Reinaldo Iturriza: «Desde Venezuela: interrogantes para apuntalar la revolución en el siglo XXI» (Podcast Ey, Patria mía, 19 de mayo de 2021)


Hace un par de semanas fui entrevistado por el compañero argentino Javier Trímboli, historiador y presentador de «Ey, Patria mía», un podcast del Centro Cultural Kirchner.

Creado en 2020, en su segunda temporada «continúa indagando sobre aquello que nos une; pensando, ampliando y resignificando fronteras. ¿Qué significa habitar este suelo, vivir en Argentina? ¿Y en América Latina? El podcast se propone cuestionar aquello que se postula como esencial, dotarlo de otros sentidos posibles y, por sobre todo, situar la discusión desde nuestras latitudes latinoamericanas.

Sin más, les invito a escuchar:

15. Federico Galende: filosofía, estética y sublevación Ey Patria mía – temporada 2 –

"El proyecto neoliberal está un poco derrotado, porque está poniendo en vilo, ya no solo un modo de sociedad, sino la humanidad en su conjunto" En esta ocasión, conversamos con Federico Galende. Escritor, Doctor en filosofía y profesor de la Universidad de Chile. Dirigió la revista "Extremoccidente". Colabora con distintos medios de Chiley Argentina. Ha publicado numerosos libros sobre literatura, arte, filosofía y política, entre otros, Benjamin y la destrucción (ed. Metales Pesados); Rancière. El presupuesto de la igualdad en la política y en la estética (Eterna Cadencia); y la novela Me dijo Miranda (Laurel, 2021). 
  1. 15. Federico Galende: filosofía, estética y sublevación
  2. 14. Alejandro Mamani: derecho, género y antirracismo
  3. 13. Silvia Zerbini: folklore, expresiones corporales y tierra
  4. 12. Eduardo Rinesi: Universidad, república y política popular
  5. 11. María Pía López: Cultura, narrativas y feminismos.

«El reto es cómo superar un modelo agotado por la vía democrática y revolucionaria» (entrevista en Gara, 7 de marzo de 2021)


Foto: Américo Morillo

Por Mirari Isasi

Publicado originalmente en Gara/Naiz

Reinaldo Iturriza (Puerto Ordaz, 1973) es sociólogo, escritor y militante popular. Autor de varios libros, entre ellos “El chavismo salvaje” (2016), además de haber ejercido como profesor en las universidades Bolivariana y Central de Venezuela, fue asesor de la Vicepresidencia (2010/2013) y ministro de Comunas y Movimientos Sociales (2013/2014) y de Cultura (2014/2016). En esta entrevista aporta algunas claves para entender la desconfianza y desafiliación política de amplios sectores de la sociedad y reclama autocrítica. Asegura que Venezuela superará la actual crisis y considera que el eje central debe ser «cómo superar un modelo agotado, y cómo hacerlo por la vía democrática y revolucionaria».

Reinaldo Iturriza asegura que Venezuela atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia, del que no duda que logrará salir tomando como referencia, y «corrigiendo los errores que haya que corregir», los avances durante la «década ganada».

2021 ha arrancado con una nueva Asamblea Nacional y todos los poderes del Estado en manos chavistas. ¿Qué retos se plantean? ¿Cuál es su balance de la anterior?

Comencemos por la última pregunta, porque solo de esa manera se puede ubicar en su contexto la afirmación: ‘todos los poderes del Estado en manos chavistas’, que se puede prestar a equívocos.

El resultado de las elecciones parlamentarias de diciembre significó la derrota de los que muy probablemente sean los diputados y diputadas más radicalmente antinacionales de nuestra historia republicana, lo que es mucho decir, dada la larga tradición de políticos serviles a intereses foráneos.

Desde que asumieron el control de la Asamblea Nacional, en enero de 2016, con los primeros amagos de aprobación de nuevas leyes, actuaron como un tropel desordenado, ansioso de revancha y deseoso de desmontar, pieza por pieza, el armazón jurídico que da soporte legal a varias de las conquistas sociales más sentidas por el pueblo venezolano, alcanzadas en la revolución bolivariana.

Habiendo podido elegir capitalizar la victoria electoral, erigiéndose como una institución que actuara como contrapeso del Ejecutivo, optaron por convertir al Legislativo en el menos independiente de los poderes, haciendo el papel de aspirantes a procónsules del soberano imperial estadounidense.

La trama destituyente del último quinquenio fue parcialmente urdida, pero sobre todo ejecutada de manera entusiasta, por la clase política antichavista con control de la Asamblea Nacional: es pública su participación en actos de violencia, en tentativas de golpe de Estado, en actos terroristas, culminando con la insólita autoproclamación como ‘presidente interino’ del diputado Guaidó, y la amenaza expresa de una agresión armada extranjera contra la nación.

Si todo lo anterior sería un exceso en cualquier país del mundo, es todavía poco frente a las nefastas consecuencias de las exitosas gestiones realizadas por diputados y diputadas antichavistas, para acelerar y profundizar el cerco económico contra el país entero. Siendo así, la derrota del antichavismo no puede ser sino una buena noticia para el conjunto de la sociedad venezolana. Luego, el resultado electoral representa una categórica victoria para la clase política chavista, que incluso ha logrado alzarse con la mayoría calificada, lo que supone, por supuesto, una amplísima capacidad de maniobra, y despeja el camino para que la Asamblea Nacional vuelva a estar al servicio de los intereses de la nación.

Dicho esto, el principal reto es convertir esta victoria del chavismo en una victoria para las mayorías populares. Si eso será así, está por verse.

La Asamblea Nacional era la única baza en manos de la oposición que lidera Juan Guaidó y en la que se basaba un apoyo internacional que se ha ido diluyendo. ¿Qué futuro le espera?

En nuestro país, en enero de 2019, se puso en marcha lo que podríamos llamar el ‘experimento Guaidó’. ¿En qué consistía? Previo desconocimiento de las elecciones presidenciales de mayo de 2018, el diputado Guaidó, una figura desconocida que recién había asumido la presidencia de la Asamblea Nacional, se autoproclama ‘presidente interino’ en una plaza pública, e inmediatamente obtiene el reconocimiento formal del Gobierno estadounidense. Luego es reconocido por algunos gobiernos de América y Europa. Una precisión muy importante: en su mejor momento, el ‘Gobierno interino’ recibió el reconocimiento de apenas una cuarta parte de los gobiernos del mundo.

Esta medida de máxima presión política y diplomática internacional, dirigida fundamentalmente por Estados Unidos, con el firme apoyo de la Unión Europea, vino a sumarse a la brutal agresión económica padecida por la sociedad venezolana durante los años previos. Inicia formalmente en 2015, durante la Administración Obama; se acentúa en 2017, ya durante la Administración Trump, con la aplicación de medidas coercitivas dirigidas a paralizar la industria petrolera, corazón de la economía venezolana, y se profundiza aún más a partir de la autoproclamación de Guaidó. El objetivo era asfixiar económicamente al país para forzar el quiebre popular, es decir, crear las condiciones para que la población se levantara contra el gobierno, y/o el quiebre institucional: fracturar la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y deponer al Gobierno por la vía del golpe de Estado.

A partir de la autoproclamación de Guaidó se redobla la apuesta y comienza a hablarse con mucha fuerza de ‘intervención humanitaria’. En tal sentido, un hito decisivo es la tentativa de incursión militar extranjera del 23 de febrero de 2019, bajo el pretexto de traer ‘ayuda’ a la población venezolana a través de la frontera con Colombia y, en menor medida, por Brasil. Esa tentativa fracasa, dado el firme rechazo no solo del Gobierno venezolano, sino de su Fuerza Armada, y de parte importante de la población.

Luego de este episodio, resultaba muy claro que el ‘experimento Guaidó’ había sido concebido para lograr el objetivo de ‘cambio de régimen’ en el muy corto plazo. Fracasado el plan, el Gobierno estadounidense, haciendo alarde de su característica arrogancia, en lugar de reconocer su derrota, decidió pagar el precio de seguir respaldando públicamente a un personaje que no pasa de ser un muñeco de ventrílocuo, sin verdadero arraigo popular, cuyos actos y declaraciones fueron perdiendo eficacia política de manera acelerada. A mediados de 2019, puede que un poco antes, Guaidó había perdido casi por completo su capacidad convocatoria, y las manifestaciones de la base social del antichavismo fueron cada vez más menguadas. ¿Qué futuro le espera? En un país democrático, ninguno. Quizá el olvido. A lo sumo, ser recordado como una figura tristemente célebre, que se prestó para estar en la primera línea, en el bando agresor, durante uno de los ataques más arteros que haya recibido la nación venezolana.

¿Qué lectura hace del alto índice de abstención en las últimas elecciones? ¿A qué responde? ¿Al hastío, a la indiferencia, al desgaste del chavismo, al agotamiento por la larga crisis económica y el bloqueo impuesto de EEUU?

Sí, todas esas circunstancias inciden y pueden sumarse otras: el hecho de que los principales partidos de oposición optaran por la línea abstencionista, intentando deslegitimar los comicios; la pandemia, aunque en líneas generales el Gobierno ha logrado mantener la situación sanitaria bajo control, y el bloqueo económico, que ciertamente afecta yes traduce, por ejemplo, en una significativa merma de los inventarios de combustible, lo que a su vez incide negativamente en la posibilidad de acceso al servicio de transporte…

Ahora bien, he planteado que el liderazgo político está en la obligación de ir más allá de análisis autocomplacientes, y tiene que ser capaz de valorar en su justa dimensión el peso de un fenómeno relativamente reciente: la indiferencia por la política.

A mi manera de ver, y analizando el voto chavista, hay una línea que va desde cierto hastío por la política, que se manifiesta ya en las parlamentarias de 2010, cuando el chavismo logra la mayoría en la Asamblea Nacional, pero no alcanza la meta de la mayoría calificada; pasa por la desafiliación política, fenómeno que se expresa en las parlamentarias de 2015, y que incide directamente en la victoria del antichavismo, y llega hasta las elecciones más recientes, cuando una parte de la población se abstiene de participar por pura y simple indiferencia.

Una participación del 30,5% en una sociedad altamente politizada, es un porcentaje muy bajo. Una parte importante de la población ha hecho un fuerte llamado de atención a su clase política.

Usted ha mencionado en alguna ocasión el rechazo de la ciudadanía al clientelismo y asistencialismo del PSUV.

Sí, es algo sobre lo que he insistido mucho. Es un tópico sobre el que se ha discutido bastante durante todos estos años. El mismo Hugo Chávez realizó numerosas reflexiones y cuestionamientos públicos al respecto.


Para decirlo de manera resumida: lo que puede entenderse como chavismo, es decir, las mayorías populares que se politizan ya durante la última década del siglo XX, se constituyó, en buena medida, como rechazo a lo que en Venezuela se conoce como ‘partidocracia’, incluyendo, por supuesto, sus usos y costumbres.

La fragua del chavismo como sujeto político se realiza alrededor, entre otras, de la idea fuerza de democracia participativa y protagónica, lo que supone una dura crítica a los viejos vicios de los partidos tradicionales, entre ellos el clientelismo y el asistencialismo. Eso de concebir a la gente como ‘cliente’ o como objeto de asistencia, en tanto que implica desconocer la potencia del sujeto chavista, siempre suscitará el más firme rechazo popular.

El problema es cuando, de tanto apelar a esas prácticas, el rechazo a la clase política chavista comienza a dar paso a la desafiliación de la identidad política, y ésta a la indiferencia.

Está claro que el PSUV y sus aliados no han sabido atraer a la ciudadanía. ¿Ha habido autocrítica? ¿Cómo volver a conquistar a esas bases?

Mi impresión es que, en líneas generales, el liderazgo político chavista, y salvo notables excepciones, es bastante poco autocrítico al respecto.

Sobre cómo volver a atraer a las bases: eso será posible siempre y cuando las mayorías populares sigan percibiendo que, más allá de las diatribas entre políticos, digamos que más allá de las miserias asociadas al ejercicio de la política, se están enfrentando dos proyectos antagónicos de país. Si está lo suficientemente claro que se trata de dos proyectos históricos en pugna, y en tanto que el proyecto del antichavismo es indiscutiblemente antinacional y antipopular, como lo es todo proyecto de elites, en esa medida habrá margen de maniobra para reagrupar fuerzas.

La fracasada estrategia de Guaidó le ha hecho perder apoyos y ha llevado a la ruptura de la oposición antichavista. ¿Hay posibilidades de un diálogo que facilite una salida a la crisis que vive Venezuela?

Sí. No solo el diálogo político es posible, sino que es lo deseable por las mayorías populares. Ahora bien, estoy convencido de que, con todo y que la población anhela alguna especie de tregua, un mínimo entendimiento, tampoco está de acuerdo con un nuevo pacto de elites. Como decimos en Venezuela: paz, sí, pero con justicia e igualdad, no la paz de los sepulcros, no la paz para que las mayorías vuelvan a ser invisibles y marginadas.

También ha habido una división en su seno con la ruptura con los principales y tradicionales aliados del PSUV, quienes acusan al Gobierno de negociar y aliarse con la burguesía, de aplicar políticas neoliberales, incluidas privatizaciones, y de olvidarse del legado de Hugo Chávez. ¿Es una ruptura insalvable?

Se ha deslindado el Partido Comunista de Venezuela, y parte de la militancia de otros partidos que integraban el Gran Polo Patriótico, lo que ha dado lugar a la Alternativa Popular Revolucionaria, que es una iniciativa que apenas da sus primeros pasos, y que actualmente tiene poco peso electoral.

Desde el gobierno se insiste en que no existe tal viraje hacia el neoliberalismo y se afirma que la política económica es el resultado inevitable de unas condiciones económicas particularmente adversas, que obligan a proceder con mucho pragmatismo. Pero hay razones para pensar que, más allá del necesario pragmatismo, algunas líneas de fuerza con mucha influencia en el Gobierno están convencidas de que las mayorías empobrecidas no pueden ser el centro de gravedad de la política, que lo vital en las actuales circunstancias es entenderse con el capital, brindarle todas las facilidades posibles, lo que implica posponer cualquier medida orientada a la revalorización del salario, a pechar las grandes fortunas, a aumentar los impuestos que tendrían que pagar los que más tienen.

Se ha denunciado públicamente que algunas tierras y empresas recuperadas por el Estado han sido devueltas a sus antiguos dueños y existe evidencia de que se ha procedido a la deliberada desinversión en algunas unidades de producción, para luego establecer las llamadas ‘alianzas estratégicas’, término que, en muchos casos, es simplemente un eufemismo que encubre la privatización. La política de defensa de los trabajadores se ha debilitado gradualmente, se han producido despidos arbitrarios, trabajadores han sido judicializados…

En general, estas líneas de fuerza no creen en la firme y necesaria fiscalización estatal de las fuerzas económicas que controlan el mercado.

El debate público sobre estos asuntos es bastante pobre: la vocería oficial suele responder a la defensiva, descalificando la crítica en términos nada constructivos. Las decisiones sobre asuntos tan fundamentales suelen tomarse en un clima de mucha opacidad. Es muy poco lo que se informa a la población. El Gobierno parece haber renunciado a su obligación no solo de informar, sino de explicar de la manera más didáctica posible por qué toma las decisiones que toma. Percibo una profunda y muy preocupante desconfianza en la gente.

En resumen, más que las serias diferencias entre antiguos aliados políticos, lo realmente preocupante es que termine de producirse una ruptura entre la clase política chavista y las mayorías populares.

¿Está en juego el capital político del chavismo? ¿Se reconocen las nuevas generaciones en el actual liderazgo, en el Gobierno y en el PSUV? ¿Cómo recuperar ese apoyo?

Sí, por supuesto que está en juego, en razón de todo lo que he intentado explicar hasta este punto, aunque de manera muy resumida. Más allá de lo generacional, hablamos de que mucha gente que alguna vez se reconoció como chavista, hoy se siente en una suerte de no-lugar de la política, no quiere saber nada de los políticos. Lo paradójico es que se trata de gente muy politizada. Si bien puede hablarse de una suerte de repliegue de la política, no es correcto hablar de despolitización.

A los más jóvenes, que no vivieron o estaban muy pequeños durante la ‘década ganada’, les resulta más difícil identificarse con un proceso que hoy exhibe su cara menos amable. El liderazgo político tiene el desafío de recuperar la confianza de la población en general, y de las nuevas generaciones en particular, y pienso que eso se logra, entre otras cosas, dando el ejemplo.

El liderazgo tiene que ser capaz de transmitir confianza en el futuro, de orientar hacia dónde vamos.

¿Cómo calificaría la situación política y económica de su país, a la que se ha sumado la crisis sanitaria por la pandemia?

Para la inmensa mayoría de la población, es una situación muy difícil. Para la nación, es uno de los momentos más difíciles de su historia. El venezolano es un pueblo muy perseverante, que no se ha dejado doblegar. Pero el precio que ha tenido que pagar es sumamente alto. Con todo, tengo la confianza de que vendrán nuevas situaciones y lograremos, una vez más, salir del laberinto.

¿Han conseguido el bloqueo y las sanciones su objetivo? ¿Han puesto en cuestión la continuidad del chavismo?

Ha fracasado en su intento de crear las condiciones para un ‘cambio de régimen’, pero ha provocado un enorme perjuicio en la población. Esto que estamos padeciendo es capitalismo del desastre, pero de manual. Con Chávez se dieron los primeros pasos para construir el socialismo bolivariano y Maduro intentó seguir el mismo camino durante sus primeros años en el gobierno. Hoy en día, en Venezuela no solo no hay socialismo, sino que impera el capitalismo salvaje, puro y duro. Si usted todavía tiene alguna duda de que el capitalismo es inviable, no tiene más que venir a Venezuela.

Estoy convencido de que uno de los objetivos era producir un shock político en la población, de manera que más nunca se nos ocurriera optar por la vía democrática socialista. Pero en su magnífico libro, Naomi Klein demostraba que las sociedades, para sobreponerse a situaciones de shock, suelen recurrir a las construcciones del pasado, apalancarse allí para construir lo nuevo.

Nada de tabula rasa, que el sueño de los neoliberales. Confío en que lograremos hacer eso: saldremos de esta situación tomando como referencia todo lo que fuimos capaces de hacer durante nuestra década ganada, corrigiendo los errores que haya que corregir. Así acometeremos la reconstrucción nacional.

Pero no todo será culpa del enemigo externo, Venezuela es un país con recursos y algo se estará haciendo mal.

Sí, por supuesto. Ya me referido a algunos de estos errores, creo haber mencionado los principales. En todo caso, estoy completamente de acuerdo con que es un craso error atribuir todos los problemas al enemigo externo, llámese imperialismo, guerra económica o bloqueo. Esto es algo sobre lo que ha advertido el propio Maduro. El liderazgo político está en la obligación de asumir su responsabilidad, de la misma forma que el Gobierno está obligado a gobernar con eficacia política y calidad revolucionaria.

¿Qué peso tiene la corrupción en la crisis económica y política y en los problemas de gestión?

Tiene un peso enorme. Creo que el problema principal es el modelo capitalista rentístico, que se estableció en Venezuela a partir de la explotación petrolera, a comienzos del siglo XX, y que según los expertos en la materia ya dio señales inequívocas de agotamiento durante la década de los 70.

El chavismo en tanto sujeto y el bolivariano en tanto proyecto pueden ser entendidos como la respuesta que las mayorías populares ofrecen para resolver ese problema fundamental, estructural, de la sociedad venezolana. Es allí donde está el quid de la cuestión.

Sin menospreciar el peso que pueda tener la corrupción en todo esto, no se puede negar que corremos el riesgo de vernos envueltos en discusiones interminables salpicadas de moralina, situación que nos puede desviar de lo que considero central: cómo superar un modelo agotado, y cómo hacerlo por la vía democrática y revolucionaria.

¿Qué papel juegan los militares en la política venezolana?

Un papel de primer orden, lo que por supuesto tiene que ver con el peso de una figura como la de Hugo Chávez. Se puede y creo que de hecho se tiene que discutir sobre la conveniencia de que figuras provenientes del mundo militar asuman, por ejemplo, la responsabilidad del manejo de empresas estratégicas, porque no es cierto que eso garantice una administración más eficiente, etc. Pero el hecho de que se trate de un civil tampoco es garantía de nada. En líneas generales, soy firme partidario de la unidad cívico-militar, pero esa unidad tiene que fundarse en principios muy claros: eficacia política y calidad revolucionaria.

Donald Trump se despidió con nuevas sanciones a Venezuela. ¿Espera un cambio en la política de Washington con la llegada de Joe Biden?

Parece que la Administración Biden ha comprendido que el ‘experimento Guaidó’ resultó un estrepitoso fracaso, pero, a decir verdad, tal reconocimiento no tiene mucho mérito. Trump lo sabía, y sin embargo insistió en su política contra Venezuela. Falta saber si Biden actuará, aunque sea parcialmente, de manera diferente. No abrigo ninguna esperanza. Podrán variar poco o mucho los métodos: Biden podrá marcar cierta distancia de Guaidó y su entorno, podrá dejar de exigir la renuncia de Maduro como condición sine qua non para una ‘salida electoral’, etc. Pero el objetivo del Gobierno estadounidense sigue siendo el mismo: retomar el control total de la nación venezolana, de nuestras riquezas. Además, no solo es harto conocida la vocación injerencista e incluso guerrerista de las administraciones demócratas, sino que, no hay que olvidarlo, las primeras ‘sanciones’ fueron impuestas por Obama, con Biden como vicepresidente. En tal sentido, es como si luego del interregno Trump volviéramos al punto de inicio, con la salvedad de que el presidente saliente no hizo más que continuar la senda ya trazada por sus rivales políticos internos.

Hasta el 2021. Siete lecciones y un horizonte


Más que una simple frase, una idea fuerza

Este 14 de enero se cumplen veinte años de la primera vez que Hugo Chávez empleó la célebre frase “hasta el 2021”, al menos de manera pública, y según puede verificarse en el sitio digital del Instituto de Altos Estudios que lleva su nombre.

La frase aparece referida un total de ochenta y ocho veces, en un arco temporal que inicia en 2001 y culmina en 2012. Notablemente, en veintitrés oportunidades no fue utilizada por Chávez, sino por alguno de sus interlocutores, casi siempre algún vocero o vocera popular, lo que habla a las claras de la manera como ella prendió en el seno de la base social de apoyo a la revolución bolivariana.

Chávez apeló a ella sesenta y cinco veces, más de la mitad de las cuales (treinta y cuatro) entre 2001 y 2003. Éste no es un detalle menor: la frase es mencionada por primera vez en un momento histórico en que el líder bolivariano da por sentadas las bases de la etapa correspondiente a la revolución política, es decir, aquella que inicia el 2 de febrero de 1999, cuando firma el decreto convocando al pueblo venezolano a decidir sobre la pertinencia de una Asamblea Nacional Constituyente, pasa por su posterior elección, el 25 de julio de 1999, el referendo popular aprobatorio de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, el 15 de diciembre de 1999, la total relegitimación de los poderes, el 30 de julio de 2000, y llega hasta el 10 de enero de 2001, cuando Chávez inicia formalmente un nuevo período de gobierno.

Cuatro días más tarde, el 14 de enero de 2001, en su programa Aló Presidente número 58, afirmará: “Este año 2001 es el año de la exaltación del pueblo venezolano y de la Fuerza Armada venezolana, por el 24 de junio y por el 5 de julio. Ciento noventa años del 5 de julio y ciento ochenta años del 24 de junio. Además, es el arranque, la década de plata y la década de oro. La década de plata es desde este año hasta el año 2011, cuando conmemoraremos los doscientos años del 5 de julio, y luego vendrá la década de oro, preparémonos para esa […].Comenzará con esa década del año 2011 hasta el 2021, porque el 24 de junio de 2021 conmemoraremos los doscientos años de la Batalla de Carabobo, es decir, de la independencia venezolana” (1).

Muy pronto, Chávez dejará entrever que “hasta el 2021” es mucho más que una frase entre otras, que en alguna ocasión le permitiera construir discusivamente una periodización más o menos arbitraria sobre el tiempo futuro, y la convertirá en una verdadera idea-fuerza que apalancará profundas reflexiones sobre los ritmos temporales en tiempos revolucionarios.

En más de una oportunidad tendrá que salirle al paso a las versiones según las cuales la frase escondía su pretensión de perpetuarse en el poder y, en parte como respuesta a esos mismos ataques, haciendo despliegue del sentido del humor que le caracterizaba, la empleará también como señuelo o provocación. Estos episodios más bien puntuales darían para un rico anecdotario, pero no es ese el objetivo de este texto.

Infinitamente más relevante para nuestro tiempo presente resulta identificar las lecciones políticas asociadas a la idea fuerza de “hasta el 2021”, casi todas extraídas de un discurso clave: el que ofrecerá el presidente Chávez durante sesión especial de la Asamblea Nacional del 28 de septiembre de 2001, con motivo de la presentación de las Líneas Generales del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación 2001-2007 (2). Lecciones sobre las que volverá reiteradamente, de una forma u otra, hasta el final de sus días.

Siete lecciones políticas

1.- “No son viables proyectos cortoplacistas”

En su alocución del 28 de septiembre de 2001, Chávez explicaba que en la propuesta que a título personal había elevado a la Constituyente, planteaba períodos de gobierno de siete años “con posibilidad de reelección inmediata”, porque era necesario garantizar “longitud a la maniobra” o “profundidad a la maniobra estratégica”. En razón del “profundo daño: moral, político, económico, social y de todo tipo”, era necesario, decía, “buscar una maniobra en profundidad”. Argumentaba: “Aquí no son viables proyectos cortoplacistas y superficiales […], convenzámonos de esto […]. A un mal estructural solo le cabe una solución estructural profunda, y el daño viene de lejos […], tiene profundidad […], pues no se va a solucionar con una maniobra de corto plazo. La solución, que tiene mucha variables, y surgirán caminos, pero sean cuales fueren las variantes del camino central estratégico, preparémonos, porque la maniobra va para largo plazo”.

Como es sabido, la Constituyente “soberanamente decidió períodos de seis años, y este plan estratégico nuestro lo hemos pensado y visualizado a veinte años, por eso hablamos del 2001-2021. Realmente solo en dos décadas, creemos, Venezuela puede fortalecerse de manera definitiva y sin posibilidad de retorno en lo social, en lo político, en lo ético, y nosotros bien podemos ser un […] pequeño gran país, hermanado con todos los países del mundo”.

A propósito de las Líneas Generales que exponía entonces ante la Asamblea Nacional, sostenía que el “proyecto transformador apunta ya a una fecha: 2007. Claro que ya estamos trabajando 2007-2014, las mismas líneas, a lo mejor salen otras, porque así pasa, los caminos se abren o se cierran, pero ahí va el camino. Y luego habrá que trabajar, porque es que uno se va acercando al horizonte y tiene que ir mirando más allá, incluso hay que mirar más allá del horizonte”.

Al final de la misma alocución reiteraba en la idea de que el período 2001-2011 tendría que ser “la década de plata, rumbo a la década de oro de Venezuela”, entre 2011 y 2021.

Un par de años más tarde, el 17 de octubre de 2003, en reunión con periodistas extranjeros acreditados en el país, extendía la mirada la mirada sobre el horizonte, estableciendo como meta el 2030: “Yo tengo una visión de tres décadas, hasta donde me llega la vista. Más allá no quiero ver porque no me corresponde ya […]. El 2030 para mí, así lo veo, es […] el año del bicentenario de la muerte no sólo de Bolívar […], [sino] del proyecto bolivariano que se enterró en Santa Marta, y nos dividimos en pedazos aquí: Colombia por un lado, Venezuela por otro lado, Ecuador, Perú, hubo guerras entre nosotros, corrientes divisionistas, las oligarquías de cada país se adueñaron de esos países; los pobres, los que libertaron de verdad, y los que echaron al imperio español, fueron expropiados, atropellados, y ahí están: estos son los herederos de ellos, los marginales de hoy; los abuelos de ellos fueron los que echaron al imperio español. Entonces he hablado del 2030 como una meta, como una gran meta, para que ese 2030 celebremos los doscientos años de la muerte de Bolívar, pero no con una muerte, sino con una república verdadera” (3).

2.- “Componentes vitales del proceso de transición”

Para acometer los cambios revolucionarios necesarios “hasta el 2021” y más allá, serían indispensables la voluntad y la racionalidad transformadoras: “a la voluntad transformadora hay que agregarle siempre la racionalidad transformadora, hay que llenar de razón al proceso transformador”.

Aquellas Líneas Generales equivalían a “un incremento de la racionalidad transformadora”. Esta última, explicaba Chávez, “implica que cada situación deseada futura […] requiere de dos elementos esenciales: el proyecto transformador y la fuerza transformadora. Estoy articulando ideas para dejar bien claro, especialmente a quienes impulsamos el proyecto transformador, que es necesario visualizar estos componentes vitales del proceso de transición que ahora comenzamos”.

Entonces, voluntad y racionalidad, y asociadas a esta última el proyecto y la fuerza. Es decir, “no basta con la voluntad revolucionaria”. Por supuesto, “toda situación de transición requiere de voluntad, pero además de voluntad, de racionalización, y la racionalización se consigue a través de programas concretos”. Complementaba Chávez: “Las metas hay que especificarlas de manera muy clara para poder evaluar y hacer seguimiento, y hacer control de gestión […], porque la revolución debe estar acompañada por […] calidad de gestión, calidad transformadora”.

3.- “No podemos bajar banderas”

Estrechamente vinculado al asunto sobre la voluntad y la racionalidad transformadora, está la obligación ética de no arrear banderas, a riesgo de que se desdibuje la orientación estratégica del esfuerzo transformador.

En palabras de Chávez: “No podemos bajar banderas. Es un proceso revolucionario el que estamos viviendo, que respeta y respetará toda opinión, respeta y respetará toda crítica, como lo hemos hecho y lo seguiremos haciendo. Nadie nos va a sacar de esa posición ética. Nadie va a lograr provocarnos. Porque hay incluso quienes pretenden provocarnos a ver si salimos a embestir como un toro. ¡No! Nosotros tenemos racionalidad. A veces somos como el toro, pero un toro que sabe muy bien cuál es su adversario. No el trapo rojo. Un toro que piensa y avanza cuando quiere avanzar, y se sienta cuando quiere sentarse. Hay una racionalidad en todo esto”.

Voluntad, racionalidad, firmeza ética e iniciativa estratégica. Proseguía Chávez: “Es importantísimo que los revolucionarios y las revolucionarias de hoy tengamos cada día eso muy claro, y ustedes, quienes aquí están en la Asamblea Nacional, deben tenerlo bien claro todos los días, como nosotros en el gobierno, como los gobernadores, pero especialmente quienes tenemos capacidad para tomar grandes decisiones: no podemos bajar banderas, insisto […]. Leyes revolucionarias tienen que salir de aquí, y de allá del gobierno […]. No podemos, a nombre de un falso consenso que por ahí se pregona, bajar banderas o echar principios a un lado. La inmensa mayoría del país está con este proceso transformador. Pues yo lo que hago es […] un llamado a todas las fuerzas políticas [para] que, aun con las diferencias, faciliten el proceso necesario, que aun con la crítica, se sumen al proceso de cambio, porque Venezuela no va a dar vuelta atrás. Un país no se suicida, ningún pueblo se suicida”.

4.- “No olvidemos jamás, ni por un instante, cuidar esa base popular de apoyo a la revolución”

En la misma intervención ante la Asamblea Nacional, Chávez explicaba que no hubiera sido posible “lanzar ningún proyecto de ningún signo hace dos años”. “Había que comenzar limpiando el pantano y construyendo las bases”, decía más adelante.

Luego de referirse, entre otros asuntos económicos, a los esfuerzos dirigidos a recuperar los precios del petróleo, razonaba que en 2001 ya podía afirmarse que “tenemos bases no solo en lo económico, tenemos bases en la estructura política que aguantan el proyecto”, aludiendo en este último caso, por supuesto, a las profundas transformaciones políticas ocurridas con el inicio del proceso constituyente en 1999.

Pero tan o más importantes que las bases previamente referidas, “también en lo social las tenemos: un pueblo […]. Y eso es algo fundamental. Porque más que el petróleo y su precio, es importantísimo el nivel de la moral de nuestro pueblo. Ahí anda en las calles, ahí anda por todas partes, a pesar de que muchas veces ese despertar de nuestro pueblo es utilizado […] para tratar de hacer creer que es el pueblo contra el gobierno. ¡No! Ese pueblo está con su gobierno. Pero es un pueblo que no está callado, no es un pueblo oprimido […] Es un pueblo que tomó la calle, es un pueblo que marcha, es un pueblo que habla, es un pueblo que reclama, porque tiene derecho a hablar, tiene derecho a reclamar, y es un pueblo que incluso me grita: ¡Chávez! Y tiene derecho a gritarme, y yo tengo la obligación de pararme, oírlo, y preguntarle qué quiere. Así que tenemos una base social […]. Así como no podemos descuidar ni siquiera por un día el precio del petróleo […], así como no podemos descuidar el crecimiento económico […], no olvidemos, compatriotas, no olvidemos jamás, ni por un instante, cuidar esa base popular de apoyo a la revolución. Ni un segundo podemos olvidarla”.

Un aspecto que no puede pasar desapercibido, y que podría considerarse decisivo, es que Chávez consideraba a esa poderosa base popular como un bien político invaluable para toda la nación, sin distingo de parcialidades políticas. Lo que la moviliza “no es una fe ciega en el caudillo”, afirmaba. Tampoco “es una fe irracional en el Mesías. No. Es amor. Ahí despertó un amor. Y decía Martí, lo repito: Amor con amor se paga. Amemos a ese pueblo. Vamos por él y con él, a sufrir con él, entendamos su grito, entendamos su dolor, entendamos su pasión, entendamos su necesidad. Cuidemos. Pero tenemos una base social que no es de Chávez. No es de los movimientos políticos que apoyan e impulsan el proceso de cambio revolucionario. No. Es un bien para todos, incluyendo a quienes nos adversan. Algunos no entienden o no terminan de entenderlo. ¡Incluyendo a quienes nos adversan! Ese es un capital de todos”.

5.- “Lo nuevo trae genes de lo viejo”

Sentadas las bases para la transformación revolucionaria de la sociedad venezolana, algunas más sólidas que otras, correspondía trabajar para seguir fortaleciéndolas. “Porque hay que tener claro lo siguiente: así como todos nosotros tenemos en nuestros genes rastros a veces muy marcados de nuestros padres o abuelos, así como nuestros hijos tienen en sus genes rastros también de nosotros mismos, igual pasa con la transición: lo nuevo trae genes de lo viejo. Y a veces en los genes vienen virus, enfermedades muy viejas”.

Acto seguido, Chávez ilustraba: “Hace poco, por ejemplo, nosotros decidimos expulsar de nuestro movimiento a un grupo de diputados regionales que se incrementaron el sueldo […]. Y será expulsado de nuestras filas quien lo haga. Ahí hay que tener, por una parte, firmeza, mucha firmeza al respecto. Pero por otra parte, también conciencia de que eso siempre ha ocurrido así, de que es natural que ocurra, lo cual no significa que lo vamos a aceptar. No. Hay que combatir esos rastros y esos restos de lo viejo que se vienen en el vientre de lo nuevo”.

6.- “Paciencia infinita para no perder el rumbo”

Chávez insistirá en que hacer realidad un proyecto de transformación de largo aliento, no será tarea fácil. Así lo manifestó aquel 14 de enero de 2001: “Preparémonos, pues. El camino es largo. Será difícil. Siempre estaremos enfrentando obstáculos, campañas de difamación, de tergiversación de la realidad, pero esta revolución no tiene marcha atrás, ha entrado al siglo XXI a paso de vencedores y no hay marcha atrás”.

Así lo reiteró el 5 de octubre de 2001, desde el estado Barinas: “Invito a todos a que nos unamos, que pongamos lo mejor de nosotros, que nos pongamos nuestras botas de campaña bien amarradas, que nos pongamos esas armas de la razón y el coraje de la verdad, porque el camino es largo y difícil, y que nos vayamos a hacer la patria desde este año 2001 hasta el 2021 […]. Ahora, esto requiere mucha paciencia, hermanos. Porque es como que nosotros nos propongamos subir el Pico Bolívar, que tiene 5007 metros de altura. Y entonces, en este momento, bueno, hemos subido a lo mejor un metro, pero son 5007 metros. Y además sin muchas provisiones, además sin alimentos suficientes, además con ventarrones y nevadas, y por picos y farallones. Hay que armarse de una paciencia infinita para no perder el rumbo y para no cansarse, para no desfallecer” (4).

El 7 de junio de 2003, desde el 23 de Enero, en Caracas, advertía: “Esta batalla no ha terminado, pero para nada. Que nadie se equivoque. Esto apenas está comenzando. Repito, esta batalla es larga, yo los acompaño hasta el 2021 […] Esta batalla es de ustedes. Vayan preparándose bien, porque les vamos a entregar […] el testigo” (5).

7.- “La revolución comienza a tocar intereses de mucha gente con poder”

El mismo 5 de octubre de 2001, en un acto enmarcado en la lucha contra el latifundio, que iniciaba con bríos a partir de la reciente entrada en vigencia de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario, Chávez explicaba las razones parciales de las dificultades que entraña impulsar un proyecto revolucionario: “La revolución ha entrado en una fase mucho más difícil, y así lo digo y así lo aclaro, y así lo declaro. Mucho más difícil lo que viene ahora. Porque ahora se trata de la revolución económica y social, ya no solo de la revolución política que hemos hecho. En la revolución económica y social, entonces, es cuando la revolución comienza a tocar intereses de mucha gente con poder, aquí y fuera de Venezuela”.

Oteando el horizonte

Una vez que nos vimos alcanzados por el futuro (qué lejano nos parecía cuando Chávez hablaba de 2021), lo primero que habría que recuperar, allí donde corresponda, o preservar, allí donde no se haya perdido, es nuestra capacidad para otear el horizonte. Por dos razones.

En primer lugar, porque se nos ha impuesto la idea de que, veinte años después, todas las bases se han venido abajo, encontrándonos de nuevo, como si de una fatalidad se tratara, en el pantano histórico. Habrá que reconocer que, más allá de la idea, es el terrible peso de las circunstancias materiales el que se impone, aplastando voluntades. En segundo lugar, porque, aplastadas las voluntades, sin fuerza para levantar cabeza, pierde todo sentido cualquier idea de horizonte.

Pero incluso si fuera el caso que nos hallamos en medio de las ruinas de lo que alguna vez fueran bases más o menos sólidas, debemos identificar el punto más alto y, desde allí, iniciar la tarea de reconstrucción.

Por tanto, otear el horizonte vendría a ser quizá nuestra principal bandera en el tiempo presente. Una que no podemos bajar, bajo ninguna circunstancia.

Puntualicemos:

  1. Oteando el horizonte con mirada jánica podemos llegar a una conclusión crucial: en lo absoluto puede considerarse a la revolución bolivariana como un proyecto fracasado, sino como un proyecto inacabado. Un proyecto que fue concebido, desde el inicio, para realizarse en tres décadas y, quizá más importante todavía, que resultó indiscutiblemente exitoso no solo durante la década de plata, sino aun entrada la que, siguiendo a Chávez, ha debido ser la década de oro. Hay suficiente evidencia material al respecto, y también espiritual: son millones los testimonios que pueden respaldarla. Solo el obcecamiento de las elites, que ha encontrado terreno fértil en las terribles dificultades que hemos tenido que sortear las mayorías populares, en particular durante el último quinquenio, puede pretender borrar la realidad de un plumazo.
  2. Para garantizar la continuidad del proyecto inacabado, con notables éxitos parciales, y también para enfrentar con eficacia cualquier tentativa de elites orientada a borronear la historia y reescribirla a conveniencia, es indispensable reconocer los errores en los que ha incurrido el liderazgo bolivariano, tanto en el gobierno como en el partido, tras la desaparición física de Chávez, así como la evidente incapacidad para ofrecer soluciones a los graves padecimientos de la población. Si toda transición requiere de voluntad y racionalidad, hay que identificar y atacar allí donde, claramente, no se manifiesta ni voluntad ni racionalidad transformadora alguna, y de allí la impresión popular creciente de que dejó de estar claro el proyecto que guía los actos de gobierno, y de allí también la pérdida progresiva de fuerza.
  3. Deja de haber claridad sobre el proyecto estratégico cuando se decide bajar las banderas. Si estaba presente hace veinte años atrás, hoy ronda con mucha más fuerza el peligro del falso consenso, para decirlo en términos de Chávez. Ciertamente, los pueblos no se suicidan, pero cualquier pacto de elites, de las viejas y las nuevas, pueden asestarles un golpe casi mortal. El irrespeto de prácticamente cualquier opinión y crítica pareciera un claro indicio de mala conciencia.
  4. Respétese el derecho que tiene el pueblo de hablar, de reclamar, de gritar, y asúmase la obligación de escuchar. No es solo invitarlo: Ven, vamos juntos. Es fundamentalmente ir con él, sufrir con él. Entenderlo. Es cuidar una base popular que no es patrimonio de nadie o, dicho de mejor manera, es un bien político de todos. Es un capital de todos, que no tendría que ser usufructuado por ninguna fuerza política.
  5. Uno de los tópicos preferidos del discurso de elites es que, desde sus orígenes, la revolución bolivariana llevaba consigo los genes del fracaso, y que por tanto éste resultaba inevitable. En sentido estricto, no habría habido avance material y espiritual alguno durante la primera década de este siglo y parte de la segunda, sino un espejismo que solo hoy, cuando nos vemos obligados a lidiar con el desierto de lo real, podemos apreciar en su justa dimensión. Más allá de la mezquindad y el cinismo de elites, corresponsables de la situación presente, y en lugar de conformarnos con balances autocomplacientes, y mucho menos nostálgicos, tendríamos que poder identificar cuánto persiste entre nosotros de los genes de la vieja política, y cuándo se decidió dejar de combatir, si tal fuera el caso, los restos de lo viejo. Tarea que corresponde asumir, con particular énfasis, a las nuevas generaciones de políticos, que no por nuevas están exentas de reproducir las peores prácticas. Más bien podría decirse que todo lo contrario.
  6. Nadie dijo que sería fácil. Por tanto, ya basta de seguir enumerando dificultades, nada más que para utilizarlas como pretextos.
  7. Ahora que recién inicia la tercera década del ciclo bicentenario, definamos: o ésta es una revolución que, inevitablemente, en tanto que antepone los intereses de las mayorías populares, seguirá afectando los intereses de mucha gente con poder, con las dificultades que eso acarrea, o se siguen afectando los intereses de las mayorías populares porque se ha decidido que, para preservar el poder, es conveniente no afectar los intereses de mucha gente con poder. De alguna forma tendrá que resolverse el dilema. De eso dependerá, en buena medida, la naturaleza de las luchas que libraremos en el futuro.

Chávez decía que no le correspondía ver más allá de 2030. Nosotros asumimos la obligación de hacerlo. Tenemos la voluntad y también razones suficientes.

Referencias

(1) Hugo Chávez Frías. Aló Presidente N° 58. 14 de enero de 2001.

(2) Hugo Chávez Frías. Alocución en Sesión Especial de la Asamblea Nacional con Motivo de la Presentación del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación. 28 de septiembre de 2001.

(3) Hugo Chávez Frías. Intervención en almuerzo con periodistas extranjeros. 17 de octubre de 2003.

(4) Hugo Chávez Frías. Desde Sabaneta de Barinas. 5 de octubre de 2001.

(5) Hugo Chávez Frías. Discurso durante inauguración de Mercal en el 23 de Enero. 7 de junio de 2003.

Reinaldo Iturriza: ‘Una parte importante del chavismo está reclamando ubicarse nuevamente en la cresta de la ola’


Foto: Orlando Monteleone

Por Federico Fuentes

Publicado originalmente en Links. International Journal of Socialist Renewal

La Ley Antibloqueo recientemente aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente ha generado un fuerte debate. ¿Cuáles son sus pensamientos sobre la ley y el debate en torno a ella?

Quizá lo primero que habría que apuntar respecto de la Ley Antibloqueo es que hay una línea de continuidad entre esta iniciativa y la Agenda Económica Bolivariana, de enero de 2016. 

En aquel entonces, en un contexto de severa contracción de la renta petrolera, que inicia en 2014, e inmediatamente después de la derrota del chavismo en las elecciones parlamentarias, en diciembre de 2015, el Gobierno se decide por una política de alianza con algunos sectores de la burguesía, por el diálogo con la burguesía más tradicional, representada por Fedecámaras, con la que sostendrá reuniones periódicas durante todo 2016, y apuesta por el fortalecimiento o la creación, incluso, de lo que concibe como “burguesía revolucionaria”. 

Se trata, sin duda, de un punto de inflexión del proceso bolivariano, y no precisamente por el hecho de sentarse a “negociar” con la burguesía, o con parte de ella, sino por todo lo que implica hacerlo en posición de desventaja. Reuniones con la burguesía, incluso con sus representantes más conspicuos, las hubo siempre, pero sin que estuviera nunca en entredicho la necesaria e innegociable función reguladora del Estado sobre el mercado, lo que significaba realmente mantener a raya al “sector privado”, sin negarle en ningún momento su espacio, para poder garantizar el acceso de las grandes mayorías populares al mercado.

Estando en posición de desventaja, resultaba no solo predecible, sino correcto, sensato y recomendable, retroceder algunos pasos, ceder algo de terreno, mientras se reordenaban fuerzas. No obstante, lo que ocurrió desde aquel momento se parece más a un repliegue desordenado que a cualquier otra cosa. 

En primer lugar, parece haber prevalecido una subestimación de la propia fuerza: más allá de lo que podía percibirse en la calle (por ejemplo, la victoria del antichavismo en las elecciones parlamentarias no fue celebrada popularmente, más bien todo lo contrario), y desde el punto de vista estrictamente electoral, el chavismo seguía representando un macizo cuarenta por ciento del país. Y mucho más allá de lo electoral, tal y como lo ha demostrado hasta el tiempo presente, constituía una fuerza capaz de lidiar con un entorno abiertamente hostil, y de sobreponerse a las más duras dificultades. 

En segundo lugar, comenzaron a hacerse públicas las opiniones de algunos altos funcionarios y dirigentes, favorables a ponerle marcha atrás a la nacionalización de algunas actividades petroleras, por ejemplo, o contrarias a las satanizadas expropiaciones. El hecho decisivo de que el liderazgo político decidiera no plantear o convocar un debate nacional sobre la eventual necesidad de hacer un viraje significativo en la orientación estratégica de la política económica, aportó a la percepción de que se trataba de opiniones aisladas; inconcebibles hasta entonces, eso sí, lo que sugería que algo más grueso se podía estar fraguando a puertas cerradas, pero aisladas al fin.

No obstante, hoy resulta relativamente sencillo concluir que aquellas opiniones encarnaban el signo de los nuevos tiempos: tal parece que algunas líneas de fuerza que, dentro del chavismo, y por la razón que fuere, miraban con recelo el radicalismo implícito en el horizonte estratégico delineado en el Plan de la Patria, se habían convencido de que, junto a las graves dificultades económicas y el reflujo popular, su tiempo había llegado. La pésima gestión de algunas empresas públicas, la corrupción, pero también la deliberada desinversión, sumado a la profunda desconfianza en el pueblo organizado, circunstancias todas que precedieron a la Agenda Económica Bolivariana, contribuyeron a posicionar la idea de que, por ejemplo, resultaba indispensable establecer “alianzas estratégicas” con sectores de la burguesía para salir del atolladero.

El problema, debo insistir, no son las tales “alianzas estratégicas”, que seguramente, en determinados casos, eran necesarias o convenientes. No se trata de una cuestión de principios. El problema, realmente, es que en muchos casos se decidiera por la desinversión: por el abandono de bienes públicos con la finalidad de privatizarlos. Lo que debemos tomar en cuenta es que desinvertir presupone, lógicamente, la posibilidad de invertir, de apostarle a seguir invirtiendo en lo público. Desinvertir es una decisión política, no la consecuencia inevitable de la mala gestión. De hecho, en muchos de estos casos (todavía no es posible saberlo, porque el proceso se ha caracterizado por la opacidad) seguramente era todo lo contrario: la mala gestión pública era la consecuencia inevitable de la desinversión, así como de la corrupción. En todo caso, lo central aquí es que la decisión ha podido ser corregir los problemas de gestión y garantizar la propiedad pública de estos bienes.

¿Se trataba de una política de Estado: desinvertir para luego privatizar? No lo creo. Como tampoco era una política de Estado el desalojo violento de campesinos y la devolución de la titularidad de las tierras a terratenientes, o la falta de apoyo a las experiencias comuneras, o la judicialización de trabajadores, o los férreos obstáculos a iniciativas extraordinarias, como la del Ejército Productivo Obrero. Me parece que no fue así como se desarrollaron los acontecimientos. Pero sin duda alguna estábamos en presencia de un patrón de actuación, apuntalado por algunas líneas de fuerza con importante presencia en los distintos niveles de gobierno, no solo nacional, sino también regional y local.

Pero si la desinversión no era una política de Estado, las “alianzas estratégicas” sí lo son, fundamentalmente a partir de 2016, con la Agenda Económica Bolivariana. En la medida en que, a pesar de haberse levantado todos los controles sobre el mercado, la situación económica ha venido agravándose (brutal desvalorización del trabajo, hiperinflación, dolarización de facto), en tanto que las “sanciones” criminales suponen el estrangulamiento del cuerpo económico de la nación (sobre todo después de los golpes arteros contra PDVSA en 2017), y dado que el ingreso nacional ha disminuido de manera abrupta, lo más “lógico” pareciera ser insistir, ahora con más razón, en las alianzas con el “sector privado”, nacional y transnacional, para reactivar la economía.

En ese contexto debe entenderse, a mi juicio, una iniciativa como la Ley Antibloqueo. De hecho, el artículo 18, relativo al destino de los recursos generados a partir de su aplicación, establece que uno de sus objetivos es “el estímulo e impulso de los motores económicos productivos de la Agenda Económica Bolivariana”, además de prever mecanismos que pudieran hacer posible “la captación de inversión extranjera, sobre todo a gran escala” (artículo 20), la posibilidad de “modificar los mecanismos de constitución, gestión, administración, funcionamiento y participación del Estado de determinadas empresas públicas o mixtas” (artículo 26), la implementación de “medidas que estimulen y favorezcan la participación, gestión y operación parcial o integral del sector privado nacional e internacional en el desarrollo de la economía nacional” (artículo 29), la “incorporación urgente” en el proceso productivo, mediante “alianzas con entidades del sector privado, incluida la pequeña y mediana empresa, o con el Poder Popular organizado” de “activos que se encuentren bajo administración o gestión del Estado venezolano como consecuencia de alguna medida administrativa o judicial restrictiva de alguno de los elementos de la propiedad” (artículo 30), entre otros.

Dicho esto, es claro que cualquier venezolano o venezolana está en su pleno derecho de discutir ésta o cualquier otra iniciativa legal o acto de gobierno, de exigir que sus proponentes expliquen con mucha claridad cuál es el propósito que persigue, y estos últimos están en la obligación de aclarar cualquier duda que pudiera surgir. Es decir, la duda no tiene por qué ofender a nadie. En todo caso, el liderazgo político debería comenzar por comprender que la opacidad que ha caracterizado la actuación gubernamental en materia económica ha sido un craso error.

Mucho más allá de la Ley Antibloqueo, suerte de colofón del giro gubernamental en materia económica iniciado alrededor de 2016, creo que hay pocas cosas más importantes que someter a balance crítico la Agenda Económica Bolivariana. Y no me refiero a un balance entre especialistas, a una reunión a puertas cerradas, a un sofisticado ejercicio de introspección, a un torneo de retórica, a la antesala de futuras tesis académicas, a una discusión interminable, estéril e incluso melancólica sobre lo que se hizo, lo que no se hizo o lo que pudo haberse hecho. Lo que se hizo, hecho está. Hablamos de hechos consumados, lo que también quiere decir, por cierto, que ya no tiene mucho sentido seguir adoptando el tono de advertencia, que fue lo que tantos y tantas hicimos durante estos años.

Vistos los resultados, hay sobradas evidencias de que, buscando una salida, nos hemos adentrado aún más en el laberinto. Si lo que tuvo lugar fue un repliegue desordenado, lo que correspondería es reordenar fuerzas para estar en capacidad de volver caras. No volveremos al punto en el que nos encontrábamos la víspera de 2016. La historia no transcurre de esa manera. No solo no es posible, sino tampoco deseable. Deseable es asumir que se eligió entre varios caminos posibles, y en tanto que los resultados están lejos de haber sido favorables para las mayorías populares, tiene que ser posible y deseable elegir uno nuevo. En revolución siempre.

Ese camino tiene como norte, a mi juicio, una sólida y robusta propiedad pública, lo que no desdice, debo insistir, del espacio que siempre le ha sido garantizado al capital privado, pero cuyos intereses y margen de maniobra deben tener un límite, y ese límite lo define el interés nacional, social, colectivo. Como decía Chávez en su Aló Presidente Teórico No. 2: “Nosotros defendemos la propiedad, pero no la propiedad burguesa, [sino] la propiedad social, la propiedad del pueblo… la propiedad honesta, la propiedad de tu trabajo, la propiedad de tu vivienda, la propiedad de ti mismo, la propiedad de tus bienes personales, la propiedad familiar, la propiedad comunal. Esa es la propiedad que nosotros defendemos, no la grosera propiedad de los burgueses que se quieren adueñar de todo”. Esa es la propiedad que tenemos que seguir defendiendo. Ese tendría que ser el punto de partida.

Parecería que están apareciendo divisiones dentro del chavismo. Por ejemplo, hemos visto la formación recientemente de la Alternativa Popular Revolucionaria, que incluye quizás a dos de los aliados más grandes del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) junto con algunos otros movimientos populares. Están postulando candidatos en contra del PSUV y han lanzado algunas críticas fuertes al Gobierno. ¿Cómo podemos entender estas divisiones y los debates que ocurren entre partidos y movimientos revolucionarios?

Alguna gente podría sentirse tentada a concluir que la Alternativa Popular Revolucionaria (APR) es el típico caso de fuerzas de ultraizquierda que, haciendo gala de su característica desubicación histórica, terminan siendo funcionales, aquí y ahora, a la estrategia imperial de “cambio de régimen”, corriendo al Gobierno por izquierda en un contexto de brutal asedio político y económico, es decir, de la manera más inoportuna, y contribuyendo a la suicida dispersión de fuerzas. Creo que no es correcta esta valoración.

En primer lugar, difícilmente pueda catalogarse de “ultraizquierdistas” a las fuerzas que confluyen en la APR: Partido Comunista de Venezuela (PCV), el grueso de Patria Para Todos (otra parte se ha alineado con el Gobierno), y otras organizaciones más modestas, con presencia fundamentalmente regional o local. En segundo lugar, la dispersión de fuerzas precede a la iniciativa de conformación de la APR, y guarda relación directa, entre otras cosas, con el sectarismo que ha caracterizado al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). En tercer lugar, y esto es quizá lo más importante, no creo que la APR constituya una “amenaza”, en el sentido de poner en riesgo una eventual mayoría de fuerzas chavistas en la futura Asamblea Nacional. Hay que recordar que, aun cuando algunos de ellos han inscrito candidaturas, todo indica que los principales partidos opositores acatarán la línea impuesta por el gobierno estadounidense, que es la abstencionista. Al contrario, creo que la existencia de la APR puede motivar a mucha gente chavista que, por la razón que fuere, no desea votar por la tarjeta del PSUV, y mucho menos por algún partido de la oposición, y en tal sentido puede contribuir a reducir la abstención, que es uno de los principales objetivos de las fuerzas patrióticas de cara a las elecciones parlamentarias; además, obviamente, de recuperar la mayoría en una institución del Estado que, en manos del antichavismo, fue puesta al servicio de intereses claramente contrarios a la nación.

De hecho, me atrevería a afirmar que si no fuera por el servilismo sin límites de los principales partidos antichavistas, que los ha privado de la libertad de definir soberanamente su estrategia política (lo que los ha hecho encajar una derrota electoral tras otra a partir de 2017), una iniciativa como la APR sería inconcebible. En otras circunstancias, y más allá de diferencias programáticas, estoy seguro de que las fuerzas políticas chavistas, o al menos la mayoría de las que integran la APR, hubieran encontrado la fórmula de la unidad electoral.

Amenaza real, en todo caso, es el sostenido esfuerzo del gobierno estadounidense de deslegitimar las elecciones en nuestro país, y su pretensión de bloquear cualquier posibilidad de salida política y electoral, pese a lo cual, como es correcto, aquí se siguen celebrando elecciones como manda la Constitución.

La APR, en cambio, puede ser una iniciativa que contribuya, al menos, a destrabar un poco la discusión pública sobre los problemas fundamentales del país real. Ni siquiera se trata, en este momento, de determinar si los compañeros y compañeras de la APR tienen razón respecto de tal o cual asunto, sino de crear y multiplicar canales de interlocución política que le permitan al pueblo venezolano expresarse, interpelar, demandar, organizarse incluso. Esos canales han venido reduciéndose, y ese es un proceso que es necesario revertir.

Muchas personas que no hacemos parte de esa iniciativa política abrigamos la esperanza de que no se trate de una alianza puntual en torno a lo electoral, que es siempre un riesgo, sino de la antesala de una plataforma que aglutine fuerzas que vienen actuando de manera desarticulada, lo que les resta mucha eficacia política. 

Lo electoral es un momento. Muy importante, por supuesto, pero es solo un momento. Si la tarjeta del PCV obtuviera menos votos de lo esperado por quienes promueven la APR, eso no tendría por qué conducirlos a abandonar el esfuerzo de articulación política. Caso contrario, de obtener un significativo caudal de votos, eso no debería ser traducido como un apoyo expreso e incondicional a la APR. Tal vez haya mucho de rechazo al PSUV.

Por otra parte, me parece importante precisar que la mayoría del pueblo chavista que votará en las parlamentarias lo seguirá haciendo por el PSUV. Respecto de este punto, creo que los compañeros y compañeras de la APR deben hilar muy fino y ser muy cuidadosos en el análisis. Porque si algo no se puede hacer en política revolucionaria es menospreciar a la gente. Hay que asumir que si mucha gente votará por el PSUV, lo hará por razones absolutamente legítimas, y no porque actúa como rebaño que es conducido al matadero, que dicho sea de paso ha sido siempre el discurso del antichavismo. No lo hará por una bolsa de comida, como afirma la derecha, sino porque, para decirlo en términos muy gruesos, considera que la mejor opción sigue siendo, pese a todo, votar por el partido de Chávez. ¿Eso qué significa? Hay que hacer el ejercicio de responderse esa pregunta. Por mi parte, descarto de entrada cualquier respuesta que apunte en la dirección de señalar de ignorante al pueblo que vota por el PSUV. 

Ese es, por cierto, el problema de parte importante del liderazgo del PSUV: creer que la política, y más en tiempo de elecciones, se reduce al clientelismo y al asistencialismo, y que tales prácticas, que suscitan un profundo rechazo popular, bastan para ganarse el respaldo de la gente.

Hay una cuesta muy empinada que remontar. Hay que retomar los fundamentos de la política revolucionaria. El pueblo trabajador que vota por el PSUV, lo mismo que el pueblo que está decidido a no votar, como el que votará por el PCV, incluso el que votará por la oposición, pertenece a una misma clase. Hay que hacer política para la clase trabajadora, con la clase trabajadora, no importa con qué partido se identifique o si no se identifica con ninguno, como es el caso de mucha gente actualmente.

El chavismo, en el momento de su fragua histórica, hace más de veinte años, fue mucho más allá, y forjó una alianza policlasista, cuyo centro de gravedad fue precisamente la clase trabajadora, y en particular eso que Chávez llamaba, a comienzos de los 90, “clase marginal”, que son los pobres que trabajan, pero cuyo trabajo no les garantiza lo mínimo suficiente para la reproducción de la vida. Luego de reducirse significativamente durante la primera década de este siglo y parte de la presente, esa fracción de clase ha vuelto a ser mayoritaria. Sin embargo, no hace resonancia con ninguna fuerza política partidista. Se sienta huérfana de liderazgo, se percibe a sí misma como en un callejón sin salida. El antichavismo es sencillamente incapaz de identificar esa realidad. Su origen de clase se lo impide. Allí es donde tenemos que hacer política nosotros y nosotras.

¿Cuál es la situación actual del chavismo? ¿Cómo está la relación entre este movimiento y el Gobierno, particularmente a la luz de las recientes protestas que hemos visto en áreas que tradicionalmente han votado por Chávez y Maduro? ¿Cómo ves la dinámica entre movimiento y Gobierno en la coyuntura actual?

Alfredo Maneiro apelaba a la figura del “agua mansa” para referirse al lugar que ocupa el pueblo venezolano que se prepara para eclosionar, es decir, para convertirse en esas “gotas de agua que están en la cumbre de la ola”. Eso lo decía por allá en 1982. 

Pues bien, las mayorías populares eclosionaron varias veces desde entonces, con mayor o menor intensidad: durante la rebelión popular del 27F de 1989; en 1992, convertido en pueblo militar; en 1994, al salir Chávez de la cárcel y hasta llevarlo a la presidencia, en 1998; en 2002, cuando el contragolpe popular; y así sucesivamente. Por supuesto que esto del “agua mansa” puede interpretarse de distintas formas y, visto desde una perspectiva histórica de más largo alcance, quizá lo correcto sea hablar de una gran eclosión en 1989, y de una mar embravecida a partir de ese acontecimiento, con unas cuantas coyunturas de relativa calma, pero estando el pueblo con frecuencia en la cresta de la ola.

Pienso que atravesamos por una de esas coyunturas en que volvemos a ubicarnos en el “agua mansa” o, para seguir con Maneiro, en el “seno” que separa la ola más reciente de la que vendrá.

En esta coyuntura en particular hay una suerte de clausura de la política. En primer lugar, diría, porque el antichavismo le ha apostado muy fuerte a la antipolítica. Ese es un hecho decisivo. El grueso de la oposición venezolana, y no me refiero solamente a su clase política, se ha caracterizado por ser extremadamente desleal y antidemocrática. A comienzos de 2014, muy poco después de la desaparición física de Chávez, y cuando la situación política y económica del país todavía era relativamente estable (lo que no es un dato menor), su facción más extrema volvió a apostarle a la vía confrontacional y violenta, que había abandonado diez años antes, después de sucesivas derrotas. Luego, a comienzos de 2016, y con el control de la Asamblea Nacional, “prometieron” al país que harían lo necesario para deponer al Gobierno en un lapso no mayor de seis meses, es decir, por vías no legales. En 2017 arreciaron las diligencias para endurecer el asedio económico contra la nación, ya en un contexto de severa crisis económica y, de nuevo apostando a la violencia, lograron poner al país al borde de una guerra civil. En 2018 se produce un intento de magnicidio. En 2019, como es sabido, un diputado hasta entonces desconocido se autoproclama presidente, y hacen llamados abiertos al golpe militar y a la intervención militar estadounidense y de gobiernos vecinos. Más recientemente, tiene lugar una frustrada incursión paramilitar por las costas venezolanas. En el ínterin, varios planes de golpes de Estado son develados, se producen ataques armados a instituciones del Estado, a fuertes militares, se multiplican las “sanciones”, etc.

Si bien en las presidenciales de 2013 la oposición estuvo más cerca que nunca de llevarse la victoria, y pese a haber triunfado en las elecciones parlamentarias de 2015, lo cierto es que durante los últimos seis o siete años no ha hecho otra cosa que desperdiciar el capital político que hubiera podido acumular. Ensoberbecida, convencida de que, en ausencia de Chávez, hacerse con el poder era algo que estaba a la vuelta de la esquina, a costa de lo que fuere; apoyada incondicionalmente por el imperialismo yanqui y, más que apoyada, haciendo el papel de muñeco de ventrílocuo de Washington; animada por el desplome de los precios del petróleo y confiada en su capacidad de aprovechar su posición de dominio sobre la economía nacional; enceguecida por el deseo de revancha; favorecida irrestrictamente por las transnacionales de la información; entusiasmada por el avance de la derecha continental, la oposición venezolana terminó aplicando, de hecho, una política de tierra arrasada, contribuyendo decisivamente a lo que en otra parte he caracterizado como desciudadanización de la sociedad venezolana, sobre todo a partir de 2017, cuando el ciudadano común, lejos de sentirse a las puertas de la “liberación” del país, tenía miedo de salir a la calle, algo que no había experimentado desde, precisamente, los días posteriores al 27F de 1989, cuando el Estado masacró a miles de venezolanos y venezolanas.

Analizado en retrospectiva, y a muy grandes rasgos, puede verse cómo, tras cada fracaso, la oposición ha respondido no replanteando su estrategia, sino doblando la apuesta, de manera cada vez más violenta.

Lo anterior no es un memorial de agravios. Son datos de contexto sin los cuales es imposible comprender por qué, pese a la profunda inconformidad con el Gobierno nacional, al margen de toda la responsabilidad que recae sobre éste, a las clases populares les resulta tan difícil percibir a la oposición como una alternativa real.

Dicho de otra manera, no se trata tanto de que la oposición venezolana haya sido incapaz de trazar una estrategia acertada, que le permitiera encontrar soluciones políticas a los “problemas” del país, para decirlo de manera eufemística, sino de que su estrategia ha consistido en conjurar cualquier solución política. Ella misma es un gran problema.

Volviendo a lo que planteaba sobre la clausura política, y en segundo lugar, tenemos a un Gobierno que sin duda alguna ha tenido el mérito de resistir los sucesivos embates violentos a los que acabo de referirme y, pese a todo, mantenerse en el poder, pero teniendo que pagar un altísimo costo en términos estratégicos, asunto sobre el que ya me referí en extenso en la respuesta a la primera pregunta.

Si tuviera que resumir el profundo impacto que esta situación ha suscitado en el campo popular, diría que viene produciéndose un fenómeno masivo de desafiliación política, al punto de que, actualmente, a mi juicio, la identidad política mayoritaria vendría a ser lo que podría denominarse chavismo desafiliado: predominantemente hombres y mujeres entre los veinte y los cuarenta años, pertenecientes a las clases populares, cuyo horizonte material y espiritual se ha ido estrechando en la medida en que se ha agravado la crisis económica, parte de los cuales decidieron emigrar, que incorporaron los valores o hicieron suyas muchas de las ideas-fuerza de la cultura política chavista, pero que no por eso se reconocen en su actual liderazgo, ni en sus símbolos, ni en su gramática, ni en el Gobierno, ni en el PSUV. Esa es, al menos, mi hipótesis de trabajo, y siempre cabe la posibilidad de que esté equivocado.

También cabe la posibilidad de no pensar en estos asuntos, por considerar que sería inoportuno, y conformarnos con una imagen más bien estática del chavismo, es decir, con la imagen más confortable de lo que fuimos, y refugiarnos en la tranquilidad de ánimo que viene aparejada a las certezas políticas, pero en tal caso creo que estaríamos incurriendo en una grave equivocación. Porque la verdad es que son tiempos de incertidumbre para las mayorías, de “agua mansa”, de mutación del alma popular.

Si muta el alma popular, ¿por qué el chavismo habría de permanecer estático, inconmovible? Lo más irónico es que la misma existencia del chavismo desafiliado, si acaso nos permitiéramos pensar en la eventual validez de esa hipótesis, daría cuenta de que parte importante del mismo chavismo, lejos de envejecer mal, está reclamando su lugar en el presente, y su derecho, en un futuro que esperemos no sea tan lejano, a ubicarse nuevamente en la cresta de la ola. 

Salvajes y desafiliados (Entrevista en Venezuelanalysis, octubre de 2020)


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Cira Pascual Marquina (CPM): Tú has desarrollado una lectura creativa sobre la identidad de Chavismo. Como ejercicio, ¿podrías hacer una síntesis sobre esta lectura?

Reinaldo Iturriza (RI): Está en primer lugar lo planteado en El chavismo salvaje. Cronológicamente, este libro recoge escritos que van desde 2007 hasta 2012, fundamentalmente. Entre otras cosas, hay allí un primer intento de identificar las tensiones a lo interno del chavismo, de explicar a qué lógicas responden las distintas líneas de fuerza que lo atraviesan, cómo éstas se expresan en prácticas, etc. Escribir estos textos implicó, naturalmente, un mínimo ejercicio de abstracción, intentando captar el movimiento real, por demás vertiginoso, pero en ningún momento tuve la intención de ubicarme como un observador del chavismo “desde afuera”. Todo lo contrario, son textos enteramente militantes. En ese entonces consideraba que teníamos la obligación de intentar explicar lo que íbamos comprendiendo acerca de lo que habíamos sido y éramos como movimiento. Había que hacer un esfuerzo por partida doble: por una parte, dejar registro de lo que significaba para nosotros y nosotras la experiencia de la revolución bolivariana, y por la otra construir un relato al margen de la propaganda, que no hiciera concesiones a interpretaciones autoindulgentes. 

El mismo concepto de “chavismo salvaje” está lejos de ser una simple metáfora, o una provocación. Lo que identificaba entonces es que había un intento de “brutalizar” al chavismo, que es una de las prácticas fundantes del antichavismo, pero igualmente otro orientado a “embrutecerlo”, que sería lo propio de lo que allí denomino como “oficialismo”. Con todo, hacía la importante salvedad de que el funcionariado, por ejemplo, no era por definición “oficialista”, y precisaba que perfectamente podía reproducirse una lógica política “oficialista” militando en el movimiento popular. Intentaba, en síntesis, que problematizáramos la cuestión del poder, de su ejercicio, y por su supuesto del Estado, de la institucionalidad.

En El chavismo salvaje planteé unos cuantos problemas de esta índole y dejé abiertas, como es inevitable, muchas interrogantes. Fue realmente un punto de partida. En adelante he intentado profundizar en algunos de estos asuntos, y en otros que han ido surgiendo.

Luego, en 2017, escribí un pequeño ensayo aún inédito: Chávez lector de Nietzsche. Chávez fue un intenso y desprejuiciado lector de Nietzsche durante sus últimos dos años de vida. Y como cabría esperar de un hombre como Chávez, no se trataba de simples disquisiciones filosóficas. Tales lecturas, entre otras, inspiraron algunas decisiones de gran envergadura. El célebre “Comuna o nada” nace, al menos en parte, de esta peculiar y muy heterodoxa lectura que hacía Chávez de Nietzsche. En fin, en línea con el análisis iniciado en El chavismo salvaje, y tomando como referencia la lectura que hacía Gilles Deleuze de Nietzsche, sugería la existencia de un chavismo activo que se distinguiría claramente de un chavismo reactivo.

En 2018 escribí otro libro aún inédito, La política de los comunes, en el que además reúno algunos textos ya publicados sobre la cuestión comunal en Venezuela. Entre otras cosas, allí intento demostrar que el chavismo significó una ruptura con la cultura política adeca. Es decir, si bien hay una clara línea de continuidad entre ésta y lo que podría llamarse la cultura política chavista, lo que distinguiría a esta última es, precisamente, lo que tiene de singular. ¿En qué consiste la singularidad del chavismo? ¿En qué punto ocurre esto? Cuando, en plena década de los 90, se produce lo que el mismo Chávez llamaría una verdadera “ruptura epistemológica”, que es lo que sucede cuando los jóvenes militares bolivarianos “descubren” la idea-fuerza de democracia participativa y protagónica. De nuevo, aquí estamos en presencia de un acontecimiento teórico y político en toda la línea, en tanto que, gravitando en torno a esta idea-fuerza, la política revolucionaria en Venezuela ya no sería la misma. Hay un antes y un después de este acontecimiento. Creo no exagerar al afirmar que la misma revolución bolivariana será posible a partir de esta ruptura. Ella lo cambia todo, y en particular la manera de relacionarse con el sujeto popular.

Más recientemente, en 2019, escribí la Radiografía sentimental del chavismo, y comencé a trabajar en una línea de investigación a la que intitulé Cuarentena, lo que por cierto no tiene que ver con la contingencia derivada de la pandemia por el coronavirus, sino con el hecho de que, en 2017, las líneas de fuerza más reaccionarias del antichavismo se hicieron fervorosos promotores del bloqueo económico total contra Venezuela (una “cuarentena” para contener y erradicar la “enfermedad contagiosa” que es el chavismo). 

La Radiografía puede ser leída como una actualización del análisis iniciado en El chavismo salvaje. Por ejemplo, lo que identifico en la Radiografía como “chavismo desafiliado” no es más que la expresión más contemporánea del mismo chavismo salvaje hastiado, ¡ya en 2010!, de lo que llamo la “política boba”, con el agravante de que este fenómeno de desafiliación se ha hecho masivo.

En Cuarentena he intentado identificar los condicionantes de este fenómeno de desafiliación política, comenzando a hurgar a fondo en un campo de análisis al que no presté la suficiente atención en todos estos años: el económico. Más que un asunto pendiente, se trata, digamos, de una deuda colectiva, mucho más que personal: comprender, por ejemplo, cuál es la composición de clases de la sociedad venezolana actual. Pero, más allá de la pertinencia de una instantánea sobre la actual coyuntura histórica, me parece que debemos ser capaces de saber cuál ha sido la evolución de la estructura de clases en la sociedad venezolana, pongamos, desde la década de los 70. Hasta tanto no dispongamos de información tan básica como crucial, estaremos condenados a repetir las mismas generalidades sobre el “rentismo petrolero”, el “post-rentismo” y cuestiones por el estilo.

Algunas de mis hipótesis de trabajo, actualmente, son las siguientes: 1) hay una relación estrecha, no mecánica, pero tampoco casual, entre la emergencia de las primeras células revolucionarias en el seno del Ejército venezolano, en la década de los 80, y el progresivo aumento de la informalidad y el desempleo; 2) hay evidencia histórica, documental, de la claridad estratégica de los militares bolivarianos respecto de lo que tendría que ser la médula del sujeto popular revolucionario: eso que tan temprano como en 1993 Chávez identificaba como “clase marginal”, conformada, fundamentalmente, por lo que algunos estudiosos llaman “subproletariado”, que es la fracción de clase proletaria más golpeada por la crisis económica: son los pobres que trabajan, pero cuyo trabajo no les garantiza lo mínimo suficiente para la reproducción de la vida; 3) el apoyo de este “subproletariado” será decisivo en la victoria electoral de Chávez en 1998 y más determinante aún en la resistencia contra todas y cada una de las tentativas destituyentes de los primeros años de revolución bolivariana, incluido el categórico triunfo en el referendo de 2004; 4) la política social, económica y cultural durante las presidencias de Chávez tendrá como propósito, fundamentalmente, afectar positivamente las condiciones materiales y espirituales de vida de esta fracción de clase; 5) todo el esfuerzo de construcción de hegemonía popular y democrática liderado por Chávez tendrá como centro de gravedad esta fracción de clase: sus aspiraciones y demandas, pero también su organización. Desde esta perspectiva, me parece, puede entenderse una iniciativa como la creación de los consejos comunales y, más tarde, de las Comunas; 6) la derrota en las parlamentarias de 2015 es un campanazo, en el sentido de que es signo de fractura de esta construcción hegemónica democrática.

Pienso que, con información suficiente a la mano, es posible demostrar, sin mayores contratiempos, que este “subproletariado” es el correlato económico (y al mismo tiempo político, sin duda alguna) de eso que en algún momento llamé “chavismo salvaje”. Y habiendo hecho el correspondiente análisis riguroso, pormenorizado, de la evolución de la estructura de clases de la sociedad venezolana durante las últimas décadas, algo que, insisto, está por hacerse, creo que estaríamos en mejores condiciones para encarar los desafíos del tiempo presente. 

La pregunta sobre el “chavismo salvaje” hoy, en buena medida desafiliado, es la pregunta sobre el “subproletariado”. Y las respuestas a estas preguntas nos arrojarían pistas inestimables sobre cómo proceder para retomar la construcción de hegemonía popular y democrática. 

CPM: Ahora viene algo más complicado… contrastemos la identidad del Chavismo con el ejercicio de la política desde el Estado hoy (entendiendo todos los factores externos que condicionan la política, pero centrándonos en el ejercicio cotidiano de la misma)

RI: Es que, de entrada, es prácticamente imposible referirse al ejercicio cotidiano de la política gubernamental sin tomar en cuenta estos factores externos. Si hay algo que sobredetermina, digamos, nuestra vida cotidiana es el bloqueo económico que pesa sobre el conjunto de la sociedad venezolana. Los efectos del bloqueo llegan al extremo de lo inenarrable: éste produce sufrimiento, privaciones, angustia, ansiedad, miedo, ira, desconfianza, muerte, a lo que se suman la incertidumbre y el estrechamiento del horizonte que produce una circunstancia como la pandemia. Hablamos de una experiencia que es difícil de transmitir a pueblos que, por una razón u otra, han tenido la fortuna de no padecer un asedio tan criminal. 

Además, allí donde tiene eficacia el relato imperialista se produce lo que Walter Benjamin llamaría empatía con el vencedor, cuya traducción sería más o menos la siguiente: si en Venezuela estamos atravesando por semejante trance histórico es porque nos lo tenemos bien merecido, idea que se expresa de distintas formas, incluido el truculento expediente sobre la existencia de una “dictadura”, un “régimen”, etc.

Hay empatía con el vencedor por dos razones, principalmente: porque se es cómplice de quienes se arrogan el derecho de hacer el papel de verdugos, que es el caso, por ejemplo, del antichavismo más cipayo, y porque se tiene miedo de padecer un asedio similar, por lo que se elige no levantar cabeza, desviar la mirada o directamente ensañarse contra el vencido, para decirlo en términos del mismo Benjamin.

CPM: Ahora bien, y ésta es una pregunta clave: ¿el pueblo venezolano ha sido vencido? 

RI: Cualquiera podría opinar que estoy equivocado, y seguramente sería capaz de esgrimir razones muy válidas, pero mi respuesta es que no. No creo que el pueblo venezolano haya sido vencido. Y una de las razones que sustentan mi posición es, precisamente, el profundo convencimiento de una parte importante de la población, así lo percibo, de que, con todo y los nefastos efectos del bloqueo, tenemos un margen de maniobra. Es decir, nuestro destino sigue estando en nuestras manos.

Lo que percibo es que, para una parte importante de la población, el bloqueo no es una fatalidad. Es un crimen, y ese crimen produce privaciones y muertes. Pero no es una fatalidad. De ese convencimiento se deriva el hecho de que tanta gente, en todas partes, rechace tan enérgicamente el relato, propio del oficialismo, según el cual todo lo que padecemos es consecuencia del bloqueo. Y lo peor que podemos hacer en este momento es apelar a un hecho tan grave como el bloqueo para convertirlo en un pretexto.

El problema con este relato es que libera de cualquier responsabilidad a quienes, precisamente, tienen responsabilidades de gobierno y, peor aún, libera de responsabilidad a todo el mundo: no seríamos más que víctimas que habría que proteger o, en todo caso, no tendríamos más que la obligación de “resistir”, preferiblemente sin “quejarnos” tanto. Hay mucho de falsa épica en este relato, y también mucho de fatalismo.

¿El gobierno venezolano debe dejar de cumplir con su obligación de proteger a la población? Por supuesto que no. ¿Todo el que está ejerciendo funciones de gobierno ha hecho suyo este relato? Tampoco lo creo. Pero es sin duda un relato que ha ganado mucho terreno. 

De hecho, me parece bastante evidente que hay una crisis del relato bolivariano. ¿Cómo superarla? Poniendo en la balanza ambas cosas: el bloqueo, los efectos de las medidas coercitivas unilaterales, el asedio imperial, de un lado, y del otro nuestro margen de maniobra, las alternativas que tenemos, lo que podemos hacer. Eso pasa por tener confianza en el genio colectivo, es decir, en el sujeto popular que, en última instancia, hizo posible la revolución bolivariana.

¿Eso quiere decir que todas y cada una de las decisiones gubernamentales deben ser previamente discutidas públicamente, a la manera asamblearia? Está claro que no. Pero no puede seguir siendo una práctica común tomar tal o cual decisión en determinada materia y que, frente a cualquier manifestación de inconformidad o incomprensión respecto de lo decidido, la respuesta sea, cuando la hay: no había ninguna otra alternativa.

Cuando en política se parte del principio de que no hay alternativas, es como si decidieras bajar las santamarías. Y hay que saber medir las consecuencias de bajarle las santamarías en la cara al pueblo que se politizó con Chávez. Por esa razón, entre otras, es que hay tanta gente desafiliada, que ya no espera nada ni del chavismo ni del antichavismo. Eso sí debería preocuparnos y ocuparnos, y no el hecho de que todavía haya mucha otra gente que expresa de manera abierta su inconformidad, lo que a fin de cuentas es señal de vitalidad política.

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CPM: Durante todo el Proceso Bolivariano siempre hubo una relación tensionada entre la institucionalidad y el movimiento popular. Durante muchos años, esa tensión fue productiva o virtuosa, pero en este momento estamos viendo que las tensiones se van convirtiendo en grietas. ¿Qué ocurre?

RI: Respecto de este asunto, pienso que lo que conocemos como el movimiento popular está en la obligación de ser profundamente autocrítico. No basta con que constatemos que eso que identificas correctamente como tensión virtuosa haya degenerado, ciertamente, en algo que se asemeja al antagonismo puro y duro. 

Uno podría despachar el asunto diciendo que esta situación no es más que una expresión de la lucha de clases a lo interno del movimiento, aunque también es cierto que hay gente que no alcanza a ver siquiera esto, y termina cediendo a la tentación de pasar cualquier conflicto, tensión o antagonismo por el tamiz de la lealtad y la traición, de manera que ya no hay más conflicto, sino leales y traidores por todas partes.

Intentemos aproximarnos a la raíz del conflicto. He dicho más arriba que el esfuerzo de construcción de hegemonía popular y democrática liderado por Chávez tuvo como centro de gravedad al subproletariado, buena parte del cual, durante la primera década de este siglo, pasó a engrosar las filas del proletariado, eso que de manera más o menos equívoca llamamos “nueva clase media popular”, pero que nunca fue clase media en sentido estricto, sino clase trabajadora que, por primera vez en su historia, pudo vivir dignamente. Lo significativo aquí, entre otras cosas, es que estamos hablando de la mayoría del país.

En otras palabras, Chávez se hizo un líder con la suficiente auctoritas no solo para gobernar al país, con amplias libertades democráticas, sino también para arbitrar entre las distintas líneas de fuerza del chavismo, poniendo en el centro de la política chavista, reitero, a una fracción de clase determinada, sin que esto implicara, por cierto, que la pequeña burguesía y la burguesía dejaran de beneficiarse, al margen de que estén dispuestas a reconocerlo.

Ahora bien, por razones que no da chance de profundizar aquí, y en las que hay que seguir escudriñando, me parece que quedó irresuelto el problema de la organización de esa fracción de clase, y en general de la clase trabajadora. No puede ignorarse el hecho de que el chavismo insurge en un contexto de severa crisis de las formas tradicionales de mediación política: partidos, sindicatos, gremios, lo que exigía a todo el movimiento ensayar nuevas formas de organización, sin que fuera posible, y tampoco deseable, prescindir de las formas más tradicionales. Los consejos comunales y las Comunas vendrían a ser las formas más avanzadas de este ejercicio de experimentación política. En ellos el subproletariado se sentía, digamos, a sus anchas, con la ventaja de que estos espacios tendían a permitirle una interlocución más directa con el mismo Chávez, sin tener que pasar por el partido, el sindicato, las gobernaciones, las alcaldías, etc. 

Pero sabemos de sobra que esto no siempre ocurría así. Más bien era todo lo contrario: una y otra vez, el pueblo organizado en estos y otros espacios afines tenía que verse obligado a lidiar, naturalmente, con el partido, las gobernaciones, las alcaldías, etc., y la relación solía ser muy problemática, por decir lo menos. Y no podía ser de otra forma, porque se trataba de dos lógicas, incluso de dos maneras radicalmente distintas de concebir la política, que se enfrentaban. Entonces Chávez arbitraba, desempeñando, al mismo tiempo, el papel de jefe de Estado y el de subversivo dentro del Estado; el Chávez que está en la obligación de preservar el statu quo y el que desea transformarlo; todo a pulso, casi siempre con mucha mano zurda, realzando la importancia del partido o de preservar el control de gobernaciones y alcaldías, por ejemplo, pero al mismo tiempo exhortando a ese pueblo que se politizó al margen de las formas tradicionales de representación política, a no ser apéndice de nada ni de nadie.

Mientras todo esto ocurría, ¿qué papel desempeñaba el movimiento popular? Me parece que intentaba, correctamente por demás, abrirse paso y ejercer un liderazgo en estos espacios de organización popular, en ocasiones dentro del partido, a veces en funciones de gobierno, pero representando siempre una modesta parte dentro de un todo muy vasto. Muy cualificado políticamente, pero con limitaciones muy evidentes, apenas disimuladas por la ventaja que implicaba contar con un liderazgo como el de Chávez.

Creo que es bastante obvio, y por eso realmente no tiene mérito repetirlo aquí, que la ausencia física de Chávez trastoca profundamente la dinámica a lo interno del movimiento. Y es igualmente obvio que Maduro no es Chávez. Supongamos que es cierto que el subproletariado, o en general la clase trabajadora, ya no es el centro de gravedad de la política chavista, sino la “burguesía revolucionaria”, porque así lo determina la nueva correlación de fuerzas. Pues bien, ¿qué papel le corresponde jugar al movimiento popular? Ciertamente, dejar constancia de las implicaciones políticas de este trastocamiento, pero eso pasa, necesariamente, por preguntarse qué ha sido de la clase trabajadora, por interrogarse por las tribulaciones que anidan en el alma popular. Y en las actuales circunstancias, creo que eso implica comprender qué pasa por la cabeza del pueblo venezolano todo, pero en particular del chavismo desafiliado, ese vasto sujeto que parece haber quedado sin interlocución posible, en una suerte de no-lugar de la política, como ya lo he planteado en alguno de los textos que forman parte de la Radiografía.

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CPM: El pasado y el presente. Para una parte del Chavismo (Misión Verdad, por poner un ejemplo) el Proceso Bolivariano está en su momento más glorioso por su capacidad de resistir los golpes. Para otra parte del Chavismo, el Proceso se está achicando por haberse apartado de la vocación democrática que lo caracterizó y por haberse desdibujado el horizonte socialista. Sin embargo, hay otro grupo a lo interno que (como Marx en el 18 Brumario) considera que la revolución debe dejar atrás su pasado y hacer su poesía en el presente. Entonces, ¿cuál debe ser la relación de la revolución con su pasado, y hasta cuándo?

RI: El pasado no nos sirve de nada si no nos permite avanzar, o desplazarnos, en el presente. Permíteme que insista en este punto de la construcción de hegemonía popular y democrática. 

Cuando uno lee con detenimiento al Chávez de la década de los 90, algunos de los pasajes más extraordinarios tienen que ver con la dura polémica que sostiene entonces con el liderazgo de los partidos de izquierda venezolanos, con parte de su militancia, con algunos referentes de la intelectualidad de izquierda. En resumen, Chávez les cuestionaba su profunda desconexión con las mayorías populares, su vocación por las discusiones interminables sin pasaje al acto, su lectura manualesca de los clásicos del marxismo, su escasa vocación de poder, su cortedad de miras estratégica, su sectarismo, su menosprecio por el pueblo. En la versión del mismo Chávez, esta izquierda consideraba aquellos cuestionamientos como un anatema, como palabrería propia de un advenedizo. He intentado reconstruir parcialmente este episodio en La política de los comunes.

Desconozco, y la verdad importa poco, si Chávez había estudiado para entonces a un autor como Gramsci, pero conocía a profundidad la obra de gente como Alfredo Maneiro, José Esteban Ruiz Guevara, Pedro Duno, José Rafael Núñez Tenorio, Kléber Ramírez, Domingo Alberto Rangel, Alí Rodríguez Araque, Víctor Hugo Morales, Hugo Trejo, entre otros que pudieran mencionarse, y de hecho conoció y dialogó personalmente si no con todos, sí con la mayoría de ellos, antes de llegar a la Presidencia, dicho sea de paso, y en algunos casos incluso antes del 4F de 1992.

Lo que quiero decir es que Chávez era todo lo contrario de un advenedizo: era, sin duda alguna, un militar de izquierda que, precisamente por conocerla lo suficiente, aunque no hubiera militado en ella, y en buena medida inspirado en el acervo crítico de quienes tenía como sus más lúcidos referentes, pronto comprendió que, para que la revolución bolivariana fuera posible, era imprescindible ir “más allá de la izquierda”, como lo planteara Maneiro en su célebre texto de 1980.

De nuevo, aquí el “descubrimiento” de la idea-fuerza de democracia participativa y protagónica resultó decisivo: ella implicaba, en los hechos, someter a cuestionamiento radical, inclemente, lo que podríamos denominar la tradicional cultura política de izquierdas, comenzando porque el liderazgo político debía abandonar cualquier pretensión de “vanguardia esclarecida” y tenía que aprender a desplazarse por las catacumbas populares como pez en el agua, llevando la palabra, sí, pero sobre todo escuchando, sintiendo el padecimiento de las mayorías, acompañando sus luchas. Me parece que Chávez, al que tanto se ha acusado de líder mesiánico, vertical, autoritario, comprendió que al ciudadano común había que tratarlo como un igual, con respeto, con dignidad, y no estoy seguro de que hayamos asimilado todavía el profundo impacto que esto tuvo en el campo de la cultura política.

Es a partir de la centralidad de esta idea de que el pueblo venezolano no solo está cualificado para participar activamente en los asuntos políticos, sino además para ser protagonista, que Chávez y el chavismo incipiente van conformando un poderoso bloque de poder, que termina alzándose con la victoria electoral de 1998. Hablamos de un momento histórico en que los rótulos importaban muy poco: no importaba si usted se autodefinía como una persona de izquierdas, lo que importaba era si usted consideraba necesario derrotar a la clase política que representaba a la democracia burguesa, al pacto de élites, y si creía posible construir una democracia genuina, popular, participativa y protagónica.

Cualquiera que revise los estudios de opinión de la época puede constatar que la mayoría de la gente que votó por Chávez no se identificaba con la izquierda. Pero, además, ¿qué cosa era la izquierda? Porque lo cierto es que, definitivamente, no hay una izquierda, sino muchas. No lo tenía claro el movimiento, que reunía en su seno distintas expresiones de la izquierda, desde la más tradicional hasta la más radical, pero también a gente de la derecha. No lo tenía claro la gente, y tampoco Chávez, que incluso coqueteó durante breve tiempo con la “tercera vía”, como seguramente recordaremos.

Pero sucede que, en 2006, la mayoría de la gente que vota por Chávez se autodefine de izquierdas. ¿Qué significaba entonces ser de izquierdas? No es una pregunta cualquiera. Por simple deducción lógica podemos concluir que no significaba lo mismo que a comienzos del gobierno de Chávez, y mucho menos lo que significaba a mediados de la década de los 90, cuando el mismo Chávez entablaba aquella polémica con el liderazgo político de la izquierda tradicional. Habiendo superado ya varias pruebas de fuego, se había producido una suerte de decantación ideológica, programática, que no dejaba de expresarse en la gramática política, y por supuesto en la acción de gobierno. 

Hablando de gramática política, cuando en 2004 Chávez comienza a hablar de socialismo, lo hace planteando expresamente la necesidad de revisar e ir más allá de la vieja cultura política de izquierdas. En el fondo, no hacía más que reiterar, en otros términos y en circunstancias históricas muy distintas, con un acumulado político inestimable, lo que ya había planteado a mediados de los años 90.

Chávez no se deslinda de la izquierda, la izquierda se resignifica con Chávez y el chavismo, se cualifica, se hace más potente, más nacional y popular, intentando consolidar una nueva cultura política, una forma distinta de concebir el ejercicio de la política, más radicalmente democrática. 

Con la ventaja que implica hacer cualquier lectura retrospectiva, hoy puede evaluarse qué tan lejos llegaron Chávez y el chavismo, o qué tan lejos llegamos, en este intento de refundar el ejercicio de la política revolucionaria. Podemos señalar, aquí y allá, dónde hubo avances más lentos, retrocesos incluso; cuánto siguió pesando la vieja cultura política, no solo de la izquierda más tradicional, sino incluso de la adeca; podemos y debemos identificar cuáles siguen siendo los problemas irresueltos.

Pero lo que no puede desconocerse es que la tentativa de construir hegemonía democrática y popular, eso que Chávez llamaba el socialismo venezolano, bolivariano, del siglo XXI, fue apuntalado, en buena medida, por un liderazgo de izquierda revolucionaria, que logró aglutinar en torno suyo a las mayorías populares.

Por todo lo anterior, hay que ser extremadamente cautos, diría incluso que muy escrupulosos y manejarse con mucha honestidad política e intelectual, cuando se discute, hoy en día, sobre la izquierda. Más específicamente, percibo una cierta inclinación por distinguir entre izquierda y chavismo, o por erigirse como el “legítimo” representante de aquella o de este último. En los casos más extremos, hay una cierta propensión a identificar a la “izquierda”, así, entre comillas, como una amenaza o algo por el estilo, como el epítome de lo que está extraviado en política.

El asunto, por supuesto, está muy lejos de ser puramente nominal. Aquí no se trata tanto de cómo usted se autodenomine. La historia nos ha brindado unos cuantos ejemplos, y lo seguirá haciendo, lamentablemente, de muchos “legatarios” de Chávez que terminaron en farsa. Aquí de lo que se trata es de a cuál cultura política se tributa: cómo concebimos el ejercicio de la política, cómo procedemos (por ejemplo, cuando se está cerca del “poder” o lejos de él), cómo dirimimos las diferencias, cómo nos relacionamos con la gente, que es quizá lo más importante.

Irónicamente, en muchas de las invectivas contra la “izquierda” pueden identificarse exactamente las mismas prácticas, los mismos malos hábitos, de la izquierda más tradicional: soberbia, autoritarismo, verticalismo, sectarismo, menosprecio por la gente; el convencimiento de que se forma parte de una vanguardia preclara que sí está informada, sí entiende, sí es capaz de ver lo que la mayoría no puede ver, sí sabe lo que hay que decir en el momento correcto y conoce perfectamente cuáles cosas no deben ser discutidas. En suma, la misma cultura política que hizo de la izquierda más tradicional un conjunto de fuerzas sencillamente incapaz de construir hegemonía popular y democrática.

Dejar atrás el pasado y hacer poesía en el presente, decías en tu pregunta, siguiendo a Marx. Me parece que al poeta le hace falta un buen baño de humildad. No olvidar que la poesía popular fue hecha todos estos años, y sigue haciéndose, en buena medida, contra la vieja cultura política de izquierdas. Nos hace falta asumir que si a tanta gente no le gusta la poesía que recitamos hoy, no es tanto porque está hastiada del presente, sino porque sabe, después de Chávez, que no es posible lidiar con el presente repitiendo los mismos errores del pasado.

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Publicado por primera vez en Venezuelanalysis.com.

«La pandemia pone severamente en cuestión a la racionalidad neoliberal» (Para entrevista en Últimas Noticias, 27 de marzo de 2020)


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Este viernes 27 de marzo fue publicado en Últimas Noticias un buen trabajo de Ángel González, intitulado El mundo en shock. Una mirada a lo que viene detrás de la pandemia, que recoge el análisis de varios compañeros: Pablo Giménez, Luis Salas y José Negrón Valera. También algunas opiniones mías al respecto. Lo que sigue es la versión íntegra de la entrevista que me hiciera Ángel un día antes de la publicación del reportaje.

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Algunos dicen que la crisis desatada por la pandemia del coronavirus “cambiará al mundo”. Mucho se habla de las consecuencias económicas. Pero, ¿podemos hablar de consecuencias de carácter político? Prácticamente estamos en un “estado de emergencia global”. ¿Qué podemos esperar?

Las consecuencias económicas derivadas de la pandemia tienen, por supuesto, un correlato político. De hecho, como sabes, es sencillamente imposible separar una cosa de la otra, por más que el lenguaje a menudo excesivamente técnico e incluso eufemístico de los “expertos” en economía nos lleven a pensar que son campos separados. En primer lugar, no son pocos los analistas que han insistido en el hecho de que la pandemia funciona como un pretexto para que países como Estados Unidos adopten medidas que permiten encubrir, hasta cierto punto, una crisis global del capitalismo muy similar, e incluso de mayores proporciones, a la de 2007-2008. Apelando al pretexto de la pandemia, la Administración Trump ha recurrido al auxilio multimillonario de los grandes capitales, mientras ha postergado de una manera que parece deliberada la adopción de las medidas sanitarias de contención que recomienda la OMS, menospreciando expresamente la gravedad del problema, todo lo cual en razón de la “salud” de la economía, es decir, de los grandes capitales. Algo muy similar, como sabemos, ha ocurrido en Europa, particularmente en Reino Unido, pero también, en un primer momento, en países como Italia y España, hoy severamente golpeados por la pandemia. Es la misma actitud que han asumido gobiernos como los de Brasil, Colombia, Chile y México.

Ahora bien, hablando más concretamente de las implicaciones políticas, quizá la más relevante sea el hecho de que la pandemia pone severamente en cuestión a la racionalidad neoliberal, que determina los modos de gobierno de buena parte de los países del Norte global, pero también del Sur. La pandemia ha puesto al descubierto, con mucha elocuencia, la ineficacia política de los recortes masivos a la salud pública, o problemas más específicos, como por ejemplo el hecho de que la producción masiva de implementos médicos para atender la crisis se haya relocalizado en países como China, donde es posible elaborarlos a menor costo. ¿El “estado de emergencia global” puede prefigurar un mundo post-neoliberal? Es muy pronto para afirmarlo. Con el añadido de que algo como el post-neoliberalismo no necesariamente significa un mundo más justo. A esto apuntan los análisis que vienen haciéndose respecto del gigantesco y muy eficaz sistema de control que les ha permitido a países como China y Corea del Sur, contener la propagación del virus. El resultado podría ser perfectamente un mundo más “seguro”, pero menos libre. En cualquier caso, también ha resultado muy evidente que estos últimos países han gestionado la crisis de manera mucho más eficaz (en lo que refiere, estrictamente, a la contención del virus) que sus pares del Norte. La Unión Europea, con los distintos países cerrando sus fronteras, y asumiendo posturas muy poco solidarias, parece una ficción. Todo indica que, en cuestión de días, Estados Unidos pasará a ser el epicentro de la crisis sanitaria global. A su vez, me parece que hay suficientes indicios de que China no tardará en reactivar su economía, lo que le permitirá recuperar el terreno perdido en un plazo relativamente corto, para afianzar su lugar como la principal economía del mundo, terminando de desplazar a Estados Unidos.

El filósofo esloveno Slavoj Zizek dijo que esta crisis podía abrir una oportunidad para avanzar hacia formas más colaborativas de relacionamiento político a nivel internacional. Una suerte de “comunismo globalizado”. ¿Cómo ves esa perspectiva?

Me parece que Zizek es realmente menos optimista de lo que puede parecer en primer término. Es justo decir que en ningún momento ha planteado algo como la muerte, a lo Kill Bill, del capitalismo. Lo que ha escrito es que la pandemia constituye una oportunidad para convencernos de que es necesario un cambio, porque no podemos seguir por el camino al que nos conduce el capitalismo global. Ha dicho textualmente: “el Coronavirus también nos obliga a re-inventar el comunismo basándonos en la confianza en las personas y la ciencia”. Tal sería, digamos, el dilema político que supone la pandemia. Hay que ser muy insensato para estar en desacuerdo.

Por otro lado, el filósofo surcoreano Byung Chul Han difiere directamente de Zizek y dice que éste se equivoca. Afirma que “la crisis no vencerá al capitalismo” y que coincide con el filósofo italiano Giorgio Agamben en su tesis de que se impondrá un “estado de excepción permanente” como situación “normal”. Y habla de una acentuación y desarrollo de los mecanismos de control social. ¿Qué podemos esperar, en realidad?

Si menospreciar en lo absoluto el aporte de estos intelectuales, creo que es necesario estar prevenidos respecto de estas “polémicas”. Cualquiera que lea con atención lo escrito tanto por Zizek como por Byung Chul Han puede concluir que, a fin de cuentas, sus posturas son muy similares. Sus diagnósticos también. Byung Chul Han refiere que Zizek evoca un “oscuro comunismo”, y plantea: “El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución… No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana”. Pues bien, es claro que Zizek no plantea en ningún momento que el virus vencerá al capitalismo. De igual forma, el comunismo del que habla es, digamos, bastante “transparente”. Ambos coindicen en que ésta tendrá que ser la tarea de personas de carne y hueso. En todo caso, lo más notable, me parece, es que ninguno de los dos ofrece mayores pistas al respecto.

«Un hombre con tapabocas que transitaba por el centro de Caracas, se detiene por unos minutos para acariciar a un perro callejero». Foto: Marcelo Volpe. Colectivo Cacri Photos

Agamben, por su parte, incluso ha creído necesario escribir una “aclaratoria”. Afirma que sus palabras iniciales han sido distorsionadas. En todo caso, el panorama que pinta es bastante sombrío: “Lo primero que muestra claramente la ola de pánico que ha paralizado al país es que nuestra sociedad ya no cree en nada más que en la nuda vida. Es evidente que los italianos están dispuestos a sacrificar prácticamente todo, las condiciones normales de vida, las relaciones sociales, el trabajo, incluso las amistades, los afectos y las convicciones religiosas y políticas ante el peligro de caer enfermos. La nuda vida —y el miedo a perderla— no es algo que una a los hombres, sino que los ciega y los separa”. Sospecho que esa posición es discutible: si estoy bien informado, me parece que la gravedad de la situación en Italia se relaciona, al menos en parte, con el hecho de que parte de la sociedad italiana (incluyendo, por supuesto, su liderazgo político y económico), en un primer momento, menospreció la gravedad de la situación. Y eso hizo que se multiplicara la exposición de las personas al virus, provocando la situación que ya conocemos. Luego, no estoy seguro de que sea correcto concluir que la gente decide permanecer en sus hogares porque son presas del pánico. Respetar la cuarentena, evitar exponerse y exponer a otros, también puede ser interpretado como una forma de solidaridad, y no como una señal inequívoca de pánico. En todo caso, el análisis que durante mucho tiempo viene haciendo Agamben sobre el “estado de excepción permanente” es extraordinariamente lúcido. Es cierto, como plantea en su artículo más reciente, que “una sociedad que vive en un estado de emergencia perpetua no puede ser una sociedad libre”. Pero habría que distinguir entre este fenómeno sobre el que tanto ha trabajado, de estado de excepción permanente, y que caracterizaría al mundo en que vivimos, y el estado de alarma decretado con motivo de la pandemia. Se superponen, y ciertamente el segundo puede tributar al primero, pero no son exactamente lo mismo.

¿Cuál es la perspectiva de esta crisis para Venezuela? En términos políticos…

Respecto de Venezuela, habría que decir que el estado de excepción en su modalidad de estado de alarma ha contado con el apoyo mayoritario de la población. Afirmar lo contrario sería mentir. Así de simple. Ahora bien, esta circunstancia puede parecer curiosa e inexplicable, siendo el caso que la autoridad que lo decreta es considerada ilegítima por una parte de la sociedad. ¿Qué ha sucedido? Que el Presidente ha actuado, sin duda alguna, con mucho sentido de la oportunidad, actuando firmemente y a tiempo, antes de que el virus se propague, como ha sucedido en otras latitudes. Me parece que predomina la percepción de que, en este caso, el Presidente no está actuando como el representante de una parcialidad que busca sacar provecho de la situación, sino como la autoridad de todos los venezolanos y venezolanas. ¿Cuál era la percepción generalizada antes de la pandemia? Que la autoridad del Estado prácticamente había desaparecido, que prevalecía el caos. Pues bien, el Estado ha “reaparecido” y el soberano, que es quien decide el estado de excepción, se ha relegitimado. Y lo ha hecho nada más y nada menos que velando por la salud y la seguridad de toda la población.

A esta percepción de un mínimo de seguridad y orden en medio del caos, habría que tomar en cuenta que estamos ante un caos global. Habría que evaluar el impacto que tiene en la sociedad venezolana el hecho de estar expuesta a una cantidad realmente asombrosa de informaciones sobre muertes masivas, pánico, desabastecimiento, acaparamiento, precios especulativos, etc., en los países del “primer mundo”. Por una parte, estamos viendo cómo en muchos lugares del mundo, guardando las debidas distancias, ocurre ahora lo que hace al menos un lustro sucede en nuestro país, mientras que, justo ahora que prevalece el caos global, en nuestro país hemos sido capaces de controlar la situación. Eso no quiere decir, por supuesto, que nuestros gravísimos problemas han desaparecido súbitamente. Pero sí sugiere que una firme actuación de las autoridades, sumado a la voluntad de las mayorías populares, pueden hacer la diferencia.

Esto deja muy mal parados a los actores políticos que se han prestado a la estrategia de “doble poder”, inscrita en los esfuerzos de Estados Unidos por acelerar el “cambio de régimen”, puesto que ha quedado una vez más en evidencia, ahora de manera particularmente elocuente, que el tal “doble poder” es una completa farsa. Pero también deja muy mal parados a los elementos que, dentro del Gobierno, vienen defendiendo posturas orientadas a una retirada estatal de la economía, y la idea de la “autorregulación” del mercado, que es precisamente lo que está causando estragos a escala global, mucho más que la pandemia propiamente.

Es, por tanto, una oportunidad como muy pocas, que además se nos ha presentado de manera inesperada, para retomar la iniciativa en todos los órdenes, siempre en provecho de la sociedad en su conjunto (y no de parcialidades políticas), y con la mayor participación de las mayorías populares. Es una oportunidad para que, de la misma forma como lo han hecho para enfrentar la pandemia, las autoridades se pongan al frente de la situación, informando pormenorizadamente sobre las medidas económicas y de todo tipo, que tendrán que tomarse no solo para contener el virus, sino para erradicar los privilegios, combatir las injusticias, la pobreza, la desigualdad. Así, por ejemplo, sería realmente absurdo que, en momentos en que, por razones de fuerza mayor, gobiernos muy capitalistas del Norte global incurren en el “exceso” de poner en tela de juicio el afán privatizador neoliberal, en nuestro país insistamos con tales prácticas. De la misma forma, sería realmente absurdo que el Gobierno ceda a la pretensión de las elites económicas de que sean las mayorías populares las que carguen con el peso de la crisis. En definitiva, la relegitimación de nuestras autoridades no puede depender exclusivamente de garantizar un mínimo de seguridad a la población, sino que debe descansar, fundamentalmente, en el esfuerzo por construir una sociedad genuinamente democrática, más justa, solidaria e igualitaria.

A lo anterior habría que sumarle varios datos significativos: la Secretaría General de Naciones Unidas solicitando el cese de las medidas coercitivas unilaterales, para que las naciones agredidas puedan ser capaces de enfrentar en mejores condiciones los efectos de la pandemia; la Unión Europea declarando que apoya las solicitudes que han hecho países como Venezuela e Irán, para el acceso a recursos que tienen disponibles organismos multilaterales; actores políticos del antichavismo que durante los últimos años habían quedado relegados a un segundo plano (en la medida en que la ultraderecha, encarnada en Voluntad Popular, asumía el liderazgo), manifestándose en favor de un acuerdo político, para que Venezuela pueda acceder al financiamiento externo, entre otros datos de contexto. En tales circunstancias, a la Administración Trump no se le ocurre mejor idea que ofrecer una recompensa por la cabeza del Presidente de la República, Nicolás Maduro, entre otras autoridades nacionales, como si transcurriera el siglo XIX y nuestro país fuera el lejano oeste. Este zarpazo del Gobierno estadounidense es una señal de que están leyendo estos datos y están sentado posición de la manera más brutal y grotesca posible, pateando la mesa una vez más, de manera de conjurar cualquier posibilidad de acuerdo político. De nuevo, actuando de manera unilateral y criminal, puesto que resulta claro que el perjudicado no es el Presidente Nicolás Maduro, sino toda la población venezolana. Pero además, es una clara señal de cómo Estados Unidos ha venido perdiendo progresivamente el liderazgo político global, contrario a lo que pudiera pensarse a propósito de semejante acto de “fuerza”. Son como bandazos que va dando la primera potencia mundial en la medida en que se produce su declive. Insisto, en los próximos días, el epicentro de la crisis sanitaria global será Estados Unidos. Y la Administración Trump ha demostrado fehacientemente su completa ineficacia a la hora de gestionar una crisis que le va a estallar en la cara, si no le estalló ya. Pues bien, respecto de Venezuela actúa con la misma torpeza: pudiendo ponerse a la cabeza del esfuerzo por lograr un acuerdo político que tiene cada vez más consenso nacional e internacional, lo sabotea permanentemente. Es como si quisiera arrastrarnos al precipicio al que lamentablemente se dirige Estados Unidos. Nuestro reto es evitarlo a toda costa, y creo que estamos en condiciones de hacerlo.

«Debemos estar siempre en contra de la violencia policial de carácter clasista» (Entrevista en Ciudad CCS, 17 de diciembre de 2019)


¿Qué opinión tiene acerca de esta campaña de la izquierda ante la violencia policial clasista y por qué el colectivo Surgentes utilizó el nombre de Chávez en un hashtag?

En primer lugar, yo creo que es una campaña oportuna y estratégica, en el sentido de que nosotros, por principio, debemos estar siempre en contra de la violencia policial de carácter claramente clasista, es una violencia policial que afecta fundamentalmente, además como siempre lo ha sido, a los jóvenes de los barrios populares. Una de las cosas que deja en evidencia la campaña, a pesar de la enorme dificultad por contar con cifras oficiales, es que, según las mismas cifras oficiales, en los últimos años se ha experimentado un incremento de la violencia policial, de las ejecuciones extrajudiciales contra jóvenes en los barrios populares. Siendo así, lo peor que se puede hacer es guardar silencio respecto de una situación sumamente grave, y que tiene que ser objeto de debate público en la sociedad venezolana. Nosotros no podemos, bajo ninguna circunstancia y bajo ningún pretexto, hacernos los distraídos con una situación tan peligrosa, que atenta flagrantemente contra el derecho a la vida.

La utilización de la imagen de Chávez se justifica absolutamente, tanto como se puede justificar, entre comillas, en el caso, por ejemplo, de los extraordinarios materiales audiovisuales de la gente de Tatuy TV Comunitaria. Nosotros no podemos utilizar a Chávez, instrumentalizarlo, en el peor sentido, extrayendo sus citas con pinzas, descontextualizándolo y construyendo un Chávez a nuestra medida. Chávez fue lo que fue y es lo que sigue siendo, justamente porque planteó las cuestiones más incómodas y difíciles, incluso si resultaban dolorosas para nosotros y nosotras, las cosas más traumáticas, por una cuestión de principios. Chávez en varias oportunidades se refirió a este fenómeno de la violencia policial de carácter clasista y, más allá de la violencia policial, del carácter profundamente antidemocrático y excluyente del sistema de justicia todo. Me parece absolutamente reivindicable ese Chávez. Creo que se apela a la imagen de Chávez porque su denuncia sigue teniendo absoluta vigencia, mucho más cuando las cifras oficiales dan cuenta de un incremento de la violencia policial. Por otra parte, tiene absolutamente sentido que apelen a la imagen del comandante Chávez y a sus palabras porque se trata de compañeros y compañeras que son chavistas. Ellos lo han explicado muy bien en un documento que hicieron público, en el que responden en líneas generales a muchas de las críticas, la inmensa mayoría de ellas muy injustas y muy fuera de lugar, a propósito de la campaña que están llevando adelante. Estamos hablando de compañeros y compañeras que tienen militando en el campo de los derechos humanos y en el campo de la izquierda revolucionaria desde los años ochenta, digamos que son compañeros que están fuera de toda sospecha, si se quiere utilizar esa palabra. No solamente tienen una muy larga trayectoria en la lucha por los derechos humanos y en la lucha revolucionaria, sino que actualmente siguen militando en el campo revolucionario. Entre otras cosas, son de los principales animadores y animadoras de una experiencia de organización popular extraordinaria en Caracas, de las más importantes actualmente en Caracas, que es la Cooperativa Unidos San Agustín Convive, que entre otras cosas, en alianza con la gente del Plan Pueblo a Pueblo, garantizan la posibilidad de acceso de alimentos, fundamentalmente hortalizas, de los productores directamente a los consumidores en la parroquia San Agustín. Parte del trabajo de los compañeros, y precisamente en razón de su trayectoria militante en los derechos humanos y en la izquierda revolucionaria, han sido testigos y han podido conocer de primera mano, justamente, estas violaciones a los derechos humanos de las que han sido víctimas familiares, hijos, hijas, pero sobre todo muchachos, jóvenes, de algunas de las compañeras y compañeros que integran esta cooperativa.

Estos compañeros y compañeras hicieron una investigación, que es justamente la que presentaron la semana pasada en un foro público, bastante nutrido por cierto, en el que se dio una discusión difícil, polémica, pero muy necesaria. A mí me parece que fue un ejercicio extraordinario de debate público, son espacios que no pueden perderse. En esa actividad de la semana pasada en San Agustín, en La Ceiba, presentaron los resultados de la indagación y terminaron de explicar y ofrecer detalles sobre las motivaciones de la campaña.

No están haciendo un uso inadecuado, por decirlo de alguna manera, de la figura ni de las palabras del comandante Chávez. Más bien habría que preguntarse a cuenta de qué hay gente que pretende arrogarse el derecho de administrar la figura del comandante Chávez. Tanto su imagen como líder, como figura política, como revolucionario, como todas las cosas que planteó, son propiedad de todo el pueblo venezolano, y todo el pueblo venezolano, para inspirarse en su ejemplo, tiene absolutamente derecho de recurrir a su palabra para plantear todas las cosas que hay que plantear en este momento, y en este caso en particular a propósito de la violencia policial. Nosotros no podemos convalidar prácticas que son claramente atentatorias del derecho de la vida.

En principio la campaña comenzó tomando como base las cifras de un informe publicado por la Open Society Foundation, que es financiada por un señor llamado George Soros que se dice filántropo, pero todos sabemos que es un activista de derecha y también utilizan unas cifras de un trabajo que hizo Keiner Ávila que es una persona ligada a Súmate desde hace mucho tiempo, claro, después corrigen y tienen unas cifras oficiales que dan hasta el 2017; y entonces con esas cifras hasta el 2017 publicadas por el Ministerio de Relaciones de Interior Justicia y Paz ¿Por qué se lanza la campaña ahora en 2019 y justo en este momento? Algunos periodistas, por ejemplo José Roberto Duque, dicen que ahí no hay candidez, sino que lo ve con suspicacia y señala que la campaña se lanza en este momento, justamente, para distraer la atención de lo que está pasando en Latinoamérica como para que los medios y la opinión pública internacional vuelva a fijar los ojos sobre Venezuela ¿Qué piensas de eso?

Mira, no, yo creo que lo estás planteando de manera incorrecta. Y de verdad, de todo corazón, espero que recojan mis palabras tal cual te las estoy planteando. Es una manera incorrecta de plantearlo, así como me estás formulando la pregunta. No es que ellos corrigen y luego lanzan otras cifras. Ellos lanzan ambas cifras de manera simultánea, y son unos compañeros que tienen la decencia, la virtud, de reconocer como un error político haber publicado datos de una investigación que se realiza bajo el auspicio de la Open Society. Eso también lo aclararon públicamente en este documento al que hice referencia ahorita. Pero no es que corrigen, digamos, sacando de circulación esa información para luego publicar otra que llega hasta 2017. Esa también la publicaron en su momento. Lo que habría que preguntarse es por qué sobre esas cifras oficiales no se dice absolutamente nada. Ese silencio me parece cómplice, casi vergonzoso. Yo mismo, públicamente, me manifesté en contra que se utilizara esa información. Pero hice lo que yo creo que por una cuestión de principios hay que hacer, y es poner el centro de la atención en lo que tiene que ser el centro de la atención, que es la situación a la que refieren las cifras oficiales. Lo que habría que preguntarse no es por qué ellos están lanzando esa campaña en este momento, si no por qué nadie más había emprendido una campaña antes. ¿Por qué nadie más lo había hecho? Y si era porque no había cifras oficiales al respecto, lo que habría que preguntarle a nuestro Gobierno es por qué no había hecho esas cifras públicas anteriormente. Eso es lo que hay que preguntarse.

Y lo otro, que son compañeros de los que tiene que sospecharse, porque por qué lanzan eso ahorita, que pretenden desviar la atención de lo que está ocurriendo en Latinoamérica: eso es atribuirles a los compañeros y a las compañeras de Surgentes un poder que evidentemente no tienen. Insisto, creo que es una manera de desviar la atención, de señalar y estigmatizar muy injustamente a unos compañeros y compañeras que tienen una larguísima trayectoria en la lucha por los derechos humanos y una trayectoria política revolucionaria y chavista. No es la primera vez y no será la última, lamentablemente, que en lugar de discutir lo central, que es el carácter profundamente clasista y antipopular de la violencia policial, de la que dan cuenta las cifras oficiales, debo insistir… Al Gobierno venezolano más bien deberíamos reclamarle no solamente que actualice las cifras y las haga públicas, sino que participe en la discusión pública sobre esta situación tan grave. Deberíamos más bien mostrarnos solidarios con los compañeros y compañeras que, a todo riesgo, han decidido dar el paso de discutir públicamente esta situación.

Pero lo que te decía, para completar la idea anterior, es que no será la primera vez ni la última, lamentablemente, que en lugar de discutir lo central, se proceda mediante el ataque de los compañeros y compañeras que emprenden una acción. Me parece un signo muy inquietante de lo que está ocurriendo internamente en el chavismo actualmente. La virulencia con la que se responde frente a la campaña de los compañeros no se corresponde con la gravedad de la situación que están denunciando. Estoy completamente en contra de esa suerte de linchamiento moral de los compañeros y compañeras. Creo que en una sociedad democrática, pero sobre todo en una sociedad que se dice estar en revolución, las cosas tienen que poder discutirse de manera pública, sin perjuicio de las personas que participan en la discusión. Esa tendencia a señalar a los compañeros de infiltrados, de traidores, me parece que le hace muy flaco servicio a la revolución bolivariana, y es una conducta que deberíamos, si bien es imposible que unánimemente, por lo menos la mayoría de nosotros y nosotras, condenar y combatir. Las cosas tienen que poder discutirse públicamente, sin ceder al chantaje según ese según el cual no es el momento. Permanentemente se nos está diciendo que no es el momento para discutir sobra las cuestiones centrales de la sociedad venezolana. El mismo argumento se utiliza para, por ejemplo, no discutir sobre el tema económico. ¿Qué es eso de que en revolución entonces no podemos discutir sobre las cosas que hace o deja de hacer nuestro Gobierno? ¿O nosotros solo podemos levantar la voz para criticar y cuestionar a los enemigos jurados de este proceso? ¿Y qué pasa con los gravísimos errores y con las contradicciones internas? Si la apuesta es democratizar la sociedad venezolana, democratizarla implica que se escuchen todas las voces, por más incomodas que nos puedan resultar.

La gente siempre tilda a los defensores de los derechos humanos defender siempre a los malandros pero nunca al policía, es una tendencia que existe y siempre es bueno aclararle a la gente por qué se defienden los derechos humanos, me gustaría conocer tu apreciación personal de la campaña, ya me dijiste que pensabas de los compañero Surgentes como los que llevan la iniciativa, pero tú particularmente ¿Qué piensas de defender siempre los derechos humanos de las personas más pobres y vulnerables?

Indudablemente que concebir la campaña de esa manera, como que es una campaña en defensa de los malandros, es una manera equivocada de concebirla. No es una campaña de defensa de los malandros. Por una parte, porque los jóvenes que son asesinados por la policía ni siquiera son todos malandros, ni siquiera son en todos los casos muchachos que están incursos en delitos o inmersos en el mundo de la delincuencia. Y si ese fuera el caso, evidentemente que hay normas, procedimientos y leyes que deben regir la actuación policial. Son esas normas, procedimientos y leyes las que se están pasando por alto. Imagínate si aquí se le diera carta blanca a los cuerpos policiales para asesinar a todos los muchachos delincuentes. imagínate a dónde pararíamos, los niveles francamente intolerables de discrecionalidad a los que recurriría la policía. Eso no se puede permitir. Pero insisto, y esto es lo central de mi planteamiento: esto no es una campaña de defensa de los malandros. En parte las denuncias tienen que ver con el hecho de que asesina a jóvenes que ni siquiera están involucrados en hechos delictivos, lo que habla precisamente de los niveles de discrecionalidad con los que están actuando los cuerpos policiales actualmente. Ejecuciones de muchachos en plena calle, delante de sus familiares. Esas son cosas que no se pueden permitir en una democracia.

Y sobre el tema de los derechos humanos en general, precisamente, las campañas en defensa de los derechos humanos son campañas en defensa de los débiles jurídicos, y los militantes revolucionarios, en teoría, y si somos consecuentes también en la práctica, nosotros por un criterio básico de justicia nos vamos a poner siempre del lado del débil jurídico. Pero no solamente los jóvenes que son víctimas de la violencia policial, estamos hablando de las personas que no pueden o no podemos disfrutar del derecho a la vivienda, del derecho a la salud, del derecho a la educación, y en general de los derechos, no solo los derechos civiles, sino los económicos, los sociales, los culturales, los derechos de toda naturaleza. La revolución bolivariana puede ser entendida y concebida como una gigantesca y monumental campaña en defensa del derecho que tiene el pueblo venezolano de ejercer, precisamente, esos derechos, y de reclamar que el Estado garantice el libre ejercicio de esos derechos. Eso es la revolución bolivariana. Entonces, esto va mucho más allá de esa visión restringida de una campaña en defensa de los malandros. Es una campaña por el derecho a la vida, por el derecho que tiene todo ciudadano y toda ciudadana de contar con unos cuerpos policiales respetuosos de los derechos humanos, de los derechos que tenemos todas y todos los ciudadanos que vivimos en este país.

Conversando sobre el Golpe de Timón


A propósito de cumplirse hoy siete años de la célebre intervención del comandante Chávez durante reunión de consejo de ministros realizada el 20 de octubre de 2012 (trece días después de que resultara reelecto Presidente de la República), conocida popularmente como Golpe de Timón, comparto con ustedes el vídeo del programa «Escuela de Cuadros» número 228, en el que conversamos sobre este importante documento histórico, suerte de testamento político del comandante.

Conversando sobre el Aló Presidente Teórico N° 1


Hoy se cumplen diez años exactos de la realización del Aló Presidente Teórico N° 1, en el que Chávez abordó a profundidad el tema comunal.

Comparto con ustedes el vídeo del programa «Escuela de Cuadros» número 213, en el que conversé junto con Cira Pasqual Marquina, Chris Gilbert y Tamayba Lara sobre el que sin duda es uno de los más importantes hitos políticos y teóricos de la revolución bolivariana.

Salud.

Primer Encuentro Popular Teórico: Democracia participativa y protagónica



Primer Encuentro Popular Teórico. Foto: Silvino Castrillo.

Primer Encuentro Popular Teórico. Foto: Silvino Castrillo.

Este miércoles 15 de mayo tuve el gusto de participar en la edición 123 del programa radial Encuentro Popular, que conduce el camarada y amigo Elías Jaua, y transmite YVKE Mundial. Y el honor, además, tratándose del Primer Encuentro Popular Teórico, dedicado al tema de la democracia participativa y protagónica.

Durante casi dos horas hicimos un repaso por documentos históricos: El Libro Azul, la Agenda Alternativa Bolivariana, el Aló Presidente Teórico N° 1, el Golpe de Timón, el Plan de la Patria, entre otros. De igual forma, nos paseamos brevemente por el pensamiento de figuras como Vladimir I. Lenin, Rosa Luxemburg y John William Cooke.

Planteamos, entre otras cosas, que la idea-fuerza de la democracia participativa y protagónica está en el centro de la revolución teórica que dio paso a la emergencia del chavismo durante la década de los 90, siendo Hugo Chávez el principal responsable de aquella fascinante tarea de invención política. Trazamos, además, la línea de continuidad entre esta idea-fuerza tanto con la Comuna como con el planteamiento de socialismo del siglo XXI, que está muy lejos de ser una simple consigna, y con el concepto de democracia socialista en particular.

Sin duda, es un tema que da para largas y apasionadas discusiones. Éste es simplemente un aporte más. Se trata, además, y fundamentalmente, de una obra política en permanente construcción: la democracia participativa y protagónica es hoy día, al mismo tiempo, realidad y clamor, demanda popular.

Primera parte: Segunda parte:

Primer Encuentro Popular Teórico. Foto: Silvino Castrillo.
Primer Encuentro Popular Teórico. Foto: Silvino Castrillo.
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