Hasta el 2021. Siete lecciones y un horizonte


Más que una simple frase, una idea fuerza

Este 14 de enero se cumplen veinte años de la primera vez que Hugo Chávez empleó la célebre frase “hasta el 2021”, al menos de manera pública, y según puede verificarse en el sitio digital del Instituto de Altos Estudios que lleva su nombre.

La frase aparece referida un total de ochenta y ocho veces, en un arco temporal que inicia en 2001 y culmina en 2012. Notablemente, en veintitrés oportunidades no fue utilizada por Chávez, sino por alguno de sus interlocutores, casi siempre algún vocero o vocera popular, lo que habla a las claras de la manera como ella prendió en el seno de la base social de apoyo a la revolución bolivariana.

Chávez apeló a ella sesenta y cinco veces, más de la mitad de las cuales (treinta y cuatro) entre 2001 y 2003. Éste no es un detalle menor: la frase es mencionada por primera vez en un momento histórico en que el líder bolivariano da por sentadas las bases de la etapa correspondiente a la revolución política, es decir, aquella que inicia el 2 de febrero de 1999, cuando firma el decreto convocando al pueblo venezolano a decidir sobre la pertinencia de una Asamblea Nacional Constituyente, pasa por su posterior elección, el 25 de julio de 1999, el referendo popular aprobatorio de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, el 15 de diciembre de 1999, la total relegitimación de los poderes, el 30 de julio de 2000, y llega hasta el 10 de enero de 2001, cuando Chávez inicia formalmente un nuevo período de gobierno.

Cuatro días más tarde, el 14 de enero de 2001, en su programa Aló Presidente número 58, afirmará: “Este año 2001 es el año de la exaltación del pueblo venezolano y de la Fuerza Armada venezolana, por el 24 de junio y por el 5 de julio. Ciento noventa años del 5 de julio y ciento ochenta años del 24 de junio. Además, es el arranque, la década de plata y la década de oro. La década de plata es desde este año hasta el año 2011, cuando conmemoraremos los doscientos años del 5 de julio, y luego vendrá la década de oro, preparémonos para esa […].Comenzará con esa década del año 2011 hasta el 2021, porque el 24 de junio de 2021 conmemoraremos los doscientos años de la Batalla de Carabobo, es decir, de la independencia venezolana” (1).

Muy pronto, Chávez dejará entrever que “hasta el 2021” es mucho más que una frase entre otras, que en alguna ocasión le permitiera construir discusivamente una periodización más o menos arbitraria sobre el tiempo futuro, y la convertirá en una verdadera idea-fuerza que apalancará profundas reflexiones sobre los ritmos temporales en tiempos revolucionarios.

En más de una oportunidad tendrá que salirle al paso a las versiones según las cuales la frase escondía su pretensión de perpetuarse en el poder y, en parte como respuesta a esos mismos ataques, haciendo despliegue del sentido del humor que le caracterizaba, la empleará también como señuelo o provocación. Estos episodios más bien puntuales darían para un rico anecdotario, pero no es ese el objetivo de este texto.

Infinitamente más relevante para nuestro tiempo presente resulta identificar las lecciones políticas asociadas a la idea fuerza de “hasta el 2021”, casi todas extraídas de un discurso clave: el que ofrecerá el presidente Chávez durante sesión especial de la Asamblea Nacional del 28 de septiembre de 2001, con motivo de la presentación de las Líneas Generales del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2001-2007 (2). Lecciones sobre las que volverá reiteradamente, de una forma u otra, hasta el final de sus días.

Siete lecciones políticas

1.- “No son viables proyectos cortoplacistas”

En su alocución del 28 de septiembre de 2001, Chávez explicaba que en la propuesta que a título personal había elevado a la Constituyente, planteaba períodos de gobierno de siete años “con posibilidad de reelección inmediata”, porque era necesario garantizar “longitud a la maniobra” o “profundidad a la maniobra estratégica”. En razón del “profundo daño: moral, político, económico, social y de todo tipo”, era necesario, decía, “buscar una maniobra en profundidad”. Argumentaba: “Aquí no son viables proyectos cortoplacistas y superficiales […], convenzámonos de esto […]. A un mal estructural solo le cabe una solución estructural profunda, y el daño viene de lejos […], tiene profundidad […], pues no se va a solucionar con una maniobra de corto plazo. La solución, que tiene mucha variables, y surgirán caminos, pero sean cuales fueren las variantes del camino central estratégico, preparémonos, porque la maniobra va para largo plazo”.

Como es sabido, la Constituyente “soberanamente decidió períodos de seis años, y este plan estratégico nuestro lo hemos pensado y visualizado a veinte años, por eso hablamos del 2001-2021. Realmente solo en dos décadas, creemos, Venezuela puede fortalecerse de manera definitiva y sin posibilidad de retorno en lo social, en lo político, en lo ético, y nosotros bien podemos ser un […] pequeño gran país, hermanado con todos los países del mundo”.

A propósito de las Líneas Generales que exponía entonces ante la Asamblea Nacional, sostenía que el “proyecto transformador apunta ya a una fecha: 2007. Claro que ya estamos trabajando 2007-2014, las mismas líneas, a lo mejor salen otras, porque así pasa, los caminos se abren o se cierran, pero ahí va el camino. Y luego habrá que trabajar, porque es que uno se va acercando al horizonte y tiene que ir mirando más allá, incluso hay que mirar más allá del horizonte”.

Al final de la misma alocución reiteraba en la idea de que el período 2001-2011 tendría que ser “la década de plata, rumbo a la década de oro de Venezuela”, entre 2011 y 2021.

Un par de años más tarde, el 17 de octubre de 2003, en reunión con periodistas extranjeros acreditados en el país, extendía la mirada la mirada sobre el horizonte, estableciendo como meta el 2030: “Yo tengo una visión de tres décadas, hasta donde me llega la vista. Más allá no quiero ver porque no me corresponde ya […]. El 2030 para mí, así lo veo, es […] el año del bicentenario de la muerte no sólo de Bolívar […], [sino] del proyecto bolivariano que se enterró en Santa Marta, y nos dividimos en pedazos aquí: Colombia por un lado, Venezuela por otro lado, Ecuador, Perú, hubo guerras entre nosotros, corrientes divisionistas, las oligarquías de cada país se adueñaron de esos países; los pobres, los que libertaron de verdad, y los que echaron al imperio español, fueron expropiados, atropellados, y ahí están: estos son los herederos de ellos, los marginales de hoy; los abuelos de ellos fueron los que echaron al imperio español. Entonces he hablado del 2030 como una meta, como una gran meta, para que ese 2030 celebremos los doscientos años de la muerte de Bolívar, pero no con una muerte, sino con una república verdadera” (3).

2.- “Componentes vitales del proceso de transición”

Para acometer los cambios revolucionarios necesarios “hasta el 2021” y más allá, serían indispensables la voluntad y la racionalidad transformadoras: “a la voluntad transformadora hay que agregarle siempre la racionalidad transformadora, hay que llenar de razón al proceso transformador”.

Aquellas Líneas Generales equivalían a “un incremento de la racionalidad transformadora”. Esta última, explicaba Chávez, “implica que cada situación deseada futura […] requiere de dos elementos esenciales: el proyecto transformador y la fuerza transformadora. Estoy articulando ideas para dejar bien claro, especialmente a quienes impulsamos el proyecto transformador, que es necesario visualizar estos componentes vitales del proceso de transición que ahora comenzamos”.

Entonces, voluntad y racionalidad, y asociadas a esta última el proyecto y la fuerza. Es decir, “no basta con la voluntad revolucionaria”. Por supuesto, “toda situación de transición requiere de voluntad, pero además de voluntad, de racionalización, y la racionalización se consigue a través de programas concretos”. Complementaba Chávez: “Las metas hay que especificarlas de manera muy clara para poder evaluar y hacer seguimiento, y hacer control de gestión […], porque la revolución debe estar acompañada por […] calidad de gestión, calidad transformadora”.

3.- “No podemos bajar banderas”

Estrechamente vinculado al asunto sobre la voluntad y la racionalidad transformadora, está la obligación ética de no arrear banderas, a riesgo de que se desdibuje la orientación estratégica del esfuerzo transformador.

En palabras de Chávez: “No podemos bajar banderas. Es un proceso revolucionario el que estamos viviendo, que respeta y respetará toda opinión, respeta y respetará toda crítica, como lo hemos hecho y lo seguiremos haciendo. Nadie nos va a sacar de esa posición ética. Nadie va a lograr provocarnos. Porque hay incluso quienes pretenden provocarnos a ver si salimos a embestir como un toro. ¡No! Nosotros tenemos racionalidad. A veces somos como el toro, pero un toro que sabe muy bien cuál es su adversario. No el trapo rojo. Un toro que piensa y avanza cuando quiere avanzar, y se sienta cuando quiere sentarse. Hay una racionalidad en todo esto”.

Voluntad, racionalidad, firmeza ética e iniciativa estratégica. Proseguía Chávez: “Es importantísimo que los revolucionarios y las revolucionarias de hoy tengamos cada día eso muy claro, y ustedes, quienes aquí están en la Asamblea Nacional, deben tenerlo bien claro todos los días, como nosotros en el gobierno, como los gobernadores, pero especialmente quienes tenemos capacidad para tomar grandes decisiones: no podemos bajar banderas, insisto […]. Leyes revolucionarias tienen que salir de aquí, y de allá del gobierno […]. No podemos, a nombre de un falso consenso que por ahí se pregona, bajar banderas o echar principios a un lado. La inmensa mayoría del país está con este proceso transformador. Pues yo lo que hago es […] un llamado a todas las fuerzas políticas [para] que, aun con las diferencias, faciliten el proceso necesario, que aun con la crítica, se sumen al proceso de cambio, porque Venezuela no va a dar vuelta atrás. Un país no se suicida, ningún pueblo se suicida”.

4.- “No olvidemos jamás, ni por un instante, cuidar esa base popular de apoyo a la revolución”

En la misma intervención ante la Asamblea Nacional, Chávez explicaba que no hubiera sido posible “lanzar ningún proyecto de ningún signo hace dos años”. “Había que comenzar limpiando el pantano y construyendo las bases”, decía más adelante.

Luego de referirse, entre otros asuntos económicos, a los esfuerzos dirigidos a recuperar los precios del petróleo, razonaba que en 2001 ya podía afirmarse que “tenemos bases no solo en lo económico, tenemos bases en la estructura política que aguantan el proyecto”, aludiendo en este último caso, por supuesto, a las profundas transformaciones políticas ocurridas con el inicio del proceso constituyente en 1999.

Pero tan o más importantes que las bases previamente referidas, “también en lo social las tenemos: un pueblo […]. Y eso es algo fundamental. Porque más que el petróleo y su precio, es importantísimo el nivel de la moral de nuestro pueblo. Ahí anda en las calles, ahí anda por todas partes, a pesar de que muchas veces ese despertar de nuestro pueblo es utilizado […] para tratar de hacer creer que es el pueblo contra el gobierno. ¡No! Ese pueblo está con su gobierno. Pero es un pueblo que no está callado, no es un pueblo oprimido […] Es un pueblo que tomó la calle, es un pueblo que marcha, es un pueblo que habla, es un pueblo que reclama, porque tiene derecho a hablar, tiene derecho a reclamar, y es un pueblo que incluso me grita: ¡Chávez! Y tiene derecho a gritarme, y yo tengo la obligación de pararme, oírlo, y preguntarle qué quiere. Así que tenemos una base social […]. Así como no podemos descuidar ni siquiera por un día el precio del petróleo […], así como no podemos descuidar el crecimiento económico […], no olvidemos, compatriotas, no olvidemos jamás, ni por un instante, cuidar esa base popular de apoyo a la revolución. Ni un segundo podemos olvidarla”.

Un aspecto que no puede pasar desapercibido, y que podría considerarse decisivo, es que Chávez consideraba a esa poderosa base popular como un bien político invaluable para toda la nación, sin distingo de parcialidades políticas. Lo que la moviliza “no es una fe ciega en el caudillo”, afirmaba. Tampoco “es una fe irracional en el Mesías. No. Es amor. Ahí despertó un amor. Y decía Martí, lo repito: Amor con amor se paga. Amemos a ese pueblo. Vamos por él y con él, a sufrir con él, entendamos su grito, entendamos su dolor, entendamos su pasión, entendamos su necesidad. Cuidemos. Pero tenemos una base social que no es de Chávez. No es de los movimientos políticos que apoyan e impulsan el proceso de cambio revolucionario. No. Es un bien para todos, incluyendo a quienes nos adversan. Algunos no entienden o no terminan de entenderlo. ¡Incluyendo a quienes nos adversan! Ese es un capital de todos”.

5.- “Lo nuevo trae genes de lo viejo”

Sentadas las bases para la transformación revolucionaria de la sociedad venezolana, algunas más sólidas que otras, correspondía trabajar para seguir fortaleciéndolas. “Porque hay que tener claro lo siguiente: así como todos nosotros tenemos en nuestros genes rastros a veces muy marcados de nuestros padres o abuelos, así como nuestros hijos tienen en sus genes rastros también de nosotros mismos, igual pasa con la transición: lo nuevo trae genes de lo viejo. Y a veces en los genes vienen virus, enfermedades muy viejas”.

Acto seguido, Chávez ilustraba: “Hace poco, por ejemplo, nosotros decidimos expulsar de nuestro movimiento a un grupo de diputados regionales que se incrementaron el sueldo […]. Y será expulsado de nuestras filas quien lo haga. Ahí hay que tener, por una parte, firmeza, mucha firmeza al respecto. Pero por otra parte, también conciencia de que eso siempre ha ocurrido así, de que es natural que ocurra, lo cual no significa que lo vamos a aceptar. No. Hay que combatir esos rastros y esos restos de lo viejo que se vienen en el vientre de lo nuevo”.

6.- “Paciencia infinita para no perder el rumbo”

Chávez insistirá en que hacer realidad un proyecto de transformación de largo aliento, no será tarea fácil. Así lo manifestó aquel 14 de enero de 2001: “Preparémonos, pues. El camino es largo. Será difícil. Siempre estaremos enfrentando obstáculos, campañas de difamación, de tergiversación de la realidad, pero esta revolución no tiene marcha atrás, ha entrado al siglo XXI a paso de vencedores y no hay marcha atrás”.

Así lo reiteró el 5 de octubre de 2001, desde el estado Barinas: “Invito a todos a que nos unamos, que pongamos lo mejor de nosotros, que nos pongamos nuestras botas de campaña bien amarradas, que nos pongamos esas armas de la razón y el coraje de la verdad, porque el camino es largo y difícil, y que nos vayamos a hacer la patria desde este año 2001 hasta el 2021 […]. Ahora, esto requiere mucha paciencia, hermanos. Porque es como que nosotros nos propongamos subir el Pico Bolívar, que tiene 5007 metros de altura. Y entonces, en este momento, bueno, hemos subido a lo mejor un metro, pero son 5007 metros. Y además sin muchas provisiones, además sin alimentos suficientes, además con ventarrones y nevadas, y por picos y farallones. Hay que armarse de una paciencia infinita para no perder el rumbo y para no cansarse, para no desfallecer” (4).

El 7 de junio de 2003, desde el 23 de Enero, en Caracas, advertía: “Esta batalla no ha terminado, pero para nada. Que nadie se equivoque. Esto apenas está comenzando. Repito, esta batalla es larga, yo los acompaño hasta el 2021 […] Esta batalla es de ustedes. Vayan preparándose bien, porque les vamos a entregar […] el testigo” (5).

7.- “La revolución comienza a tocar intereses de mucha gente con poder”

El mismo 5 de octubre de 2001, en un acto enmarcado en la lucha contra el latifundio, que iniciaba con bríos a partir de la reciente entrada en vigencia de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario, Chávez explicaba las razones parciales de las dificultades que entraña impulsar un proyecto revolucionario: “La revolución ha entrado en una fase mucho más difícil, y así lo digo y así lo aclaro, y así lo declaro. Mucho más difícil lo que viene ahora. Porque ahora se trata de la revolución económica y social, ya no solo de la revolución política que hemos hecho. En la revolución económica y social, entonces, es cuando la revolución comienza a tocar intereses de mucha gente con poder, aquí y fuera de Venezuela”.

Oteando el horizonte

Una vez que nos vimos alcanzados por el futuro (qué lejano nos parecía cuando Chávez hablaba de 2021), lo primero que habría que recuperar, allí donde corresponda, o preservar, allí donde no se haya perdido, es nuestra capacidad para otear el horizonte. Por dos razones.

En primer lugar, porque se nos ha impuesto la idea de que, veinte años después, todas las bases se han venido abajo, encontrándonos de nuevo, como si de una fatalidad se tratara, en el pantano histórico. Habrá que reconocer que, más allá de la idea, es el terrible peso de las circunstancias materiales el que se impone, aplastando voluntades. En segundo lugar, porque, aplastadas las voluntades, sin fuerza para levantar cabeza, pierde todo sentido cualquier idea de horizonte.

Pero incluso si fuera el caso que nos hallamos en medio de las ruinas de lo que alguna vez fueran bases más o menos sólidas, debemos identificar el punto más alto y, desde allí, iniciar la tarea de reconstrucción.

Por tanto, otear el horizonte vendría a ser quizá nuestra principal bandera en el tiempo presente. Una que no podemos bajar, bajo ninguna circunstancia.

Puntualicemos:

  1. Oteando el horizonte con mirada jánica podemos llegar a una conclusión crucial: en lo absoluto puede considerarse a la revolución bolivariana como un proyecto fracasado, sino como un proyecto inacabado. Un proyecto que fue concebido, desde el inicio, para realizarse en tres décadas y, quizá más importante todavía, que resultó indiscutiblemente exitoso no solo durante la década de plata, sino aun entrada la que, siguiendo a Chávez, ha debido ser la década de oro. Hay suficiente evidencia material al respecto, y también espiritual: son millones los testimonios que pueden respaldarla. Solo el obcecamiento de las elites, que ha encontrado terreno fértil en las terribles dificultades que hemos tenido que sortear las mayorías populares, en particular durante el último quinquenio, puede pretender borrar la realidad de un plumazo.
  2. Para garantizar la continuidad del proyecto inacabado, con notables éxitos parciales, y también para enfrentar con eficacia cualquier tentativa de elites orientada a borronear la historia y reescribirla a conveniencia, es indispensable reconocer los errores en los que ha incurrido el liderazgo bolivariano, tanto en el gobierno como en el partido, tras la desaparición física de Chávez, así como la evidente incapacidad para ofrecer soluciones a los graves padecimientos de la población. Si toda transición requiere de voluntad y racionalidad, hay que identificar y atacar allí donde, claramente, no se manifiesta ni voluntad ni racionalidad transformadora alguna, y de allí la impresión popular creciente de que dejó de estar claro el proyecto que guía los actos de gobierno, y de allí también la pérdida progresiva de fuerza.
  3. Deja de haber claridad sobre el proyecto estratégico cuando se decide bajar las banderas. Si estaba presente hace veinte años atrás, hoy ronda con mucha más fuerza el peligro del falso consenso, para decirlo en términos de Chávez. Ciertamente, los pueblos no se suicidan, pero cualquier pacto de elites, de las viejas y las nuevas, pueden asestarles un golpe casi mortal. El irrespeto de prácticamente cualquier opinión y crítica pareciera un claro indicio de mala conciencia.
  4. Respétese el derecho que tiene el pueblo de hablar, de reclamar, de gritar, y asúmase la obligación de escuchar. No es solo invitarlo: Ven, vamos juntos. Es fundamentalmente ir con él, sufrir con él. Entenderlo. Es cuidar una base popular que no es patrimonio de nadie o, dicho de mejor manera, es un bien político de todos. Es un capital de todos, que no tendría que ser usufructuado por ninguna fuerza política.
  5. Uno de los tópicos preferidos del discurso de elites es que, desde sus orígenes, la revolución bolivariana llevaba consigo los genes del fracaso, y que por tanto éste resultaba inevitable. En sentido estricto, no habría habido avance material y espiritual alguno durante la primera década de este siglo y parte de la segunda, sino un espejismo que solo hoy, cuando nos vemos obligados a lidiar con el desierto de lo real, podemos apreciar en su justa dimensión. Más allá de la mezquindad y el cinismo de elites, corresponsables de la situación presente, y en lugar de conformarnos con balances autocomplacientes, y mucho menos nostálgicos, tendríamos que poder identificar cuánto persiste entre nosotros de los genes de la vieja política, y cuándo se decidió dejar de combatir, si tal fuera el caso, los restos de lo viejo. Tarea que corresponde asumir, con particular énfasis, a las nuevas generaciones de políticos, que no por nuevas están exentas de reproducir las peores prácticas. Más bien podría decirse que todo lo contrario.
  6. Nadie dijo que sería fácil. Por tanto, ya basta de seguir enumerando dificultades, nada más que para utilizarlas como pretextos.
  7. Ahora que recién inicia la tercera década del ciclo bicentenario, definamos: o ésta es una revolución que, inevitablemente, en tanto que antepone los intereses de las mayorías populares, seguirá afectando los intereses de mucha gente con poder, con las dificultades que eso acarrea, o se siguen afectando los intereses de las mayorías populares porque se ha decidido que, para preservar el poder, es conveniente no afectar los intereses de mucha gente con poder. De alguna forma tendrá que resolverse el dilema. De eso dependerá, en buena medida, la naturaleza de las luchas que libraremos en el futuro.

Chávez decía que no le correspondía ver más allá de 2030. Nosotros asumimos la obligación de hacerlo. Tenemos la voluntad y también razones suficientes.

Referencias

(1) Hugo Chávez Frías. Aló Presidente N° 58. 14 de enero de 2001.

(2) Hugo Chávez Frías. Alocución en Sesión Especial de la Asamblea Nacional con Motivo de la Presentación del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación. 28 de septiembre de 2001.

(3) Hugo Chávez Frías. Intervención en almuerzo con periodistas extranjeros. 17 de octubre de 2003.

(4) Hugo Chávez Frías. Desde Sabaneta de Barinas. 5 de octubre de 2001.

(5) Hugo Chávez Frías. Discurso durante inauguración de Mercal en el 23 de Enero. 7 de junio de 2003.

Parlamentarias 2020: por el reencuentro de las mayorías con la política


Foto: Rome Arrieche. Caracas. domingo 6 de diciembre de 2020

I.-

Las elecciones parlamentarias de este domingo 6 de diciembre en Venezuela significan tanto la derrota como la despedida formal de los que muy probablemente sean los diputados y diputadas más radicalmente antinacionales de nuestra historia republicana, lo que es mucho decir, dada la larga tradición de políticos serviles a intereses foráneos.

Desde que asumieron el control de la Asamblea Nacional, en enero de 2016, al hacer los primeros amagos de aprobación de nuevas leyes, mostraron sus fauces: actuaban como un tropel desordenado, ansioso de revancha, deseoso de desmontar, pieza por pieza, el armazón jurídico que da soporte legal a varias de las conquistas sociales más sentidas por el pueblo venezolano, alcanzadas en revolución bolivariana.

Muy pronto se hizo evidente que no les resultaba suficiente con atacar cualquier vestigio de democracia participativa y protagónica: estaban más que dispuestos a saltarse las formas a las que obliga la democracia liberal. Habiendo podido elegir intentar capitalizar la victoria electoral recién alcanzada, erigiéndose como una institución que actuara como contrapeso del Ejecutivo, optaron por convertir al Legislativo en el menos independiente de los poderes, haciendo el papel de aspirantes a procónsules del soberano imperial estadounidense.

Toda la trama destituyente del último quinquenio fue parcialmente urdida, pero sobre todo ejecutada de manera entusiasta, podría decirse que con ímpetu fanático, por el partido antichavista con control de la Asamblea Nacional: es pública su participación en actos de violencia, en tentativas de golpe de Estado, en actos terroristas, culminando con la insólita autoproclamación como “presidente interino” del diputado Guaidó, y la amenaza expresa de una agresión armada extranjera contra la nación.

Si todo lo anterior sería demasiado en cualquier país del mundo, es todavía poco frente a las nefastas consecuencias de las exitosas gestiones realizadas por diputados y diputadas antichavistas, para acelerar y profundizar el cerco económico contra el país entero.

Foto: Rome Arrieche. Caracas. domingo 6 de diciembre de 2020

II.-

Semejante cuadro permite explicar parcialmente el índice de participación del 30,5 por ciento, según se desprende del segundo boletín oficial del Consejo Nacional Electoral, ofrecido durante la tarde de este lunes 7 de diciembre, con el 98,63 por ciento de las actas escrutadas.

En esta ocasión, la participación del electorado ha sido significativamente más baja que los dos comicios parlamentarios previos (74,17 por ciento en 2015 y 66,45 por ciento en 2010), ubicándose muy cerca del piso histórico establecido en 2005 (25,26 por ciento), año en que la oposición en pleno decidió boicotear el evento electoral.

A diferencia de 2005, esta vez una parte del antichavismo partidista decidió participar, logrando reunir el 28,15 por ciento de la votación, siempre según boletín del Poder Electoral. El indiscutible triunfador de la jornada ha sido la coalición encabezada por el PSUV, con 68,43 por ciento de los votos, mientras que las candidaturas chavistas agrupadas en torno a la tarjeta del PCV han alcanzado el 2,7 por ciento. Resta saber cómo se expresan estos porcentajes en cantidad de diputados y diputadas, pero todo hace suponer que el PSUV logrará una cómoda mayoría.

Foto: Rome Arrieche. Caracas. domingo 6 de diciembre de 2020

III.-

Las reacciones iniciales apuntan, fundamentalmente, en dos direcciones: de un lado, la derecha más rancia, que por presión o convencimiento ha acatado la línea dictada por Washington, de no participación en los comicios, apelando al manido recurso retórico del fraude electoral y pretendiendo erigirse en portavoz de la mayoría abstencionista; del otro lado, la vocería oficial del chavismo desestimando la poca participación y, naturalmente, reafirmando la legitimidad de su categórica victoria, que no puede ponerse en duda.

Al respecto, considero necesario reivindicar lo que se hizo tradición en revolución bolivariana: si algo debe prevalecer en las coyunturas post-electorales es la posibilidad de realizar análisis rigurosos, honestos y nada autocomplacientes sobre los resultados.

Si un índice de participación electoral que no es equivalente siquiera a un tercio del electorado no es interpretado como un llamado de atención popular, es porque la clase política venezolana tiene un grave problema.

Tiene un grave problema la derecha cipaya y destituyente que, tras su importante triunfo en las parlamentarias de 2015, optó por renunciar a la vía electoral para abrazar la causa del “cambio de régimen”, como quien decide postergar la realización de sus propias aspiraciones porque la prioridad es servir de instrumento para realizaciones ajenas. El resultado es el contundente rechazo de su propia base social y, por si fuera poco, el repudio popular mayoritario de las “sanciones” que ha promovido con tanto empeño.

Pero también tiene un grave problema el chavismo oficial cuando pretende hacerse el desentendido respecto del hastío por la política que ya se manifestaba nítidamente en ocasión de las parlamentarias de 2010 (1), y a propósito de la cual el comandante Chávez habló de la necesidad de repolarizar, repolitizar y recuperar; o cuando pretende ignorar que en las elecciones parlamentarias de 2015 el antichavismo logró, por primera vez, movilizar a un porcentaje de la base social del chavismo (2).

Hay que volver sobre 2010 y 2015, y detenerse en las lecciones políticas que nos dejaron o han debido dejarnos aquellas contiendas.

Por supuesto que también podemos hacer el ejercicio de retrotraernos a las parlamentarias de 2005, y trazar algún paralelismo, establecer algún contraste, pero me parece que las claves principales las encontraremos en la última década.

Hay una línea que va desde el hastío de 2010, pasa por el fenómeno de desafiliación política que se expresa en 2015, y llega a este diciembre de 2020 convertida en un fenómeno todavía difícil de nombrar, pero que se asemeja mucho a la indiferencia popular.

Ya habrá tiempo y espacio para seguir profundizando en esta hipótesis. En este momento solo apuntaría que es virtualmente imposible determinar qué es lo predominante: si el hastío, la desafiliación o la indiferencia.

Sobre el hastío por la política, he defendido la idea de que, si bien se trata de un fenómeno inquietante, es sobre todo un signo de vitalidad política. Hastío es desencuentro, contrariedad, enfado, disputa, diferencia, conflicto, y no debe confundirse con desilusión, desesperanza, decepción o desencanto (3).

La desafiliación política, en cambio, es lo que ocurre cuando el liderazgo político no es capaz de procesar con eficacia el hastío popular, reincidiendo en aquellas prácticas que las mayorías rechazan.

Si el hastío puede ser inquietante, y si la desafiliación política puede ser un campanazo que anuncia la posibilidad de una fractura del bloque histórico que hizo posible la revolución bolivariana, la indiferencia puede ser mortal (4). Nada más peligroso que el desinterés de las mayorías populares por la política, y la masiva incredulidad respecto de la clase política.

Un cuadro en el que predomina la indiferencia popular, y por tanto el cinismo como patrón de sociabilidad, es el peor de los escenarios, y puede ser la antesala de los peores experimentos políticos.

De manera muy sumaria, plantearía que no hay nada más importante que propiciar el reencuentro de las mayorías con la política, lo que implica que entre la clase política y las mayorías no puede mediar un abismo.

Foto: Rome Arrieche. Caracas. domingo 6 de diciembre de 2020

IV.-

En diciembre de 2015, tras las elecciones parlamentarias, resultaba casi una obviedad señalar que existía una relación de causalidad entre la guerra económica y la derrota del chavismo.

Entre 2014, primero de siete años consecutivos de crecimiento económico negativo, y este 2020, el chavismo ha resultado vencedor en seis de siete contiendas electorales de alcance nacional, incluida la elección de una Asamblea Nacional Constituyente. Durante el mismo período, la situación económica de las mayorías populares no ha dejado de empeorar progresivamente.

El punto es que no basta con repetir que, durante todos estos años, la economía nacional ha sido objeto de una brutal agresión, y tampoco sirve de consuelo reiterar que, pese a todas las adversidades, hemos logrado salir airosos en casi todos los comicios. No por tener un componente de verdad, este discurso resulta creíble para buena parte de la población: a la hora de los balances, concluye que es mucho más lo que hemos perdido, no por derrotista, sino porque le asiste una verdad del tamaño de un monumento.

Un discurso nada más que para entendidos no solo seguirá arrimando a la brasa del hastío y la desafiliación, sino que puede avivar la llama de la indiferencia.

Para que se produzca el reencuentro de las mayorías con la política habría que encarar con firmeza, audacia y valentía el tema de la economía. Reconocer el fracaso de políticas y medidas. Reorientar el rumbo. Hay que gobernar la economía, pero con y para las mayorías, no con las elites viejas y nuevas, insensibles al padecimiento popular.

Si la recién electa Asamblea Nacional no sirve para plantear estos asuntos, a nadie le extrañe que sean cada vez menos los oídos que escuchen lo que la clase política tiene que decir.

Caracas, 8 de diciembre de 2020

Referencias

(1) Reinaldo Iturriza López. Parlamentarias 26S: un análisis preliminar, en: El chavismo salvaje. Editorial El Colectivo. Buenos Aires, Argentina. 2017. Págs. 116-118.
(2) Reinaldo Iturriza López. Después del 6D: no hay chavismo vencido. 7 de diciembre de 2016.
(3) Reinaldo Iturriza López. El hastío por la política, en: El chavismo salvaje. Págs. 307-309.
(4) Reinaldo Iturriza López. La indiferencia por la política, en: El chavismo salvaje. Págs. 315-316.

Cuando parte un gigante como Maradona


La tarde del 25 de noviembre, cuando nos enteramos en casa de la muerte del Diego, una brisa fría recorrió todos los rincones, muy similar a aquella levísima ráfaga de viento que, aquella otra tarde del 5 de marzo de 2013, apagó la vela que teníamos encendida en la cocina, segundos antes de escuchar la noticia sobre la muerte de Chávez.

En aquella ocasión nos abrazamos, lloramos, y nos prometimos ser fuertes. Sabíamos que lo que venía no sería fácil.

La tarde de este miércoles no salíamos de nuestra incredulidad. La noticia nos agarró de sorpresa, con la guardia baja. Bajé a mi cuarto y encendí el televisor. Pensé en tantos amigos en Argentina, quise saber de ellos, les escribí a unos cuantos. El dolor de la patria chica, que era mi propio dolor, no se compara con el dolor de la patria grande. Sentí que debía acompañarles.

Desde Chávez yo no lloraba la muerte de alguien.

Maradona, pequeño gigante universal que tantas veces nos pareció de otro mundo, y que tantas veces hizo de este mundo un lugar mejor. El que no se olvidó de su villa. El que nos demostró que los poderosos pueden ser gigantes con pies de barro, que no es lo mismo que pararse firme en el mismo barro, como lo hacía el Diego, y gambetear, y correr y hacer maravillas. El que les marcó con los pies y una sola vez, cuando más se lo merecían, con la mano. El que fue convertido en Dios por las mayorías, no por sobrehumano, sino porque su existencia misma, su ejemplo, constituían una blasfemia para las minorías. El de las causas justas.

También, el que siguió apoyando incondicionalmente a Venezuela cuando el recato, las buenas maneras y la hipocresía volvían por sus fueros.

Es del Diego de quien estamos hablando. No es posible rendirle homenaje escamoteando verdades incómodas. Quiero decir, es verdad que hemos tenido la fortuna de vivir los tiempos de Maradona, de Chávez, de Fidel, pero qué difícil es despertarse a la mañana siguiente y darse cuenta de que ya no están físicamente. El mundo se nos dibuja más pequeño y, al mismo tiempo, más ancho y ajeno, como diría el peruano.

La misma tarde del miércoles, uno de mis amigos argentinos me escribía que sentía que había concluido el largo siglo XX. Tal era la dimensión del Diego. Me dio por pensar que el siglo XXI venezolano, que comenzó con la rebelión popular de febrero de 1989, había concluido demasiado pronto, aquel 5 de marzo.

¿Cómo definir la época que inicia tras la muerte de un gigante? ¿Está marcada por la inevitable orfandad? ¿Estamos condenados a vivir tiempos de soledades compartidas? ¿Su muerte es apenas el hito que nos recuerda nuestra insondable pequeñez? ¿Se supone que debemos renunciar a lo imposible y conformarnos con el posibilismo? ¿Es preciso olvidarnos del furor y abrasar la tibieza?

El detalle está en que nuestros gigantes no libraron épicas batallas para ganarse el favor de las mayorías. Si así fuera, el Diego se hubiera limitado a ser el insuperable, afamado e idolatrado jugador de fútbol que fue. Tampoco su grandeza radica en que nos invitaran a librarlas con ellos, haciéndonos sus fervientes seguidores.

Nuestros héroes fueron gigantes y son inmortales porque decidieron librar, junto con nosotros y nosotras, nuestras propias batallas, esas que libramos cotidianamente, y acompañarnos en nuestras victorias y derrotas.

Esa decisión de pelear juntos y juntas es la única capaz de conjurar la orfandad, la soledad, la pequeñez, la miseria de lo posible, la tibieza.  

Los pueblos no son irracionales. Los pueblos no se suicidan. Pelean siempre y, cada tanto, cuando las cosas les salen mejor, paren un Fidel, un Chávez, un Maradona. Y las minorías los odian como solo son capaces de odiar los que amasan privilegios, y los vilipendian, y celebran sus fracasos, y señalan sus defectos, y si tienen oportunidad les cortan las piernas. Pero los pueblos saben. Los pueblos no son tontos.

Cuando parte un gigante como Maradona, o como Fidel, o como Chávez, no importa tanto si su muerte marca el fin de una época, sino el hecho de que la vida continúa. Lo que importa es que, aunque no lo parezca, los pueblos siguen peleando, preparándose para ganar la próxima partida.

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Publicado originalmente en Nodal, el sábado 28 de noviembre de 2020

Reinaldo Iturriza: ‘Una parte importante del chavismo está reclamando ubicarse nuevamente en la cresta de la ola’


Foto: Orlando Monteleone

Por Federico Fuentes

Publicado originalmente en Links. International Journal of Socialist Renewal

La Ley Antibloqueo recientemente aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente ha generado un fuerte debate. ¿Cuáles son sus pensamientos sobre la ley y el debate en torno a ella?

Quizá lo primero que habría que apuntar respecto de la Ley Antibloqueo es que hay una línea de continuidad entre esta iniciativa y la Agenda Económica Bolivariana, de enero de 2016. 

En aquel entonces, en un contexto de severa contracción de la renta petrolera, que inicia en 2014, e inmediatamente después de la derrota del chavismo en las elecciones parlamentarias, en diciembre de 2015, el Gobierno se decide por una política de alianza con algunos sectores de la burguesía, por el diálogo con la burguesía más tradicional, representada por Fedecámaras, con la que sostendrá reuniones periódicas durante todo 2016, y apuesta por el fortalecimiento o la creación, incluso, de lo que concibe como “burguesía revolucionaria”. 

Se trata, sin duda, de un punto de inflexión del proceso bolivariano, y no precisamente por el hecho de sentarse a “negociar” con la burguesía, o con parte de ella, sino por todo lo que implica hacerlo en posición de desventaja. Reuniones con la burguesía, incluso con sus representantes más conspicuos, las hubo siempre, pero sin que estuviera nunca en entredicho la necesaria e innegociable función reguladora del Estado sobre el mercado, lo que significaba realmente mantener a raya al “sector privado”, sin negarle en ningún momento su espacio, para poder garantizar el acceso de las grandes mayorías populares al mercado.

Estando en posición de desventaja, resultaba no solo predecible, sino correcto, sensato y recomendable, retroceder algunos pasos, ceder algo de terreno, mientras se reordenaban fuerzas. No obstante, lo que ocurrió desde aquel momento se parece más a un repliegue desordenado que a cualquier otra cosa. 

En primer lugar, parece haber prevalecido una subestimación de la propia fuerza: más allá de lo que podía percibirse en la calle (por ejemplo, la victoria del antichavismo en las elecciones parlamentarias no fue celebrada popularmente, más bien todo lo contrario), y desde el punto de vista estrictamente electoral, el chavismo seguía representando un macizo cuarenta por ciento del país. Y mucho más allá de lo electoral, tal y como lo ha demostrado hasta el tiempo presente, constituía una fuerza capaz de lidiar con un entorno abiertamente hostil, y de sobreponerse a las más duras dificultades. 

En segundo lugar, comenzaron a hacerse públicas las opiniones de algunos altos funcionarios y dirigentes, favorables a ponerle marcha atrás a la nacionalización de algunas actividades petroleras, por ejemplo, o contrarias a las satanizadas expropiaciones. El hecho decisivo de que el liderazgo político decidiera no plantear o convocar un debate nacional sobre la eventual necesidad de hacer un viraje significativo en la orientación estratégica de la política económica, aportó a la percepción de que se trataba de opiniones aisladas; inconcebibles hasta entonces, eso sí, lo que sugería que algo más grueso se podía estar fraguando a puertas cerradas, pero aisladas al fin.

No obstante, hoy resulta relativamente sencillo concluir que aquellas opiniones encarnaban el signo de los nuevos tiempos: tal parece que algunas líneas de fuerza que, dentro del chavismo, y por la razón que fuere, miraban con recelo el radicalismo implícito en el horizonte estratégico delineado en el Plan de la Patria, se habían convencido de que, junto a las graves dificultades económicas y el reflujo popular, su tiempo había llegado. La pésima gestión de algunas empresas públicas, la corrupción, pero también la deliberada desinversión, sumado a la profunda desconfianza en el pueblo organizado, circunstancias todas que precedieron a la Agenda Económica Bolivariana, contribuyeron a posicionar la idea de que, por ejemplo, resultaba indispensable establecer “alianzas estratégicas” con sectores de la burguesía para salir del atolladero.

El problema, debo insistir, no son las tales “alianzas estratégicas”, que seguramente, en determinados casos, eran necesarias o convenientes. No se trata de una cuestión de principios. El problema, realmente, es que en muchos casos se decidiera por la desinversión: por el abandono de bienes públicos con la finalidad de privatizarlos. Lo que debemos tomar en cuenta es que desinvertir presupone, lógicamente, la posibilidad de invertir, de apostarle a seguir invirtiendo en lo público. Desinvertir es una decisión política, no la consecuencia inevitable de la mala gestión. De hecho, en muchos de estos casos (todavía no es posible saberlo, porque el proceso se ha caracterizado por la opacidad) seguramente era todo lo contrario: la mala gestión pública era la consecuencia inevitable de la desinversión, así como de la corrupción. En todo caso, lo central aquí es que la decisión ha podido ser corregir los problemas de gestión y garantizar la propiedad pública de estos bienes.

¿Se trataba de una política de Estado: desinvertir para luego privatizar? No lo creo. Como tampoco era una política de Estado el desalojo violento de campesinos y la devolución de la titularidad de las tierras a terratenientes, o la falta de apoyo a las experiencias comuneras, o la judicialización de trabajadores, o los férreos obstáculos a iniciativas extraordinarias, como la del Ejército Productivo Obrero. Me parece que no fue así como se desarrollaron los acontecimientos. Pero sin duda alguna estábamos en presencia de un patrón de actuación, apuntalado por algunas líneas de fuerza con importante presencia en los distintos niveles de gobierno, no solo nacional, sino también regional y local.

Pero si la desinversión no era una política de Estado, las “alianzas estratégicas” sí lo son, fundamentalmente a partir de 2016, con la Agenda Económica Bolivariana. En la medida en que, a pesar de haberse levantado todos los controles sobre el mercado, la situación económica ha venido agravándose (brutal desvalorización del trabajo, hiperinflación, dolarización de facto), en tanto que las “sanciones” criminales suponen el estrangulamiento del cuerpo económico de la nación (sobre todo después de los golpes arteros contra PDVSA en 2017), y dado que el ingreso nacional ha disminuido de manera abrupta, lo más “lógico” pareciera ser insistir, ahora con más razón, en las alianzas con el “sector privado”, nacional y transnacional, para reactivar la economía.

En ese contexto debe entenderse, a mi juicio, una iniciativa como la Ley Antibloqueo. De hecho, el artículo 18, relativo al destino de los recursos generados a partir de su aplicación, establece que uno de sus objetivos es “el estímulo e impulso de los motores económicos productivos de la Agenda Económica Bolivariana”, además de prever mecanismos que pudieran hacer posible “la captación de inversión extranjera, sobre todo a gran escala” (artículo 20), la posibilidad de “modificar los mecanismos de constitución, gestión, administración, funcionamiento y participación del Estado de determinadas empresas públicas o mixtas” (artículo 26), la implementación de “medidas que estimulen y favorezcan la participación, gestión y operación parcial o integral del sector privado nacional e internacional en el desarrollo de la economía nacional” (artículo 29), la “incorporación urgente” en el proceso productivo, mediante “alianzas con entidades del sector privado, incluida la pequeña y mediana empresa, o con el Poder Popular organizado” de “activos que se encuentren bajo administración o gestión del Estado venezolano como consecuencia de alguna medida administrativa o judicial restrictiva de alguno de los elementos de la propiedad” (artículo 30), entre otros.

Dicho esto, es claro que cualquier venezolano o venezolana está en su pleno derecho de discutir ésta o cualquier otra iniciativa legal o acto de gobierno, de exigir que sus proponentes expliquen con mucha claridad cuál es el propósito que persigue, y estos últimos están en la obligación de aclarar cualquier duda que pudiera surgir. Es decir, la duda no tiene por qué ofender a nadie. En todo caso, el liderazgo político debería comenzar por comprender que la opacidad que ha caracterizado la actuación gubernamental en materia económica ha sido un craso error.

Mucho más allá de la Ley Antibloqueo, suerte de colofón del giro gubernamental en materia económica iniciado alrededor de 2016, creo que hay pocas cosas más importantes que someter a balance crítico la Agenda Económica Bolivariana. Y no me refiero a un balance entre especialistas, a una reunión a puertas cerradas, a un sofisticado ejercicio de introspección, a un torneo de retórica, a la antesala de futuras tesis académicas, a una discusión interminable, estéril e incluso melancólica sobre lo que se hizo, lo que no se hizo o lo que pudo haberse hecho. Lo que se hizo, hecho está. Hablamos de hechos consumados, lo que también quiere decir, por cierto, que ya no tiene mucho sentido seguir adoptando el tono de advertencia, que fue lo que tantos y tantas hicimos durante estos años.

Vistos los resultados, hay sobradas evidencias de que, buscando una salida, nos hemos adentrado aún más en el laberinto. Si lo que tuvo lugar fue un repliegue desordenado, lo que correspondería es reordenar fuerzas para estar en capacidad de volver caras. No volveremos al punto en el que nos encontrábamos la víspera de 2016. La historia no transcurre de esa manera. No solo no es posible, sino tampoco deseable. Deseable es asumir que se eligió entre varios caminos posibles, y en tanto que los resultados están lejos de haber sido favorables para las mayorías populares, tiene que ser posible y deseable elegir uno nuevo. En revolución siempre.

Ese camino tiene como norte, a mi juicio, una sólida y robusta propiedad pública, lo que no desdice, debo insistir, del espacio que siempre le ha sido garantizado al capital privado, pero cuyos intereses y margen de maniobra deben tener un límite, y ese límite lo define el interés nacional, social, colectivo. Como decía Chávez en su Aló Presidente Teórico No. 2: “Nosotros defendemos la propiedad, pero no la propiedad burguesa, [sino] la propiedad social, la propiedad del pueblo… la propiedad honesta, la propiedad de tu trabajo, la propiedad de tu vivienda, la propiedad de ti mismo, la propiedad de tus bienes personales, la propiedad familiar, la propiedad comunal. Esa es la propiedad que nosotros defendemos, no la grosera propiedad de los burgueses que se quieren adueñar de todo”. Esa es la propiedad que tenemos que seguir defendiendo. Ese tendría que ser el punto de partida.

Parecería que están apareciendo divisiones dentro del chavismo. Por ejemplo, hemos visto la formación recientemente de la Alternativa Popular Revolucionaria, que incluye quizás a dos de los aliados más grandes del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) junto con algunos otros movimientos populares. Están postulando candidatos en contra del PSUV y han lanzado algunas críticas fuertes al Gobierno. ¿Cómo podemos entender estas divisiones y los debates que ocurren entre partidos y movimientos revolucionarios?

Alguna gente podría sentirse tentada a concluir que la Alternativa Popular Revolucionaria (APR) es el típico caso de fuerzas de ultraizquierda que, haciendo gala de su característica desubicación histórica, terminan siendo funcionales, aquí y ahora, a la estrategia imperial de “cambio de régimen”, corriendo al Gobierno por izquierda en un contexto de brutal asedio político y económico, es decir, de la manera más inoportuna, y contribuyendo a la suicida dispersión de fuerzas. Creo que no es correcta esta valoración.

En primer lugar, difícilmente pueda catalogarse de “ultraizquierdistas” a las fuerzas que confluyen en la APR: Partido Comunista de Venezuela (PCV), el grueso de Patria Para Todos (otra parte se ha alineado con el Gobierno), y otras organizaciones más modestas, con presencia fundamentalmente regional o local. En segundo lugar, la dispersión de fuerzas precede a la iniciativa de conformación de la APR, y guarda relación directa, entre otras cosas, con el sectarismo que ha caracterizado al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). En tercer lugar, y esto es quizá lo más importante, no creo que la APR constituya una “amenaza”, en el sentido de poner en riesgo una eventual mayoría de fuerzas chavistas en la futura Asamblea Nacional. Hay que recordar que, aun cuando algunos de ellos han inscrito candidaturas, todo indica que los principales partidos opositores acatarán la línea impuesta por el gobierno estadounidense, que es la abstencionista. Al contrario, creo que la existencia de la APR puede motivar a mucha gente chavista que, por la razón que fuere, no desea votar por la tarjeta del PSUV, y mucho menos por algún partido de la oposición, y en tal sentido puede contribuir a reducir la abstención, que es uno de los principales objetivos de las fuerzas patrióticas de cara a las elecciones parlamentarias; además, obviamente, de recuperar la mayoría en una institución del Estado que, en manos del antichavismo, fue puesta al servicio de intereses claramente contrarios a la nación.

De hecho, me atrevería a afirmar que si no fuera por el servilismo sin límites de los principales partidos antichavistas, que los ha privado de la libertad de definir soberanamente su estrategia política (lo que los ha hecho encajar una derrota electoral tras otra a partir de 2017), una iniciativa como la APR sería inconcebible. En otras circunstancias, y más allá de diferencias programáticas, estoy seguro de que las fuerzas políticas chavistas, o al menos la mayoría de las que integran la APR, hubieran encontrado la fórmula de la unidad electoral.

Amenaza real, en todo caso, es el sostenido esfuerzo del gobierno estadounidense de deslegitimar las elecciones en nuestro país, y su pretensión de bloquear cualquier posibilidad de salida política y electoral, pese a lo cual, como es correcto, aquí se siguen celebrando elecciones como manda la Constitución.

La APR, en cambio, puede ser una iniciativa que contribuya, al menos, a destrabar un poco la discusión pública sobre los problemas fundamentales del país real. Ni siquiera se trata, en este momento, de determinar si los compañeros y compañeras de la APR tienen razón respecto de tal o cual asunto, sino de crear y multiplicar canales de interlocución política que le permitan al pueblo venezolano expresarse, interpelar, demandar, organizarse incluso. Esos canales han venido reduciéndose, y ese es un proceso que es necesario revertir.

Muchas personas que no hacemos parte de esa iniciativa política abrigamos la esperanza de que no se trate de una alianza puntual en torno a lo electoral, que es siempre un riesgo, sino de la antesala de una plataforma que aglutine fuerzas que vienen actuando de manera desarticulada, lo que les resta mucha eficacia política. 

Lo electoral es un momento. Muy importante, por supuesto, pero es solo un momento. Si la tarjeta del PCV obtuviera menos votos de lo esperado por quienes promueven la APR, eso no tendría por qué conducirlos a abandonar el esfuerzo de articulación política. Caso contrario, de obtener un significativo caudal de votos, eso no debería ser traducido como un apoyo expreso e incondicional a la APR. Tal vez haya mucho de rechazo al PSUV.

Por otra parte, me parece importante precisar que la mayoría del pueblo chavista que votará en las parlamentarias lo seguirá haciendo por el PSUV. Respecto de este punto, creo que los compañeros y compañeras de la APR deben hilar muy fino y ser muy cuidadosos en el análisis. Porque si algo no se puede hacer en política revolucionaria es menospreciar a la gente. Hay que asumir que si mucha gente votará por el PSUV, lo hará por razones absolutamente legítimas, y no porque actúa como rebaño que es conducido al matadero, que dicho sea de paso ha sido siempre el discurso del antichavismo. No lo hará por una bolsa de comida, como afirma la derecha, sino porque, para decirlo en términos muy gruesos, considera que la mejor opción sigue siendo, pese a todo, votar por el partido de Chávez. ¿Eso qué significa? Hay que hacer el ejercicio de responderse esa pregunta. Por mi parte, descarto de entrada cualquier respuesta que apunte en la dirección de señalar de ignorante al pueblo que vota por el PSUV. 

Ese es, por cierto, el problema de parte importante del liderazgo del PSUV: creer que la política, y más en tiempo de elecciones, se reduce al clientelismo y al asistencialismo, y que tales prácticas, que suscitan un profundo rechazo popular, bastan para ganarse el respaldo de la gente.

Hay una cuesta muy empinada que remontar. Hay que retomar los fundamentos de la política revolucionaria. El pueblo trabajador que vota por el PSUV, lo mismo que el pueblo que está decidido a no votar, como el que votará por el PCV, incluso el que votará por la oposición, pertenece a una misma clase. Hay que hacer política para la clase trabajadora, con la clase trabajadora, no importa con qué partido se identifique o si no se identifica con ninguno, como es el caso de mucha gente actualmente.

El chavismo, en el momento de su fragua histórica, hace más de veinte años, fue mucho más allá, y forjó una alianza policlasista, cuyo centro de gravedad fue precisamente la clase trabajadora, y en particular eso que Chávez llamaba, a comienzos de los 90, “clase marginal”, que son los pobres que trabajan, pero cuyo trabajo no les garantiza lo mínimo suficiente para la reproducción de la vida. Luego de reducirse significativamente durante la primera década de este siglo y parte de la presente, esa fracción de clase ha vuelto a ser mayoritaria. Sin embargo, no hace resonancia con ninguna fuerza política partidista. Se sienta huérfana de liderazgo, se percibe a sí misma como en un callejón sin salida. El antichavismo es sencillamente incapaz de identificar esa realidad. Su origen de clase se lo impide. Allí es donde tenemos que hacer política nosotros y nosotras.

¿Cuál es la situación actual del chavismo? ¿Cómo está la relación entre este movimiento y el Gobierno, particularmente a la luz de las recientes protestas que hemos visto en áreas que tradicionalmente han votado por Chávez y Maduro? ¿Cómo ves la dinámica entre movimiento y Gobierno en la coyuntura actual?

Alfredo Maneiro apelaba a la figura del “agua mansa” para referirse al lugar que ocupa el pueblo venezolano que se prepara para eclosionar, es decir, para convertirse en esas “gotas de agua que están en la cumbre de la ola”. Eso lo decía por allá en 1982. 

Pues bien, las mayorías populares eclosionaron varias veces desde entonces, con mayor o menor intensidad: durante la rebelión popular del 27F de 1989; en 1992, convertido en pueblo militar; en 1994, al salir Chávez de la cárcel y hasta llevarlo a la presidencia, en 1998; en 2002, cuando el contragolpe popular; y así sucesivamente. Por supuesto que esto del “agua mansa” puede interpretarse de distintas formas y, visto desde una perspectiva histórica de más largo alcance, quizá lo correcto sea hablar de una gran eclosión en 1989, y de una mar embravecida a partir de ese acontecimiento, con unas cuantas coyunturas de relativa calma, pero estando el pueblo con frecuencia en la cresta de la ola.

Pienso que atravesamos por una de esas coyunturas en que volvemos a ubicarnos en el “agua mansa” o, para seguir con Maneiro, en el “seno” que separa la ola más reciente de la que vendrá.

En esta coyuntura en particular hay una suerte de clausura de la política. En primer lugar, diría, porque el antichavismo le ha apostado muy fuerte a la antipolítica. Ese es un hecho decisivo. El grueso de la oposición venezolana, y no me refiero solamente a su clase política, se ha caracterizado por ser extremadamente desleal y antidemocrática. A comienzos de 2014, muy poco después de la desaparición física de Chávez, y cuando la situación política y económica del país todavía era relativamente estable (lo que no es un dato menor), su facción más extrema volvió a apostarle a la vía confrontacional y violenta, que había abandonado diez años antes, después de sucesivas derrotas. Luego, a comienzos de 2016, y con el control de la Asamblea Nacional, “prometieron” al país que harían lo necesario para deponer al Gobierno en un lapso no mayor de seis meses, es decir, por vías no legales. En 2017 arreciaron las diligencias para endurecer el asedio económico contra la nación, ya en un contexto de severa crisis económica y, de nuevo apostando a la violencia, lograron poner al país al borde de una guerra civil. En 2018 se produce un intento de magnicidio. En 2019, como es sabido, un diputado hasta entonces desconocido se autoproclama presidente, y hacen llamados abiertos al golpe militar y a la intervención militar estadounidense y de gobiernos vecinos. Más recientemente, tiene lugar una frustrada incursión paramilitar por las costas venezolanas. En el ínterin, varios planes de golpes de Estado son develados, se producen ataques armados a instituciones del Estado, a fuertes militares, se multiplican las “sanciones”, etc.

Si bien en las presidenciales de 2013 la oposición estuvo más cerca que nunca de llevarse la victoria, y pese a haber triunfado en las elecciones parlamentarias de 2015, lo cierto es que durante los últimos seis o siete años no ha hecho otra cosa que desperdiciar el capital político que hubiera podido acumular. Ensoberbecida, convencida de que, en ausencia de Chávez, hacerse con el poder era algo que estaba a la vuelta de la esquina, a costa de lo que fuere; apoyada incondicionalmente por el imperialismo yanqui y, más que apoyada, haciendo el papel de muñeco de ventrílocuo de Washington; animada por el desplome de los precios del petróleo y confiada en su capacidad de aprovechar su posición de dominio sobre la economía nacional; enceguecida por el deseo de revancha; favorecida irrestrictamente por las transnacionales de la información; entusiasmada por el avance de la derecha continental, la oposición venezolana terminó aplicando, de hecho, una política de tierra arrasada, contribuyendo decisivamente a lo que en otra parte he caracterizado como desciudadanización de la sociedad venezolana, sobre todo a partir de 2017, cuando el ciudadano común, lejos de sentirse a las puertas de la “liberación” del país, tenía miedo de salir a la calle, algo que no había experimentado desde, precisamente, los días posteriores al 27F de 1989, cuando el Estado masacró a miles de venezolanos y venezolanas.

Analizado en retrospectiva, y a muy grandes rasgos, puede verse cómo, tras cada fracaso, la oposición ha respondido no replanteando su estrategia, sino doblando la apuesta, de manera cada vez más violenta.

Lo anterior no es un memorial de agravios. Son datos de contexto sin los cuales es imposible comprender por qué, pese a la profunda inconformidad con el Gobierno nacional, al margen de toda la responsabilidad que recae sobre éste, a las clases populares les resulta tan difícil percibir a la oposición como una alternativa real.

Dicho de otra manera, no se trata tanto de que la oposición venezolana haya sido incapaz de trazar una estrategia acertada, que le permitiera encontrar soluciones políticas a los “problemas” del país, para decirlo de manera eufemística, sino de que su estrategia ha consistido en conjurar cualquier solución política. Ella misma es un gran problema.

Volviendo a lo que planteaba sobre la clausura política, y en segundo lugar, tenemos a un Gobierno que sin duda alguna ha tenido el mérito de resistir los sucesivos embates violentos a los que acabo de referirme y, pese a todo, mantenerse en el poder, pero teniendo que pagar un altísimo costo en términos estratégicos, asunto sobre el que ya me referí en extenso en la respuesta a la primera pregunta.

Si tuviera que resumir el profundo impacto que esta situación ha suscitado en el campo popular, diría que viene produciéndose un fenómeno masivo de desafiliación política, al punto de que, actualmente, a mi juicio, la identidad política mayoritaria vendría a ser lo que podría denominarse chavismo desafiliado: predominantemente hombres y mujeres entre los veinte y los cuarenta años, pertenecientes a las clases populares, cuyo horizonte material y espiritual se ha ido estrechando en la medida en que se ha agravado la crisis económica, parte de los cuales decidieron emigrar, que incorporaron los valores o hicieron suyas muchas de las ideas-fuerza de la cultura política chavista, pero que no por eso se reconocen en su actual liderazgo, ni en sus símbolos, ni en su gramática, ni en el Gobierno, ni en el PSUV. Esa es, al menos, mi hipótesis de trabajo, y siempre cabe la posibilidad de que esté equivocado.

También cabe la posibilidad de no pensar en estos asuntos, por considerar que sería inoportuno, y conformarnos con una imagen más bien estática del chavismo, es decir, con la imagen más confortable de lo que fuimos, y refugiarnos en la tranquilidad de ánimo que viene aparejada a las certezas políticas, pero en tal caso creo que estaríamos incurriendo en una grave equivocación. Porque la verdad es que son tiempos de incertidumbre para las mayorías, de “agua mansa”, de mutación del alma popular.

Si muta el alma popular, ¿por qué el chavismo habría de permanecer estático, inconmovible? Lo más irónico es que la misma existencia del chavismo desafiliado, si acaso nos permitiéramos pensar en la eventual validez de esa hipótesis, daría cuenta de que parte importante del mismo chavismo, lejos de envejecer mal, está reclamando su lugar en el presente, y su derecho, en un futuro que esperemos no sea tan lejano, a ubicarse nuevamente en la cresta de la ola. 

The Wild and the Disaffected: A Conversation with Reinaldo Iturriza


By Cira Pascual Marquina – Venezuelanalysis.com

You have developed a creative reading of the Chavista identity over the years. Could you tell us something about this?

First, there is what is laid out in the El chavismo salvaje book, which basically gathers writings that go from 2007 to 2012. Among other things, it is a first attempt at identifying the tensions within Chavismo, an effort to present the logic of the different lines of force that traverse the movement, how they are expressed in practices, etc.

Writing these texts involved some abstraction in the attempt to capture the real movement – it was a dizzying exercise –, but at no point did I intend to position myself as an observer of Chavismo “from the outside.” On the contrary, these are militant writings. At that time I considered it imperative to explain what we had learned, what we had been, and where we were as a movement. It required working in two registers: on the one hand, recording what the experience of the Bolivarian Revolution meant to us; on the other hand, we had to construct a story outside of the propaganda, not make concessions to self-indulgent approaches.

The very concept of “wild Chavismo” is far from being a mere metaphor or attempt to provoke. What I pinpointed then is that there was an attempt to “brutalize” [brutalizar] Chavismo (in fact this is one of the founding practices of anti-Chavismo), but there was another attempt aimed at “stupefying it” [embrutecer] – this latter would become a characteristic of what I call “officialism” in my reflections.

Nonetheless, I highlighted that civil service, for example, was not by definition officialist, and that it is also possible to reproduce an officialist logic inside the grassroots movement. In synthesis, I tried to problematize the question of power, of its exercise, and also the question of the state and its institutions.

In the book [El chavismo salvaje], I raised issues of this kind and left open, as is inevitable, many questions. It was a starting point. From then on, I have tried to go deeper into some of these issues, while other themes have emerged.

In 2017, I wrote an essay (still unpublished): Chávez, lector de Nietzsche [Chávez, Reader of Nietzsche]. During the last years of his life, Chávez was a committed and unprejudiced reader of Nietzsche. And, as one would expect from a man like Chávez, his were not mere philosophical cavilings.

The Nietzsche readings, with others, inspired some major decisions. In fact, Chávez’s “Commune or Nothing,” the famous slogan, was born, at least in part, from Chávez’s peculiar and very heterodox reading of Nietzsche. Finally, in line with the analysis initiated in El chavismo salvaje and taking as a reference Gilles Deleuze’s interpretation of Nietzsche, I suggested that there was an “active” Chavismo that would set itself apart from “reactive” Chavismo.

In 2018 I wrote another book (also unpublished), La política de los comunes [Politics of the Commons], in which I collected some already published texts on the communal question in Venezuela. Among other things, I attempted to demonstrate that Chavismo breaks with the political culture of Acción Democrática [the social-democratic party that ruled for many years in Venezuela]. In other words, I argued that although there is a clear line of continuity between Accion Democratica’s political culture and that of Chavismo, what distinguishes the latter is precisely its singularity.

What does the singularity of Chavismo consist in? When is it born? A real “epistemological rupture” – as Chávez would call it – occurred in the 1990s when a young Bolivarian military contingent “discovered” the idée-force of participative and protagonist democracy. We were in the presence of a full-fledged theoretical and political event: by gravitating around this idea, revolutionary politics in Venezuela would never be the same. It marks a before and an after. I do not think I am exaggerating when I say that the Bolivarian Revolution becomes possible with this breakthrough. It changed everything and, in particular, the way of relating to the popular subject.

More recently, in 2019, I wrote a series of articles called Radiografía sentimental del chavismo [Sentimental X-ray of Chavismo], and I began to work on a line of research that I called Cuarentena [Quarantine]. The latter has nothing to do with the coronavirus pandemic, but with the fact that, in 2017, the most reactionary anti-Chavista lines of force became fervent promoters of the total economic blockade against Venezuela – a “quarantine” to contain and eradicate the “contagious disease” that is Chavismo.

Radiografía is an update of the analysis that I began in El chavismo salvaje. For example, what I identify in Radiografía as “disaffected Chavismo” is the most contemporary expression of wild Chavismo which, as far back as 2010, has been fed up with “dumb politics,” with the aggravating factor that [in recent times] this phenomenon of disaffection has become massive.

In Cuarentena I tried to identify the conditions triggering the phenomenon of political disaffection by delving into an area which I had not paid enough attention to until then: the economy. More than a pending issue at the personal level, I’m thinking that this – understanding the economy – is a pending collective task.

To give you an example, we have to understand the class composition of Venezuelan society today. But more than a snapshot of the current historical situation, I think we should understand the evolution of the class structure in Venezuelan society since the 1970s. Until we begin to gather such basic and crucial information, we will be condemned to repeat the same old generalizations about “oil rentierism,” “post-rentierism,” and other vague analyses.

Have you come to any conclusions from your recent research and thinking?

Some of my working hypotheses right now are the following. First, there is a close relationship – not mechanical but not casual either – between the emergence of the first revolutionary cells within the Venezuelan Army in the 1980s, and the growing informality and unemployment of the time.

Second, there is documented evidence of the strategic insight of the Bolivarian military regarding what would have to be the backbone of the revolutionary subject in Venezuela: those who as early as 1993 Chávez identified as the “marginal class,” fundamentally made up by what some scholars call the “sub-proletariat,” which is the fraction of the proletariat most affected by the economic crisis: they are the poor who work, but those whose work does not guarantee the minimum conditions for the reproduction of life.

Third, the support of this sub-proletariat turned out to be decisive in Chávez’s 1998 electoral victory, and that support became even more decisive in the resistance against each and every one of the attempts to overthrow the Bolivarian Revolution, including Chávez’s extraordinary victory in the 2004 recall referendum.

Fourth, the social, economic, and cultural policies advanced during Chávez’s presidency had, as a fundamental purpose, improving the material and spiritual conditions of this class fraction.

Fifth, Chávez’s effort to build a popular and democratic hegemony had this class fraction as its center of gravity: its aspirations and demands, but also its organization; this perspective is key to understanding the creation of the communal councils and, later, the communes.

Sixth and finally, the 2015 parliamentary defeat rang an alarm bell, warning us of a fracture in this popular hegemonic construction.

I think that, with sufficient information at hand, it is possible to demonstrate that this sub-proletariat is the economic (and no doubt political) correspondent with that which I have called “wild Chavismo.” Once we have undertaken a rigorous, detailed analysis of the evolution of Venezuelan society’s class structure during the last decades – something that, as I said before, is a pending task – I believe we will be in a better position to confront the challenges that face us today. The question of wild Chavismo today – for the most part, a disaffected bloc – is also the question of the sub-proletariat. The answer to this question would give us fundamental clues about how to proceed in reconstructing a popular democratic hegemony.

Can we contrast what you call “wild Chavismo” – its desires and aspirations – with the government’s way of doing politics? I am aware that we need to take into account all the external factors that condition Venezuelan politics, but I want to focus on its day-to-day modus operandi in the country.

It is practically impossible to reflect on the daily practice of governing here without taking these external factors into account. If there is something that overdetermines our daily life, it’s precisely the US economic blockade that weighs on the whole of Venezuelan society.

The effects of the blockade are almost unspeakable. It produces suffering, stress, anxiety, fear, anger, distrust, and death. To that, we should add uncertainty and the narrowing horizon that the pandemic produces. We are talking about an experience that is difficult to explain to people who have never had to suffer through such a criminal blockade.

Additionally, wherever the imperialist story is effective, we can observe what Walter Benjamin would call “empathy with the winner.” This translates more or less as follows: if in Venezuela we are going through such a historical crisis, it must be because we deserve it. This idea expresses itself in different ways, including the convoluted discourse about the existence of a “dictatorship,” “regime,” and so on.

There is empathy for the winner for two reasons. First, there is the logic of the executioner’s accomplice – in this case, the most lackey-like anti-Chavistas. Second, there are those who fear experiencing a similar blockade, which keeps people from raising their heads and encourages them to either look away or even turn against their own neighbors, to employ Benjamin’s terms.

This brings us to another difficult question: have the Venezuelan people been defeated?

Well, anyone could say I’m wrong, and they would likely come up with convincing arguments, but my answer is no. I do not think the Venezuelan people have been defeated. One of my reasons for saying this is my deep conviction that an important part of the population– even as it struggles with the harmful effects of the blockade – has preserved a margin of maneuver. In other words, our destiny is still in our hands.

What I observe is that, for a large sector of the population, the blockade is not seen as an inexorable fate: it is a crime that produces deprivation and death, but it is not inevitable. It is because they see it this way that so many people of all walks of life strongly reject the typical official story that the root of all our suffering is to be found in the blockade. In fact, the worst thing we can do now is to take an event as serious as the blockade and turn it into a pretext.

The problem with this way of thinking is that it exonerates those with government posts from assuming responsibilities and, worse still, it frees the society as a whole from responsibility. It’s a discourse that turns us into victims that have to be protected or, in another reading, we only have the obligation to “resist” – preferably without too much complaining. There is a false epic attitude in this story and also a lot of fatalism.

Should the Venezuelan government cease to fulfill its obligation to protect the population? Of course not. Has everyone in the government adopted this story [of the blockade exonerating them of responsibility]? I don’t think so either, but the story is gaining ground.

To me, it seems evident that there is a crisis in the Bolivarian narrative. How can we overcome it? By keeping in mind two elements: on the one hand, the blockade, the effects of unilateral coercive measures, and the imperial siege; on the other hand, our margin of maneuver, the alternatives we have, what we can do. To do this, however, there must be confidence in the collective spirit – which is to say, one must trust the popular subject which, at the end of the day, is what made the Bolivarian Revolution possible.

Does this mean that each and every one of the government’s decisions must be debated publicly in an assembly? Clearly not. But it is also evident that the “there is no alternative” discourse cannot become a practice every time that people question decisions or express disagreements.

If the “there is no alternative” principle of politics were to become normal, we could just as well turn off the lights and close shop. We should understand the consequences of closing the door on the people that Chávez politicized. In fact, it is one of the reasons why there are so many disaffected people – people who have come to not expect anything from Chavismo or from the opposition. This is the fact that should concern and occupy us, and not the fact that many are expressing their dissent… Dissent, at the end of the day, is actually a sign of political vitality!

Throughout the Bolivarian Process, there has been a sometimes tense relationship between institutions and the popular movement. For many years, this tension was productive and positive, but now we are witnessing fissures in the political bloc. What is going on?

I think that what we call the popular movement has to be profoundly self-critical. It’s not enough to understand that what you correctly call a “positive tension” has degenerated into something that is quite close to outright antagonism.

Some dismiss the matter by saying that this situation is just an expression of class struggle inside the movement. Even worse, however, are those who are oblivious and yield to the temptation of reading conflict, tension, or antagonism as a question of loyalty. In this way of seeing things, there is no longer any conflict, only loyalty or betrayal everywhere.

Let us try to get to the root of the conflict. I said before that Chávez’s effort to build a democratic and popular hegemony had, as its center of gravity, the sub-proletariat. What happened is that during the first decade of this century a large sector of the sub-proletariat joined the ranks of the proletariat – that which some mistakenly call the “new popular middle class.” This sector never became middle class in the strict sense. Instead, for the first time in our history, the working class was able to live with dignity. What is significant here is that we are talking about the majority of the country.

In other words, Chávez became not only a leader with enough moral authority to govern the country, with broad democratic liberties, but he also became the arbiter between the different lines of force within Chavismo. He did so by putting a class fraction [the sub-proletariat, which he called the “marginal class”] at the center of Chavista politics (though it did not mean that the petty bourgeoisie and the bourgeoisie would cease to benefit, even if they did not admit it).

For reasons that we can’t go into deeply here but which need to be further examined, it is obvious that the question of how to organize that class fraction (and the working class in general) has not been resolved. Chavismo emerged in the context of a severe crisis of the traditional forms of political mediation, including parties, unions, and guilds. This required the movement to try out new organization models without abandoning more traditional forms of organization.

Communal councils and communes would become the most advanced forms of this new political experiment. In them, the sub-proletariat felt at ease and there was the advantage that these spaces allowed a more direct dialogue with Chávez, thus bypassing the party, the union, the local and regional governments, etc.

Obviously, this wasn’t always the case. Before these new forms of organization emerged, time and again people would find themselves having to struggle with the party, with the local and regional governments, etc. These relationships were often problematic, to say the least. In fact, it couldn’t be any other way: it was the meeting of two logics, two radically different ways of conceiving politics, which were in conflict with each other.

So Chávez became the arbiter, playing simultaneously the role of head of state, on the one hand, and a kind of subversive within the state, on the other. There was the Chávez who had to preserve the status quo and the one who aspired to transform it. To give you an example, Chávez would highlight the importance of the party and the preservation of local governments while exhorting those who were politicized on the margins of the traditional politics to resist becoming an appendix of anything or anyone.

Amidst all this, what was the role of the popular movement?

It seems to me that the movement was – very correctly – trying to open the way by exercising leadership in the spaces of popular organization, sometimes within the party, sometimes in government functions. Nonetheless, it always represented a modest fraction within a vast whole. The movement was politically prepared but it had evident limitations, and these limitations were barely made up for by the advantage of having Chávez’s leadership on its side.

It is quite obvious that Chávez’s death disrupted the internal dynamic of the movement, and it is equally obvious that Maduro is not Chávez.

Let us suppose, for the moment, that it is true that the sub-proletariat (or the working class in general) is no longer the center of gravity of Chavista politics, but that instead the “revolutionary bourgeoisie” is at the center because the new correlation of forces has made it so. What role should the popular movement play? Surely understanding the political implications of this change is necessary, but this entails inquiring into what has become of the working class and asking about the tribulations taking place in the spirit of the masses. At present, I believe that this means understanding what goes on in the minds of the Venezuelan pueblo and particularly in the minds of disaffected Chavismo. The latter is a vast subject that seems to have been left without an interlocutor, in a political “non-place,” as I contended in some of the texts in Radiografía sentimental del Chavismo (2019).

There is a lot going on in the left now. For a sector of Chavismo (eg. media outlet Misión Verdad) the Bolivarian Process is at its most glorious moment because of its capacity to take the heat from imperialism. Another sector melancholically thinks things have turned for the worse, because the process is separated from the masses and lost sight of the goal of socialism. Then there is a third group that believes – as Marx contended in The Eighteenth Brumaire of Louis Napoleon – that the revolution must leave its Chavista past behind and make its poetry in the present. What kind of relationship should the revolution have to its past?

The past is of no use to us if it does not allow us to move forward in the present. Allow me to dwell on the importance of building a popular and democratic hegemony.

When one carefully reads Chávez’s texts from the 1990s, some of the most extraordinary sections involve a harsh polemic with the leadership of the Venezuelan left parties, with sectors of their militancy, and with some important left intellectuals. To sum it up: Chávez questioned their disconnection from the popular masses, their propensity for endless debates without ever getting down to business, their [Soviet] manual influenced readings of the classics of Marxism, their scarce interest in taking power, their strategic short-sightedness, their sectarianism, and their contempt for the pueblo. According to Chávez himself, the left considered those questions anathema, as a kind of neophyte’s babbling. I have tried to partially reconstruct this historical episode in La política de los comunes.

I don’t know – and in fact it’s not important – if Chávez had studied Gramsci at that time, but he no doubt knew well the work of Alfredo Maneiro, José Esteban Ruiz Guevara, Pedro Duno, Jose Rafael Nuñez Tenorio, Kleber Ramírez, Domingo Alberto Rangel, Alí Rodríguez Araque, Victor Hugo Morales, and Hugo Trejo among others. In fact, he met and talked with most if not all of them before becoming president, in some cases even before the February 4, 1992 uprising.

What I mean is that, from the beginning, Chávez was the opposite of a neophyte. He was, without a doubt, a military person who had joined the left. However, precisely because he knew the left well and had, to a great extent, been inspired by the critical heritage of its most lucid figures, Chavez understood that, for the Bolivarian Revolution to happen, it was essential to go “beyond the left” as Maneiro put it in his famous 1980 text.

His “discovery” of the key idea of participatory and protagonistic democracy was decisive. It implied radically, mercilessly questioning of the traditional political culture of the left. For starters, the political leadership would have to abandon any pretension of being an “enlightened vanguard” and would have to learn to move through the popular catacombs… like fish in the water. They could take the word to the people, yes, but above all come to and understand the suffering of the masses and accompany their struggles. It seems to me that Chávez, who has been accused of being a messianic, vertical, authoritarian leader, understood that the common citizen had to be treated as an equal: with respect and dignity. I am not at all sure that we’ve assimilated his profound impact in the sphere of political culture!

The conception that the Venezuelan pueblo is not only qualified to actively participate in political affairs, but also to be the protagonist, was key to forming the powerful bloc that eventually achieved the 1998 electoral victory.

We are talking about a historical moment in which labels mattered very little. It didn’t matter if one was defined as a leftist or otherwise. What mattered was if one considered it necessary to defeat the political class that represented bourgeois democracy and the pact of elites, and if one believed it was possible to build a genuine, popular, participatory and protagonist democracy.

In fact, if one reviews the opinion polls of the time, one can see that most of the people who voted for Chávez did not identify with the left. But, what is more, what is actually the left? (The truth is that there isn’t one left but many.) It was an open question to the movement, which brought together different expressions of the left, from the most traditional to the most radical, but also people from the right. And it was an open question to the people and Chávez, who even flirted with the “third way.”

As it happens, by 2006 most of the people voting for Chávez defined themselves as being on the left. So the question is, what did “left” mean for them? This is, actually, an important question. By simple logical deduction, we can conclude that “left” did not mean the same in 2006 as in the early days of Chávez’s government, and much less so in the mid-1990s, when Chávez himself engaged in a controversy with the left’s political leadership….

And, speaking about the grammar of politics, when in 2004 Chávez began to talk about socialism, he did so clearly expressing the need to revise and go beyond the old leftist political culture. In essence, however, he was just repeating in other terms and in very different historical circumstances – which included a large political accumulation – what he had proposed in the mid-90s.

Chávez didn’t dissociate himself from the left. Instead, the left resignified itself with Chávez and Chavismo. It prepared itself, it became more powerful, more national and popular, trying to consolidate a new political culture – a different, more radically democratic way of conceiving the practice of politics.

With the benefit of hindsight, today we can evaluate how far Chávez and Chavismo went in this attempt to refound revolutionary politics. We can point out, here and there, that there were moments and situations where advances were slower and times when we had setbacks, particularly when the old political culture continued to weigh us down – and here I’m not only talking about the more traditional left, but also about the influence of the tradition of Acción Democrática [the social-democratic party that ruled for many years in Venezuela] culture. We can and should identify unresolved issues.

However, the most important issue in this regard is that the attempt to build democratic and popular hegemony – in favor of that which Chávez called Venezuelan, Bolivarian, 21st-century Socialism – was supported, to a great degree, by a revolutionary left leadership which managed to bring the masses together behind it.

All this means that we must be extremely cautious – I would even say, scrupulous — while employing extreme political and intellectual honesty, when one is talking about the left today. I perceive a tendency to separate the left from Chavismo, and to claim that one is the “legitimate” representative of the other. In the most extreme cases, this generates a propensity [from the government] to identify the “left” as a threat or something of the sort, as the epitome of political deviation.

The issue, of course, is far from purely nominal. The important question is not how one identifies oneself. History has given us many “scions of Chavismo” who ended up in farce (and it will continue to do so). The issue at stake is what political culture one is trading in: how we conceive of the practice of politics; how we behave (when we are close to “power” or far from it, to give you an example); how we settle differences; and how we relate to people, which is perhaps the most important thing.

Ironically, in many of the [government’s] invectives against the “left,” one can identify the practices and habits of the more traditional left: arrogance, authoritarianism, verticalism, sectarianism, contempt for the people; assuming oneself to be an “illuminated,” informed vanguard, that understands things, that is capable of seeing what the majority cannot see, that knows what must be said at the right moment and exactly what things should not be discussed. All in all, the same political culture that made the most traditional left incapable of building a popular and democratic hegemony is reproducing itself.

“Leave the past behind and make poetry in the present.” You said that in your question, quoting Marx. It seems to me that a poet needs a good dose of humility. We must not forget that popular poetry was made through all these years… and it continues to be made, in a good measure, against the old political culture of the left. We need to assume that if many don’t like the poetry we recite today, it is not so much because they are tired of the present, but because they learned with Chávez that it is not possible to go forward in the present repeating the mistakes of the past.

The Wild and the Disaffected: A Conversation with Reinaldo Iturriza (Part I). Oct 10th 2020

Chavismo and the Left: A Conversation with Reinaldo Iturriza (Part II). Oct 15th 2020

Salvajes y desafiliados (Entrevista en Venezuelanalysis, octubre de 2020)


Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

Cira Pascual Marquina (CPM): Tú has desarrollado una lectura creativa sobre la identidad de Chavismo. Como ejercicio, ¿podrías hacer una síntesis sobre esta lectura?

Reinaldo Iturriza (RI): Está en primer lugar lo planteado en El chavismo salvaje. Cronológicamente, este libro recoge escritos que van desde 2007 hasta 2012, fundamentalmente. Entre otras cosas, hay allí un primer intento de identificar las tensiones a lo interno del chavismo, de explicar a qué lógicas responden las distintas líneas de fuerza que lo atraviesan, cómo éstas se expresan en prácticas, etc. Escribir estos textos implicó, naturalmente, un mínimo ejercicio de abstracción, intentando captar el movimiento real, por demás vertiginoso, pero en ningún momento tuve la intención de ubicarme como un observador del chavismo “desde afuera”. Todo lo contrario, son textos enteramente militantes. En ese entonces consideraba que teníamos la obligación de intentar explicar lo que íbamos comprendiendo acerca de lo que habíamos sido y éramos como movimiento. Había que hacer un esfuerzo por partida doble: por una parte, dejar registro de lo que significaba para nosotros y nosotras la experiencia de la revolución bolivariana, y por la otra construir un relato al margen de la propaganda, que no hiciera concesiones a interpretaciones autoindulgentes. 

El mismo concepto de “chavismo salvaje” está lejos de ser una simple metáfora, o una provocación. Lo que identificaba entonces es que había un intento de “brutalizar” al chavismo, que es una de las prácticas fundantes del antichavismo, pero igualmente otro orientado a “embrutecerlo”, que sería lo propio de lo que allí denomino como “oficialismo”. Con todo, hacía la importante salvedad de que el funcionariado, por ejemplo, no era por definición “oficialista”, y precisaba que perfectamente podía reproducirse una lógica política “oficialista” militando en el movimiento popular. Intentaba, en síntesis, que problematizáramos la cuestión del poder, de su ejercicio, y por su supuesto del Estado, de la institucionalidad.

En El chavismo salvaje planteé unos cuantos problemas de esta índole y dejé abiertas, como es inevitable, muchas interrogantes. Fue realmente un punto de partida. En adelante he intentado profundizar en algunos de estos asuntos, y en otros que han ido surgiendo.

Luego, en 2017, escribí un pequeño ensayo aún inédito: Chávez lector de Nietzsche. Chávez fue un intenso y desprejuiciado lector de Nietzsche durante sus últimos dos años de vida. Y como cabría esperar de un hombre como Chávez, no se trataba de simples disquisiciones filosóficas. Tales lecturas, entre otras, inspiraron algunas decisiones de gran envergadura. El célebre “Comuna o nada” nace, al menos en parte, de esta peculiar y muy heterodoxa lectura que hacía Chávez de Nietzsche. En fin, en línea con el análisis iniciado en El chavismo salvaje, y tomando como referencia la lectura que hacía Gilles Deleuze de Nietzsche, sugería la existencia de un chavismo activo que se distinguiría claramente de un chavismo reactivo.

En 2018 escribí otro libro aún inédito, La política de los comunes, en el que además reúno algunos textos ya publicados sobre la cuestión comunal en Venezuela. Entre otras cosas, allí intento demostrar que el chavismo significó una ruptura con la cultura política adeca. Es decir, si bien hay una clara línea de continuidad entre ésta y lo que podría llamarse la cultura política chavista, lo que distinguiría a esta última es, precisamente, lo que tiene de singular. ¿En qué consiste la singularidad del chavismo? ¿En qué punto ocurre esto? Cuando, en plena década de los 90, se produce lo que el mismo Chávez llamaría una verdadera “ruptura epistemológica”, que es lo que sucede cuando los jóvenes militares bolivarianos “descubren” la idea-fuerza de democracia participativa y protagónica. De nuevo, aquí estamos en presencia de un acontecimiento teórico y político en toda la línea, en tanto que, gravitando en torno a esta idea-fuerza, la política revolucionaria en Venezuela ya no sería la misma. Hay un antes y un después de este acontecimiento. Creo no exagerar al afirmar que la misma revolución bolivariana será posible a partir de esta ruptura. Ella lo cambia todo, y en particular la manera de relacionarse con el sujeto popular.

Más recientemente, en 2019, escribí la Radiografía sentimental del chavismo, y comencé a trabajar en una línea de investigación a la que intitulé Cuarentena, lo que por cierto no tiene que ver con la contingencia derivada de la pandemia por el coronavirus, sino con el hecho de que, en 2017, las líneas de fuerza más reaccionarias del antichavismo se hicieron fervorosos promotores del bloqueo económico total contra Venezuela (una “cuarentena” para contener y erradicar la “enfermedad contagiosa” que es el chavismo). 

La Radiografía puede ser leída como una actualización del análisis iniciado en El chavismo salvaje. Por ejemplo, lo que identifico en la Radiografía como “chavismo desafiliado” no es más que la expresión más contemporánea del mismo chavismo salvaje hastiado, ¡ya en 2010!, de lo que llamo la “política boba”, con el agravante de que este fenómeno de desafiliación se ha hecho masivo.

En Cuarentena he intentado identificar los condicionantes de este fenómeno de desafiliación política, comenzando a hurgar a fondo en un campo de análisis al que no presté la suficiente atención en todos estos años: el económico. Más que un asunto pendiente, se trata, digamos, de una deuda colectiva, mucho más que personal: comprender, por ejemplo, cuál es la composición de clases de la sociedad venezolana actual. Pero, más allá de la pertinencia de una instantánea sobre la actual coyuntura histórica, me parece que debemos ser capaces de saber cuál ha sido la evolución de la estructura de clases en la sociedad venezolana, pongamos, desde la década de los 70. Hasta tanto no dispongamos de información tan básica como crucial, estaremos condenados a repetir las mismas generalidades sobre el “rentismo petrolero”, el “post-rentismo” y cuestiones por el estilo.

Algunas de mis hipótesis de trabajo, actualmente, son las siguientes: 1) hay una relación estrecha, no mecánica, pero tampoco casual, entre la emergencia de las primeras células revolucionarias en el seno del Ejército venezolano, en la década de los 80, y el progresivo aumento de la informalidad y el desempleo; 2) hay evidencia histórica, documental, de la claridad estratégica de los militares bolivarianos respecto de lo que tendría que ser la médula del sujeto popular revolucionario: eso que tan temprano como en 1993 Chávez identificaba como “clase marginal”, conformada, fundamentalmente, por lo que algunos estudiosos llaman “subproletariado”, que es la fracción de clase proletaria más golpeada por la crisis económica: son los pobres que trabajan, pero cuyo trabajo no les garantiza lo mínimo suficiente para la reproducción de la vida; 3) el apoyo de este “subproletariado” será decisivo en la victoria electoral de Chávez en 1998 y más determinante aún en la resistencia contra todas y cada una de las tentativas destituyentes de los primeros años de revolución bolivariana, incluido el categórico triunfo en el referendo de 2004; 4) la política social, económica y cultural durante las presidencias de Chávez tendrá como propósito, fundamentalmente, afectar positivamente las condiciones materiales y espirituales de vida de esta fracción de clase; 5) todo el esfuerzo de construcción de hegemonía popular y democrática liderado por Chávez tendrá como centro de gravedad esta fracción de clase: sus aspiraciones y demandas, pero también su organización. Desde esta perspectiva, me parece, puede entenderse una iniciativa como la creación de los consejos comunales y, más tarde, de las Comunas; 6) la derrota en las parlamentarias de 2015 es un campanazo, en el sentido de que es signo de fractura de esta construcción hegemónica democrática.

Pienso que, con información suficiente a la mano, es posible demostrar, sin mayores contratiempos, que este “subproletariado” es el correlato económico (y al mismo tiempo político, sin duda alguna) de eso que en algún momento llamé “chavismo salvaje”. Y habiendo hecho el correspondiente análisis riguroso, pormenorizado, de la evolución de la estructura de clases de la sociedad venezolana durante las últimas décadas, algo que, insisto, está por hacerse, creo que estaríamos en mejores condiciones para encarar los desafíos del tiempo presente. 

La pregunta sobre el “chavismo salvaje” hoy, en buena medida desafiliado, es la pregunta sobre el “subproletariado”. Y las respuestas a estas preguntas nos arrojarían pistas inestimables sobre cómo proceder para retomar la construcción de hegemonía popular y democrática. 

CPM: Ahora viene algo más complicado… contrastemos la identidad del Chavismo con el ejercicio de la política desde el Estado hoy (entendiendo todos los factores externos que condicionan la política, pero centrándonos en el ejercicio cotidiano de la misma)

RI: Es que, de entrada, es prácticamente imposible referirse al ejercicio cotidiano de la política gubernamental sin tomar en cuenta estos factores externos. Si hay algo que sobredetermina, digamos, nuestra vida cotidiana es el bloqueo económico que pesa sobre el conjunto de la sociedad venezolana. Los efectos del bloqueo llegan al extremo de lo inenarrable: éste produce sufrimiento, privaciones, angustia, ansiedad, miedo, ira, desconfianza, muerte, a lo que se suman la incertidumbre y el estrechamiento del horizonte que produce una circunstancia como la pandemia. Hablamos de una experiencia que es difícil de transmitir a pueblos que, por una razón u otra, han tenido la fortuna de no padecer un asedio tan criminal. 

Además, allí donde tiene eficacia el relato imperialista se produce lo que Walter Benjamin llamaría empatía con el vencedor, cuya traducción sería más o menos la siguiente: si en Venezuela estamos atravesando por semejante trance histórico es porque nos lo tenemos bien merecido, idea que se expresa de distintas formas, incluido el truculento expediente sobre la existencia de una “dictadura”, un “régimen”, etc.

Hay empatía con el vencedor por dos razones, principalmente: porque se es cómplice de quienes se arrogan el derecho de hacer el papel de verdugos, que es el caso, por ejemplo, del antichavismo más cipayo, y porque se tiene miedo de padecer un asedio similar, por lo que se elige no levantar cabeza, desviar la mirada o directamente ensañarse contra el vencido, para decirlo en términos del mismo Benjamin.

CPM: Ahora bien, y ésta es una pregunta clave: ¿el pueblo venezolano ha sido vencido? 

RI: Cualquiera podría opinar que estoy equivocado, y seguramente sería capaz de esgrimir razones muy válidas, pero mi respuesta es que no. No creo que el pueblo venezolano haya sido vencido. Y una de las razones que sustentan mi posición es, precisamente, el profundo convencimiento de una parte importante de la población, así lo percibo, de que, con todo y los nefastos efectos del bloqueo, tenemos un margen de maniobra. Es decir, nuestro destino sigue estando en nuestras manos.

Lo que percibo es que, para una parte importante de la población, el bloqueo no es una fatalidad. Es un crimen, y ese crimen produce privaciones y muertes. Pero no es una fatalidad. De ese convencimiento se deriva el hecho de que tanta gente, en todas partes, rechace tan enérgicamente el relato, propio del oficialismo, según el cual todo lo que padecemos es consecuencia del bloqueo. Y lo peor que podemos hacer en este momento es apelar a un hecho tan grave como el bloqueo para convertirlo en un pretexto.

El problema con este relato es que libera de cualquier responsabilidad a quienes, precisamente, tienen responsabilidades de gobierno y, peor aún, libera de responsabilidad a todo el mundo: no seríamos más que víctimas que habría que proteger o, en todo caso, no tendríamos más que la obligación de “resistir”, preferiblemente sin “quejarnos” tanto. Hay mucho de falsa épica en este relato, y también mucho de fatalismo.

¿El gobierno venezolano debe dejar de cumplir con su obligación de proteger a la población? Por supuesto que no. ¿Todo el que está ejerciendo funciones de gobierno ha hecho suyo este relato? Tampoco lo creo. Pero es sin duda un relato que ha ganado mucho terreno. 

De hecho, me parece bastante evidente que hay una crisis del relato bolivariano. ¿Cómo superarla? Poniendo en la balanza ambas cosas: el bloqueo, los efectos de las medidas coercitivas unilaterales, el asedio imperial, de un lado, y del otro nuestro margen de maniobra, las alternativas que tenemos, lo que podemos hacer. Eso pasa por tener confianza en el genio colectivo, es decir, en el sujeto popular que, en última instancia, hizo posible la revolución bolivariana.

¿Eso quiere decir que todas y cada una de las decisiones gubernamentales deben ser previamente discutidas públicamente, a la manera asamblearia? Está claro que no. Pero no puede seguir siendo una práctica común tomar tal o cual decisión en determinada materia y que, frente a cualquier manifestación de inconformidad o incomprensión respecto de lo decidido, la respuesta sea, cuando la hay: no había ninguna otra alternativa.

Cuando en política se parte del principio de que no hay alternativas, es como si decidieras bajar las santamarías. Y hay que saber medir las consecuencias de bajarle las santamarías en la cara al pueblo que se politizó con Chávez. Por esa razón, entre otras, es que hay tanta gente desafiliada, que ya no espera nada ni del chavismo ni del antichavismo. Eso sí debería preocuparnos y ocuparnos, y no el hecho de que todavía haya mucha otra gente que expresa de manera abierta su inconformidad, lo que a fin de cuentas es señal de vitalidad política.

Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

CPM: Durante todo el Proceso Bolivariano siempre hubo una relación tensionada entre la institucionalidad y el movimiento popular. Durante muchos años, esa tensión fue productiva o virtuosa, pero en este momento estamos viendo que las tensiones se van convirtiendo en grietas. ¿Qué ocurre?

RI: Respecto de este asunto, pienso que lo que conocemos como el movimiento popular está en la obligación de ser profundamente autocrítico. No basta con que constatemos que eso que identificas correctamente como tensión virtuosa haya degenerado, ciertamente, en algo que se asemeja al antagonismo puro y duro. 

Uno podría despachar el asunto diciendo que esta situación no es más que una expresión de la lucha de clases a lo interno del movimiento, aunque también es cierto que hay gente que no alcanza a ver siquiera esto, y termina cediendo a la tentación de pasar cualquier conflicto, tensión o antagonismo por el tamiz de la lealtad y la traición, de manera que ya no hay más conflicto, sino leales y traidores por todas partes.

Intentemos aproximarnos a la raíz del conflicto. He dicho más arriba que el esfuerzo de construcción de hegemonía popular y democrática liderado por Chávez tuvo como centro de gravedad al subproletariado, buena parte del cual, durante la primera década de este siglo, pasó a engrosar las filas del proletariado, eso que de manera más o menos equívoca llamamos “nueva clase media popular”, pero que nunca fue clase media en sentido estricto, sino clase trabajadora que, por primera vez en su historia, pudo vivir dignamente. Lo significativo aquí, entre otras cosas, es que estamos hablando de la mayoría del país.

En otras palabras, Chávez se hizo un líder con la suficiente auctoritas no solo para gobernar al país, con amplias libertades democráticas, sino también para arbitrar entre las distintas líneas de fuerza del chavismo, poniendo en el centro de la política chavista, reitero, a una fracción de clase determinada, sin que esto implicara, por cierto, que la pequeña burguesía y la burguesía dejaran de beneficiarse, al margen de que estén dispuestas a reconocerlo.

Ahora bien, por razones que no da chance de profundizar aquí, y en las que hay que seguir escudriñando, me parece que quedó irresuelto el problema de la organización de esa fracción de clase, y en general de la clase trabajadora. No puede ignorarse el hecho de que el chavismo insurge en un contexto de severa crisis de las formas tradicionales de mediación política: partidos, sindicatos, gremios, lo que exigía a todo el movimiento ensayar nuevas formas de organización, sin que fuera posible, y tampoco deseable, prescindir de las formas más tradicionales. Los consejos comunales y las Comunas vendrían a ser las formas más avanzadas de este ejercicio de experimentación política. En ellos el subproletariado se sentía, digamos, a sus anchas, con la ventaja de que estos espacios tendían a permitirle una interlocución más directa con el mismo Chávez, sin tener que pasar por el partido, el sindicato, las gobernaciones, las alcaldías, etc. 

Pero sabemos de sobra que esto no siempre ocurría así. Más bien era todo lo contrario: una y otra vez, el pueblo organizado en estos y otros espacios afines tenía que verse obligado a lidiar, naturalmente, con el partido, las gobernaciones, las alcaldías, etc., y la relación solía ser muy problemática, por decir lo menos. Y no podía ser de otra forma, porque se trataba de dos lógicas, incluso de dos maneras radicalmente distintas de concebir la política, que se enfrentaban. Entonces Chávez arbitraba, desempeñando, al mismo tiempo, el papel de jefe de Estado y el de subversivo dentro del Estado; el Chávez que está en la obligación de preservar el statu quo y el que desea transformarlo; todo a pulso, casi siempre con mucha mano zurda, realzando la importancia del partido o de preservar el control de gobernaciones y alcaldías, por ejemplo, pero al mismo tiempo exhortando a ese pueblo que se politizó al margen de las formas tradicionales de representación política, a no ser apéndice de nada ni de nadie.

Mientras todo esto ocurría, ¿qué papel desempeñaba el movimiento popular? Me parece que intentaba, correctamente por demás, abrirse paso y ejercer un liderazgo en estos espacios de organización popular, en ocasiones dentro del partido, a veces en funciones de gobierno, pero representando siempre una modesta parte dentro de un todo muy vasto. Muy cualificado políticamente, pero con limitaciones muy evidentes, apenas disimuladas por la ventaja que implicaba contar con un liderazgo como el de Chávez.

Creo que es bastante obvio, y por eso realmente no tiene mérito repetirlo aquí, que la ausencia física de Chávez trastoca profundamente la dinámica a lo interno del movimiento. Y es igualmente obvio que Maduro no es Chávez. Supongamos que es cierto que el subproletariado, o en general la clase trabajadora, ya no es el centro de gravedad de la política chavista, sino la “burguesía revolucionaria”, porque así lo determina la nueva correlación de fuerzas. Pues bien, ¿qué papel le corresponde jugar al movimiento popular? Ciertamente, dejar constancia de las implicaciones políticas de este trastocamiento, pero eso pasa, necesariamente, por preguntarse qué ha sido de la clase trabajadora, por interrogarse por las tribulaciones que anidan en el alma popular. Y en las actuales circunstancias, creo que eso implica comprender qué pasa por la cabeza del pueblo venezolano todo, pero en particular del chavismo desafiliado, ese vasto sujeto que parece haber quedado sin interlocución posible, en una suerte de no-lugar de la política, como ya lo he planteado en alguno de los textos que forman parte de la Radiografía.

Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

CPM: El pasado y el presente. Para una parte del Chavismo (Misión Verdad, por poner un ejemplo) el Proceso Bolivariano está en su momento más glorioso por su capacidad de resistir los golpes. Para otra parte del Chavismo, el Proceso se está achicando por haberse apartado de la vocación democrática que lo caracterizó y por haberse desdibujado el horizonte socialista. Sin embargo, hay otro grupo a lo interno que (como Marx en el 18 Brumario) considera que la revolución debe dejar atrás su pasado y hacer su poesía en el presente. Entonces, ¿cuál debe ser la relación de la revolución con su pasado, y hasta cuándo?

RI: El pasado no nos sirve de nada si no nos permite avanzar, o desplazarnos, en el presente. Permíteme que insista en este punto de la construcción de hegemonía popular y democrática. 

Cuando uno lee con detenimiento al Chávez de la década de los 90, algunos de los pasajes más extraordinarios tienen que ver con la dura polémica que sostiene entonces con el liderazgo de los partidos de izquierda venezolanos, con parte de su militancia, con algunos referentes de la intelectualidad de izquierda. En resumen, Chávez les cuestionaba su profunda desconexión con las mayorías populares, su vocación por las discusiones interminables sin pasaje al acto, su lectura manualesca de los clásicos del marxismo, su escasa vocación de poder, su cortedad de miras estratégica, su sectarismo, su menosprecio por el pueblo. En la versión del mismo Chávez, esta izquierda consideraba aquellos cuestionamientos como un anatema, como palabrería propia de un advenedizo. He intentado reconstruir parcialmente este episodio en La política de los comunes.

Desconozco, y la verdad importa poco, si Chávez había estudiado para entonces a un autor como Gramsci, pero conocía a profundidad la obra de gente como Alfredo Maneiro, José Esteban Ruiz Guevara, Pedro Duno, José Rafael Núñez Tenorio, Kléber Ramírez, Domingo Alberto Rangel, Alí Rodríguez Araque, Víctor Hugo Morales, Hugo Trejo, entre otros que pudieran mencionarse, y de hecho conoció y dialogó personalmente si no con todos, sí con la mayoría de ellos, antes de llegar a la Presidencia, dicho sea de paso, y en algunos casos incluso antes del 4F de 1992.

Lo que quiero decir es que Chávez era todo lo contrario de un advenedizo: era, sin duda alguna, un militar de izquierda que, precisamente por conocerla lo suficiente, aunque no hubiera militado en ella, y en buena medida inspirado en el acervo crítico de quienes tenía como sus más lúcidos referentes, pronto comprendió que, para que la revolución bolivariana fuera posible, era imprescindible ir “más allá de la izquierda”, como lo planteara Maneiro en su célebre texto de 1980.

De nuevo, aquí el “descubrimiento” de la idea-fuerza de democracia participativa y protagónica resultó decisivo: ella implicaba, en los hechos, someter a cuestionamiento radical, inclemente, lo que podríamos denominar la tradicional cultura política de izquierdas, comenzando porque el liderazgo político debía abandonar cualquier pretensión de “vanguardia esclarecida” y tenía que aprender a desplazarse por las catacumbas populares como pez en el agua, llevando la palabra, sí, pero sobre todo escuchando, sintiendo el padecimiento de las mayorías, acompañando sus luchas. Me parece que Chávez, al que tanto se ha acusado de líder mesiánico, vertical, autoritario, comprendió que al ciudadano común había que tratarlo como un igual, con respeto, con dignidad, y no estoy seguro de que hayamos asimilado todavía el profundo impacto que esto tuvo en el campo de la cultura política.

Es a partir de la centralidad de esta idea de que el pueblo venezolano no solo está cualificado para participar activamente en los asuntos políticos, sino además para ser protagonista, que Chávez y el chavismo incipiente van conformando un poderoso bloque de poder, que termina alzándose con la victoria electoral de 1998. Hablamos de un momento histórico en que los rótulos importaban muy poco: no importaba si usted se autodefinía como una persona de izquierdas, lo que importaba era si usted consideraba necesario derrotar a la clase política que representaba a la democracia burguesa, al pacto de élites, y si creía posible construir una democracia genuina, popular, participativa y protagónica.

Cualquiera que revise los estudios de opinión de la época puede constatar que la mayoría de la gente que votó por Chávez no se identificaba con la izquierda. Pero, además, ¿qué cosa era la izquierda? Porque lo cierto es que, definitivamente, no hay una izquierda, sino muchas. No lo tenía claro el movimiento, que reunía en su seno distintas expresiones de la izquierda, desde la más tradicional hasta la más radical, pero también a gente de la derecha. No lo tenía claro la gente, y tampoco Chávez, que incluso coqueteó durante breve tiempo con la “tercera vía”, como seguramente recordaremos.

Pero sucede que, en 2006, la mayoría de la gente que vota por Chávez se autodefine de izquierdas. ¿Qué significaba entonces ser de izquierdas? No es una pregunta cualquiera. Por simple deducción lógica podemos concluir que no significaba lo mismo que a comienzos del gobierno de Chávez, y mucho menos lo que significaba a mediados de la década de los 90, cuando el mismo Chávez entablaba aquella polémica con el liderazgo político de la izquierda tradicional. Habiendo superado ya varias pruebas de fuego, se había producido una suerte de decantación ideológica, programática, que no dejaba de expresarse en la gramática política, y por supuesto en la acción de gobierno. 

Hablando de gramática política, cuando en 2004 Chávez comienza a hablar de socialismo, lo hace planteando expresamente la necesidad de revisar e ir más allá de la vieja cultura política de izquierdas. En el fondo, no hacía más que reiterar, en otros términos y en circunstancias históricas muy distintas, con un acumulado político inestimable, lo que ya había planteado a mediados de los años 90.

Chávez no se deslinda de la izquierda, la izquierda se resignifica con Chávez y el chavismo, se cualifica, se hace más potente, más nacional y popular, intentando consolidar una nueva cultura política, una forma distinta de concebir el ejercicio de la política, más radicalmente democrática. 

Con la ventaja que implica hacer cualquier lectura retrospectiva, hoy puede evaluarse qué tan lejos llegaron Chávez y el chavismo, o qué tan lejos llegamos, en este intento de refundar el ejercicio de la política revolucionaria. Podemos señalar, aquí y allá, dónde hubo avances más lentos, retrocesos incluso; cuánto siguió pesando la vieja cultura política, no solo de la izquierda más tradicional, sino incluso de la adeca; podemos y debemos identificar cuáles siguen siendo los problemas irresueltos.

Pero lo que no puede desconocerse es que la tentativa de construir hegemonía democrática y popular, eso que Chávez llamaba el socialismo venezolano, bolivariano, del siglo XXI, fue apuntalado, en buena medida, por un liderazgo de izquierda revolucionaria, que logró aglutinar en torno suyo a las mayorías populares.

Por todo lo anterior, hay que ser extremadamente cautos, diría incluso que muy escrupulosos y manejarse con mucha honestidad política e intelectual, cuando se discute, hoy en día, sobre la izquierda. Más específicamente, percibo una cierta inclinación por distinguir entre izquierda y chavismo, o por erigirse como el “legítimo” representante de aquella o de este último. En los casos más extremos, hay una cierta propensión a identificar a la “izquierda”, así, entre comillas, como una amenaza o algo por el estilo, como el epítome de lo que está extraviado en política.

El asunto, por supuesto, está muy lejos de ser puramente nominal. Aquí no se trata tanto de cómo usted se autodenomine. La historia nos ha brindado unos cuantos ejemplos, y lo seguirá haciendo, lamentablemente, de muchos “legatarios” de Chávez que terminaron en farsa. Aquí de lo que se trata es de a cuál cultura política se tributa: cómo concebimos el ejercicio de la política, cómo procedemos (por ejemplo, cuando se está cerca del “poder” o lejos de él), cómo dirimimos las diferencias, cómo nos relacionamos con la gente, que es quizá lo más importante.

Irónicamente, en muchas de las invectivas contra la “izquierda” pueden identificarse exactamente las mismas prácticas, los mismos malos hábitos, de la izquierda más tradicional: soberbia, autoritarismo, verticalismo, sectarismo, menosprecio por la gente; el convencimiento de que se forma parte de una vanguardia preclara que sí está informada, sí entiende, sí es capaz de ver lo que la mayoría no puede ver, sí sabe lo que hay que decir en el momento correcto y conoce perfectamente cuáles cosas no deben ser discutidas. En suma, la misma cultura política que hizo de la izquierda más tradicional un conjunto de fuerzas sencillamente incapaz de construir hegemonía popular y democrática.

Dejar atrás el pasado y hacer poesía en el presente, decías en tu pregunta, siguiendo a Marx. Me parece que al poeta le hace falta un buen baño de humildad. No olvidar que la poesía popular fue hecha todos estos años, y sigue haciéndose, en buena medida, contra la vieja cultura política de izquierdas. Nos hace falta asumir que si a tanta gente no le gusta la poesía que recitamos hoy, no es tanto porque está hastiada del presente, sino porque sabe, después de Chávez, que no es posible lidiar con el presente repitiendo los mismos errores del pasado.

Foto: Dikó. Colectivo Cacri Photos

Publicado por primera vez en Venezuelanalysis.com.

Supervivencia al desnudo


En algún momento de la cuarentena descubrimos un programa que se llama Supervivencia al desnudo (Naked and Afraid), que transmite Discovery Channel, y comenzamos a verlo en familia, justo antes de dormir.

El programa tiene distintas modalidades, pero entiendo que el formato original consiste en dos personas, casi siempre un hombre y una mujer, desconocidos el uno para el otro, que deciden intentar sobrevivir veintiún días en un paraje remoto, que suele estar ubicado en alguna zona selvática de África o Suramérica, completamente desnudos, sometidos al clima inclemente, al peligro que significan los animales salvajes, los insectos, etc., y al riesgo que implica tener que proveerse de agua y de los alimentos necesarios por cuenta propia. Solo se les permite llevar una herramienta.

Algo que salta a la vista es el hecho de que la inmensa mayoría de los participantes son personas blancas, entre los veinte y los cuarenta. Blancos estadounidenses, específicamente.

Si a ver vamos, cualquiera podría interpretarlo de la manera que sigue: el programa se trata de una pareja de blancos estadounidenses que decide abandonar temporalmente su modo de vida para buscar lo que no se les ha perdido.

Por supuesto, lo encuentran: son muchos los participantes que no logran completar un desafío que, necesario es reconocerlo, es sumamente exigente, tanto física como mentalmente, y todos, incluidos quienes lo logran, deben pagar un alto precio.

Naturalmente, uno abriga la esperanza de que al menos uno de los participantes complete los veintiún días, sobre todo cuanto se trata de una persona que demuestra comprender que superar semejante prueba pasa necesariamente por cuidar de su pareja de aventuras. En cambio, en el caso de los fanfarrones, esos que se la pasan haciendo alarde de sus destrezas, con frecuencia imaginarias, uno espera que se queden en el camino, lo que casi siempre ocurre. Dígame aquellos que dicen cosas del tipo: “Algunos de mis más lejanos antepasados fueron nativoamericanos”, como si tal circunstancia los hiciera, automáticamente, más aptos.

Es curioso, pero el programa parece estar concebido de manera tal que uno sienta animadversión por quienes se lamentan por el hambre, porque no pudieron dormir o porque extrañan a sus seres queridos. Es como un patrón: en el caso de quienes manifiestan en algún punto, por ejemplo, que extrañan a sus hijos o hijas, solo es cuestión de tiempo para que abandonen el desafío. Estos serían, para decirlo a la manera estadounidense, los “perdedores”. En cambio, los “ganadores” difícilmente muestran algún signo de debilidad, a pesar de todo.

En la modalidad “extrema”, más entretenida aún, participan doce personas, divididas en grupos de tres. La apuesta es más alta: deben sobrevivir cuarenta días. Eventualmente, los grupos deben desplazase por el territorio y encontrarse con el resto. Es decir, en algún punto el grupo se hace más grande, lo que puede facilitar, pero también hacer más difícil la convivencia. Siempre hay drama: disputas por el liderazgo, rivalidades entre grupos, incluso gente que es execrada y debe retirarse del desafío.

Súmele a lo anterior las sucesivas imágenes de serpientes, alacranes, arañas, leones, hienas, elefantes, cocodrilos, pirañas, hormigas, que nos recuerdan permanentemente que, como suelen repetir los participantes, no se trata de un “juego”, sino de un asunto muy serio.

En fin, creo que es justo reconocer que existen programas protagonizados casi exclusivamente por blancos estadounidenses que pueden resultar muy entretenidos. En casa nos divertimos mucho.

En cambio, ¿se imaginan un programa de africanos sobreviviendo en África, o de suramericanos sobreviviendo en Suramérica, o de personas de origen africano o suramericano, incluso de blancos estadounidenses, sobreviviendo en Estados Unidos? No sería lo mismo.

Cuando todo colapsa


Desconozco cuál habrá sido la recepción en Francia de la miniserie El colapso (L’effondrement, 2019). Sus ocho capítulos, de unos veinte minutos cada uno, pueden verse de un solo tirón, siempre y cuando se disponga de Internet, por supuesto. En casa pudimos verla hace un mes. Hoy no podríamos hacerlo.

El escenario elegido para el primer capítulo es un supermercado. El primer signo del colapso inminente es un bajón de luz, que deja el lugar a oscuras. Nadie reacciona con temor o desespero, lo que sugiere que se trata de una situación que puede haber ocurrido previamente. Las personas parecen confiar en que el problema se resolverá rápidamente. En efecto, a los pocos segundos se restablece el servicio y todo transcurre en aparente normalidad.

Todavía en la caja, y luego mientras camina por los pasillos del supermercado, varias personas abordan a un joven trabajador y le preguntan por los productos que faltan en los anaqueles. Éste intenta explicarles que hay problemas con la reposición de inventarios. Camina hasta el depósito, al fondo del establecimiento. Allí se topa con un superior, que le pregunta por qué no está en su lugar de trabajo. El joven simula que fue a buscar alguna mercancía para reponerla en las estanterías. El superior le replica que, en vista de la escasez, la orden es reponer a cuenta gotas y remarcar los precios de los productos.

El segundo capítulo transcurre en una estación de servicio. La gasolina es muy escasa y hay una larga cola de gente, ahora sí, visiblemente molesta, esperando su turno. El dinero ya no tiene el valor de antes: quienes administran la gasolinera solo reciben alimentos, a cambio de una pequeña cantidad de combustible. Si no hay alimentos, no hay gasolina. Los términos del intercambio son evidentemente injustos y arbitrarios, y los impone quien tiene a su disposición el bien escaso. Un funcionario policial llega al lugar. Es la autoridad, está armado, y exige que se le despache toda la gasolina que necesita. Muy pronto se desatará el caos.

Si el primer capítulo gira alrededor del joven trabajador precario, y el segundo en torno a una familia pequeño burguesa, el tercero trata de la manera como un hombre, blanco, en sus cincuenta, perteneciente a la burguesía, utiliza los medios a su disposición, incluida la violencia, para mantenerse a buen resguardo.

Algunos de los capítulos siguientes nos reservan algunas escenas memorables, por cuanto retratan con elaborada crudeza las miserias y grandezas de las personas sometidas a situaciones límite.

El capítulo final nos aporta algunas pistas de las causas que habrían originado el colapso, pero no nos muestra la circunstancia específica que lo desencadena. Tal vez, simplemente, porque no puede tratarse de una sola circunstancia, sino de una concatenación de hechos y omisiones que conducirían al desenlace fatal. Quizá porque el tiempo y las circunstancias que transcurren entre las incidencias del último capítulo y las del primero, constituyen un misterio que le corresponde resolver al público espectador.

Cabe al menos una tercera posibilidad: el colapso ya inició, y realmente no vale la pena mostrar las circunstancias que lo desencadenaron porque, a fin de cuentas, cuando fueron más que evidentes, la mayoría de la gente, sobre todo la que vive en el Norte global, prefirió mirar a otra parte y actuar como si nada pasara.

Una política alegre


Más allá del shock que produce la guerra total contra la nación, y del hecho innegable de que la mayoría de la población no tiene más opción que concentrarse en la resolución cotidiana de la materialidad, hay otras razones que explican el creciente y peligroso desinterés por los asuntos políticos.

Una de ellas es la indignación campante, que determina el ánimo de parte considerable de quienes, de una forma u otra, intervienen en el debate público, expresión esta última que raya en el eufemismo, a juzgar por la virulencia de algunas polémicas.

Hay gente que vive indignada, cuya vida transcurre como si no fuera posible vivirla sin indignación. Es gente que ha llegado al punto de considerar la indignación como un derecho irrenunciable, incluso por encima del mismo derecho a la vida. Peor aún, que se cree ya no con el derecho, sino en la obligación de señalar a los que han traicionado: a unos porque, dicen otros, hacen alarde de resistirlo todo, pero han terminado por aceptar cualquier cosa; a otros porque, dicen unos, ya no resisten, y no les viene en gana aceptar nada.

Quiénes son traidores a quiénes y quiénes son leales a qué ideales, importa poco. Lo importante, tal parece, es que hay traidores por todas partes, lo que justificaría la indignación generalizada. Cualquiera puede ser lo mismo leal que traidor y, por más insólito que parezca, puede incluso ser ambas cosas al mismo tiempo. Todo depende del cristal con el que se mire.

¿A quién conviene este terrible juego de espejos? ¿A quién beneficia la clausura de la política que supone esta entronización de la moralina, justo cuando el tiempo histórico más nos exige política con pe mayúscula?

A estas alturas, difícilmente pueda encontrarse a persona sensata que no haya preferido abstenerse, en algún momento, de sentar posición sobre tal o cual asunto, para mantenerse a buen resguardo de la iracundia. En ocasiones, el silencio no es autocensura, sino el recurso que se tiene a la mano para censurar a los vociferantes.

Si miraran más allá de sus narices se darían cuenta de que ya hemos tenido suficiente de su pretendida superioridad moral.

La política no puede ser un torneo de bajas pasiones. Ejercer el liderazgo pasa por asumir la responsabilidad de hacer cuanto sea necesario para que prevalezca la unidad. De igual forma, carece de cualquier sentido hacer llamados a la unidad denostando del liderazgo.

La indignación, que no debe confundirse con la legítima rabia, es una pasión triste, diría Spinoza. Una pasión que disminuye nuestra potencia de actuar. En lugar de reivindicar la “alegría” de los que aún resisten frente a la “tristeza” de los que han sucumbido, o la “tristeza” por los que han traicionado y la “alegría” por los que sí se han mantenido fieles a sus principios, lo que hace falta es una política alegre, deslastrada de tanta indignación, soberbia y paranoia.

¿Esto supone abandonar los principios en favor de una unidad ilusoria? En lo absoluto. Supone, por ejemplo, no olvidar que cuando lo más supremacista del antichavismo, presumiendo de una supuesta superioridad que era realmente impotencia, hizo suyo insistir en que el chavismo no tenía cabida en la sociedad venezolana, por considerarlo una excrecencia, un accidente histórico, un motivo de vergüenza, una peste que había que erradicar, respondimos construyendo una sociedad más democrática e igualitaria, en la que nadie sobraba, en la que cada persona importaba.

De allí venimos y hacia allá debemos ir. De lo contrario, ¿hacia dónde vamos?

Comenzar de nuevo


Foto: Sandra Iturriza

A mi padre, a los setenta y cinco años de su nacimiento

¿Hasta cuándo podremos tolerar esto? – preguntó M en la cocina, quizá intentando encontrar el eco que no había conseguido en la mesa. Mientras desayunábamos, había estado comentando sobre lo difícil que resultaría la cuarentena para muchas familias, en especial para aquellas que no podían asegurar las tres comidas diarias. Nuestra respuesta había sido el silencio. Ciertamente, no un silencio cómplice, como el de quienes solo tienen ojos para mirar sus propios platos. Más bien un silencio doloroso, apesadumbrado, pero silencio al fin.

El silencio nos persiguió hasta la cocina. No hubo comentario alguno, como si aquella pregunta fuera la hija huérfana de respuestas que hace tiempo habían iniciado un viaje sin retorno. Sin embargo, un pensamiento me atravesó la cabeza: Lo que sí es seguro, es que esta situación resulta más tolerable para nosotros, al menos más tolerable que para muchos otros.

Recordé entonces aquella conversación con la mayor de mis hijas, en 2016, cuando por primera vez en mucho tiempo, al punto que no puedo recordar cuándo fue la última vez, algunos alimentos comenzaron a faltar en casa. Esta situación se parece mucho a la que ya vivimos en la década de los noventa – le comenté. No tienes por qué preocuparte por nosotros. De alguna manera lograremos salir adelante. Ya lo verás. Te acordarás de estas palabras. En cambio, muchos no podrán hacerlo. Son los que hoy, como ayer, vuelven a sobrevivir, y como ayer, en algún punto, ya no podrán hacerlo. Creer que esas vidas no tienen por qué importarnos, y creer que solo importa lo que hagamos con nuestras vidas: esa sería la peor de nuestras derrotas. Eso significaría que, después de todo lo vivido, por lo que hemos luchado todos estos años, no ha servido de nada.

Como suele suceder en estas circunstancias, aquel recuerdo me condujo a otros recuerdos, y en cuestión de segundos, sin poder advertirlo y sin querer evitarlo, volví sobre mis pasos en los tempranos años noventa, cuando incursioné en la militancia revolucionaria.

Ahora mismo pienso en aquellos años sin atisbo de nostalgia. Al contrario, me reconforta saber que, de alguna forma, sigo siendo aquel muchacho de dieciocho. A mis cuarenta y seis, ya no lucho por cambiar un mundo que apenas conozco, como cuando me iniciaba en la vida adulta. He tenido oportunidad de conocerlo bien. Y mientras mejor lo conozco, más ganas tengo de cambiarlo. Me considero un hombre afortunado: no le tengo miedo a comenzar de nuevo, si fuera necesario.

Hoy me descubro llevando una vida muy similar a la que nos procuraron mis padres. Aunque, una vez formé mi propia familia, tuve que mudarme muchas veces, he vivido siempre en los mismos lugares: zonas residenciales de clase media trabajadora, a la que conozco muy bien, casi podría decir que como la palma de mi mano. Sin lujo alguno, más bien con frecuencia en el límite de la pobreza. Al principio, es posible, porque no nos quedaba otra opción. Pero de un tiempo a esta parte, así lo asumimos, por simple elección. Esto es lo que somos.

No somos mejores ni peores que otros. Somos lo que somos con nuestras miserias y grandezas. Y no tenemos intención de aparentar algo que no somos. Dudo mucho que la vejez nos dé por hacerlo. Creo que moriremos como vivieron o siguen viviendo nuestros padres y como nos enseñaron a vivir. De los lazos que me unen a la mujer con la que vivo, tal vez sea ese uno de los más fuertes.

A mis dieciocho apenas conocía el mundo que quería cambiar. Sabía, por supuesto, o más bien intuía, que algo andaba muy mal, y que nos merecíamos una vida mejor.

Incendiamos la ciudad por los cuatro costados. Estábamos resueltos a cambiarlo todo. Por aquellos años amé por primera vez e hice amigos que siguen estando entre mis amigos más entrañables, aunque ya casi no los frecuente.

Tras una pausa de pocos años que, no obstante, me pareció interminable, llegó el año 1998. Acababa de mudarme de la casa de mis padres y vivíamos en el típico edificio de clase media empobrecida, en la ciudad de Los Teques, en un modesto apartamento. La política era un tema prácticamente vedado en las conversaciones cotidianas con nuestros vecinos. Pero muy pronto, y debo admitir que para nuestra sorpresa, descubrimos que el anhelo de cambio era algo compartido por la inmensa mayoría de quienes nos rodeaban.

La celebración popular de la noche del 6 de diciembre de 1998 es algo que no podré olvidar jamás. Aquella alegría tan genuina, casi podría decirse que tan furiosa, estaba hecha de una materia que la volvía perdurable, eterna, resistente a futuras frustraciones y derrotas. Fue como si exorcizáramos colectivamente la tristeza. Con todo, el hallazgo más sorprendente estaba por venir.

Ocurrió en 2002. Entonces, y solo entonces realmente, descubrí al pueblo venezolano. Ese mismo pueblo por el que había estado luchado la década anterior. Comprendí, finalmente, que había luchado por el pueblo en abstracto, como suelen ser abstractos los ideales de un joven. Había luchado por un pueblo al que había sido incapaz de ver, aunque me cruzara con él incontables veces. Aquel año conocí el rostro del pueblo venezolano, y desde entonces comprendí que era correcto ser lo que era, no renegar de lo que era, pero que era parte de algo más grande. Descubrí, además, que estaba en el lugar donde debía estar.

Más tarde comprendí, también, que si en los noventa no había podido conocer al ser colectivo del que formo parte, fue porque parte importante de eso que hoy somos permanecía invisible. Porque es muy difícil reconocer a un pueblo que no ha terminado de reconocerse a sí mismo, de afirmarse en la lucha por cambiar su mundo y, más allá, el mundo todo.

Y pienso que tal vez algo de eso sea lo que nos está ocurriendo hoy, y puede que por tal motivo nos resulte tan sencillo, y tan intolerable al mismo tiempo, volver sobre 2016, y sobre los años noventa. Porque hoy no estamos todos los que somos. Una parte pareciera haber desaparecido de nuevo. Hay una parte de nosotros que ha vuelto a ser invisible. Y nos perturba pensar en lo intolerable que puede resultar para una parte de eso que somos, ser invisibles una vez más. Y está bien que la sola idea nos resulte intolerable a nosotros mismos. No podría ser de otro modo.

De otra manera, estaríamos resignándonos a vivir una vida mutilada, incompleta, como tiene que ser la penosa vida de quienes solo tienen ojos para los platos que hay sobre su mesa. Eso sería traicionar lo que somos, lo que hemos sido.

Hoy no estamos todos los que somos, y no asumirlo así sería engañarnos a nosotros mismos. Mal podríamos vernos al espejo si no somos capaces de ver que falta una parte, hoy invisible nuevamente. Estamos incompletos.

Hay que comenzar de nuevo. Pero, contrario a lo que podría pensarse, la certeza de que tenemos que hacerlo no puede ser considerada una derrota. Todo lo contrario. Entre otras cosas, porque nadie nos podrá arrebatar la alegría de saber que no vamos a comenzar de cero.