“Tenemos que empezar a imaginar el devenir socialista” (entrevista a Claudio Katz)


Reinaldo Iturriza López y Pablo Navarrete
Fotografía: Luis Padilla
(Entrevista inédita, concedida en junio de 2006)

El argentino Claudio Katz destaca como uno de los economistas más lúcidos y críticos de la escena intelectual latinoamericana. Su libro El porvenir del socialismo fue merecedor de una mención honorífica del Premio Libertador al Pensamiento Crítico, edición 2005.

Ya es común entre los analistas señalar que se ha producido un giro hacia la izquierda en América Latina. Pero más allá de lo evidente, ¿qué implicaciones políticas y económicas tiene este giro? Y además, ¿podemos hablar de una sola izquierda latinoamericana?
Primero, hay que reconocer que en América Latina hay un giro político muy significativo, porque es el escenario de desafío al neoliberalismo y al imperialismo más importante del mundo. Es la región que se ha puesto como centro en esta batalla contra las políticas predominantes de los noventa. Y hay un conjunto de particularidades en América Latina: tuvo la crisis económica más importante de la década pasada, y hay un resurgimiento, una recuperación de la rebelión popular, del movimiento popular, de las rebeliones sociales que reconstituyen las viejas tradiciones combativas de la región. Éste es el marco. Un marco en el que, además, Estados Unidos encuentra serios límites para frenar este proceso. Dentro de este marco se ha producido el gran giro político latinoamericano. Ahora distingamos lo que ocurre.

Yo creo que existen tres tendencias en la región. Por un lado, está la tendencia neoliberal clásica derechista, que está en retroceso, pero que tiene puntos de reconstitución. Por ejemplo, el triunfo de Uribe en las elecciones de Colombia no es un tema colombiano, tiene proyecciones para toda la región. Uribe es la base de reconstitución del proyecto neoliberal en alianza con el gobierno de Bush y sobre la base de los Tratados de Libre Comercio. Frente a esta línea neoliberal, que tiene otros representantes en América Latina, no se reduce a Uribe, hay dos corrientes que la prensa en general denomina de izquierda y que tenemos que distinguir: un sector es lo que yo denomino centroizquierda, otros denominan progresismo, izquierda moderada, que está representado, básicamente, por Lula en Brasil y por Tabaré en Uruguay, Bachelet en Chile sería otra expresión, que son gobiernos parcialmente antiliberales, que adoptan un discurso antiliberal, política limitada de reconstitución del Estado para favorecer a las clases dominantes locales, y que no tienen en perspectiva ninguna pretensión de revertir las reformas derechistas del neoliberalismo. Encarnan lo que yo llamaría un proyecto socioliberal. El término socioliberal se usa mucho en Europa para describir a los viejos partidos, viejos gobiernos socialdemócratas (Blair, Felipe González) que subieron con un perfil de centroizquierda y adoptaron el neoliberalismo.

Entonces, lo que queda efectivamente como el proyecto de izquierda en América Latina, es la línea que está trazada por el nacionalismo popular antiimperialista que encarna, evidentemente, Chávez en Venezuela, Fidel, en otro sentido, en Cuba, y todo indica que a este eje se le ha sumado Morales en Bolivia. Este tercer eje es el que plantea un desafío importante al neoliberalismo de los años noventa. Mi impresión es que si este eje se desenvuelve va a enfrentar una tensión muy importante con el eje centroizquierdista. No es un proyecto común de América Latina que avanza por un solo carril, sino que son dos manifestaciones, por el momento, de una tensión contenida, pero que si los procesos se radicalizan y se desarrollan en un rumbo antiimperialista, antiliberal en algunos países, eso va a chocar con los gobiernos de centroizquierda, y eso ya se empezó a ver en las resistencias que ha puesto el gobierno de Lula a las medidas de la nacionalización del petróleo que adoptó Morales en Bolivia. Esta tensión existe y me parece importante que la explicitemos. Una cosa es la diplomacia que, naturalmente, ejercen los presidentes, y otra cosa es el derecho de los intelectuales a explicitar los procesos con la mayor claridad posible.

Desde este eje de izquierda nacionalista, popular y antiimperialista, como la denominas, se ha planteado el ALBA como alternativa integracionista. ¿Es viable, a tu juicio, esta propuesta?
El ALBA por el momento es un proyecto, e importa como proyecto y como iniciativa ya de un proyecto. Tiene dos caras: la primera, diría yo, son las medidas que ya se han adoptado, de un comercio diferente al que realizaban hasta ahora los países latinoamericanos. Un comercio que desenvuelve Venezuela con Cuba, con Bolivia, basado en criterios no mercantiles, no competitivos, de cooperación, de solidaridad. Es importante el ejemplo de médicos cubanos llegando a Venezuela a cambio de petróleo. Pero esto es un síntoma del ALBA, es un aspecto, el ALBA no se reduce a eso. El ALBA es un proyecto de otra integración latinoamericana, que si avanza, si se concreta, debería constituirse como una opción, por un lado, enfrentada, hostil y opuesta al TLC, a los tratados bilaterales que sustituyen al ALCA, pero también como una opción diferenciada del Mercosur o del CAN.

No hay que diabolizar al CAN ni enaltecer al Mercosur. Me parece que si el CAN es objetable, el Mercosur es tan objetable como el CAN, porque quince años de balance del Mercosur son quince años de sufrimiento para los pueblos de Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay, Uruguay. Es un proyecto de las clases dominantes, el Mercosur. Hasta ahora es un proyecto de las clases dominantes, de integración de empresas trasnacionales. Es un proyecto competitivo, en conflicto con el ALCA, diferente al ALCA, pero la diferencia podría resumirse en que el ALCA es el proyecto de las grandes trasnacionales norteamericanas y el Mercosur es el proyecto de las grandes empresas de las clases dominantes de América del Sur. Entonces, yo no lo veo como un proyecto compatible ni convergente con el ALBA. Son dos opciones distintas.

El ALBA, para desenvolverse como un proyecto de liberación, de integración efectiva de los países de la región, tiene que avanzar por tres terrenos, por los que nunca va a avanzar el Mercosur. Estos tres terrenos son, en primer lugar, la cuestión energética, que implica comenzar a proyectar el ejemplo boliviano hasta lo continental, es decir, la nacionalización íntegra de los recursos petroleros, base fundamental para cualquier proyecto de integración efectiva. No se puede pensar en gasoductos, anillos energéticos e iniciativas de ningún tipo, no se puede proyectar una meta de integración energética si existen empresas como Repsol cumpliendo un papel dominante en la región. No se puede pensar el proyecto energético si las empresas públicas están de hecho transnacionalizadas y cotizan en bolsa, y pertenecen a las grandes transnacionales, como el caso de Petrobras. Es decir, necesitamos para la integración energética regional, la nacionalización íntegra de los recursos petroleros y un control social popular mayoritario de estas empresas.

La segunda línea del ALBA es una integración financiera de la región, vía la constitución del BanSur, de distintos tipos de organismos, pero cuyo punto de partida sea poner punto final a la cuestión de la deuda. No se puede pagar la deuda y construir el ALBA al mismo tiempo. No se puede mantener una relación de dependencia con los acreedores y construir el ALBA al mismo tiempo. Porque estamos viviendo una primavera, donde hay recursos y se paga la deuda, pero esa primavera corresponde a una coyuntura económica muy particular, y a mediano plazo va a haber que optar, especialmente cuando termine este ciclo de bonanza de las materias primas que se observa a escala internacional, y vuelva una situación más difícil para América Latina. Entonces, la emancipación financiera es el segundo sendero.

El tercero yo diría que es el clave: la redistribución del ingreso. Si no hay reformas sociales significativas en los países, un proyecto de integración no va a tener legitimidad social. A los pueblos les interesa la integración si ellos ven mejoras en su vida cotidiana. Si no, es un emblema, un emblema que nos puede llevar a autoengañarnos, a pensar que nuestros discursos son efectivos. Pero el pueblo no vive de discursos, el pueblo vive de realidades. Y si los pueblos se frustran con los proyectos, con los procesos que están viviendo ahora, si ven que estos procesos son más de lo mismo, si no ven mejoras en sus salarios, en sus condiciones de vida, si los campesinos no tienen la tierra, si los trabajadores no tienen salarios, si los estudiantes no tienen educación gratuita, si no se ven reformas impositivas radicales, redistribución del ingreso, el proyecto latinoamericanista es un sueño, una idea, un mensaje retórico. Entonces, se puede construir el ALBA si avanzamos en esos tres puntos. Yo creo que estamos en condiciones, tenemos todas las posibilidades para avanzar en esos caminos y tenemos que intentarlo.

En relación con esto último que planteas, el riesgo que implica la no correspondencia entre un discurso gubernamental progresista y la redistribución efectiva del ingreso, ¿cómo evalúas la situación de Argentina?
Allí tenemos un caso de divorcio. En Argentina tenemos un Presidente que tiene una retórica muy crítica de los organismos internacionales, de Estados Unidos, de Bush, un discurso que recupera, incluso, lo que ha sido nuestra bandera histórica, que son los derechos humanos, los desaparecidos, pero que mantiene en lo central la política económica que se viene desenvolviendo en la Argentina en las últimas décadas: reforzar el dominio de grupos de poder, un ingreso que está desigualmente distribuido de manera escandalosa y con niveles de deterioro salarial, pobreza, indigencia, inexplicables para un país de la riqueza de la Argentina. Hay gente que dice: «bueno, las cifras no son tan dramáticas». No son tan dramáticas quizá para un país que carece de recursos. Pero estamos hablando, probablemente de una de las naciones con mayores recursos naturales de la tierra. Es inexplicable que un país que es el quinto exportador mundial de alimentos, ¡el quinto!, tenga desnutrición infantil. Es inexplicable que un país con los recursos que tenemos nosotros tenga estos niveles de desempleo.

Lo que ha ocurrido es que hay un giro en la política económica. El modelo neoliberal clásico no es el que se está implementando, sino una política heterodoxa que reconstituye los intereses y el poder de las clases dominantes locales después de una crisis muy severa, pero que obstaculiza, que bloquea las necesidades más inmediatas de la mayoría de la población.

Y no se justifica en la Argentina el discurso futurista: «lo haremos en el futuro, no es el momento». ¿Si no es ahora, cuándo? Hay condiciones políticas, económicas, sociales. Éste es el momento de producir la gran transformación. Pero para producir la transformación hay que elegir: si uno está con los grupos banqueros, con los grandes sectores capitalistas o si está con la masa popular. Y en ese punto Kirchner ha elegido que su ámbito de confianza son los grandes grupos de poder.

Volviendo al caso Venezuela, ¿cuál es tu valoración del proceso bolivariano?
Bien, yo puedo hablar con contundencia es del impacto continental que tiene el proceso bolivariano. No me considero autorizado para opinar sobre el curso de este desenvolvimiento interno. El impacto continental del proceso bolivariano se refleja, por ejemplo, en el papel que está ocupando Chávez a escala continental. Es un referente. Algunos países lo viven como una intromisión en sus asuntos internos. Pero claro, permiten otras intromisiones, les molesta esta intromisión. Les molesta cuando la intromisión incluye una tónica diferente a lo que ha sido la intromisión tradicional. La historia de América Latina son intromisiones externas. La historia de nuestras regiones son embajadores, especialmente de Estados Unidos y Europa, que intervienen en la política cotidiana como si fueran sus propios países.

Lo que ha provocado la revolución, el proceso bolivariano, es un cambio, una conmoción en América Latina. Es una referencia para los movimientos populares. Es un punto de interés muy importante para todo lo que es un proyecto antiimperialista y de resistencia efectiva al neoliberalismo. Algunos dicen a veces que Chávez hace lo que hace porque hay petróleo. Pero siempre aquí hubo petróleo y no se hacía lo que se hace, eso no es un argumento. Contar con un recurso y utilizar ese recurso para intentar una transformación debe ser por lo menos ponderable, no objetado, como queriendo decir que se hace porque lo tienen. En todo caso, que lo tengan y lo hagan es una cualidad de este proceso.

De todas formas, estamos en la mitad del camino, o más bien en el principio de un proceso. En ese sentido, sí soy menos conformista. No me limito a aplaudir lo que se ha hecho hasta ahora. Estamos en el debut de un proceso. Digo esto porque debe haber transformaciones sociales que acompañen un proceso político. Lo que le da solidez y consistencia a un proceso político son las transformaciones sociales que mejoran los niveles de vida de la población. Eso es lo que convierte un cambio en una revolución perdurable. Y esa disyuntiva, muy cautelosa y modestamente, creo que está planteada en Venezuela. Acá estamos iniciando un proceso y toda la apuesta es porque tenga un desenvolvimiento positivo, pero recordando que los procesos que no se radicalizaron a tiempo, tuvieron como efecto también una frustración para su propia historia. Estas son las disyuntivas que nos presenta el proceso bolivariano.

Ciertamente, en uno de los artículos donde analizas el caso Venezuela, lo comparas con otros procesos históricos: la Nicaragua de los ochenta, la Portugal de los setenta, y adviertes que uno de los riesgos de todo proceso revolucionario es que se institucionalice, a la manera del PRI mexicano.
Sí, fíjate, los que estamos alejados de un proceso nos manejamos con grandes comparaciones que siempre son defectuosas, pero sirven para ubicarnos. La gran sorpresa que ha introducido el nacionalismo popular de Chávez es que es un nacionalismo radical, muy antiimperialista y muy abierto al pensamiento de izquierda. Su apertura al pensamiento de izquierda introduce una nota de gran interés para este proceso. No de casualidad es aquí donde ha resurgido la idea de un socialismo del siglo XXI. Es un dato interesante respecto a otros procesos nacionalistas, que tenían o una distancia o una hostilidad con la izquierda. Esto es un dato positivo.

El otro dato de interés en estas comparaciones, es que el Ejército ha cumplido un papel decisivo. Para Latinoamérica esto es un dato interesantísimo, que el Ejército cumpla un papel patriótico, antiimperialista, clave. Y que Caracas se haya transformado de hecho en el centro de referencia, el papel que ocupó en otra época Managua, una referencia continental, un proceso que suscita el interés de los movimientos sociales del mundo. La prensa de derecha se burla y dice que se viene a hacer turismo. No, se viene a observar, a estudiar, a analizar, porque es un laboratorio, porque es un proceso que suscita interés y atracción.

Ahora, está siempre el problema de la institucionalización negativa de estos procesos. Por eso el PRI y el peronismo son como los paradigmas de movimientos populares muy sostenidos en el apoyo popular, pero que al no producir las transformaciones sociales en el momento que debían ser producidas… bueno, cuando no se evoluciona se involuciona. Ese siempre es un peligro para el proceso, y hay que ir subrayando todo lo que haga al mantenimiento de estructuras estatales ya perimidas, la falta de transformaciones sociales necesarias, en fin, una agenda que la definirá el movimiento social y el pueblo venezolano.

Sobre las amenazas externas que penden sobre el proceso bolivariano: Chávez ha afirmado recientemente que antes de que finalice el siglo XXI llegará a su fin la hegemonía imperial estadounidense. ¿Cómo percibes la postura de Estados Unidos con respecto a América Latina?
Primero, esperemos que sea así, que éste sea el último siglo de dominación imperialista. Yo creo que Estados Unidos, el proyecto de Bush está efectivamente en un momento crítico, porque Irak ha resultado un pantano inesperado y después de varios años de estar en Irak ya resulta evidente que ellos no logran estructurar ese proyecto colonial que intentaron realizar. Eso los está empujando hacia el dilema de encontrar una vía de repliegue o dar un salto ciego hacia delante y lanzar, por ejemplo, un ataque militar contra Irán. Nunca hay que descartar las dos tentaciones. Cuando los gobiernos son muy derechistas, cuando las ambiciones de aventuras imperialistas están muy afianzadas, nunca, aunque sea racionalmente descartable, aunque políticamente sea ciego, nunca hay que descartar que en un momento crítico el imperialismo dé un salto hacia el suicidio de su propio proyecto político.

Es decir, huir hacia adelante

Sí, huir hacia delante. Ellos están es ese dilema porque la situación es muy crítica. Lo que tiene una repercusión muy importante sobre América Latina, porque esto ha limitado profundamente la capacidad de Estados Unidos para intervenir militarmente en la región. No cabe ninguna duda de que si no tuvieran el problema que tienen en el Medio Oriente, ya hubieran actuado de otra manera frente a Venezuela o frente a Cuba.

Me parece que lo que hay es un proyecto de reconstitución económica y política de mediano plazo de Estados Unidos que va por dos ejes. Un eje central consiste en, a través de gobiernos como el de Uribe, eventualmente como el de Alan García, o de gobiernos afines en Centroamérica o México, a través de los Tratados de Libre Comercio, establecer una alianza muy estructural con las clases dominantes de estos países, basada en este mecanismo por el cual ellos tienen un mercado exportador privilegiado de Estados Unidos. Crean una asociación fuerte con un correlato militar. El modelo Uribe es un modelo de contraofensiva estadounidense que no está pensada para mañana, sino a mediano plazo. Y mientras desenvuelven esta estrategia, tienen también una estrategia secundaria, complementaria, de moderación de los gobiernos nacionalistas y populares, a través de los gobiernos de centroizquierda. Es decir, lograr que Lula lo calme a Evo Morales, logran que Kirchner haga negocios con Chávez. Es decir, manejarse en dos sentidos, tratar de que pierdan potencialidad las transformaciones en curso. Es la estrategia que ellos han puesto en marcha.

Termino diciendo esto: una cosa es lo que ellos quieren hacer, otra cosa es lo que ellos puedan hacer. Yo creo que uno de los datos más interesantes en América Latina hoy, es que hay una conciencia antiliberal y antiimperialista muy significativa. Por ejemplo, uno compara la pérdida de expectativas que hay aquí en cuanto a las privatizaciones, las desregulaciones, con la situación en Europa Oriental, donde estuve hace poco, y allá el clima es el de la América Latina de los años noventa. Allá se espera algo de las privatizaciones. Eso ocurre también en partes de Asia. Pero en las masas populares de América Latina hay una comprensión muy profunda del carácter nefasto del neoliberalismo, y hay un resurgimiento de convicciones antiimperialistas, también muy profundas, que afortunadamente, por ahora, no tienen connotaciones de conflictos étnicos o religiosos, como por ejemplo en el mundo árabe. Entonces, tenemos un escenario más favorable como para desenvolver proyectos progresistas, yo diría que óptimo en ciertos aspectos, en comparación con otras regiones del mundo, y eso nos da esperanzas en el futuro y nos da la posibilidad de pensar en el proyecto del socialismo del siglo XXI. Pero efectivamente como un proyecto del socialismo del siglo XXI, no como una frase emotiva que uno lanza al final de un discurso para que la gente salga soñando con una utopía. Tenemos que empezar a buscar las conexiones entre estos proyectos y cómo podríamos imaginar ese devenir socialista. El mérito del proceso bolivariano es haber puesto el nombre. Es haber dicho: «bueno, éste es el horizonte». Pensemos cómo se camina en esa dirección.

En Caracas el FSM superó el temor al debate político (entrevista a Edgardo Lander)


Reinaldo Iturriza López

(Publicado originalmente en la desaparecida revista DesdeDentro, del Ministerio para la Economía Popular. Entrevista realizada en marzo de 2006).

Sociólogo venezolano de amplia y destacada trayectoria académica, Edgardo Lander toma la palabra en esta ocasión como activista político. ¿Cuál fue la mayor conquista del Foro realizado en Caracas? ¿Sobre qué se debatió y qué no fue discutido suficientemente? ¿En qué consiste esta nueva forma de hacer política que postulan los altermundialistas? Sobre esto y más nos habla quien formara parte del comité organizador del VI FSM.

Comencemos con una pregunta amplia para ser respondida a manera de balance general. ¿Cuáles fueron los debates que predominaron en el VI FSM?
Quizá valga la pena comenzar hablando un poco sobre los antecedentes de algunos de los debates del Foro. Desde hace varias décadas viene desarrollándose un debate sobre el tema de lo social y lo político, y la relación entre movimientos y partidos. Varias razones explican el cuestionamiento del que ha sido objeto la política entendida como política de partido, y esto tiene que ver por supuesto con la experiencia de los partidos de izquierda, socialistas, y también obviamente con la crisis de los sistemas de partidos que se produce en buena medida como consecuencia de este desmontaje neoliberal de la democracia.

Con todo este discurso de la sociedad civil, de los movimientos sociales, que ha estado tan presente en las últimas décadas, se han producido formas bastante esquemáticas y maniqueas de pensar lo político y lo social, que incorporan visiones liberales de fraccionamiento de la vida social, como si hubiese un ámbito de lo económico, uno de lo político, otro de lo social. Según este discurso de la antipolítica y del fin de las ideologías, lo político, lo estatal, los partidos vendrían a ser formas autoritarias, no democráticas, etc., mientras que la sociedad civil sería una cosa más democrática, más genuina, menos contaminada. La reincorporación de la sociedad civil como categoría de uso cotidiano en la política es una cosa bastante reciente. Tiene su origen en la lucha contra los regímenes socialistas de Europa del Este, y está emparentada con una cierta tradición de pensamiento antisocialista liberal capitalista, que tiene mucho que ver, por cierto, con la forma como fue adoptado este discurso en América Latina.

Este mismo discurso que separa lo político de lo social, y que pretende que los movimientos hacen algo diferente a política, y que están luchando socialmente, además construye una categoría de análisis llamada movimiento social que es bastante arbitraria, porque incorpora como movimiento social a una heterogeneidad de cosas que difícilmente pueden pensarse bajo una sola categoría. Como movimiento social se incluye a organizaciones indígenas, comunidades, al MST, las movilizaciones que se dieron en Caracas a raíz del golpe de Estado. Algo como el MST es totalmente diferente de las experiencias organizativas de las comunidades en Venezuela, de las organizaciones indígenas o de las comunidades aymaras.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo esto con el Foro? El Foro comenzó con el reconocimiento de que se había llegado a un estado de la confrontación contra el neoliberalismo en diferentes lugares del planeta: mientras la política global del neoliberalismo en los terrenos militar, comercial e ideológico se hacía cada vez más fuerte, luchas como las de Seattle contra la OMC, entre otras, propiciaron el reconocimiento de enemigos comunes, y de las posibilidades de articulación de luchas desde diferentes perspectivas. Surgió así esta idea de la convocatoria de organizaciones sociales en resistencia contra el modelo neoliberal, y fue cuando se realizó el primer Foro en Porto Alegre.

A pesar de que el Partido de los Trabajadores estuvo presente desde el principio, de todas maneras había esa idea de que esto era el lugar de encuentro de los movimientos y no de los partidos. Y en la Carta de Principios se establece claramente que el Foro Social Mundial no es de partidos, no es de Estados ni de gobiernos, es de movimientos. Sin embargo, con el paso de los años muchas de las organizaciones sociales incorporadas al Foro comenzaron a confrontarse con la necesidad de respuestas políticas, propiamente en el terreno de la política en los términos más tradicionales: ¿qué hacer ante un gobierno de izquierda? ¿Qué hacer ante unas elecciones? Y esto tiene que ver con cambios que se van produciendo muy aceleradamente, cambios que hacen que la agresividad de la política imperial sea cada vez mayor, y que exigen respuestas cada vez más urgentes; cambios en el contexto sociopolítico en América Latina como consecuencia de los nuevos gobiernos de centroizquierda o de izquierda, lo que obliga a muchas de estas organizaciones a repensar su relación con el Estado, con lo político, con el gobierno, porque no es lo mismo tener un gobierno como el de Menem que tener uno como el de Kirchner, o tener un gobierno como el de Fernando Henrique Cardoso que tener uno como el de Lula. No es que haya una ruptura radical, pero obviamente hay diferencias.

De acuerdo a lo que es la metodología del Foro, cuando se comenzó a trabajar en la construcción de la agenda, del temario de discusión para la convocatoria del Foro, se utilizaron dos instrumentos: uno de balance de los Foros anteriores, de lo que ha sido exitoso y las carencias percibidas por las organizaciones más involucradas en el proceso del Foro; y una consulta que se hace a las organizaciones sobre cuáles temas deberían ser discutidos. Y hubo una concordancia entre estos dos instrumentos: claramente aparecía que los temas de la política en los términos más ortodoxos (el poder, el imperialismo, qué hacer ante los gobiernos de centroizquierda o de izquierda, la relación entre movimientos y partidos, etc.) eran permanente reivindicados.

Por otra parte, desde hace algún tiempo se viene dando en el Foro una discusión muy importante sobre qué es lo que éste significa como forma de hacer política, como una nueva forma de hacer política que articula las diversidades, y desde éstas tiene capacidad de articular una pluralidad con fines comunes; como lugar de encuentro de gente que viene de culturas políticas y de experiencias tremendamente diversas, y la reivindicación de eso como proceso de construcción colectiva que va avanzando hacia la elaboración de agendas y capacidades de lucha y de resistencia. Hay quienes reivindican fundamentalmente ese aspecto. Pero hay quienes, por el contrario, en los últimos años han venido cuestionando la incapacidad del Foro para construir una agenda política común, plataformas de lucha común, que responda a las urgencias que están planteadas hoy día en el planeta. Son los que opinan que el Foro puede terminar siendo una especie de catarsis colectiva. Nuevamente, pienso que esto es una forma un poco maniquea de plantear la cuestión, porque la pretensión de que hay que optar por una u otra es una forma esquemática que no se corresponde con la complejidad del Foro. En el Foro ha habido una extraordinaria capacidad de avanzar en la construcción de agendas comunes. No es simplemente un lugar de encuentro, de socialización, de catarsis o de intercambio de experiencias, sino que es un lugar donde se articulan la lucha contra el ALCA, las campañas en contra de la militarización en América Latina, las principales campañas contra la guerra en Irak; es el lugar donde la Asamblea Mundial de los Movimientos Sociales construye diferentes plataformas comunes de lucha. Es decir, hay allí una dimensión política muy importante que es preciso reconocer.

¿Entonces, los debates durante esta edición del FSM tuvieron un carácter más político?
Sí. Retornando a la cuestión metodológica, cuando se definieron los seis ejes temáticos del Foro de este año, se definió un primer eje que era el propiamente político, que reunió todos estos temas que ya he mencionado, y se decidió que fuera el primer eje para destacar que se les estaba dando una visibilidad. Los Foros anteriores evadieron estos temas, aunque por supuesto siempre se debatió políticamente, porque no es posible discutir sobre libre comercio o diversidad cultural sin entender que estos son asuntos de poder y por tanto asuntos políticos, pero se discutían como si no fueran tales, había una cierta reticencia a asumir la discusión política en términos más expresos. Entonces, cuando se abrió la inscripción en estos seis ejes, en el que se inscribieron más actividades fue precisamente en el primero. Eso nos confirmó que no era una visión desde las organizaciones que tenían mayor responsabilidad, más angustia política, sino que simplemente ese es el estado del movimiento.

En Caracas el Foro superó el temor a asumir debates expresamente políticos: sobre el socialismo, sobre el poder. Se les asumió como parte de las discusiones que sostienen las organizaciones sociales y populares que están luchando en todo el planeta. Pienso que esto constituye un paso significativo, y diría que es la conquista más importante del Foro de Caracas. Por supuesto, los Foros están condicionados, contaminados, influidos, afectados por el momento y el lugar donde se realizan. Hoy estamos en un mundo mucho más compulsivo, mucho más agresivamente violento que el mundo de hace apenas seis o siete años: la primera edición del Foro fue antes del 11 de septiembre, de la invasión a Irak y de las grandes movilizaciones que produjeron la derrota del ALCA. No era lo mismo pensar en América Latina desde Porto Alegre hace siete años que en el contexto de la Caracas de la llamada revolución bolivariana en el año 2006.

Está claro que no es casual que el VI FSM se realice en Caracas.

La razón por la cual se optó en el Consejo Hemisférico porque el Foro América fuese realizado en Caracas tiene que ver con el interés en Venezuela, con una visión de solidaridad con Venezuela, lo que no significa que el Foro fuera concebido como un acto de solidaridad, ni que todo el mundo en el Foro fuera chavista ni nada por el estilo. Pero obviamente implicaba asumir al proceso venezolano como parte de las luchas de resistencia antineoliberal. El hecho de encontrarse con una sociedad tan convulsionada como la venezolana contribuyó al carácter marcadamente político del Foro.

Parte del debate en el Foro, y es de las cosas que aparecen con ciertas ambigüedades, por ejemplo, en la Carta de Principios, es la lucha contra el neoliberalismo, cuando buena parte de los movimientos en América Latina se plantea la lucha anticapitalista, debate expresamente sobre las alternativas al capitalismo, aunque no necesariamente según los códigos del socialismo. Pensar que la sociedad capitalista es el problema, que es el orden de la producción capitalista y la explotación de los seres humanos y de la naturaleza lo que hay que superar, son temas que asumen hoy día un carácter principal en el debate.

Sin embargo, algunas voces han expresado su malestar por el hecho de que Chávez instara a los movimientos sociales a pensar en términos de estrategias de poder, o que insistiera en el tema del socialismo.

Sí, pero una cosa es que no compartan unas visiones políticas particulares, y otra cosa es pensar que esos temas no deben discutirse. Allí hay una diferencia importante. Particularmente pienso que la forma como formuló Chávez sus planteamientos en el Poliedro no corresponde a un conocimiento de la historia y de la cultura política del Foro. La pluralidad de la cultura política del Foro, y lo que éste significa en el proceso de lucha por un orden mundial diferente tiene que ser reconocido en toda su riqueza y profundidad. Si uno pretende convertir al Foro en un instrumento, en una especie de Internacional, en una suerte de organización política jerárquica donde haya gente capaz de definir las líneas gruesas, que serían como las líneas del partido, eso destruiría al Foro.

La complejidad de esa nueva forma de hacer política no se caracteriza por la verticalidad, por la necesidad de acuerdo unánime, sino por la pluralidad de búsquedas, la capacidad de construir y debatir conjuntamente con otros que tienen opciones diferentes, que vienen de historias diferentes, lo que no nos impide reconocernos en las búsquedas comunes, y en esas búsquedas es posible construir plataformas, y éstas pueden agrupar a unos en una campaña y a otros en otra. Esas nuevas formas de articulación tienen que ver con la construcción democrática de una sociedad democrática. No hay nadie que tenga la capacidad de establecer en qué dirección se va, porque no se puede predeterminar en esta pluralidad de búsquedas cuál es la que significa un camino sin salida y cuáles son las que potencialmente abren las puertas a la posibilidad de transformaciones sociales, eso forma parte de la experimentación. Una de las cosas más negativas de la estructura partidista leninista fue precisamente la imposibilidad de la experimentación, la imposibilidad de la diversidad de búsquedas, la imposición de una sola línea, y si esa línea fracasaba terminó el cuento, perdimos. Esta forma de hacer política precisa de aprendizaje colectivo. No se trata de postular cómo debería ser el futuro, sino de ir construyéndolo colectivamente, y esto representa una práctica de una riqueza extraordinaria.

¿Consideras que algún tema ha debido debatirse más profundamente?
Sí, pienso que hubo temas que no se tocaron con suficiente fuerza. Por ejemplo, la dinámica civilizatoria de destrucción de las condiciones que hacen posible la vida en la Tierra, esa dinámica de destrucción, de guerra contra la naturaleza, este modelo civilizatorio de progreso que identifica la felicidad humana con la abundancia material, no representa una amenaza a mediano o a largo plazo, sino que está afectando hoy las condiciones de vida de millones y millones de personas. La vida está dejando de ser posible. La intensidad de los huracanes, la forma como afectan no solo a New Orleans, sino a pueblos mucho más pobres que tienen menor capacidad de respuesta, la sequía de la Amazonía, el recalentamiento que está produciendo la progresiva reducción de los glaciares, son todas cosas que están pasando hoy, y que se están multiplicando a pasos agigantados.

Todavía en este Foro este tema fue abordado como una preocupación separada, por quienes se ocupan de eso, las organizaciones ambientales, y eso ya no puede seguir siendo así. Este debate no ocupa el espacio que debería en las luchas sociales, y mucho menos en la academia. En América Latina hubo en décadas anteriores un debate muy interesante sobre alternativas tecnológicas, patrones tecnológicos, pero eso desapareció. Nuevamente se habla de la tecnología, en singular: tecnología avanzada, tecnología atrasada. Y buena parte de los problemas que tenemos en el planeta se relacionan con este patrón tecnológico que es la expresión corpórea de ese modelo civilizatorio.

¿Ya ha sido definido dónde se realizará la próxima edición del Foro?
Sí, en Nairobi, Kenia. Ya no policéntrico. En realidad lo de policéntrico no fue una decisión a largo plazo, fue una decisión para el año 2006. Hay un debate sobre si tiene sentido seguir haciendo Foros anuales, se habla de la conveniencia de hacer Foros cada dos años, o de multiplicar los foros temáticos regionales, los cuales podrían abarcar más gente, más territorio, más organizaciones. Pero no se ha llegado a ninguna conclusión sobre eso.

"Socialismo es democracia sin fin" (entrevista a Boaventura de Sousa Santos)


Reinaldo Iturriza López

(Publicado originalmente en la desaparecida revista DesdeDentro, del Ministerio para la Economía Popular. La entrevista fue realizada a finales de enero de 2006).

En su discurso en el Poliedro, el presidente Chávez instó a los movimientos sociales a actuar en términos de estrategias de poder. ¿Cómo fue recibida esta postura a lo interno del FSM?
Eso ha sido muy polémico. Ha creado un gran malestar dentro de grandes sectores, porque es alguien de afuera que intenta con su poder intervenir en el debate dentro del FSM. Hay una tensión, pero no es de ahora, viene de 2001. El FSM debe transformarse poco a poco en una estructura política que pueda crear acciones y agendas políticas, con rutas y estrategias claras, continentales y regionales. Estas dos posiciones son las más opuestas. Yo he intervenido mucho en este debate con una tercera posición. La primera es muy horizontalista y transforma al FSM en un workshop[i]: “vamos a charlar y nada más”. La otra viene de intelectuales que fueron importantes en los 60, como Samir Amim o Ignacio Ramonet, que se encuentran detenidos en el tiempo y nunca se perdonaron haber perdido las luchas políticas de izquierda revolucionarias de los 60 y ven que el FSM podría ser la oportunidad para resucitar.

Esta idea del FSM como una nueva Internacional
Una nueva Internacional, sí, pero no estamos en tiempos de esto, eso ya pasó definitivamente, y esos no son los intelectuales del nuevo tiempo, los que estamos intentando crear: intelectuales facilitadores, que van con los movimientos, que ya no piensan que el conocimiento político y científico del marxismo es el único. Yo hablo de una ecología de saberes: saberes populares, campesinos, de los indígenas, que hay que respetar.

Entonces, pienso que entre estas dos posiciones hay una tercera: no es el nombre del FSM, son los grupos, los movimientos, a escala continental y regional, que se están articulando para promover agendas. El FSM fue absolutamente crucial para que se conocieran y empezaran a trabajar en agendas comunes. Y son esos movimientos los que van a decidir qué cosas les gustaría hacer en común. Esta es la novísima Internacional, que no tiene nada que ver con estructuras macroglobales, sino con lo que los movimientos deciden autónomamente hacer.

Seguramente por la influencia que, se dice, pueden tener Ramonet, Bernard Cassen, que es lo mismo, o Samir Amim en Chávez, entró en ese debate de una manera que causó malestar. Pienso que deben haberle advertido esto, porque cuando habló luego en la Asamblea Mundial de los Movimientos Sociales su discurso fue distinto. Ahí en muchos momentos Chávez dijo: “autonomía de los movimientos”, “no quiero de ninguna manera influir en el FSM”, “la riqueza del Foro está en su autonomía”, “la agenda mundial está aquí, no es mi agenda ni son mis propuestas”.

Chávez es una persona muy inteligente, muy lista, que sabe ver dónde están las contradicciones. Ha visto que este grupo tiene influencia mediática, pero no tiene influencia dentro del FSM. En suma, mi impresión es que el Foro de Caracas mantuvo su autonomía, que los organizadores tuvieron todo el cuidado, Chávez mismo tuvo el cuidado. Salvo con la excepción de un discurso, no tuvo ningún interés de influir en la agenda, y por eso pienso que las cosas van bien.

La correlación de fuerzas políticas en América Latina ha variado drásticamente en años recientes. Hoy se habla con mucha frecuencia de una “nueva izquierda” latinoamericana en el poder. A tu juicio, ¿tiene sentido hablar de “nueva izquierda”? ¿Qué la distinguiría de la “vieja izquierda”?
No hay realmente una nueva izquierda, pero hay varias nuevas izquierdas en América Latina, y lo interesante es ver por qué surgen en un mismo tiempo. Eso es lo nuevo, porque siempre hubo gobiernos de izquierda. Nosotros tuvimos dos grandes procesos alternativos en los 60 y 70 en América Latina, de construcción de izquierdas socialistas. La primera, claro, fue Cuba. Diez años después Allende en Chile. Chile fue destrozado por una intervención militar producida por la CIA. Cuba fue bloqueada y no pudo expandir toda la potencialidad que tenía cuando se inició. Y pasamos por un período muy largo de dictaduras, de sufrimiento, de muerte, de violaciones masivas de los derechos humanos. Luego, en los 80, empieza una ola democrática que es muy ambigua, pues es por un lado es impulsada por una lucha que viene desde abajo, de las fuerzas políticas que querían la democracia; pero al mismo tiempo responde a la presión externa del neoliberalismo, que quiere imponer una democracia de baja intensidad, con un Estado débil. Por eso la democracia surge en los 80 junto con el neoliberalismo: privatizaciones, liberalización de la economía, desregulación, pérdida de los derechos sociales y económicos. Pero todo es dialéctico en la historia y en las sociedades. Aquí el marxismo tiene un papel muy fundamental para entender lo que sucedió: los pueblos, las clases populares se apropiaron de este instrumento democrático de baja intensidad, que se oponía a la redistribución social que se realizaba a través de los derechos económicos y sociales. Empieza así un movimiento grande, el de los movimientos sociales. Emergen nuevas fuerzas que hoy día están intentando combinar democracia con redistribución social. Es una versión latinoamericana de la socialdemocracia, pero avanzada en muchos casos. En algunos casos se habla de un socialismo a la europea, que no es socialismo, como en el caso de Chile, donde puede haber un Partido Socialista, pero se trata realmente de la gestión de un capitalismo de rostro humano.

Pero realmente lo que está emergiendo no se asemeja a la socialdemocracia europea. Es una versión nueva, que incorpora mecanismos democráticos de alta intensidad, como le llamo, donde hay formas de articulación entre democracia representativa y democracia participativa, combinadas con procesos de redistribución social: en Brasil a través de bolsas de familia y otras iniciativas, Kirchner lo mismo y en Venezuela a través de Misiones, por ejemplo. Son formas novedosas, es una contribución de América Latina al desarrollo de un pensamiento global de izquierda, que unos llaman socialismo y otros no. Para mí socialismo es democracia sin fin, esa es mi definición de socialismo.

Esta izquierda está pronta a exportar a Europa algunas de estas novedades. Una, la que corresponde al presupuesto participativo. Algunos municipios europeos están intentando imitar lo que se hace en Brasil y en otros países de América Latina. Por otro lado, una nueva institucionalidad, que yo llamo la del Estado experimental, la idea de que el Estado puede cambiar la institucionalidad, puede crear, por ejemplo, las Misiones, que son exactamente un ejemplo de Estado experimental, casi un Estado paralelo, como se decía en el período entre febrero y octubre de 1917 en Rusia. Nosotros lo hicimos también en Portugal durante la Revolución de los Claveles, en 1974. Si la burocracia bloquea, entonces hay que encontrar un camino alternativo. Es un camino lleno de peligros, porque cuando creas dos Estados paralelos, si hay una contrarrevolución es muy fácil eliminar todo lo que hiciste: eliminas las Misiones y la burocracia está como estaba antes, que fue lo que pasó en Portugal. De manera que hay que hacer por dentro y por fuera, trabajar por dentro y por fuera.

La otra novedad es que hay aquí una visión internacionalista que los gobiernos de izquierda en Europa perdieron. Un proyecto de integración regional que es cultural, económico y político, en estos momentos más político que económico y más económico que cultural. Es una respuesta a la forma de integración económica que Estados Unidos estaba intentando imponer aquí en América Latina con ALCA, y es por eso que Chávez dice muy bien que ahora Estados Unidos está reducido a las alquitas. Ahora se está haciendo otra cosa, no se están haciendo regalos realmente, ni transferencias netas, pero se están haciendo trueques de servicios que maximizan las posibilidades de relaciones comerciales iguales.

¿Es posible un socialismo del siglo XXI?
Es posible, porque el concepto de socialismo no está quemado como lo está, por ejemplo, el de comunismo. Es posible hablar de socialismo si logras entenderlo como una radicalización de la democracia. Lo que la democracia liberal hizo fue reducir la democracia a un espacio público, a su vez reducido al espacio del Estado, y este pequeño espacio democrático coexiste con un archipiélago de despotismos: en las familias, en las fábricas, en las calles, en las comunidades, en los medios. De modo que la lucha socialista, tal y como la entiendo hoy, es una lucha por una democracia radical. Hay que democratizar la familia, las comunidades, las fábricas, los mercados, las instituciones en general.

Hay que crear probablemente democracias de consenso, que son las democracias de los pueblos indígenas. Hay formas consensuales de democracia, que nosotros, que fuimos formados en el neoliberalismo o en el marxismo, no entendemos porque somos demasiado individualistas para eso. Los indígenas son más radicales que Chávez en muchas de sus posiciones y prácticas, pero nunca las van a llamar socialismo, para ellos la palabra clave es dignidad. Lo importante es agregar personas y luchas, no agregar nombres, eso ya no es tan importante. Puede serlo para un dirigente que quiere tener un programa político bien desarrollado a la manera moderna, pero en términos de lucha social no es necesario porque puedes excluir. A la gente no le gusta el nombre, no se reconoce, porque tiene una idea vieja de lo que fue el socialismo, que era falta de autonomía. A los movimientos feministas, por ejemplo, tampoco les gusta que hablen de socialismo o muerte. Mira su reacción ante el número de Terra Viva que decía: “Socialismo o muerte”. Mujeres que han luchado y estuvieron en la cárcel en Argentina, en Uruguay, gritaron: “esa no es mi lucha, mi lucha es otra”. Porque sufrieron trabajando en los sindicatos y en los partidos socialistas, y cuando llegaron al poder el socialismo resolvía todo y no resolvía, porque había discriminación de los sindicalistas contra las mujeres. Entonces la cosa es más compleja, el pueblo está mucho más listo, mucho más educado, y ve con algunas reservas las recetas generales. Eso para mí es lo más interesante y novedoso.

En un artículo que publicaras en diciembre de 2005, y en donde ensayas un balance de lo que pudiera ocurrir en 2006, lanzas una pregunta: “¿Será Hugo Chávez asesinado?”. ¿Qué te motivó a escribir esto?
Es una frase muy dura, me costó escribirla. Pero se debe a mi experiencia ya larga en estas cosas, y al hecho de que vivo cuatro meses en EEUU y sé cómo funciona la sociedad, y cómo está en este momento en un proceso de radicalización fascista que me hace muy difícil vivir ahí, a pesar de estar en una universidad progresista y haciendo el trabajo que he hecho siempre.

Yo te quiero decir que nunca han escatimado en usar todas las armas que piensan son necesarias para destruir a un enemigo poderoso. Por eso tuve que decir esto, y por el doble estándar con que están mirando la democracia, como decía en el artículo: Uzbekistán es una caricatura de democracia, pero la apoyo porque necesito el petróleo; en Venezuela hubo elecciones libres, reconocidas incluso por el Centro Carter y la OEA, pero se habla de fraude electoral y de que Chávez no va a salir nunca más, como si esto no fuera sobre todo un certificado de incompetencia de la oposición. Porque si él se queda es porque la oposición no tiene capacidad para oponerse.

Probablemente ya sea demasiado tarde para un ataque frontal a Chávez. Chávez lo sabe, sabe que lo quieren atacar, y por eso ahora está radicalizando su discurso. Mucha gente me pregunta por qué Chávez ha radicalizado su discurso, y yo les digo que Chávez es un político, y ha visto que Estados Unidos no va a cambiar su política respecto a él, y por lo tanto hay que enfrentarlos de una manera más vocera, más visible, aumentando así los costos políticos de su destrucción.

Ya no quieren destruir a Castro, lo que están haciendo es desgastarlo. Pero Chávez tiene 50 años, es un hombre muy fuerte, tiene alianza continental, y es por eso que Estados Unidos puede no seguir esa ruta, porque sabe que puede tener probablemente dificultades muy grandes con Argentina, Brasil, Bolivia y otros países. Pero aquí también te quiero decir: yo estoy acostumbrado a ver amigos muy leales un día y al otro día se van, porque ya no hay regalías, y siempre encuentran justificaciones. A mí nunca me cuadró el silencio de Lula durante el golpe a Chávez. Silencio total. No lo hubiera imaginado.

Pienso que Estados Unidos no lo matará si encuentra otra manera de controlar este experimento. Destruirlo, por lo menos controlarlo, y sobre todo porque habrá costos políticos para ellos, costos económicos, porque Venezuela sigue vendiendo petróleo, y lo hace sin problemas. Chávez, que es inteligente, va probablemente a seguir por ahí. Chávez no está poniendo en juego la gran política energética del mundo. Al contrario, la está promoviendo. Está buscando, sí, un desarrollo interno con reglas nuevas, y de alguna manera es alguien que lo puede hacer porque no tiene que pedir dinero, porque lo tiene. Entonces van a intentar desautorizarlo, ridiculizarlo, y probablemente van a fortalecer la oposición interna, como un medio para debilitar este experimento. Porque en este momento una acción más violenta podría crear una resistencia popular aquí, tal vez de un tipo distinta a la de Irak, pero podría ser muy dañina para sus propios intereses. Por eso no actúan los enemigos de Chávez, porque hacen un cálculo muy frío sobre ventajas y desventajas.

Por eso mi frase de alarma, para que la gente en América Latina sepa lo que está en juego, porque todavía no excluyo esta posibilidad, he visto muchas otras cosas y fue así que se liquidaron muchos experimentos.

En Venezuela estamos intentando sentar las bases de un modelo de desarrollo endógeno. En este contexto, se promueven formas alternativas de organización para el trabajo, hay un impulso creciente de la organización de los trabajadores en cooperativas. ¿En qué medida crees tú que estas formas de economía popular pueden incidir en la transformación real de la sociedad?
Son fundamentales. Parte de la teoría que estoy desarrollando sobre Estado experimental tiene que ver con la producción no capitalista: cooperativas, economía social, economía no capitalista de las organizaciones económicas populares. Este trabajo que tú conoces[ii] es una mirada de experiencias exitosas en América Latina, África y Asia. Experiencias que van al mercado, pero no al mercado capitalista, que son eficientes, autónomas y vienen realmente desde abajo. Claro que siempre hay riesgos de perversión, nadie tiene la idea romántica de las cooperativas, que pueden transformarse en empresas capitalistas. Pero hay una semilla de autonomía que viene desde abajo.

Tú no puedes decretar que todos creen cooperativas, porque no va a resultar. Todo lo que es decretado desde arriba corre un gran riesgo de ser pervertido. Tienes que arriesgar, experimentar. Lo correspondiente al Estado experimental es la sociedad experimental, con autonomía y con pequeñas iniciativas. Resulta más un plan rizomático que va emergiendo de las iniciativas, de la sociedad experimental, autónoma, solidaria, participativa. Que busca articular formas de democracia con formas de democracia de la cotidianidad. Producción participativa, eso es lo que estamos buscando. Pero para eso los dirigentes deben tener el coraje y la confianza para aceptar que no pueden controlar todo, que cuando dan beneficios tienen que aceptar que la gente haga otra cosa con esos beneficios, que la gente no va a votar por ellos, que la gente resista, y eso es lo mejor.

Es una estrategia de riesgo, pero hay condiciones buenas para hacerlo. Yo diría que Venezuela, de todos los países que conozco, es el país donde se puede arriesgar más. Para mí Venezuela es realmente el eslabón fuerte de la experimentación social y política. Chávez es un experimento en sí mismo, él se experimenta casi todos los días. Yo vi cuatro discursos desde que llegué y son distintos, sus posturas, la manera como habla. Repite cosas, naturalmente, pero es muy interesante cómo cambia. El problema sería que se instale en la sociedad el temor de que no podemos experimentar, que no podemos politizar más a las masas. Politizarlas es darles autonomía. Si eso ocurriese, a mí me gustaría acompañar de cerca este proceso, porque veo una tensión aquí. He estado aquí poco tiempo, he leído mucho, pero es muy difícil hoy leer sobre Venezuela porque es una sociedad totalmente polarizada. Mis amigos sociólogos o politólogos o son totalmente chavistas o totalmente antichavistas. Finalmente, empecé a encontrar algunos matices y complejidad en la gente. Se empieza a ver lo que está pasando y eso da mucha confianza, porque si fuera un proceso totalmente dominado desde arriba ya no sería posible.

Me gustaría seguir discutiendo con ustedes, pero siempre con una distancia crítica, porque he visto muchas experiencias y no hay que ser complaciente, porque ser complaciente es principio de perversión.

[i] Taller de discusión.
[ii] Introdução: para ampliar o cânone da produção, en: Santos, Boaventura de Sousa (org.). Produzir para viver. Os caminhos da produção não capitalista. Edições Afrontamento. Porto, 2003. La versión en español de este mismo texto se incluye en el libro editado por el Minep: Desarrollo, eurocentrismo y economía popular (mayo de 2006).

Es necesaria una desglobalización (entrevista a Walden Bello)


Reinaldo Iturriza López

(Publicado originalmente en la desaparecida revista DesdeDentro, del Ministerio para la Economía Popular. La entrevista fue realizada en enero de 2006).

El filipino Walden Bello es actualmente director de Focus on the Global South, y profesor de Sociología y Administración Pública en la Universidad de Filipinas. Trabaja para el Centro Internacional para el Comercio y el Desarrollo, en Génova, el cual provee información a las ONG sobre la OMC.

Activo militante contra la dictadura de Ferdinand Marcos (depuesto en 1986), en 1978 fue arrestado por las autoridades estadounidenses por ser el líder de la toma pacífica del Consulado filipino en San Francisco. En su libro Development debacle (1982) publicó información confidencial del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional para demostrar que estas multilaterales financiaban activamente la dictadura de Marcos. Más recientemente, ha sido uno de los principales promotores de las protestas altermundialistas, que le valieron ser detenido por la policía durante las protestas en Seattle (1999) y Génova (2001).

Háblenos sobre la organización que usted integra, Focus on the Global South
Nuestra organización fue fundada en 1995 y combina investigación, análisis y ejercicio del derecho, lo cual se denomina capacity building[i]. El análisis que pretendemos desarrollar es uno vinculado al contexto político actual. Somos una organización progresista, que aborda temas como globalización, militarización, cultura, y nuestro objetivo principal es participar junto con otros movimientos para plantear alternativas al orden imperialista y neoliberal. Entre nuestros principales intereses están: 1) estamos comprometidos activamente en la lucha internacional para apoyar el retiro de las tropas estadounidenses de Irak; 2) hemos estado activamente involucrados en la lucha contra la OMC y el libre comercio; y 3) nos vemos a nosotros mismos activamente comprometidos, junto con otros grupos, en la creación de alternativas para rechazar el neoliberalismo. No somos una organización muy grande; tenemos tres oficinas ubicadas en Mombay (India), Bangkok (Tailandia) y Manila (Filipinas). Además, tenemos una persona permanentemente en Génova para monitorear a la OMC. En la actualidad, somos 22 personas las que conformamos la organización.

En algunos de sus trabajos usted ha empleado el concepto de “desglobalización”. ¿A qué se refiere cuando habla de desglobalización?
Efectivamente, el concepto de desglobalización refiere a la conclusión del proceso impulsado por las corporaciones que ha conducido a la globalización, porque lo que ha conducido a la globalización hasta este punto son los intereses corporativos. Desglobalización significa liberar a la economía internacional de ese impulso de las corporaciones hacia la rentabilidad. Por tanto, cuando hablamos de desglobalización nos estamos refiriendo también al proceso de verdadera internacionalización de la economía. Desglobalización no significa que los países deban retirarse de la economía internacional, sino de la estructura económica internacional, de manera que su participación implique el fortalecimiento de las economías locales y nacionales en lugar de su destrucción. Por tanto, la desglobalización es un proceso en el cual, a escala internacional, tratamos de crear nuevas instituciones, acabar con la hegemonía de la OMC, del FMI y el Banco Mundial, y crear este espacio en el que los países en vías de desarrollo tengan la posibilidad de consolidar las estrategias de su preferencia, que respondan a sus valores, ritmos y necesidades. En otras palabras, desglobalización significa la creación de un orden internacional que permita diversidad en la búsqueda del desarrollo, del desarrollo sostenible, porque en la actualidad tenemos un solo modelo que es impuesto por las instituciones globales del capitalismo, y este modelo es el capitalista neoliberal. Básicamente, lo que perseguimos es un proceso llamado desglobalización que crearía espacios para buscar otras estrategias para el cambio, tan simple como eso.

¿Qué significado tiene para usted la celebración del Foro Social Mundial aquí en Caracas?
En primer lugar, es muy significativo que se esté celebrando aquí en Caracas, porque ubica al Foro Social en un verdadero proceso de rápidos cambios políticos y sociales, y esto significa que las alternativas de las cuales estamos hablando no están en el aire, es la realidad la que está ofreciendo estas alternativas. Lo segundo es que esto nos sitúa dentro de la lucha contra la hegemonía, porque, como sabemos, la lucha aquí en Venezuela no es solo por el cambio, sino para acabar con la hegemonía estadounidense en América Latina. Por otra parte, pienso que esto le recalca a la gente dentro del Foro, a las miles de personas que han venido de todo el mundo que toda lucha es significativa, que debe ser también una lucha contra la dominación imperialista, y el presidente Chávez ha insistido mucho en esto. Creo que esos son los dos principales aspectos por los cuales este Foro es extremadamente significativo.

Yo estaba muy contento por venir aquí, porque esto verdaderamente nos ubica en un contexto de lucha real por el cambio y, con suerte, el Foro puede contribuir y ayudar aún más, porque cuando las personas regresen a sus países podrán contar sus historias sobre lo que está pasando en Venezuela y, por consiguiente, hacer oposición a la mala propaganda estadounidense sobre lo que ocurre en Venezuela, y mostrar y resaltar a la gente que ésta es la experiencia más democrática que ha tenido Venezuela, que éste es el gobierno más democrático que Venezuela ha tenido. Una de las mejores cosas que puede hacer la gente que ha venido es regresar a sus países y decir que han sido testigos de la transformación democrática de Venezuela.

Cuatro meses después del golpe de Estado de 2002, usted escribió un artículo en el que hacía referencia a la polarización que percibía en el país. ¿Con cuál Caracas y con cuál Venezuela se ha encontrado esta vez?
Ahora la atmósfera de polarización no es tan evidente. Lo que ha sucedido ha demostrado que la mayoría, la gran mayoría del pueblo venezolano apoya realmente al gobierno. El gobierno venezolano ha demostrado que está efectuando cambios a través vías democráticas y constitucionales, y tanto la OEA como el Sr. Carter han dicho que todos los procesos electorales han sido justos. Creo que eso ha contribuido a crear una situación por la cual la derecha ha sido aislada, y ésta ha demostrado ser realmente una minoría dentro del país. Y por eso vinimos acá, y he podido observar que, comparado con el año 2002, la polarización es mucho menor, el gobierno está más confiado en alcanzar sus objetivos.

Finalmente, ¿cuál considera que ha sido la evolución del Foro Social Mundial y cuál sería su futuro?
El Foro Social Mundial fue una respuesta inicial para demostrar que un mundo diferente estaba siendo construido, diferente al Foro Económico Mundial de Davos, diferente del que deseaban las corporaciones. Fue una respuesta a Davos, y desde entonces se ha ido convirtiendo en algo que ha ido más allá de una simple respuesta a Davos, hasta convertirse en un espacio abierto para la discusión de alternativas a escala global, nacional y comunitaria; alternativas al capitalismo global, allí es donde estamos en este momento. Creo que el Foro ha tratado de ser no solo un espacio de discusión, sino también uno vinculado a luchas concretas, y es por eso que el cuarto Foro Social ha sido celebrado en Mombai, para ubicar las discusiones dentro de las realidades de Asia. Por eso es que, en 2007, se realizará en Kenya, para mostrar las realidades de África, y es la misma razón que explica que este año el Foro policéntrico se celebre en Caracas, para mostrar esta experiencia de cambios revolucionarios. Así, estamos viendo que el proceso del Foro está siendo vinculado cada vez más a las luchas, las luchas actuales de los países en desarrollo.

¿Cuál es el futuro? Estaría de acuerdo con el Sr. Chávez en cuanto a la necesidad de que el Foro Social esté más comprometido con un proyecto social y político. Y la manera de hacer esto es que realmente el Foro asuma posiciones concretas sobre los temas de mayor relevancia: especialmente sobre la guerra, contra el imperialismo y contra la OMC. Además, creo que ser más partidario no significa que cierres los espacios abiertos, y es por eso que he propuesto en el Foro el concepto de “espacio abierto partidario”. Continuemos teniendo un espacio abierto, por supuesto, para la discusión de temas diversos, pero que también sea un espacio partidario que destaque directamente que está en contra de una intervención militar como la que ocurre en Irak, y en contra del neoliberalismo que encarna la OMC.

[i] Desarrollo de recursos humanos y de organización

El general Kersausie y las barricadas del 27 de Febrero de 1989


Reinaldo Iturriza López

(Publicado originalmente en Aporrea, el 28 de febrero de 2007)

I.
La insurgencia popular del 27 de Febrero de 1989 no fue organizada ni dirigida ni protagonizada por el sujeto revolucionario por excelencia: el proletariado. Pero esta circunstancia, que nos abrió la posibilidad de, al menos, sospechar que algo extraordinario estaba sucediendo en la sociedad venezolana, fue desaprovechada una y otra vez por una izquierda manualesca y eurocéntrica, empecinada en darle la espalda al profundo conflicto que estallaba frente a sus ojos.

Como he intentado dejar registrado en un trabajo escrito hace ya siete años[i], opinadores de todos los signos políticos coincidieron en una interpretación que acabó por ser dominante, y según la cual la ausencia de este sujeto político, la clase obrera, constituía precisamente una ausencia en sentido estricto: un abandono, una retirada, una deserción. La revolución había amenazado con hacerse presente, pero una vez más nos abandonaba. 13 años antes del 13 de Abril de 2002, la revolución tampoco era televisada. Lo que saltaba en las pantallas era el espectáculo del saqueo. Ausencia y falta: a falta de sujeto revolucionario, a falta de conducción política, de objetivos precisos, de organización, lo que faltaba era la política. Así se fue construyendo esta idea del 27F como hecho no político, que perdura hasta hoy.

Esta suerte de renuncia interpretativa, este abandono lamentable del ejercicio reflexivo, nos impidió desde entonces formular las preguntas correctas. En primer lugar, la más evidente: si no fue la clase obrera la protagonista de aquellos hechos, ¿por qué concluir que no actuó sujeto político alguno? ¿Esta imposibilidad de percibir la impronta de una subjetividad política distinta de la clase obrera, no constituye una severa reducción de la esfera de lo político?

Éstas, y otras muchas que son posibles formular, no son preguntas retóricas. Si nos disponemos a volver sobre el 27F, es para destacar lo que tiene de actual y no simplemente para señalar los errores del pasado. Nos interrogamos sobre el 27F porque la hendidura que ha producido en nuestra historia es la que ha hecho posible, en buena medida, la revolución bolivariana. Si es cierto que no hay revolución sin revolucionarios, tanto más oportuno es interrogarnos sobre cuáles son estas subjetividades revolucionarias que actúan hoy, cómo se conforman, por qué luchan, según qué lógica proceden. Es oportuno hoy como fue necesario hacerlo (y lo sigue siendo) en el caso del 27F.

Se advertirá las implicaciones que tiene llevar estas reflexiones hasta sus últimas consecuencias. Así, por ejemplo, ¿hacia dónde deberá orientarse el Partido Socialista Unido de Venezuela (o cualquiera sea el nombre que termine adoptando)? ¿Se tratará de un partido de la clase obrera, o de cuadros revolucionarios, como han manifestado algunos de los partidos de izquierda sumados al proceso revolucionario? Puesto que la izquierda ya ha salido mal parada en su intento por interpretar lo que sucedió el 27F, es necesario estar prevenidos contra esta férrea tendencia a trivializar lo extraordinario, en nombre de la historia y una larga tradición de luchas.

II.
Es historia que un febrero, hace 159 años, se publicó por primera vez el Manifiesto Comunista, redactado por Carlos Marx y Federico Engels a petición de una organización secreta de obreros autodenominada la Liga de los Comunistas (a la que Marx y Engels se aproximaron cuando aún se hacía llamar la Liga de los Justos). Durante este febrero de 1848 también llegaba a su fin la monarquía burguesa de Luis Felipe de Orleáns y se instauraba un gobierno provisional, de tendencia democrática, fuertemente rechazado por la burguesía.

Cuatro meses más tarde estallará la revolución de Junio de 1848, suceso que será registrado de manera magistral por Engels y Marx en la Nueva Gaceta Renana. En sus artículos, Engels desarrolla un estilo que semeja los partes de guerra pormenorizados. Pero más allá de los detalles de la lucha, de las crueldades y heroísmos de los bandos enfrentados, es capaz de percibir el suceso en su singularidad.

La revolución de Junio habrá de ser entendida, escribe Engels, como “la primera batalla decisiva del proletariado”[ii]. Una y otra vez subraya el carácter novedoso de lo que está aconteciendo: “La revolución de Junio es la primera que ha escindido realmente a toda la sociedad en dos grandes campos enemigos, representados el uno por el este de París y el otro por el oeste”. El 23 de junio, desde el este de los faubourgs (arrabales) obreros, el ejército proletario inició su avance intentando cercar el centro de París, como paso previo a la ocupación del oeste burgués. Las consignas: ¡Pan o muerte! ¡Trabajo o muerte!

No se trataba de una simple revuelta. Algo más estaba sucediendo: “Nunca como hasta ahora se había librado una lucha como ésta, con toda la violencia de una verdadera revolución”, escribe Engels. Más adelante insiste: “La revolución de Junio ofrece el espectáculo de una enconada lucha, como jamás hasta ahora la habían contemplado ni París ni el mundo”. Un Marx más analítico complementa: “Ninguna de las numerosas revoluciones hechas por la burguesía francesa desde 1789 había atentado contra el orden, pues todas dejaron en pie la dominación de la clase, la esclavitud de los obreros, el orden burgués, por muy frecuentemente que cambiara la forma política de esta dominación y de esta esclavitud. Pero la batalla de Junio sí ha atentado contra este orden”.

Los obreros en armas procedieron según un plan de batalla que despertaría la admiración de Engels: “Es en verdad asombrosa la rapidez con que los obreros se asimilaron el plan de operaciones, la uniformidad con que combinaban sus movimientos y la pericia con que sabían aprovechar un terreno tan complicado como aquel en que se movían. Todo lo cual habría sido inexplicable si los obreros no se hubieran hallado ya bastante bien organizados militarmente en los Talleres Nacionales y distribuidos en compañías”. Este plan de lucha fue atribuido al general Kersausie, a quien Engels bautizaría como el “primer general de las barricadas”.

Al cabo de tres días de enconados combates, de resistencia heroica tras las barricadas emplazadas estratégicamente, las fuerzas del orden, acaudilladas por el recién nombrado dictador Cavaignac, ahogaban a sangre y fuego la revolución puesta en marcha por 40 mil obreros armados. Las fuerzas del orden sumarían 200 mil efectivos, y emplearían una saña nunca antes vista por los obreros parisinos: “solamente una vez habían disparado los cañones en las calles de París: en el Vendimiario de 1795… Pero nunca hasta entonces se había empleado la artillería contra barricadas y contra casas, y menos aún las granadas y los cohetes incendiarios”, escribe Engels.

El 29 de junio de 1848, la Nueva Gaceta Renana publicaría un artículo escrito por Marx, La revolución de Junio, que inicia con una sentencia: “Los obreros de París han sido aplastados por la superioridad de número, pero no han sucumbido. Han sido derrotados, pero son sus adversarios los vencidos. El triunfo momentáneo de la fuerza bruta se ha pagado con la destrucción de todos los engaños e ilusiones de la revolución de Febrero, con la disolución de todo el viejo partido republicano, con la escisión de la nación francesa en dos naciones, la de los poseedores y la de los trabajadores. La República tricolor tiene ya un solo color: el color de los derrotados, el color de la sangre. La República francesa es ya la República roja”.

En las calles de París, durante la revolución de Junio, lejos de sucumbir, un nuevo sujeto político cobraba vida: el proletariado. Después de junio de 1848, la política revolucionaria no sería nunca más lo que fue.

III.
Ciertamente, el junio parisiense de 1848 marcó un antes y un después en la política revolucionaria. Tal y como el 27F anunció el fin de una época en Venezuela y el inicio de algo distinto. La pregunta que habría que hacerse es: ¿en qué devino la política revolucionaria después de 1848? Porque la revolución de Junio se vio sucedida por otros acontecimientos: 1871 (Comuna de París), 1968 (Mayo francés), por solo citar dos sucesos y, evidentemente, limitándonos al caso francés.

Cualquier historiador podría, sin muchos contratiempos, hacer visible la relación de continuidad entre 1848 y 1871 (como de hecho lo hicieron Marx y Engels), pero difícilmente podría hacer algo semejante entre 1848 y 1968. Y no tan solo por este dato tan obvio de que entre un acontecimiento y otro han mediado 120 años; sino sobre todo porque la historia no se desarrolla linealmente ni se encamina inevitablemente (como es la versión de la vulgata de la ortodoxia izquierdista) a la instauración de la sociedad comunista.

“Hay toda una tradición de la historia (afirma Michel Foucault) que tiende a disolver el suceso singular en una continuidad ideal al movimiento teológico o encadenamiento natural”. A esta tradición histórica, Foucault contrapone una historia “efectiva”, esa que “hace resurgir el suceso en lo que puede tener de único, de cortante”, entendiendo por suceso “no una decisión, un tratado, un reino, o una batalla, sino una relación de fuerzas que se invierte, un poder confiscado, un vocabulario retomado y que se vuelve contra sus utilizadores, una dominación que se debilita, se distiende, se envenena a sí misma, algo distinto que aparece en escena”[iii].

Esa fuerza proletaria que “aparece en escena” durante la revolución de Junio de 1848, que trastorna el curso normal de las relaciones de fuerza, que llega a ocupar más de la mitad de París y que le permite afirmar a Marx que ha vencido a la burguesía a pesar de haber sido ella misma la derrotada; en fin, eso que la hace singular, esa modificación drástica de las reglas de juego políticas que ha provocado, es al mismo tiempo lo que la convierte en protagonista de un suceso revolucionario.

Sin embargo, Mayo del 68 vendría a ser la demostración decisiva de que el esquema interpretativo planteado por Marx y Engels en 1848, el de la confrontación abierta y fundamental entre “dos grandes campos enemigos”, ya no resultaba suficiente. No porque la explotación hubiera dejado de ser el rasgo distintivo de nuestras sociedades capitalistas, sino porque la lucha contra las formas de dominación se estaban librando (y continúan librándose) en distintos frentes, por distintos sujetos. En una conversación que sostuvieran Michel Foucault y Gilles Deleuze en 1972, publicada bajo el título de Los intelectuales y el poder[iv], abordaban este asunto al calor de los sucesos del 68. Al comentario de Deleuze: “el movimiento revolucionario actual tiene múltiples focos, y no por debilidad ni por insuficiencia”, Foucault respondía:

“desde el momento en que se lucha contra la explotación, el proletariado no sólo guía la lucha, sino que define además los blancos, los métodos, los lugares y los instrumentos de lucha; aliarse con el proletariado es unirse a él en sus posiciones, su ideología, es retomar los motivos de su combate, es fundirse con él. Pero si la lucha se ejerce contra el poder, entonces todos aquellos sobre los que se ejerce el poder como abuso, todos aquellos que lo reconocen como intolerable, pueden comprometerse en la lucha allí donde se encuentren… Comprometiéndose en esta lucha que es la suya, de la que conocen perfectamente los enclaves y de la que pueden determinar el método, entran en el proceso revolucionario… como aliados del proletariado ya que, si el poder se ejerce tal y como se ejerce, es sin duda para mantener la explotación capitalista… Las mujeres, los prisioneros, los soldados, los enfermos en los hospitales, los homosexuales han abierto en este momento una lucha específica contra la forma particular de poder, de imposición, de control que se ejerce sobre ellos. Actualmente estas luchas forman parte del movimiento revolucionario, a condición de que sean luchas radicales, sin compromisos ni reformismos, sin tentativas para modelar al propio poder con el fin de conseguir como máximo un cambio de titular. Y estos movimientos están unidos al movimiento revolucionario del propio proletariado en la medida en que éste tiene que combatir todos los controles e imposiciones que reproduce en todas partes el mismo poder”.

Ocho años más tarde, el mismo Deleuze[v] (junto a Félix Guattari, en Mil mesetas) volvería a abordar este asunto de las luchas que se escapan a la “lógica binaria” de las clases. Luego de afirmar que “toda política es a la vez macropolítica y micropolítica”, elaboraban una distinción entre las clases sociales y las “masas” (descartando explícitamente cualquier afinidad con el concepto formulado por Elías Canneti): “las clase sociales remiten a ‘masas’ que no tienen el mismo movimiento, la misma distribución, ni los mismos objetivos ni las mismas maneras de luchar. Las tentativas de distinguir masa y clase tienden efectivamente hacia el siguiente límite: que la noción de masa es una noción molecular, que procede por un tipo de segmentación irreductible a la segmentación molar de clase. Sin embargo, las clases están talladas en las masas, las cristalizan. Y las masas no dejan de fluir, de escaparse de las clases”.

Desde esta perspectiva analizaban el tema sobre el Mayo Francés:

“Mayo del 68, en Francia, era molecular, y sus condiciones tanto más imperceptibles desde el punto de vista de la macropolítica. En Mayo del 68… todos los que lo juzgaban en términos de macropolítica no comprendieron nada del acontecimiento, puesto que algo inasignable huía. Los hombres políticos, los partidos, los sindicatos y muchos hombres de izquierda, cogieron una gran rabieta; repetían sin cesar que no se daban las ‘condiciones’. Daba la impresión de que se les había privado provisionalmente de toda la máquina dual que los convertía en los únicos interlocutores válidos. Extrañamente, de Gaulle e incluso Pompidou comprendieron mucho mejor que los otros… No obstante, lo contrario también es cierto: las fugas y los movimientos moleculares no serían nada si no volvieran a pasar por las grandes organizaciones molares, y no modificasen sus segmentos, sus distribuciones binarias de sexos, de clases, de partidos”.

IV.
Suficiente, por ahora, como para pasar a formular la pregunta que quedó implícitamente pendiente al comienzo del tercer aparte: ¿en qué devino la política venezolana después del 27F de 1989? En primer lugar, en una profunda crisis de los esquemas interpretativos sobre el mismo devenir político. Recuerdo en particular un artículo del eternamente celebrado José Ignacio Cabrujas: “No fue el asalto al Palacio de Invierno. Nadie cantó la Internacional, ni las imágenes nos mostraron esa horda famélica, en el trance de gritar quien sabe si ¡Pan! ¡Pan! o ¡Justicia! o ¡Muera la tiranía!”[vi]. El problema es éste: es imposible entender lo que ocurrió el 27F si nuestras referencias son las históricas consignas comunistas. El 27F nadie gritó: ¡Pan o muerte! ¡Trabajo o muerte!, como en las barricadas de junio de 1848, porque ni era junio ni era 1848. Y Caracas no es París.

Como ya lo asomaba al inicio de este artículo, el recurso retórico o argumentativo empleado por Cabrujas es semejante al utilizado, en general, por opinadores, cronistas, políticos de oficio o investigadores sociales al momento de analizar el 27F: algo está ausente. Siempre falta algo. Es una suerte de «complejo Kersausie», según el cual, como no fuimos capaces de presenciar la dirección consciente y esclarecida del gran general insurgente al mando de los feroces combatientes obreros armados, como no vimos por ningún lado las banderas rojas izadas desde las barricadas, entonces se trata de un acontecimiento menor, de un aborto histórico. Incluso un intelectual tan agudo como Luis Britto García ha afirmado sobre el 27F: “Un Sacudón es el aborto de una revolución atendido por una izquierda que no supo ser partera de la historia”[vii].

Si el 27F guarda alguna relación de familiaridad con junio de 1848, la Comuna de París, el Mayo Francés o el Cordobazo argentino, es en tanto sucesos que, habiendo trastocado drásticamente las relaciones de fuerza existentes, modificaron el curso de los acontecimientos históricos. Pero no en todos los casos se trata, como resultará obvio, de las mismas fuerzas en pugna, así como tampoco son idénticos sus objetivos o sus estrategias de lucha.

El 27F de 1989 fue un suceso en todo el sentido que le atribuye Foucault al concepto. Parafraseando al Marx que ya hemos citado, el triunfo de la fuerza bruta que descargó el Estado contra una población casi siempre inerme, se ha pagado con la crisis definitiva del modelo de democracia instaurado en 1958. Lo demás, que ciertamente es historia, habrá de explicarse partiendo de esta evidencia.

La insurgencia militar en ciernes, que se manifestaría 3 años después, el 4 de febrero de 1992, no es el resultado inevitable del 27F. Tampoco lo fue el triunfo electoral del comandante Chávez, en diciembre de 1998. Ambos hechos tienen su razón de ser en una determinada interpretación del momento político que se abre a partir de aquel suceso decisivo. Responden a un análisis de las relaciones de fuerzas imperantes: su composición, sus ánimos, sus temores, sus aspiraciones, sus fortalezas.

Mientras la interpretación dominante continuaba denigrando de las fuerzas sociales que se expresaron el 27F (las “masas enardecidas, inconscientes y primitivas” de Manuel Caballero[viii]; las bandas “compuestas de delincuentes, malandros, narcotraficantes, ultraizquierdistas marginados” de Luis Salamanca[ix]; la “masa informe, presa de un histerismo incontrolado… desbordadas hasta el atolondramiento” de Federico Álvarez[x]; los “grupos demográficos, inéditos”, que “no encajan en la clasificación socioeconómica D-E, más bien podrían ser Y-Z” y que “pertenecen al inframundo caraqueño” de Thamara Nieves[xi]) éstas se iban constituyendo en nuevas formas de subjetividad políticas que, progresivamente, se agruparían en torno al vasto movimiento social que hoy representa el chavismo.

De esta multiplicidad deriva el extraordinario potencial revolucionario del chavismo. Porque la multiplicidad de sujetos implica la multiplicación de los frentes de lucha, la diversidad de estrategias puestas en marcha para luchar por la democratización radical de la sociedad venezolana, y su capacidad de movilización para defender el proceso revolucionario cuando éste ha estado en peligro. Son estas múltiples singularidades las que han salido por millones a las calles para restituir la democracia el 13 de abril de 2002.

Mientras tanto, el amplio espectro del antichavismo continua en su empeño por no entender nada. Existe una clara relación de continuidad entre la interpretación dominante del 27F de 1989 y las posturas racistas, clasistas y moralinas del antichavismo de hoy. Basta volver dos párrafos más arriba para encontrar los mismos señalamientos, acusaciones y calificativos que pesan sobre todo aquel que se identifique con la revolución bolivariana.

Por último, hemos asistido, con particular intensidad desde diciembre de 2006, al resurgimiento de las posturas asociadas al viejo marxismo-leninismo, para el cual el incipiente debate sobre el socialismo del siglo XXI ha venido a ser la oportunidad para replantear las gastadas fórmulas del partido dirigente, la vanguardia esclarecida y la entronización de la clase obrera como verdadera y única clase revolucionaria. A estos últimos sólo habría que decirles que, por si no se han informado aún, parece ser que el general Kersausie ha decidido no asistir a esta batalla que libramos en la Venezuela del siglo XXI. «No hago falta», parece que ha dicho. Y estaría bien, porque vendría siendo tiempo de comenzar a asumir que la revolución ya está aconteciendo.
[i] Iturriza López, Reinaldo. 27 de febrero de 1989: interpretaciones y estrategias. Fundación editorial El Perro y la Rana. Ministerio de la Cultura. Caracas, Venezuela. 2006.
[ii] Todas las citas de Marx y Engels incluidas en este artículo son tomadas de la misma fuente: Marx, Carlos y Engels, Federico. Las revoluciones de 1848. FCE. México. 2006. Págs. 130-184. Esta publicación reúne una selección de los artículos publicados por Marx y Engels en la Nueva Gaceta Renana.
[iii] Foucault, Michel. Nietzsche, la genealogía, la historia, en: La microfísica del poder. La Piqueta. Madrid, España. 1992. Pág. 20.
[iv] Foucault, Michel y Deleuze, Gilles. Los intelectuales y el poder, en: Foucault, Michel. Estrategias de poder. Obras esenciales, volumen II. Paidós. Barcelona, España. 1999. Pág. 114.
[v] Delueze, Gilles y Guattari, Félix. Micropolítica y segmentaridad, en: Mil mesetas. Pre-textos. España. 1997. Págs. 218, 220-221.
[vi] Cabrujas, José Ignacio. Fin de mundo, en: El día que bajaron los cerros. Editorial Ateneo de Caracas / C.A. Editora El Nacional. Caracas, Venezuela. 1989. Pág. 11.
[vii] Britto García, Luis. Caracas, ciudad de caracazos. El Nacional, Caracas, 28 de julio de 1995. A/5.
[viii] Caballero, Manuel. Un lunes rojo y negro, en: El poder brujo. Monte Ávila Editores. Caracas, Venezuela. 1991. Pág. 142.
[ix] Salamanca, Luis. 27 de febrero de 1989: la política por otros medios. Politeia, n°13, 1989. Instituto de Estudios Políticos, UCV. Caracas, Venezuela.
[x] Álvarez, Federico. Y de aquellas furias sólo quedan palabras. Comunicación, n° 70, segundo trimestre, 1990. Centro Gumilla. Caracas, Venezuela.
[xi] Nieves, Thamara. Del 27-F hay otra historia que contar. El Universal, Caracas, 1 de marzo de 1999.

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