. Tras evaluar los resultados, y alegando razones de índole táctica, la dirección nacional decidió dejar por fuera algunas figuras políticas de relevancia, como fue el caso de Elías Jaua, quien recibió la mayoría de votos en el estado Miranda. Finalmente, el 8 de agosto, y mediante elecciones universales, serán elegidas las candidaturas oficiales para gobernaciones y alcaldías.

Lo más radicalmente antidemocrático del antichavismo, como Voluntad Popular, persiste en su línea abstencionista y violenta, cual nubarrón gris impotente, incapaz de desatar una tormenta, pero obstinada, persistente.

II.-

Tres días atrás, el Gobierno nacional, a través de su Vicepresidenta Ejecutiva y otros integrantes del gabinete, hizo acto de presencia y tuvo un derecho de palabra en la 77° Asamblea Anual de la Federación de Cámaras y Asociaciones de Comercio y Producción de Venezuela (Fedecámaras). Como lo resaltara el presidente saliente de la patronal, Ricardo Cussano, la última vez que un alto representante gubernamental asistió a la cita empresarial, nada menos que el recién electo presidente Chávez, fue en 1999. Sin duda un hecho novedoso, y aunque parezca paradójico, esta suerte de reencuentro difícilmente pueda calificarse como algo sorpresivo: el acercamiento entre el Gobierno y la cúpula empresarial comenzó ya en 2016 y se mantuvo durante todo el quinquenio, con sus altos y sus bajos.

Cada cual a su manera, tanto Cussano como la Vicepresidenta Ejecutiva hicieron énfasis en la necesidad de recuperar el ingreso de la clase trabajadora. Son demasiadas las evidencias de que la versión vernácula de capitalismo del desastre no conviene a nadie o, digámoslo correctamente, beneficia a muy poca gente.

Habría que agregar, en honor a la verdad, que es igualmente evidente que se reduce cada vez más el margen para pensar en alternativas al capitalismo. Es innegable el creciente consenso contra lo que se considera un extremismo irresponsable. No faltará quien opine que hay que estar realmente desquiciado, fuera de este mundo, para perder el tiempo pensando en alternativas.

Cuando la economía de un país colapsa, como en el caso venezolano, puede parecer insensato detenerse a pensar en lo que se hizo mal o dejó de hacerse cuando eran claros los signos de tormenta. El esfuerzo suele estar concentrado en alcanzar algún salvavidas.

El detalle es que este mundo camina directo al colapso, por lo que pensar en alternativas es una cuestión de vida o muerte.

En 1999, hablando frente al auditorio reunido con motivo de la 55° Asamblea Anual de Fedecámaras, Chávez recordó las circunstancias que rodearon su participación en la reunión del año previo, siendo todavía candidato presidencial. El viejo helicóptero en el que viajaba “no podía aterrizar entre la fuerte lluvia que estaba cayendo en Puerto La Cruz”. Se vieron obligados a aterrizar en aquella ciudad, para luego, “arriesgándonos, en plano palo de agua, cruzar hacia Margarita”, lugar de la cita empresarial.

En aquella oportunidad, en 1998, Chávez afirmó que estábamos “viviendo un momento cumbre de nuestra historia”, que nos situábamos en el “mero centro de un punto de transición”. Explicó que la “ecuación problemática” a la que se enfrentaba el país iba “mucho más allá del ámbito meramente económico”. El problema era también social, político, ético. En tanto se trataba de un “problema global”, no resultaba “aplicable aquella visión cartesiana de dividir por partes la realidad para solucionarla por partes”. “Hay que mirar el todo”, afirmaba. Más adelante citaba a Bolívar: “Las gangrenas políticas no se curan con paliativos”. Para encarar los problemas, agregaba, era indispensable “un gobierno que de verdad gobierne y conduzca como un capitán conduce la nave en el medio del mar, en la tormenta”.

Se manifestó respetuoso de la propiedad privada, de la libertad de empresa, y se declaró partidario de un “modelo económico” en el que “funcionen las leyes del mercado”. Marcando distancia del “neoliberalismo salvaje”, defendió la idea de un Estado “promotor del sector privado” y con la obligación de “proteger algunos sectores de la economía”.

Al año siguiente, el presidente Chávez invitó al empresariado a construir un “capitalismo sano”, en contraste con “el capitalismo salvaje, el corrupto que acabó con Venezuela en estos últimos años”.

Habían transcurrido apenas dos años y unos pocos meses de aquel discurso cuando Fedecámaras convocó a un paro nacional. La tormenta había comenzado.

Chávez nunca volvió a hablar en una Asamblea Anual de Fedecámaras. Abundan, eso sí, los episodios que dan fe de su empeño por lograr niveles mínimos de entendimiento con el empresariado, con el cual continuó reuniéndose. Afirmar lo contrario sería faltar a la verdad histórica. Pero también lo sería pretender ignorar al Chávez que, en innumerables ocasiones, explicó detalladamente las razones por las cuales consideraba un error intentar transformar democráticamente a la sociedad venezolana siguiendo la senda del capitalismo, lo que no equivale, por cierto, a negar la existencia del mercado o la necesidad de un Estado que promueva y proteja la iniciativa privada.

Tal vez precisamente porque hoy no hay mucho margen para decirlo, es más importante recordarlo: ni el problema es exclusivamente económico, ni las gangrenas se curan con paliativos, ni existe tal cosa como un “capitalismo sano”.

Avenida Bolívar, Caracas. Foto: Sandra Iturriza

Caracas, 23 de julio de 2021

Especial para Tramas, Argentina

Primarias del PSUV: un análisis preliminar (Podcast Espacio Alcalino, 9 de julio de 2021)


Les comparto mi segunda participación en Espacio Alcalino. ¿Cuándo fue la última vez que el PSUV organizó primarias? ¿Por qué las hace ahora? Ángel Prado, de la Comuna Socialista El Maizal, es postulado por todas las UBCH del municipio Simón Planas, en Lara. El significado del respaldo recibido por Elías Jaua en varios estados del país.

“¿La gente está cansada de la polarización o de la falsa polarización?” (Podcast Espacio Alcalino, 4 de junio de 2021)


Hace poco más de un mes inicié mi colaboración con la gente amiga de PH9, que se autodefine como “un medio digital independiente en ejercicio de un periodismo contextualizado, interpretativo y con memoria histórica”.

Les comparto mi primera participación en Espacio Alcalino.

Una muy singular normalidad sin sobresaltos


Parque Central, Caracas. Foto: Sandra Iturriza

I.-

A muy pocos días de celebrarse el bicentenario de la Batalla de Carabobo, que sellaría la independencia nacional, la cotidianidad caraqueña trascurre sin mayores sobresaltos.

En Parque Central, donde vivo, la mayoría de los comercios están abiertos hasta bien entrada la tarde. Podría decirse que se consigue lo que usted busque. Las grandes aglomeraciones de gente, las colas, el desabastecimiento, son cosa del pasado. Los precios de algunos productos pueden variar significativamente de algún lugar a otro. Salvo muy contadas excepciones, todo está dolarizado. Desde que inició la cuarentena se han multiplicado los pequeños emprendimientos que incluyen servicio a domicilio. Antes del coronavirus el cuentapropismo ya marcaba la pauta.

Parque Central, Caracas. Foto: Sandra Iturriza

El CLAP distribuye una bolsa de alimentos con periodicidad mensual. La última incluyó cuatro kilos de harina de maíz, dos kilos de arroz, dos kilos de frijol chino, un kilo de azúcar, un kilo de pasta, dos latas de sardinas y doscientos gramos de leche en polvo. El precio ronda los 0,30 dólares, al cambio de hoy.

A muy pocos metros, en el hotel Alba Caracas, se ha instalado desde comienzos de junio un centro de vacunación contra el COVID-19, al que acude mucha gente. La prioridad la tienen las personas mayores de 60 años, y les siguen el personal de salud y las personas con alguna patología. Los primeros reciben una vacuna rusa, la Sputnik. El resto, si tiene menos de 60 años, una vacuna proveniente de China. La mayoría de quienes hacen su cola han recibido un mensaje de texto, indicándoles que han sido seleccionados. Un mensaje posterior les indica el lugar, el día y la hora de la cita. Pero también acude alguna gente que no ha sido notificada, reclamando su derecho a ser vacunada. La cantidad de dosis diarias no siempre alcanza, por lo que algunas personas deben armarse de paciencia, regresarse a sus casas sin ser vacunadas e intentarlo otro día.

Avenida Bolívar, Caracas. Foto: Sandra Iturriza

También a escasos metros de Parque Central, una estación de servicio expende gasolina a precio regulado. Funciona de manera irregular, dependiendo de los niveles de abastecimiento. Durante las últimas semanas se ha visto poco movimiento. La mayoría de los días ha permanecido cerrada. El tiempo que puede tomar ponerle gasolina al carro es bastante azaroso: con suerte, alrededor de una hora. Por término medio, unas tres horas. En momentos de mayor escasez, doce horas o más. Hay quienes tardan solo algunos minutos: los que pagan en dólares a alguno de los funcionarios policiales o efectivos militares que resguardan la estación de servicio. Al menos en teoría, cualquiera tiene derecho a 120 litros mensuales de gasolina a precio regulado, y puede abastecerse cada cinco días, de acuerdo al número de placa del carro. Estas condiciones no aplican si se tienen dólares suficientes para saltarse los controles o para pagar 0,50 dólares por litro, el precio en las estaciones premium, como se les llama oficialmente.

Estación de Servicio El Conde, Avenida Lecuna, Caracas. Foto: Sandra Iturriza

A pesar de estas limitaciones, hay días de mucho tráfico vehicular, aunque en líneas generales las colas son mucho menos frecuentes que hace unos pocos años. De un tiempo a esta parte se observa una mayor cantidad de unidades del transporte público terrestre. Durante décadas un tema muy sensible para la población, lo que obligaba a la intervención estatal, hoy en día las tarifas las imponen los conductores, quienes las ajustan periódicamente. Las dos estaciones aledañas del Metro de Caracas, Bellas Artes y Parque Central, siguen en funcionamiento, aunque cierran un poco más temprano. El Metrocable de San Agustín presta servicio de manera parcial.

El servicio eléctrico funciona normalmente, con muy pocas interrupciones. Algo similar puede decirse del servicio de telefonía e internet. El suministro de agua potable, en cambio, es bastante irregular, y puede faltar dos o tres días a la semana. Las personas que viven en los pisos más altos son las más afectadas, porque el agua no llega con suficiente presión, y pueden estar hasta cinco o más días sin el servicio. En el propio Parque Central se puede recargar un botellón de 18 litros por medio dólar.

Hace mucho tiempo que desapareció la prensa escrita. La información y la opinión circulan, fundamentalmente, a través de los teléfonos celulares. Los quioscos que antes vendían periódicos se han convertido en lugares de expendio de cigarrillos, café y chucherías. Las tres o cuatro tradicionales marcas de cigarrillos han sido desplazadas por otras seis u ocho, hace un par de años desconocidas, que se venden a un precio mucho menor. Las galletas provenientes de Turquía, más baratas, han invadido el mercado, aunque también es posible conseguir chocolates de marcas estadounidenses o europeas, a precios menos accesibles.

Ésta es apenas una pincelada de lo que ocurre en pleno centro geográfico de Caracas, pero no es, ni siquiera aproximadamente, lo que se vive en los márgenes de la ciudad formal, así como tampoco en buena parte del resto del país. La realidad es también lo que no se cuenta. 

II.-

En la Venezuela de comienzos de siglo la gente común y corriente se habituó a una cotidianidad vertiginosa que, en la mayoría de los casos, fue vivenciada como una experiencia gozosa. Aunque la politización de las mayorías populares no se produjo de manera súbita, así fue percibido por parte importante de la sociedad, para la cual aquellas mayorías se hicieron no solo visibles, sino muy bulliciosas, con la llegada de Chávez al poder.

La onda expansiva de lo que pudiera llamarse la experiencia Chávez alcanzó a impactar con mucha fuerza a la sociedad venezolana hasta bien entrada la segunda década del siglo, cuando una mezcla de grave crisis económica incipiente con violencia antichavista comenzó a trastocar la sociabilidad construida durante la revolución bolivariana.

Que la memoria es selectiva lo demuestran los relatos, a la orden del día, que evitan a toda costa referirse a cualquier mínimo episodio que refiera a aquellos tiempos, nada lejanos, en que tanta gente se sentía plena y feliz, se sabía protagonista, y tenía una confianza inusitada en el futuro.

Una sucesión de humillaciones y privaciones, errores y brutales agresiones, terror incluido, perspectiva cierta y por fortuna conjurada de guerra fratricida incluida, fueron trocando aquel vértigo creador en miedo, dolor, desconfianza, incertidumbre. Los brevísimos momentos de tregua apenas alcanzaban para reunir fuerzas. La calma, cuando la había, era una tensa calma. Luego fue la hiperinflación, con toda su carga destructiva, como si el propósito fuera el trastorno generalizado, que ya nadie pudiera estar en sus cabales.

Si tuviera que nombrar de alguna forma lo que hoy somos, diría que somos sobrevivientes. Con todo, no estoy seguro de que el término nos haga justicia. Tengo mis serias dudas. Justicia sería, a mi juicio, encontrar una palabra que nos describa no como víctimas lastimeras y miserables, incapaces de valerse por sí mismas, sino como hombres y mujeres que hemos sido capaces de seguir adelante, a pesar de todo. Justicia sería poder hablar de nosotros, poder contarnos, sabiendo que estamos incompletos, que nos falta una parte, de nuevo invisible, y que la queremos de vuelta.

¡Saltos! ¡Saltos! ¡Saltos!

Puede que resulte muy extraño decirlo cuando lo que impera es esta muy singular normalidad sin sobresaltos. Pero la política no ha muerto, solo se está transformando.

Es cierto que la gente evita hablar de política en las calles, que la pugnacidad de otros tiempos casi ha desaparecido. Es posible que, para decirlo con Bolívar, el enemigo se sitúe en una altura inaccesible y plana, y nos domine y nos cruce con todos sus fuegos. Pero aquel bullicio aún recorre nuestras entrañas, como una procesión. Podrá ser intangible, invisible, pero existe. Y es una llama inextinguible.

Parque Central, Caracas. Foto: Sandra Iturriza

Caracas, 19 de junio de 2021

Especial para Tramas, Argentina

Reinaldo Iturriza: “Desde Venezuela: interrogantes para apuntalar la revolución en el siglo XXI” (Podcast Ey, Patria mía, 19 de mayo de 2021)


Hace un par de semanas fui entrevistado por el compañero argentino Javier Trímboli, historiador y presentador de “Ey, Patria mía”, un podcast del Centro Cultural Kirchner.

Creado en 2020, en su segunda temporada “continúa indagando sobre aquello que nos une; pensando, ampliando y resignificando fronteras. ¿Qué significa habitar este suelo, vivir en Argentina? ¿Y en América Latina? El podcast se propone cuestionar aquello que se postula como esencial, dotarlo de otros sentidos posibles y, por sobre todo, situar la discusión desde nuestras latitudes latinoamericanas.

Sin más, les invito a escuchar:

14. Alejandro Mamani: derecho, género y antirracismo Ey Patria mía – temporada 2 –

"El color de la clase popular es marrón, el color mayoritariamente de la pobreza es marrón en la argentina, el color de las cárceles son marrones; y el color de los jueces, el color de la justicia, el color de los tribunales, de la corte suprema de justicia de la nación argentina, es blanco" En este espisodio, conversamos con Alejandro Mamani. Abogade, especialista en Derecho Informático y en Derecho Migratorio. Se desempeña como asesor legal en la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (Ammar), en Abogad*s por los Derechos Sexuales (Abosex), y en la Asociación de Abogadxs por los derechos indígenas (AADI). Forma parte del colectivo antirracista Identidad Marrón.
  1. 14. Alejandro Mamani: derecho, género y antirracismo
  2. 13. Silvia Zerbini: folklore, expresiones corporales y tierra
  3. 12. Eduardo Rinesi: Universidad, república y política popular
  4. 11. María Pía López: Cultura, narrativas y feminismos.
  5. 10. Gabriel Di Meglio: Museos, clases populares e historia.

Los excesos de Chávez


Foto: Marcelo Volpe. Colectivo Cacri Photos

Muy dada a las generalizaciones motivadas política y pecuniariamente, la encuestología suele concluir que la mayoría del país, actualmente tanto como alrededor de los dos tercios de la población, no se identifica con ninguno de los dos polos en pugna: chavismo y antichavismo.

La construcción de una imagen de país mayoritariamente “independiente”, renuente a identificarse con parcialidades políticas, es un ejercicio en el que viene incurriendo la encuestología ya desde los tiempos de Chávez, cuando la mayoría del país se inclinaba indiscutiblemente por el chavismo, en particular las clases populares. Es conveniente no olvidar este importante precedente.

En teoría, esta imagen de país mayoritariamente “independiente” autorizaba a la encuestología en tanto que única fuente de saber, disciplina o “ciencia” capaz de desentrañar los “secretos” de esa mayoría que, siempre según este relato, tendía a rechazar más o menos firmemente la “polarización”.

En efecto, la encuestología ha sido decisiva a la hora de construir un relato condenatorio de la “polarización”, lo que la emparenta políticamente con el antichavismo, que hizo suyo este discurso desde muy temprano: ésta era interpretada como un efecto perverso de la manera chavista de hacer política, asociada a la altisonancia retórica de Chávez, a sus veleidades antidemocráticas, a su estimulación del odio de clases y, más tarde, a sus excesos políticos (Misiones, socialismo, consejos comunales, Comunas, reforma constitucional, enmienda, etc.) y sobre todo económicos (recuperación de PDVSA, control de cambio, distribución popular de la renta, nacionalizaciones, recuperación de tierras, expropiaciones, control de precios, etc.).

A mi juicio, hoy día tiene realmente muy poco mérito concluir que la mayoría del país no se identifica con ninguna de las dos principales fuerzas políticas. Es algo que salta a la vista. La cuestión clave es cómo llegamos a este punto. Es imperativo que seamos capaces de ofrecer una explicación convincente, rigurosa, informada, fundada en hechos y datos. Esto supone poner seriamente en entredicho algunos tópicos que han venido instalándose en el sentido común.

Así, por ejemplo, la idea de que las mayorías rechazan la “polarización”. Este tópico ha adquirido el rango de verdad incontrovertible, al punto de que ponerlo en duda es considerado casi un anatema. Sin embargo, me parece que lo que las mayorías populares rechazan es el remedo de polarización. No la polarización que, muy distinta a la acepción antichavista del término, remitía al conflicto entre dos grandes proyectos históricos, y que se tradujo en la politización sin precedentes de las clases populares, sino la polarización realmente existente que, contrario a lo que fue, hoy no enfrenta a dos proyectos claramente distinguibles, sino a dos fuerzas políticas menguadas.

El punto de partida para explicar por qué tanta gente se siente poco o nada identificada con alguna fuerza política no es la “polarización” de la que nos habla la encuestología, sino este remedo de polarización.

Adoptar el punto de vista de la encuestología entraña riesgos enormes para la democracia venezolana: implícitamente, lo que se nos ofrece como verdad es que las mayorías anhelan una sociedad “despolarizada”, lo que en el mejor de los casos vendría a significar, tal vez, la existencia de una oposición dispuesta a aceptar las reglas democráticas, capaz de asimilar que su empecinamiento por la violencia ha significado no solo su propia ruina en tanto clase política, sino que ha provocado un enorme perjuicio a la población, y que termine de comprender que, por ejemplo, apoyar entusiastamente el bloqueo económico contra la nación es, para decirlo elegantemente, un absoluto despropósito, uno que, dicho sea de paso, es rechazado categóricamente en todas las encuestas. Hasta aquí, podría decirse, todo en orden.

Pero una sociedad “despolarizada” significaría también la existencia de un chavismo gobernante dispuesto a comprender que ya no puede permitirse los excesos del pasado, en particular los económicos, y mucho menos cuando atravesamos una crisis económica prácticamente sin precedentes en la historia, a la cual habríamos llegado, en buena medida, como consecuencia de tales excesos. Y en este punto es donde el asunto se complica.

Cabe preguntarse: ¿cuáles son los efectos de poder de este discurso? ¿Su destinatario son las mayorías “despolarizadas” o la clase política? Me inclino por la sospecha de que esta imagen un tanto idílica de unas mayorías “despolarizadas” que anhelan la paz, la tranquilidad, el entendimiento, etc., va dirigido fundamentalmente a la clase política chavista, que a fin de cuentas es la que ostenta, qué se le va a hacer, el poder político.

Ahora bien, si se indagara más a fondo y se hiciera el ejercicio de intentar comprender lo que ellas piensan y sienten, podríamos encontrarnos con la “sorpresa” de que el grueso de las mayorías populares supuestamente “despolarizadas” está realmente compuesto por chavistas en proceso de desafiliación. Esto nos obligaría a encarar un fenómeno ciertamente difícil de asimilar, puesto que podría dejar al descubierto las inconsecuencias, reales o percibidas por la gente, del liderazgo chavista.

Esta misma circunstancia, es decir, la dificultad para afrontar el fenómeno de la desafiliación política, y por tanto la propia inconsecuencia, es lo que hace que, en última instancia, suceda lo impensable: esto es, que parte importante de la clase política chavista prefiera refugiarse en el discurso de la “despolarización”, de acuerdo al cual lo que le corresponde es no solo evitar cualquier exceso, sino aplicar políticas de ajuste económico que considera “inevitables”.

Instalado este discurso de la “despolarización” en el sentido común, no solo de la clase política en general, sino de parte de la población, es por supuesto normal que la vocería oficial u oficiosa tanto del chavismo como del antichavismo, tiendan a coincidir en un cuestionamiento radical, pongamos por caso, del control de precios o de las expropiaciones, y pretendan asimilar cualquier crítica a las actuales políticas de ajuste con la defensa extemporánea, irresponsable, más bien propia del “izquierdismo infantil”, de aquellas medidas adoptadas por Chávez, bien es cierto que un momento histórico muy distinto.

Con todo, sigue siendo pertinente la pregunta: ¿entonces todo el esfuerzo por democratizar radicalmente la estructura económica venezolana no fue más que un exceso de Chávez? El solo hecho de tener que hacernos la pregunta explica en buena medida por qué hay tanta gente desafiliada.

Foto: Giuliano Salvatore. Colectivo Cacri Photos

13A: El día que el pueblo se salvó a sí mismo


Unión Comunera

El 13 de abril fue el día que el pueblo rescató al líder del proyecto que encarnaba sus esperanzas. Fue uno de esos días extraordinarios en que el pueblo tomó la determinación de salvarse a sí mismo.

Ese pueblo, vestido de obrero, campesino, militar, intelectual, hoy sigue en combate, a pesar de la desesperanza, la resignación, el descontento, la angustia y la decepción. De entre la miasma brota la alegría, la valentía y el afán de seguir confrontando las adversidades.

Ese 13 de abril presenciamos, de la mano del Comandante Chávez y la Revolución Bolivariana, el parto del poder popular, entendido como la posibilidad de auto-reconocer la fuerza transformadora del pueblo, capaz de derrotar imperios y oligarquías.

Hoy, 19 años después de aquel histórico acontecimiento, nosotros y nosotras, comunas y organizaciones sociales reunidas alrededor de la Unión Comunera, reafirmamos nuestro compromiso chavista y revolucionario de continuar la labor iniciada por el pueblo venezolano quien junto al Comandante Chávez, demostró la posibilidad real de transformación de la sociedad venezolana, trazando con el lápiz del socialismo el horizonte de la emancipación y el proyecto comunero como camino seguro para alcanzarlo.

Desde la Unión Comunera, que viene construyéndose desde abajo, desde el chavismo rebelde, desde las comunas que se niegan a morir, con la fuerza del pueblo, asumimos la responsabilidad de no dejar, desde nuestros modestos esfuerzos, que aquella épica del 13A quede enterrada en la historia.

Hoy levantamos nuestras manos, para asestar el puño con el que el Comandante nos convocaba al combate, para convertirlo en nuestra insignia de lucha y nuestro sentido de existencia. Con este símbolo ratificamos nuestra voluntad de mantener viva la llama revolucionaria, nuestra vocación combativa y chavista, nuestro compromiso con la construcción del socialismo por la vía del ejercicio del poder popular.

Aquí no hay pueblo vencido. Aquí nadie se rinde. Vamos con alegría y mucha esperanza a reencontrarnos como pueblo, en las catacumbas, donde hay pueblo dispuesto a pelear, a organizarse, a producir, transformar y construir la patria soñada.

Independencia, Comuna y Socialismo

¿Venezuela despolitizada?


Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

¿Cuándo fue la última vez que usted sintió genuino interés por leer alguna nota relacionada con la política venezolana?

Parece más que evidente que viene tomando cuerpo un creciente desinterés de las mayorías populares por la política.

Hasta no hace mucho me parecía claro que nuestra situación describía el rechazo de las mayorías politizadas a un tipo específico de ejercicio de la política que creíamos superado, si bien no completamente. Pero de aquel rechazo al actual desinterés hay un trecho que puede estar conduciendo a la despolitización.

Bien entrada la segunda década del siglo XXI, hablar de mayorías despolitizadas en Venezuela a la vuelta de unos pocos años era algo simplemente impensable. Pero es importante tomar nota: los tiempos están cambiando.

Por supuesto que la clase política tiene una alta cuota de responsabilidad. Pero no basta con emprenderla de modo genérico contra la clase política, gesto que ciertamente resume, con razón, el signo de los tiempos.

Más allá de las múltiples causas que puedan estar en el origen de este fenómeno de despolitización, creo necesario poner el énfasis en la cuestión económica, y más específicamente en el progresivo deterioro de las condiciones materiales de existencia de la gente.

Suele afirmarse que el desinterés de las mayorías por la política tiene que ver con el hecho cierto de que la gente está ocupada, fundamentalmente, en resolver el día a día, y que por tal razón no tiene tiempo para otra cosa. Y en la medida en que tal afirmación refiere a una situación de hecho, pasa como una verdad indiscutible.

Sin embargo, a mi juicio, sucede justo lo contrario: el desinterés de las mayorías por la política se relaciona, sobre todo, con el hecho de que ésta ha dejado de significar el ejercicio de una actividad que le permita a la gente resolver sus problemas más elementales. Pero esto todavía sería una verdad a medias.

Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

La otra parte de la explicación es que difícilmente pueda haber algún interés en la política si no está asociada a una idea de horizonte. El supuesto de que la gente, por regla general, es no solo tan pragmática, sino además tan cínica como para involucrarse en política exclusivamente para resolver sus necesidades materiales más inmediatas, es en sí mismo muy cínico. Es, por cierto, la idea que los políticos de la peor ralea tienen de la gente.

La Venezuela de principios de este siglo es un buen ejemplo de que las mayorías se involucran en política en la medida en que hacen suya la perspectiva de cambio favorable a corto, mediano e incluso largo plazo. No solo la situación económica de las clases populares no varió significativamente con la llegada de Chávez al poder, sino que al cabo de cuatro años había empeorado drásticamente. En tales circunstancias, con todas las apuestas en contra, las mayorías siguieron convencidas de que solo tendrían un mejor futuro junto con Chávez. Entre otras razones, porque había una idea clara de horizonte: un proyecto de país que sería realizable mediante la participación de la gente y, más que eso, con su protagonismo.

Dicho sea de paso, no es el precio del petróleo lo que permite comprender aquel convencimiento colectivo, como suele repetirse hasta la saciedad hoy día, con el agravante de que esta falsa premisa es suscrita por buena parte del chavismo oficial. Y ya que hablamos de petróleo, lo que sí es cierto es que difícilmente pueda reconstruirse una idea de horizonte si se insiste en que la tarea del presente es avanzar en la dirección de una economía post-petrolera. En Venezuela, la idea de horizonte para las mayorías populares es indisociable de la existencia de una robusta industria petrolera, lo que pasa por la plena soberanía sobre nuestros recursos energéticos.

En buena medida, es precisamente sobre la base de la defensa de nuestra soberanía económica que puede reconstruirse, a su vez, nuestra soberanía política, no en el sentido liberal clásico, de autoridad que se delega, sino en tanto autoridad ejercida por el único dueño originario del poder soberano que es el pueblo, que la ejerce para transformar el actual estado de cosas.

Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

«El reto es cómo superar un modelo agotado por la vía democrática y revolucionaria» (entrevista en Gara, 7 de marzo de 2021)


Foto: Américo Morillo

Por Mirari Isasi

Publicado originalmente en Gara/Naiz

Reinaldo Iturriza (Puerto Ordaz, 1973) es sociólogo, escritor y militante popular. Autor de varios libros, entre ellos “El chavismo salvaje” (2016), además de haber ejercido como profesor en las universidades Bolivariana y Central de Venezuela, fue asesor de la Vicepresidencia (2010/2013) y ministro de Comunas y Movimientos Sociales (2013/2014) y de Cultura (2014/2016). En esta entrevista aporta algunas claves para entender la desconfianza y desafiliación política de amplios sectores de la sociedad y reclama autocrítica. Asegura que Venezuela superará la actual crisis y considera que el eje central debe ser «cómo superar un modelo agotado, y cómo hacerlo por la vía democrática y revolucionaria».

Reinaldo Iturriza asegura que Venezuela atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia, del que no duda que logrará salir tomando como referencia, y «corrigiendo los errores que haya que corregir», los avances durante la «década ganada».

2021 ha arrancado con una nueva Asamblea Nacional y todos los poderes del Estado en manos chavistas. ¿Qué retos se plantean? ¿Cuál es su balance de la anterior?

Comencemos por la última pregunta, porque solo de esa manera se puede ubicar en su contexto la afirmación: ‘todos los poderes del Estado en manos chavistas’, que se puede prestar a equívocos.

El resultado de las elecciones parlamentarias de diciembre significó la derrota de los que muy probablemente sean los diputados y diputadas más radicalmente antinacionales de nuestra historia republicana, lo que es mucho decir, dada la larga tradición de políticos serviles a intereses foráneos.

Desde que asumieron el control de la Asamblea Nacional, en enero de 2016, con los primeros amagos de aprobación de nuevas leyes, actuaron como un tropel desordenado, ansioso de revancha y deseoso de desmontar, pieza por pieza, el armazón jurídico que da soporte legal a varias de las conquistas sociales más sentidas por el pueblo venezolano, alcanzadas en la revolución bolivariana.

Habiendo podido elegir capitalizar la victoria electoral, erigiéndose como una institución que actuara como contrapeso del Ejecutivo, optaron por convertir al Legislativo en el menos independiente de los poderes, haciendo el papel de aspirantes a procónsules del soberano imperial estadounidense.

La trama destituyente del último quinquenio fue parcialmente urdida, pero sobre todo ejecutada de manera entusiasta, por la clase política antichavista con control de la Asamblea Nacional: es pública su participación en actos de violencia, en tentativas de golpe de Estado, en actos terroristas, culminando con la insólita autoproclamación como ‘presidente interino’ del diputado Guaidó, y la amenaza expresa de una agresión armada extranjera contra la nación.

Si todo lo anterior sería un exceso en cualquier país del mundo, es todavía poco frente a las nefastas consecuencias de las exitosas gestiones realizadas por diputados y diputadas antichavistas, para acelerar y profundizar el cerco económico contra el país entero. Siendo así, la derrota del antichavismo no puede ser sino una buena noticia para el conjunto de la sociedad venezolana. Luego, el resultado electoral representa una categórica victoria para la clase política chavista, que incluso ha logrado alzarse con la mayoría calificada, lo que supone, por supuesto, una amplísima capacidad de maniobra, y despeja el camino para que la Asamblea Nacional vuelva a estar al servicio de los intereses de la nación.

Dicho esto, el principal reto es convertir esta victoria del chavismo en una victoria para las mayorías populares. Si eso será así, está por verse.

La Asamblea Nacional era la única baza en manos de la oposición que lidera Juan Guaidó y en la que se basaba un apoyo internacional que se ha ido diluyendo. ¿Qué futuro le espera?

En nuestro país, en enero de 2019, se puso en marcha lo que podríamos llamar el ‘experimento Guaidó’. ¿En qué consistía? Previo desconocimiento de las elecciones presidenciales de mayo de 2018, el diputado Guaidó, una figura desconocida que recién había asumido la presidencia de la Asamblea Nacional, se autoproclama ‘presidente interino’ en una plaza pública, e inmediatamente obtiene el reconocimiento formal del Gobierno estadounidense. Luego es reconocido por algunos gobiernos de América y Europa. Una precisión muy importante: en su mejor momento, el ‘Gobierno interino’ recibió el reconocimiento de apenas una cuarta parte de los gobiernos del mundo.

Esta medida de máxima presión política y diplomática internacional, dirigida fundamentalmente por Estados Unidos, con el firme apoyo de la Unión Europea, vino a sumarse a la brutal agresión económica padecida por la sociedad venezolana durante los años previos. Inicia formalmente en 2015, durante la Administración Obama; se acentúa en 2017, ya durante la Administración Trump, con la aplicación de medidas coercitivas dirigidas a paralizar la industria petrolera, corazón de la economía venezolana, y se profundiza aún más a partir de la autoproclamación de Guaidó. El objetivo era asfixiar económicamente al país para forzar el quiebre popular, es decir, crear las condiciones para que la población se levantara contra el gobierno, y/o el quiebre institucional: fracturar la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y deponer al Gobierno por la vía del golpe de Estado.

A partir de la autoproclamación de Guaidó se redobla la apuesta y comienza a hablarse con mucha fuerza de ‘intervención humanitaria’. En tal sentido, un hito decisivo es la tentativa de incursión militar extranjera del 23 de febrero de 2019, bajo el pretexto de traer ‘ayuda’ a la población venezolana a través de la frontera con Colombia y, en menor medida, por Brasil. Esa tentativa fracasa, dado el firme rechazo no solo del Gobierno venezolano, sino de su Fuerza Armada, y de parte importante de la población.

Luego de este episodio, resultaba muy claro que el ‘experimento Guaidó’ había sido concebido para lograr el objetivo de ‘cambio de régimen’ en el muy corto plazo. Fracasado el plan, el Gobierno estadounidense, haciendo alarde de su característica arrogancia, en lugar de reconocer su derrota, decidió pagar el precio de seguir respaldando públicamente a un personaje que no pasa de ser un muñeco de ventrílocuo, sin verdadero arraigo popular, cuyos actos y declaraciones fueron perdiendo eficacia política de manera acelerada. A mediados de 2019, puede que un poco antes, Guaidó había perdido casi por completo su capacidad convocatoria, y las manifestaciones de la base social del antichavismo fueron cada vez más menguadas. ¿Qué futuro le espera? En un país democrático, ninguno. Quizá el olvido. A lo sumo, ser recordado como una figura tristemente célebre, que se prestó para estar en la primera línea, en el bando agresor, durante uno de los ataques más arteros que haya recibido la nación venezolana.

¿Qué lectura hace del alto índice de abstención en las últimas elecciones? ¿A qué responde? ¿Al hastío, a la indiferencia, al desgaste del chavismo, al agotamiento por la larga crisis económica y el bloqueo impuesto de EEUU?

Sí, todas esas circunstancias inciden y pueden sumarse otras: el hecho de que los principales partidos de oposición optaran por la línea abstencionista, intentando deslegitimar los comicios; la pandemia, aunque en líneas generales el Gobierno ha logrado mantener la situación sanitaria bajo control, y el bloqueo económico, que ciertamente afecta yes traduce, por ejemplo, en una significativa merma de los inventarios de combustible, lo que a su vez incide negativamente en la posibilidad de acceso al servicio de transporte…

Ahora bien, he planteado que el liderazgo político está en la obligación de ir más allá de análisis autocomplacientes, y tiene que ser capaz de valorar en su justa dimensión el peso de un fenómeno relativamente reciente: la indiferencia por la política.

A mi manera de ver, y analizando el voto chavista, hay una línea que va desde cierto hastío por la política, que se manifiesta ya en las parlamentarias de 2010, cuando el chavismo logra la mayoría en la Asamblea Nacional, pero no alcanza la meta de la mayoría calificada; pasa por la desafiliación política, fenómeno que se expresa en las parlamentarias de 2015, y que incide directamente en la victoria del antichavismo, y llega hasta las elecciones más recientes, cuando una parte de la población se abstiene de participar por pura y simple indiferencia.

Una participación del 30,5% en una sociedad altamente politizada, es un porcentaje muy bajo. Una parte importante de la población ha hecho un fuerte llamado de atención a su clase política.

Usted ha mencionado en alguna ocasión el rechazo de la ciudadanía al clientelismo y asistencialismo del PSUV.

Sí, es algo sobre lo que he insistido mucho. Es un tópico sobre el que se ha discutido bastante durante todos estos años. El mismo Hugo Chávez realizó numerosas reflexiones y cuestionamientos públicos al respecto.


Para decirlo de manera resumida: lo que puede entenderse como chavismo, es decir, las mayorías populares que se politizan ya durante la última década del siglo XX, se constituyó, en buena medida, como rechazo a lo que en Venezuela se conoce como ‘partidocracia’, incluyendo, por supuesto, sus usos y costumbres.

La fragua del chavismo como sujeto político se realiza alrededor, entre otras, de la idea fuerza de democracia participativa y protagónica, lo que supone una dura crítica a los viejos vicios de los partidos tradicionales, entre ellos el clientelismo y el asistencialismo. Eso de concebir a la gente como ‘cliente’ o como objeto de asistencia, en tanto que implica desconocer la potencia del sujeto chavista, siempre suscitará el más firme rechazo popular.

El problema es cuando, de tanto apelar a esas prácticas, el rechazo a la clase política chavista comienza a dar paso a la desafiliación de la identidad política, y ésta a la indiferencia.

Está claro que el PSUV y sus aliados no han sabido atraer a la ciudadanía. ¿Ha habido autocrítica? ¿Cómo volver a conquistar a esas bases?

Mi impresión es que, en líneas generales, el liderazgo político chavista, y salvo notables excepciones, es bastante poco autocrítico al respecto.

Sobre cómo volver a atraer a las bases: eso será posible siempre y cuando las mayorías populares sigan percibiendo que, más allá de las diatribas entre políticos, digamos que más allá de las miserias asociadas al ejercicio de la política, se están enfrentando dos proyectos antagónicos de país. Si está lo suficientemente claro que se trata de dos proyectos históricos en pugna, y en tanto que el proyecto del antichavismo es indiscutiblemente antinacional y antipopular, como lo es todo proyecto de elites, en esa medida habrá margen de maniobra para reagrupar fuerzas.

La fracasada estrategia de Guaidó le ha hecho perder apoyos y ha llevado a la ruptura de la oposición antichavista. ¿Hay posibilidades de un diálogo que facilite una salida a la crisis que vive Venezuela?

Sí. No solo el diálogo político es posible, sino que es lo deseable por las mayorías populares. Ahora bien, estoy convencido de que, con todo y que la población anhela alguna especie de tregua, un mínimo entendimiento, tampoco está de acuerdo con un nuevo pacto de elites. Como decimos en Venezuela: paz, sí, pero con justicia e igualdad, no la paz de los sepulcros, no la paz para que las mayorías vuelvan a ser invisibles y marginadas.

También ha habido una división en su seno con la ruptura con los principales y tradicionales aliados del PSUV, quienes acusan al Gobierno de negociar y aliarse con la burguesía, de aplicar políticas neoliberales, incluidas privatizaciones, y de olvidarse del legado de Hugo Chávez. ¿Es una ruptura insalvable?

Se ha deslindado el Partido Comunista de Venezuela, y parte de la militancia de otros partidos que integraban el Gran Polo Patriótico, lo que ha dado lugar a la Alternativa Popular Revolucionaria, que es una iniciativa que apenas da sus primeros pasos, y que actualmente tiene poco peso electoral.

Desde el gobierno se insiste en que no existe tal viraje hacia el neoliberalismo y se afirma que la política económica es el resultado inevitable de unas condiciones económicas particularmente adversas, que obligan a proceder con mucho pragmatismo. Pero hay razones para pensar que, más allá del necesario pragmatismo, algunas líneas de fuerza con mucha influencia en el Gobierno están convencidas de que las mayorías empobrecidas no pueden ser el centro de gravedad de la política, que lo vital en las actuales circunstancias es entenderse con el capital, brindarle todas las facilidades posibles, lo que implica posponer cualquier medida orientada a la revalorización del salario, a pechar las grandes fortunas, a aumentar los impuestos que tendrían que pagar los que más tienen.

Se ha denunciado públicamente que algunas tierras y empresas recuperadas por el Estado han sido devueltas a sus antiguos dueños y existe evidencia de que se ha procedido a la deliberada desinversión en algunas unidades de producción, para luego establecer las llamadas ‘alianzas estratégicas’, término que, en muchos casos, es simplemente un eufemismo que encubre la privatización. La política de defensa de los trabajadores se ha debilitado gradualmente, se han producido despidos arbitrarios, trabajadores han sido judicializados…

En general, estas líneas de fuerza no creen en la firme y necesaria fiscalización estatal de las fuerzas económicas que controlan el mercado.

El debate público sobre estos asuntos es bastante pobre: la vocería oficial suele responder a la defensiva, descalificando la crítica en términos nada constructivos. Las decisiones sobre asuntos tan fundamentales suelen tomarse en un clima de mucha opacidad. Es muy poco lo que se informa a la población. El Gobierno parece haber renunciado a su obligación no solo de informar, sino de explicar de la manera más didáctica posible por qué toma las decisiones que toma. Percibo una profunda y muy preocupante desconfianza en la gente.

En resumen, más que las serias diferencias entre antiguos aliados políticos, lo realmente preocupante es que termine de producirse una ruptura entre la clase política chavista y las mayorías populares.

¿Está en juego el capital político del chavismo? ¿Se reconocen las nuevas generaciones en el actual liderazgo, en el Gobierno y en el PSUV? ¿Cómo recuperar ese apoyo?

Sí, por supuesto que está en juego, en razón de todo lo que he intentado explicar hasta este punto, aunque de manera muy resumida. Más allá de lo generacional, hablamos de que mucha gente que alguna vez se reconoció como chavista, hoy se siente en una suerte de no-lugar de la política, no quiere saber nada de los políticos. Lo paradójico es que se trata de gente muy politizada. Si bien puede hablarse de una suerte de repliegue de la política, no es correcto hablar de despolitización.

A los más jóvenes, que no vivieron o estaban muy pequeños durante la ‘década ganada’, les resulta más difícil identificarse con un proceso que hoy exhibe su cara menos amable. El liderazgo político tiene el desafío de recuperar la confianza de la población en general, y de las nuevas generaciones en particular, y pienso que eso se logra, entre otras cosas, dando el ejemplo.

El liderazgo tiene que ser capaz de transmitir confianza en el futuro, de orientar hacia dónde vamos.

¿Cómo calificaría la situación política y económica de su país, a la que se ha sumado la crisis sanitaria por la pandemia?

Para la inmensa mayoría de la población, es una situación muy difícil. Para la nación, es uno de los momentos más difíciles de su historia. El venezolano es un pueblo muy perseverante, que no se ha dejado doblegar. Pero el precio que ha tenido que pagar es sumamente alto. Con todo, tengo la confianza de que vendrán nuevas situaciones y lograremos, una vez más, salir del laberinto.

¿Han conseguido el bloqueo y las sanciones su objetivo? ¿Han puesto en cuestión la continuidad del chavismo?

Ha fracasado en su intento de crear las condiciones para un ‘cambio de régimen’, pero ha provocado un enorme perjuicio en la población. Esto que estamos padeciendo es capitalismo del desastre, pero de manual. Con Chávez se dieron los primeros pasos para construir el socialismo bolivariano y Maduro intentó seguir el mismo camino durante sus primeros años en el gobierno. Hoy en día, en Venezuela no solo no hay socialismo, sino que impera el capitalismo salvaje, puro y duro. Si usted todavía tiene alguna duda de que el capitalismo es inviable, no tiene más que venir a Venezuela.

Estoy convencido de que uno de los objetivos era producir un shock político en la población, de manera que más nunca se nos ocurriera optar por la vía democrática socialista. Pero en su magnífico libro, Naomi Klein demostraba que las sociedades, para sobreponerse a situaciones de shock, suelen recurrir a las construcciones del pasado, apalancarse allí para construir lo nuevo.

Nada de tabula rasa, que el sueño de los neoliberales. Confío en que lograremos hacer eso: saldremos de esta situación tomando como referencia todo lo que fuimos capaces de hacer durante nuestra década ganada, corrigiendo los errores que haya que corregir. Así acometeremos la reconstrucción nacional.

Pero no todo será culpa del enemigo externo, Venezuela es un país con recursos y algo se estará haciendo mal.

Sí, por supuesto. Ya me referido a algunos de estos errores, creo haber mencionado los principales. En todo caso, estoy completamente de acuerdo con que es un craso error atribuir todos los problemas al enemigo externo, llámese imperialismo, guerra económica o bloqueo. Esto es algo sobre lo que ha advertido el propio Maduro. El liderazgo político está en la obligación de asumir su responsabilidad, de la misma forma que el Gobierno está obligado a gobernar con eficacia política y calidad revolucionaria.

¿Qué peso tiene la corrupción en la crisis económica y política y en los problemas de gestión?

Tiene un peso enorme. Creo que el problema principal es el modelo capitalista rentístico, que se estableció en Venezuela a partir de la explotación petrolera, a comienzos del siglo XX, y que según los expertos en la materia ya dio señales inequívocas de agotamiento durante la década de los 70.

El chavismo en tanto sujeto y el bolivariano en tanto proyecto pueden ser entendidos como la respuesta que las mayorías populares ofrecen para resolver ese problema fundamental, estructural, de la sociedad venezolana. Es allí donde está el quid de la cuestión.

Sin menospreciar el peso que pueda tener la corrupción en todo esto, no se puede negar que corremos el riesgo de vernos envueltos en discusiones interminables salpicadas de moralina, situación que nos puede desviar de lo que considero central: cómo superar un modelo agotado, y cómo hacerlo por la vía democrática y revolucionaria.

¿Qué papel juegan los militares en la política venezolana?

Un papel de primer orden, lo que por supuesto tiene que ver con el peso de una figura como la de Hugo Chávez. Se puede y creo que de hecho se tiene que discutir sobre la conveniencia de que figuras provenientes del mundo militar asuman, por ejemplo, la responsabilidad del manejo de empresas estratégicas, porque no es cierto que eso garantice una administración más eficiente, etc. Pero el hecho de que se trate de un civil tampoco es garantía de nada. En líneas generales, soy firme partidario de la unidad cívico-militar, pero esa unidad tiene que fundarse en principios muy claros: eficacia política y calidad revolucionaria.

Donald Trump se despidió con nuevas sanciones a Venezuela. ¿Espera un cambio en la política de Washington con la llegada de Joe Biden?

Parece que la Administración Biden ha comprendido que el ‘experimento Guaidó’ resultó un estrepitoso fracaso, pero, a decir verdad, tal reconocimiento no tiene mucho mérito. Trump lo sabía, y sin embargo insistió en su política contra Venezuela. Falta saber si Biden actuará, aunque sea parcialmente, de manera diferente. No abrigo ninguna esperanza. Podrán variar poco o mucho los métodos: Biden podrá marcar cierta distancia de Guaidó y su entorno, podrá dejar de exigir la renuncia de Maduro como condición sine qua non para una ‘salida electoral’, etc. Pero el objetivo del Gobierno estadounidense sigue siendo el mismo: retomar el control total de la nación venezolana, de nuestras riquezas. Además, no solo es harto conocida la vocación injerencista e incluso guerrerista de las administraciones demócratas, sino que, no hay que olvidarlo, las primeras ‘sanciones’ fueron impuestas por Obama, con Biden como vicepresidente. En tal sentido, es como si luego del interregno Trump volviéramos al punto de inicio, con la salvedad de que el presidente saliente no hizo más que continuar la senda ya trazada por sus rivales políticos internos.

Hasta el 2021. Siete lecciones y un horizonte


Más que una simple frase, una idea fuerza

Este 14 de enero se cumplen veinte años de la primera vez que Hugo Chávez empleó la célebre frase “hasta el 2021”, al menos de manera pública, y según puede verificarse en el sitio digital del Instituto de Altos Estudios que lleva su nombre.

La frase aparece referida un total de ochenta y ocho veces, en un arco temporal que inicia en 2001 y culmina en 2012. Notablemente, en veintitrés oportunidades no fue utilizada por Chávez, sino por alguno de sus interlocutores, casi siempre algún vocero o vocera popular, lo que habla a las claras de la manera como ella prendió en el seno de la base social de apoyo a la revolución bolivariana.

Chávez apeló a ella sesenta y cinco veces, más de la mitad de las cuales (treinta y cuatro) entre 2001 y 2003. Éste no es un detalle menor: la frase es mencionada por primera vez en un momento histórico en que el líder bolivariano da por sentadas las bases de la etapa correspondiente a la revolución política, es decir, aquella que inicia el 2 de febrero de 1999, cuando firma el decreto convocando al pueblo venezolano a decidir sobre la pertinencia de una Asamblea Nacional Constituyente, pasa por su posterior elección, el 25 de julio de 1999, el referendo popular aprobatorio de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, el 15 de diciembre de 1999, la total relegitimación de los poderes, el 30 de julio de 2000, y llega hasta el 10 de enero de 2001, cuando Chávez inicia formalmente un nuevo período de gobierno.

Cuatro días más tarde, el 14 de enero de 2001, en su programa Aló Presidente número 58, afirmará: “Este año 2001 es el año de la exaltación del pueblo venezolano y de la Fuerza Armada venezolana, por el 24 de junio y por el 5 de julio. Ciento noventa años del 5 de julio y ciento ochenta años del 24 de junio. Además, es el arranque, la década de plata y la década de oro. La década de plata es desde este año hasta el año 2011, cuando conmemoraremos los doscientos años del 5 de julio, y luego vendrá la década de oro, preparémonos para esa […].Comenzará con esa década del año 2011 hasta el 2021, porque el 24 de junio de 2021 conmemoraremos los doscientos años de la Batalla de Carabobo, es decir, de la independencia venezolana” (1).

Muy pronto, Chávez dejará entrever que “hasta el 2021” es mucho más que una frase entre otras, que en alguna ocasión le permitiera construir discusivamente una periodización más o menos arbitraria sobre el tiempo futuro, y la convertirá en una verdadera idea-fuerza que apalancará profundas reflexiones sobre los ritmos temporales en tiempos revolucionarios.

En más de una oportunidad tendrá que salirle al paso a las versiones según las cuales la frase escondía su pretensión de perpetuarse en el poder y, en parte como respuesta a esos mismos ataques, haciendo despliegue del sentido del humor que le caracterizaba, la empleará también como señuelo o provocación. Estos episodios más bien puntuales darían para un rico anecdotario, pero no es ese el objetivo de este texto.

Infinitamente más relevante para nuestro tiempo presente resulta identificar las lecciones políticas asociadas a la idea fuerza de “hasta el 2021”, casi todas extraídas de un discurso clave: el que ofrecerá el presidente Chávez durante sesión especial de la Asamblea Nacional del 28 de septiembre de 2001, con motivo de la presentación de las Líneas Generales del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2001-2007 (2). Lecciones sobre las que volverá reiteradamente, de una forma u otra, hasta el final de sus días.

Siete lecciones políticas

1.- “No son viables proyectos cortoplacistas”

En su alocución del 28 de septiembre de 2001, Chávez explicaba que en la propuesta que a título personal había elevado a la Constituyente, planteaba períodos de gobierno de siete años “con posibilidad de reelección inmediata”, porque era necesario garantizar “longitud a la maniobra” o “profundidad a la maniobra estratégica”. En razón del “profundo daño: moral, político, económico, social y de todo tipo”, era necesario, decía, “buscar una maniobra en profundidad”. Argumentaba: “Aquí no son viables proyectos cortoplacistas y superficiales […], convenzámonos de esto […]. A un mal estructural solo le cabe una solución estructural profunda, y el daño viene de lejos […], tiene profundidad […], pues no se va a solucionar con una maniobra de corto plazo. La solución, que tiene mucha variables, y surgirán caminos, pero sean cuales fueren las variantes del camino central estratégico, preparémonos, porque la maniobra va para largo plazo”.

Como es sabido, la Constituyente “soberanamente decidió períodos de seis años, y este plan estratégico nuestro lo hemos pensado y visualizado a veinte años, por eso hablamos del 2001-2021. Realmente solo en dos décadas, creemos, Venezuela puede fortalecerse de manera definitiva y sin posibilidad de retorno en lo social, en lo político, en lo ético, y nosotros bien podemos ser un […] pequeño gran país, hermanado con todos los países del mundo”.

A propósito de las Líneas Generales que exponía entonces ante la Asamblea Nacional, sostenía que el “proyecto transformador apunta ya a una fecha: 2007. Claro que ya estamos trabajando 2007-2014, las mismas líneas, a lo mejor salen otras, porque así pasa, los caminos se abren o se cierran, pero ahí va el camino. Y luego habrá que trabajar, porque es que uno se va acercando al horizonte y tiene que ir mirando más allá, incluso hay que mirar más allá del horizonte”.

Al final de la misma alocución reiteraba en la idea de que el período 2001-2011 tendría que ser “la década de plata, rumbo a la década de oro de Venezuela”, entre 2011 y 2021.

Un par de años más tarde, el 17 de octubre de 2003, en reunión con periodistas extranjeros acreditados en el país, extendía la mirada la mirada sobre el horizonte, estableciendo como meta el 2030: “Yo tengo una visión de tres décadas, hasta donde me llega la vista. Más allá no quiero ver porque no me corresponde ya […]. El 2030 para mí, así lo veo, es […] el año del bicentenario de la muerte no sólo de Bolívar […], [sino] del proyecto bolivariano que se enterró en Santa Marta, y nos dividimos en pedazos aquí: Colombia por un lado, Venezuela por otro lado, Ecuador, Perú, hubo guerras entre nosotros, corrientes divisionistas, las oligarquías de cada país se adueñaron de esos países; los pobres, los que libertaron de verdad, y los que echaron al imperio español, fueron expropiados, atropellados, y ahí están: estos son los herederos de ellos, los marginales de hoy; los abuelos de ellos fueron los que echaron al imperio español. Entonces he hablado del 2030 como una meta, como una gran meta, para que ese 2030 celebremos los doscientos años de la muerte de Bolívar, pero no con una muerte, sino con una república verdadera” (3).

2.- “Componentes vitales del proceso de transición”

Para acometer los cambios revolucionarios necesarios “hasta el 2021” y más allá, serían indispensables la voluntad y la racionalidad transformadoras: “a la voluntad transformadora hay que agregarle siempre la racionalidad transformadora, hay que llenar de razón al proceso transformador”.

Aquellas Líneas Generales equivalían a “un incremento de la racionalidad transformadora”. Esta última, explicaba Chávez, “implica que cada situación deseada futura […] requiere de dos elementos esenciales: el proyecto transformador y la fuerza transformadora. Estoy articulando ideas para dejar bien claro, especialmente a quienes impulsamos el proyecto transformador, que es necesario visualizar estos componentes vitales del proceso de transición que ahora comenzamos”.

Entonces, voluntad y racionalidad, y asociadas a esta última el proyecto y la fuerza. Es decir, “no basta con la voluntad revolucionaria”. Por supuesto, “toda situación de transición requiere de voluntad, pero además de voluntad, de racionalización, y la racionalización se consigue a través de programas concretos”. Complementaba Chávez: “Las metas hay que especificarlas de manera muy clara para poder evaluar y hacer seguimiento, y hacer control de gestión […], porque la revolución debe estar acompañada por […] calidad de gestión, calidad transformadora”.

3.- “No podemos bajar banderas”

Estrechamente vinculado al asunto sobre la voluntad y la racionalidad transformadora, está la obligación ética de no arrear banderas, a riesgo de que se desdibuje la orientación estratégica del esfuerzo transformador.

En palabras de Chávez: “No podemos bajar banderas. Es un proceso revolucionario el que estamos viviendo, que respeta y respetará toda opinión, respeta y respetará toda crítica, como lo hemos hecho y lo seguiremos haciendo. Nadie nos va a sacar de esa posición ética. Nadie va a lograr provocarnos. Porque hay incluso quienes pretenden provocarnos a ver si salimos a embestir como un toro. ¡No! Nosotros tenemos racionalidad. A veces somos como el toro, pero un toro que sabe muy bien cuál es su adversario. No el trapo rojo. Un toro que piensa y avanza cuando quiere avanzar, y se sienta cuando quiere sentarse. Hay una racionalidad en todo esto”.

Voluntad, racionalidad, firmeza ética e iniciativa estratégica. Proseguía Chávez: “Es importantísimo que los revolucionarios y las revolucionarias de hoy tengamos cada día eso muy claro, y ustedes, quienes aquí están en la Asamblea Nacional, deben tenerlo bien claro todos los días, como nosotros en el gobierno, como los gobernadores, pero especialmente quienes tenemos capacidad para tomar grandes decisiones: no podemos bajar banderas, insisto […]. Leyes revolucionarias tienen que salir de aquí, y de allá del gobierno […]. No podemos, a nombre de un falso consenso que por ahí se pregona, bajar banderas o echar principios a un lado. La inmensa mayoría del país está con este proceso transformador. Pues yo lo que hago es […] un llamado a todas las fuerzas políticas [para] que, aun con las diferencias, faciliten el proceso necesario, que aun con la crítica, se sumen al proceso de cambio, porque Venezuela no va a dar vuelta atrás. Un país no se suicida, ningún pueblo se suicida”.

4.- “No olvidemos jamás, ni por un instante, cuidar esa base popular de apoyo a la revolución”

En la misma intervención ante la Asamblea Nacional, Chávez explicaba que no hubiera sido posible “lanzar ningún proyecto de ningún signo hace dos años”. “Había que comenzar limpiando el pantano y construyendo las bases”, decía más adelante.

Luego de referirse, entre otros asuntos económicos, a los esfuerzos dirigidos a recuperar los precios del petróleo, razonaba que en 2001 ya podía afirmarse que “tenemos bases no solo en lo económico, tenemos bases en la estructura política que aguantan el proyecto”, aludiendo en este último caso, por supuesto, a las profundas transformaciones políticas ocurridas con el inicio del proceso constituyente en 1999.

Pero tan o más importantes que las bases previamente referidas, “también en lo social las tenemos: un pueblo […]. Y eso es algo fundamental. Porque más que el petróleo y su precio, es importantísimo el nivel de la moral de nuestro pueblo. Ahí anda en las calles, ahí anda por todas partes, a pesar de que muchas veces ese despertar de nuestro pueblo es utilizado […] para tratar de hacer creer que es el pueblo contra el gobierno. ¡No! Ese pueblo está con su gobierno. Pero es un pueblo que no está callado, no es un pueblo oprimido […] Es un pueblo que tomó la calle, es un pueblo que marcha, es un pueblo que habla, es un pueblo que reclama, porque tiene derecho a hablar, tiene derecho a reclamar, y es un pueblo que incluso me grita: ¡Chávez! Y tiene derecho a gritarme, y yo tengo la obligación de pararme, oírlo, y preguntarle qué quiere. Así que tenemos una base social […]. Así como no podemos descuidar ni siquiera por un día el precio del petróleo […], así como no podemos descuidar el crecimiento económico […], no olvidemos, compatriotas, no olvidemos jamás, ni por un instante, cuidar esa base popular de apoyo a la revolución. Ni un segundo podemos olvidarla”.

Un aspecto que no puede pasar desapercibido, y que podría considerarse decisivo, es que Chávez consideraba a esa poderosa base popular como un bien político invaluable para toda la nación, sin distingo de parcialidades políticas. Lo que la moviliza “no es una fe ciega en el caudillo”, afirmaba. Tampoco “es una fe irracional en el Mesías. No. Es amor. Ahí despertó un amor. Y decía Martí, lo repito: Amor con amor se paga. Amemos a ese pueblo. Vamos por él y con él, a sufrir con él, entendamos su grito, entendamos su dolor, entendamos su pasión, entendamos su necesidad. Cuidemos. Pero tenemos una base social que no es de Chávez. No es de los movimientos políticos que apoyan e impulsan el proceso de cambio revolucionario. No. Es un bien para todos, incluyendo a quienes nos adversan. Algunos no entienden o no terminan de entenderlo. ¡Incluyendo a quienes nos adversan! Ese es un capital de todos”.

5.- “Lo nuevo trae genes de lo viejo”

Sentadas las bases para la transformación revolucionaria de la sociedad venezolana, algunas más sólidas que otras, correspondía trabajar para seguir fortaleciéndolas. “Porque hay que tener claro lo siguiente: así como todos nosotros tenemos en nuestros genes rastros a veces muy marcados de nuestros padres o abuelos, así como nuestros hijos tienen en sus genes rastros también de nosotros mismos, igual pasa con la transición: lo nuevo trae genes de lo viejo. Y a veces en los genes vienen virus, enfermedades muy viejas”.

Acto seguido, Chávez ilustraba: “Hace poco, por ejemplo, nosotros decidimos expulsar de nuestro movimiento a un grupo de diputados regionales que se incrementaron el sueldo […]. Y será expulsado de nuestras filas quien lo haga. Ahí hay que tener, por una parte, firmeza, mucha firmeza al respecto. Pero por otra parte, también conciencia de que eso siempre ha ocurrido así, de que es natural que ocurra, lo cual no significa que lo vamos a aceptar. No. Hay que combatir esos rastros y esos restos de lo viejo que se vienen en el vientre de lo nuevo”.

6.- “Paciencia infinita para no perder el rumbo”

Chávez insistirá en que hacer realidad un proyecto de transformación de largo aliento, no será tarea fácil. Así lo manifestó aquel 14 de enero de 2001: “Preparémonos, pues. El camino es largo. Será difícil. Siempre estaremos enfrentando obstáculos, campañas de difamación, de tergiversación de la realidad, pero esta revolución no tiene marcha atrás, ha entrado al siglo XXI a paso de vencedores y no hay marcha atrás”.

Así lo reiteró el 5 de octubre de 2001, desde el estado Barinas: “Invito a todos a que nos unamos, que pongamos lo mejor de nosotros, que nos pongamos nuestras botas de campaña bien amarradas, que nos pongamos esas armas de la razón y el coraje de la verdad, porque el camino es largo y difícil, y que nos vayamos a hacer la patria desde este año 2001 hasta el 2021 […]. Ahora, esto requiere mucha paciencia, hermanos. Porque es como que nosotros nos propongamos subir el Pico Bolívar, que tiene 5007 metros de altura. Y entonces, en este momento, bueno, hemos subido a lo mejor un metro, pero son 5007 metros. Y además sin muchas provisiones, además sin alimentos suficientes, además con ventarrones y nevadas, y por picos y farallones. Hay que armarse de una paciencia infinita para no perder el rumbo y para no cansarse, para no desfallecer” (4).

El 7 de junio de 2003, desde el 23 de Enero, en Caracas, advertía: “Esta batalla no ha terminado, pero para nada. Que nadie se equivoque. Esto apenas está comenzando. Repito, esta batalla es larga, yo los acompaño hasta el 2021 […] Esta batalla es de ustedes. Vayan preparándose bien, porque les vamos a entregar […] el testigo” (5).

7.- “La revolución comienza a tocar intereses de mucha gente con poder”

El mismo 5 de octubre de 2001, en un acto enmarcado en la lucha contra el latifundio, que iniciaba con bríos a partir de la reciente entrada en vigencia de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario, Chávez explicaba las razones parciales de las dificultades que entraña impulsar un proyecto revolucionario: “La revolución ha entrado en una fase mucho más difícil, y así lo digo y así lo aclaro, y así lo declaro. Mucho más difícil lo que viene ahora. Porque ahora se trata de la revolución económica y social, ya no solo de la revolución política que hemos hecho. En la revolución económica y social, entonces, es cuando la revolución comienza a tocar intereses de mucha gente con poder, aquí y fuera de Venezuela”.

Oteando el horizonte

Una vez que nos vimos alcanzados por el futuro (qué lejano nos parecía cuando Chávez hablaba de 2021), lo primero que habría que recuperar, allí donde corresponda, o preservar, allí donde no se haya perdido, es nuestra capacidad para otear el horizonte. Por dos razones.

En primer lugar, porque se nos ha impuesto la idea de que, veinte años después, todas las bases se han venido abajo, encontrándonos de nuevo, como si de una fatalidad se tratara, en el pantano histórico. Habrá que reconocer que, más allá de la idea, es el terrible peso de las circunstancias materiales el que se impone, aplastando voluntades. En segundo lugar, porque, aplastadas las voluntades, sin fuerza para levantar cabeza, pierde todo sentido cualquier idea de horizonte.

Pero incluso si fuera el caso que nos hallamos en medio de las ruinas de lo que alguna vez fueran bases más o menos sólidas, debemos identificar el punto más alto y, desde allí, iniciar la tarea de reconstrucción.

Por tanto, otear el horizonte vendría a ser quizá nuestra principal bandera en el tiempo presente. Una que no podemos bajar, bajo ninguna circunstancia.

Puntualicemos:

  1. Oteando el horizonte con mirada jánica podemos llegar a una conclusión crucial: en lo absoluto puede considerarse a la revolución bolivariana como un proyecto fracasado, sino como un proyecto inacabado. Un proyecto que fue concebido, desde el inicio, para realizarse en tres décadas y, quizá más importante todavía, que resultó indiscutiblemente exitoso no solo durante la década de plata, sino aun entrada la que, siguiendo a Chávez, ha debido ser la década de oro. Hay suficiente evidencia material al respecto, y también espiritual: son millones los testimonios que pueden respaldarla. Solo el obcecamiento de las elites, que ha encontrado terreno fértil en las terribles dificultades que hemos tenido que sortear las mayorías populares, en particular durante el último quinquenio, puede pretender borrar la realidad de un plumazo.
  2. Para garantizar la continuidad del proyecto inacabado, con notables éxitos parciales, y también para enfrentar con eficacia cualquier tentativa de elites orientada a borronear la historia y reescribirla a conveniencia, es indispensable reconocer los errores en los que ha incurrido el liderazgo bolivariano, tanto en el gobierno como en el partido, tras la desaparición física de Chávez, así como la evidente incapacidad para ofrecer soluciones a los graves padecimientos de la población. Si toda transición requiere de voluntad y racionalidad, hay que identificar y atacar allí donde, claramente, no se manifiesta ni voluntad ni racionalidad transformadora alguna, y de allí la impresión popular creciente de que dejó de estar claro el proyecto que guía los actos de gobierno, y de allí también la pérdida progresiva de fuerza.
  3. Deja de haber claridad sobre el proyecto estratégico cuando se decide bajar las banderas. Si estaba presente hace veinte años atrás, hoy ronda con mucha más fuerza el peligro del falso consenso, para decirlo en términos de Chávez. Ciertamente, los pueblos no se suicidan, pero cualquier pacto de elites, de las viejas y las nuevas, pueden asestarles un golpe casi mortal. El irrespeto de prácticamente cualquier opinión y crítica pareciera un claro indicio de mala conciencia.
  4. Respétese el derecho que tiene el pueblo de hablar, de reclamar, de gritar, y asúmase la obligación de escuchar. No es solo invitarlo: Ven, vamos juntos. Es fundamentalmente ir con él, sufrir con él. Entenderlo. Es cuidar una base popular que no es patrimonio de nadie o, dicho de mejor manera, es un bien político de todos. Es un capital de todos, que no tendría que ser usufructuado por ninguna fuerza política.
  5. Uno de los tópicos preferidos del discurso de elites es que, desde sus orígenes, la revolución bolivariana llevaba consigo los genes del fracaso, y que por tanto éste resultaba inevitable. En sentido estricto, no habría habido avance material y espiritual alguno durante la primera década de este siglo y parte de la segunda, sino un espejismo que solo hoy, cuando nos vemos obligados a lidiar con el desierto de lo real, podemos apreciar en su justa dimensión. Más allá de la mezquindad y el cinismo de elites, corresponsables de la situación presente, y en lugar de conformarnos con balances autocomplacientes, y mucho menos nostálgicos, tendríamos que poder identificar cuánto persiste entre nosotros de los genes de la vieja política, y cuándo se decidió dejar de combatir, si tal fuera el caso, los restos de lo viejo. Tarea que corresponde asumir, con particular énfasis, a las nuevas generaciones de políticos, que no por nuevas están exentas de reproducir las peores prácticas. Más bien podría decirse que todo lo contrario.
  6. Nadie dijo que sería fácil. Por tanto, ya basta de seguir enumerando dificultades, nada más que para utilizarlas como pretextos.
  7. Ahora que recién inicia la tercera década del ciclo bicentenario, definamos: o ésta es una revolución que, inevitablemente, en tanto que antepone los intereses de las mayorías populares, seguirá afectando los intereses de mucha gente con poder, con las dificultades que eso acarrea, o se siguen afectando los intereses de las mayorías populares porque se ha decidido que, para preservar el poder, es conveniente no afectar los intereses de mucha gente con poder. De alguna forma tendrá que resolverse el dilema. De eso dependerá, en buena medida, la naturaleza de las luchas que libraremos en el futuro.

Chávez decía que no le correspondía ver más allá de 2030. Nosotros asumimos la obligación de hacerlo. Tenemos la voluntad y también razones suficientes.

Referencias

(1) Hugo Chávez Frías. Aló Presidente N° 58. 14 de enero de 2001.

(2) Hugo Chávez Frías. Alocución en Sesión Especial de la Asamblea Nacional con Motivo de la Presentación del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación. 28 de septiembre de 2001.

(3) Hugo Chávez Frías. Intervención en almuerzo con periodistas extranjeros. 17 de octubre de 2003.

(4) Hugo Chávez Frías. Desde Sabaneta de Barinas. 5 de octubre de 2001.

(5) Hugo Chávez Frías. Discurso durante inauguración de Mercal en el 23 de Enero. 7 de junio de 2003.