«El reto es cómo superar un modelo agotado por la vía democrática y revolucionaria» (entrevista en Gara, 7 de marzo de 2021)


Foto: Américo Morillo

Por Mirari Isasi

Publicado originalmente en Gara/Naiz

Reinaldo Iturriza (Puerto Ordaz, 1973) es sociólogo, escritor y militante popular. Autor de varios libros, entre ellos “El chavismo salvaje” (2016), además de haber ejercido como profesor en las universidades Bolivariana y Central de Venezuela, fue asesor de la Vicepresidencia (2010/2013) y ministro de Comunas y Movimientos Sociales (2013/2014) y de Cultura (2014/2016). En esta entrevista aporta algunas claves para entender la desconfianza y desafiliación política de amplios sectores de la sociedad y reclama autocrítica. Asegura que Venezuela superará la actual crisis y considera que el eje central debe ser «cómo superar un modelo agotado, y cómo hacerlo por la vía democrática y revolucionaria».

Reinaldo Iturriza asegura que Venezuela atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia, del que no duda que logrará salir tomando como referencia, y «corrigiendo los errores que haya que corregir», los avances durante la «década ganada».

2021 ha arrancado con una nueva Asamblea Nacional y todos los poderes del Estado en manos chavistas. ¿Qué retos se plantean? ¿Cuál es su balance de la anterior?

Comencemos por la última pregunta, porque solo de esa manera se puede ubicar en su contexto la afirmación: ‘todos los poderes del Estado en manos chavistas’, que se puede prestar a equívocos.

El resultado de las elecciones parlamentarias de diciembre significó la derrota de los que muy probablemente sean los diputados y diputadas más radicalmente antinacionales de nuestra historia republicana, lo que es mucho decir, dada la larga tradición de políticos serviles a intereses foráneos.

Desde que asumieron el control de la Asamblea Nacional, en enero de 2016, con los primeros amagos de aprobación de nuevas leyes, actuaron como un tropel desordenado, ansioso de revancha y deseoso de desmontar, pieza por pieza, el armazón jurídico que da soporte legal a varias de las conquistas sociales más sentidas por el pueblo venezolano, alcanzadas en la revolución bolivariana.

Habiendo podido elegir capitalizar la victoria electoral, erigiéndose como una institución que actuara como contrapeso del Ejecutivo, optaron por convertir al Legislativo en el menos independiente de los poderes, haciendo el papel de aspirantes a procónsules del soberano imperial estadounidense.

La trama destituyente del último quinquenio fue parcialmente urdida, pero sobre todo ejecutada de manera entusiasta, por la clase política antichavista con control de la Asamblea Nacional: es pública su participación en actos de violencia, en tentativas de golpe de Estado, en actos terroristas, culminando con la insólita autoproclamación como ‘presidente interino’ del diputado Guaidó, y la amenaza expresa de una agresión armada extranjera contra la nación.

Si todo lo anterior sería un exceso en cualquier país del mundo, es todavía poco frente a las nefastas consecuencias de las exitosas gestiones realizadas por diputados y diputadas antichavistas, para acelerar y profundizar el cerco económico contra el país entero. Siendo así, la derrota del antichavismo no puede ser sino una buena noticia para el conjunto de la sociedad venezolana. Luego, el resultado electoral representa una categórica victoria para la clase política chavista, que incluso ha logrado alzarse con la mayoría calificada, lo que supone, por supuesto, una amplísima capacidad de maniobra, y despeja el camino para que la Asamblea Nacional vuelva a estar al servicio de los intereses de la nación.

Dicho esto, el principal reto es convertir esta victoria del chavismo en una victoria para las mayorías populares. Si eso será así, está por verse.

La Asamblea Nacional era la única baza en manos de la oposición que lidera Juan Guaidó y en la que se basaba un apoyo internacional que se ha ido diluyendo. ¿Qué futuro le espera?

En nuestro país, en enero de 2019, se puso en marcha lo que podríamos llamar el ‘experimento Guaidó’. ¿En qué consistía? Previo desconocimiento de las elecciones presidenciales de mayo de 2018, el diputado Guaidó, una figura desconocida que recién había asumido la presidencia de la Asamblea Nacional, se autoproclama ‘presidente interino’ en una plaza pública, e inmediatamente obtiene el reconocimiento formal del Gobierno estadounidense. Luego es reconocido por algunos gobiernos de América y Europa. Una precisión muy importante: en su mejor momento, el ‘Gobierno interino’ recibió el reconocimiento de apenas una cuarta parte de los gobiernos del mundo.

Esta medida de máxima presión política y diplomática internacional, dirigida fundamentalmente por Estados Unidos, con el firme apoyo de la Unión Europea, vino a sumarse a la brutal agresión económica padecida por la sociedad venezolana durante los años previos. Inicia formalmente en 2015, durante la Administración Obama; se acentúa en 2017, ya durante la Administración Trump, con la aplicación de medidas coercitivas dirigidas a paralizar la industria petrolera, corazón de la economía venezolana, y se profundiza aún más a partir de la autoproclamación de Guaidó. El objetivo era asfixiar económicamente al país para forzar el quiebre popular, es decir, crear las condiciones para que la población se levantara contra el gobierno, y/o el quiebre institucional: fracturar la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y deponer al Gobierno por la vía del golpe de Estado.

A partir de la autoproclamación de Guaidó se redobla la apuesta y comienza a hablarse con mucha fuerza de ‘intervención humanitaria’. En tal sentido, un hito decisivo es la tentativa de incursión militar extranjera del 23 de febrero de 2019, bajo el pretexto de traer ‘ayuda’ a la población venezolana a través de la frontera con Colombia y, en menor medida, por Brasil. Esa tentativa fracasa, dado el firme rechazo no solo del Gobierno venezolano, sino de su Fuerza Armada, y de parte importante de la población.

Luego de este episodio, resultaba muy claro que el ‘experimento Guaidó’ había sido concebido para lograr el objetivo de ‘cambio de régimen’ en el muy corto plazo. Fracasado el plan, el Gobierno estadounidense, haciendo alarde de su característica arrogancia, en lugar de reconocer su derrota, decidió pagar el precio de seguir respaldando públicamente a un personaje que no pasa de ser un muñeco de ventrílocuo, sin verdadero arraigo popular, cuyos actos y declaraciones fueron perdiendo eficacia política de manera acelerada. A mediados de 2019, puede que un poco antes, Guaidó había perdido casi por completo su capacidad convocatoria, y las manifestaciones de la base social del antichavismo fueron cada vez más menguadas. ¿Qué futuro le espera? En un país democrático, ninguno. Quizá el olvido. A lo sumo, ser recordado como una figura tristemente célebre, que se prestó para estar en la primera línea, en el bando agresor, durante uno de los ataques más arteros que haya recibido la nación venezolana.

¿Qué lectura hace del alto índice de abstención en las últimas elecciones? ¿A qué responde? ¿Al hastío, a la indiferencia, al desgaste del chavismo, al agotamiento por la larga crisis económica y el bloqueo impuesto de EEUU?

Sí, todas esas circunstancias inciden y pueden sumarse otras: el hecho de que los principales partidos de oposición optaran por la línea abstencionista, intentando deslegitimar los comicios; la pandemia, aunque en líneas generales el Gobierno ha logrado mantener la situación sanitaria bajo control, y el bloqueo económico, que ciertamente afecta yes traduce, por ejemplo, en una significativa merma de los inventarios de combustible, lo que a su vez incide negativamente en la posibilidad de acceso al servicio de transporte…

Ahora bien, he planteado que el liderazgo político está en la obligación de ir más allá de análisis autocomplacientes, y tiene que ser capaz de valorar en su justa dimensión el peso de un fenómeno relativamente reciente: la indiferencia por la política.

A mi manera de ver, y analizando el voto chavista, hay una línea que va desde cierto hastío por la política, que se manifiesta ya en las parlamentarias de 2010, cuando el chavismo logra la mayoría en la Asamblea Nacional, pero no alcanza la meta de la mayoría calificada; pasa por la desafiliación política, fenómeno que se expresa en las parlamentarias de 2015, y que incide directamente en la victoria del antichavismo, y llega hasta las elecciones más recientes, cuando una parte de la población se abstiene de participar por pura y simple indiferencia.

Una participación del 30,5% en una sociedad altamente politizada, es un porcentaje muy bajo. Una parte importante de la población ha hecho un fuerte llamado de atención a su clase política.

Usted ha mencionado en alguna ocasión el rechazo de la ciudadanía al clientelismo y asistencialismo del PSUV.

Sí, es algo sobre lo que he insistido mucho. Es un tópico sobre el que se ha discutido bastante durante todos estos años. El mismo Hugo Chávez realizó numerosas reflexiones y cuestionamientos públicos al respecto.


Para decirlo de manera resumida: lo que puede entenderse como chavismo, es decir, las mayorías populares que se politizan ya durante la última década del siglo XX, se constituyó, en buena medida, como rechazo a lo que en Venezuela se conoce como ‘partidocracia’, incluyendo, por supuesto, sus usos y costumbres.

La fragua del chavismo como sujeto político se realiza alrededor, entre otras, de la idea fuerza de democracia participativa y protagónica, lo que supone una dura crítica a los viejos vicios de los partidos tradicionales, entre ellos el clientelismo y el asistencialismo. Eso de concebir a la gente como ‘cliente’ o como objeto de asistencia, en tanto que implica desconocer la potencia del sujeto chavista, siempre suscitará el más firme rechazo popular.

El problema es cuando, de tanto apelar a esas prácticas, el rechazo a la clase política chavista comienza a dar paso a la desafiliación de la identidad política, y ésta a la indiferencia.

Está claro que el PSUV y sus aliados no han sabido atraer a la ciudadanía. ¿Ha habido autocrítica? ¿Cómo volver a conquistar a esas bases?

Mi impresión es que, en líneas generales, el liderazgo político chavista, y salvo notables excepciones, es bastante poco autocrítico al respecto.

Sobre cómo volver a atraer a las bases: eso será posible siempre y cuando las mayorías populares sigan percibiendo que, más allá de las diatribas entre políticos, digamos que más allá de las miserias asociadas al ejercicio de la política, se están enfrentando dos proyectos antagónicos de país. Si está lo suficientemente claro que se trata de dos proyectos históricos en pugna, y en tanto que el proyecto del antichavismo es indiscutiblemente antinacional y antipopular, como lo es todo proyecto de elites, en esa medida habrá margen de maniobra para reagrupar fuerzas.

La fracasada estrategia de Guaidó le ha hecho perder apoyos y ha llevado a la ruptura de la oposición antichavista. ¿Hay posibilidades de un diálogo que facilite una salida a la crisis que vive Venezuela?

Sí. No solo el diálogo político es posible, sino que es lo deseable por las mayorías populares. Ahora bien, estoy convencido de que, con todo y que la población anhela alguna especie de tregua, un mínimo entendimiento, tampoco está de acuerdo con un nuevo pacto de elites. Como decimos en Venezuela: paz, sí, pero con justicia e igualdad, no la paz de los sepulcros, no la paz para que las mayorías vuelvan a ser invisibles y marginadas.

También ha habido una división en su seno con la ruptura con los principales y tradicionales aliados del PSUV, quienes acusan al Gobierno de negociar y aliarse con la burguesía, de aplicar políticas neoliberales, incluidas privatizaciones, y de olvidarse del legado de Hugo Chávez. ¿Es una ruptura insalvable?

Se ha deslindado el Partido Comunista de Venezuela, y parte de la militancia de otros partidos que integraban el Gran Polo Patriótico, lo que ha dado lugar a la Alternativa Popular Revolucionaria, que es una iniciativa que apenas da sus primeros pasos, y que actualmente tiene poco peso electoral.

Desde el gobierno se insiste en que no existe tal viraje hacia el neoliberalismo y se afirma que la política económica es el resultado inevitable de unas condiciones económicas particularmente adversas, que obligan a proceder con mucho pragmatismo. Pero hay razones para pensar que, más allá del necesario pragmatismo, algunas líneas de fuerza con mucha influencia en el Gobierno están convencidas de que las mayorías empobrecidas no pueden ser el centro de gravedad de la política, que lo vital en las actuales circunstancias es entenderse con el capital, brindarle todas las facilidades posibles, lo que implica posponer cualquier medida orientada a la revalorización del salario, a pechar las grandes fortunas, a aumentar los impuestos que tendrían que pagar los que más tienen.

Se ha denunciado públicamente que algunas tierras y empresas recuperadas por el Estado han sido devueltas a sus antiguos dueños y existe evidencia de que se ha procedido a la deliberada desinversión en algunas unidades de producción, para luego establecer las llamadas ‘alianzas estratégicas’, término que, en muchos casos, es simplemente un eufemismo que encubre la privatización. La política de defensa de los trabajadores se ha debilitado gradualmente, se han producido despidos arbitrarios, trabajadores han sido judicializados…

En general, estas líneas de fuerza no creen en la firme y necesaria fiscalización estatal de las fuerzas económicas que controlan el mercado.

El debate público sobre estos asuntos es bastante pobre: la vocería oficial suele responder a la defensiva, descalificando la crítica en términos nada constructivos. Las decisiones sobre asuntos tan fundamentales suelen tomarse en un clima de mucha opacidad. Es muy poco lo que se informa a la población. El Gobierno parece haber renunciado a su obligación no solo de informar, sino de explicar de la manera más didáctica posible por qué toma las decisiones que toma. Percibo una profunda y muy preocupante desconfianza en la gente.

En resumen, más que las serias diferencias entre antiguos aliados políticos, lo realmente preocupante es que termine de producirse una ruptura entre la clase política chavista y las mayorías populares.

¿Está en juego el capital político del chavismo? ¿Se reconocen las nuevas generaciones en el actual liderazgo, en el Gobierno y en el PSUV? ¿Cómo recuperar ese apoyo?

Sí, por supuesto que está en juego, en razón de todo lo que he intentado explicar hasta este punto, aunque de manera muy resumida. Más allá de lo generacional, hablamos de que mucha gente que alguna vez se reconoció como chavista, hoy se siente en una suerte de no-lugar de la política, no quiere saber nada de los políticos. Lo paradójico es que se trata de gente muy politizada. Si bien puede hablarse de una suerte de repliegue de la política, no es correcto hablar de despolitización.

A los más jóvenes, que no vivieron o estaban muy pequeños durante la ‘década ganada’, les resulta más difícil identificarse con un proceso que hoy exhibe su cara menos amable. El liderazgo político tiene el desafío de recuperar la confianza de la población en general, y de las nuevas generaciones en particular, y pienso que eso se logra, entre otras cosas, dando el ejemplo.

El liderazgo tiene que ser capaz de transmitir confianza en el futuro, de orientar hacia dónde vamos.

¿Cómo calificaría la situación política y económica de su país, a la que se ha sumado la crisis sanitaria por la pandemia?

Para la inmensa mayoría de la población, es una situación muy difícil. Para la nación, es uno de los momentos más difíciles de su historia. El venezolano es un pueblo muy perseverante, que no se ha dejado doblegar. Pero el precio que ha tenido que pagar es sumamente alto. Con todo, tengo la confianza de que vendrán nuevas situaciones y lograremos, una vez más, salir del laberinto.

¿Han conseguido el bloqueo y las sanciones su objetivo? ¿Han puesto en cuestión la continuidad del chavismo?

Ha fracasado en su intento de crear las condiciones para un ‘cambio de régimen’, pero ha provocado un enorme perjuicio en la población. Esto que estamos padeciendo es capitalismo del desastre, pero de manual. Con Chávez se dieron los primeros pasos para construir el socialismo bolivariano y Maduro intentó seguir el mismo camino durante sus primeros años en el gobierno. Hoy en día, en Venezuela no solo no hay socialismo, sino que impera el capitalismo salvaje, puro y duro. Si usted todavía tiene alguna duda de que el capitalismo es inviable, no tiene más que venir a Venezuela.

Estoy convencido de que uno de los objetivos era producir un shock político en la población, de manera que más nunca se nos ocurriera optar por la vía democrática socialista. Pero en su magnífico libro, Naomi Klein demostraba que las sociedades, para sobreponerse a situaciones de shock, suelen recurrir a las construcciones del pasado, apalancarse allí para construir lo nuevo.

Nada de tabula rasa, que el sueño de los neoliberales. Confío en que lograremos hacer eso: saldremos de esta situación tomando como referencia todo lo que fuimos capaces de hacer durante nuestra década ganada, corrigiendo los errores que haya que corregir. Así acometeremos la reconstrucción nacional.

Pero no todo será culpa del enemigo externo, Venezuela es un país con recursos y algo se estará haciendo mal.

Sí, por supuesto. Ya me referido a algunos de estos errores, creo haber mencionado los principales. En todo caso, estoy completamente de acuerdo con que es un craso error atribuir todos los problemas al enemigo externo, llámese imperialismo, guerra económica o bloqueo. Esto es algo sobre lo que ha advertido el propio Maduro. El liderazgo político está en la obligación de asumir su responsabilidad, de la misma forma que el Gobierno está obligado a gobernar con eficacia política y calidad revolucionaria.

¿Qué peso tiene la corrupción en la crisis económica y política y en los problemas de gestión?

Tiene un peso enorme. Creo que el problema principal es el modelo capitalista rentístico, que se estableció en Venezuela a partir de la explotación petrolera, a comienzos del siglo XX, y que según los expertos en la materia ya dio señales inequívocas de agotamiento durante la década de los 70.

El chavismo en tanto sujeto y el bolivariano en tanto proyecto pueden ser entendidos como la respuesta que las mayorías populares ofrecen para resolver ese problema fundamental, estructural, de la sociedad venezolana. Es allí donde está el quid de la cuestión.

Sin menospreciar el peso que pueda tener la corrupción en todo esto, no se puede negar que corremos el riesgo de vernos envueltos en discusiones interminables salpicadas de moralina, situación que nos puede desviar de lo que considero central: cómo superar un modelo agotado, y cómo hacerlo por la vía democrática y revolucionaria.

¿Qué papel juegan los militares en la política venezolana?

Un papel de primer orden, lo que por supuesto tiene que ver con el peso de una figura como la de Hugo Chávez. Se puede y creo que de hecho se tiene que discutir sobre la conveniencia de que figuras provenientes del mundo militar asuman, por ejemplo, la responsabilidad del manejo de empresas estratégicas, porque no es cierto que eso garantice una administración más eficiente, etc. Pero el hecho de que se trate de un civil tampoco es garantía de nada. En líneas generales, soy firme partidario de la unidad cívico-militar, pero esa unidad tiene que fundarse en principios muy claros: eficacia política y calidad revolucionaria.

Donald Trump se despidió con nuevas sanciones a Venezuela. ¿Espera un cambio en la política de Washington con la llegada de Joe Biden?

Parece que la Administración Biden ha comprendido que el ‘experimento Guaidó’ resultó un estrepitoso fracaso, pero, a decir verdad, tal reconocimiento no tiene mucho mérito. Trump lo sabía, y sin embargo insistió en su política contra Venezuela. Falta saber si Biden actuará, aunque sea parcialmente, de manera diferente. No abrigo ninguna esperanza. Podrán variar poco o mucho los métodos: Biden podrá marcar cierta distancia de Guaidó y su entorno, podrá dejar de exigir la renuncia de Maduro como condición sine qua non para una ‘salida electoral’, etc. Pero el objetivo del Gobierno estadounidense sigue siendo el mismo: retomar el control total de la nación venezolana, de nuestras riquezas. Además, no solo es harto conocida la vocación injerencista e incluso guerrerista de las administraciones demócratas, sino que, no hay que olvidarlo, las primeras ‘sanciones’ fueron impuestas por Obama, con Biden como vicepresidente. En tal sentido, es como si luego del interregno Trump volviéramos al punto de inicio, con la salvedad de que el presidente saliente no hizo más que continuar la senda ya trazada por sus rivales políticos internos.

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