Contar nuestra propia historia


Periodista Simpsons

Esta mala costumbre nuestra de limitar la comunicación al acto puntual de responder a lo que dicen los medios enemigos de la revolución bolivariana no obedece al capricho de tal o cual personaje.

En este asunto, como en todos los que conciernen al ejercicio de pensar un proceso de cambios revolucionarios, lo conveniente es no distraernos con los efectos de superficie, e intentar llegar al fondo del problema.

Sin duda, no es fácil ni grato tener que lidiar con la egolatría y la soberbia, pero digamos que esos son gajes del oficio. De nuevo, no perdamos de vista que lo que nos compromete es un ejercicio que incluso nos trasciende como hombres y mujeres de una generación, y que el desafío consiste en identificar cuánto de la vieja sociedad persiste entre nosotros, como precondición para crear lo nuevo. Ese será nuestro legado.

Mi sospecha es que no hemos sido capaces de desaprender nuestra manera de escribir la historia. La historia que aprendimos a leer y luego a contar fue la de nuestros «dominadores» (para decirlo con Walter Benjamin), cuya épica siempre nos deslumbró, como nos encandilaron sus héroes y sus hazañas. Pero en lo que respecta a la historia del pueblo, esa todavía no aprendemos a contarla.

A lo sumo, nos hemos venido destacando en el oficio de narrar la tragedia de la clase política antichavista, y ahora nos encandilan sus villanos y sus crímenes. Competimos por arrancar la declaración más ruin y hacemos carrera de «explicadores» de tramas inaccesibles al ojo del común, poco adiestrado, según juramos, en materia de moral y luces. Nos ceñimos a este guión y de allí no salimos.

Se nos olvida que «la historia sólo la hacen los que se oponen a ella», como decían Deleuze y Guattari con envidiable precisión. Y no ha sido distinto en el caso de la historia de la revolución bolivariana.

Si nos cuesta tanto desaprender es porque se trata de un acto que nos interpela directamente. En efecto, desaprender significa interrogarnos: ¿cómo hacer para contar nuestra propia historia en tanto pueblo en revolución? Y eso es algo que no está escrito en ninguna parte. Allí está el grueso del trabajo por hacerse.

Si nos limitamos a responder es porque no tenemos nada nuevo que decir. Y lo cierto es que hay demasiado que comunicar. Lo insólito es que esto suceda en plena revolución. Porque vamos a estar claros: el que siga actuando como si aquí el pueblo no tiene nada que decir, es porque no ha agarrado calle.

Quizá haya que comenzar por lo básico: opinar (explicar, aclarar) menos, informar más, para que cese tanto ruido, para que nos vayamos entendiendo.

Rojo, claveles rojos, violento rojo, triste rojo…


Revolución de los claveles: Portugal, 25 de abril de 1974.

Soldados, pueblo y claveles rojos.

Hoy, cuando se cumplen treinta y seis años de la Revolución de los Claveles, en Portugal, me pregunto si la prensa cómplice de la dictadura de Marcelo Caetano – sucesor de António de Oliveira Salazar – habrá acometido una empresa de falsificación y criminalización de ese símbolo revolucionario que para el pueblo portugués sigue siendo el clavel rojo, similar a la campaña de brutal estigmatización que adelanta la prensa opositora venezolana a propósito del rojo y su asociación con el chavismo.

Las evidencias de esta despiadada práctica de violencia simbólica se consiguen por doquier, son casi omnipresentes. El Nacional, en su edición de hoy domingo 25 de abril, es un buen ejemplo de ello. El cuerpo Ciudadanos abre con una nota dedicada a mostrar los resultados de una «Encuesta de Cultura Ciudadana, realizada por la consultora colombiana Corpovisionarios, aplicada por la encuestadora Datos y auspiciada por la Alcaldía de Chacao».

Según nota de prensa de la Alcaldía de Chacao, sondeos de este tipo han sido realizados en Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Ciudad de México y Belo Horizonte: cuatro ciudades colombianas, una brasileña y la capital mexicana, dato que no sorprende, puesto que Corpovisionarios es una empresa dirigida por Antanas Mockus, ex Alcalde de Bogotá, el personaje llamado a disputarle la Presidencia de Colombia al uribista Santos. El estudio «mide percepciones, actitudes y hábitos de ciudadanos mayores de 14 años en diversos ámbitos relevantes… como los sistemas reguladores del comportamiento; movilidad; tolerancia; cultura tributaria; cultura de la legalidad; acuerdos; participación comunitaria; confianza (interpersonal e institucional); y la ley, la moral y la cultura». Está previsto que sus resultados sirvan como base «para futuras aplicaciones de políticas públicas en beneficio de la ciudad». De hecho, según El Nacional, «los resultados de la encuesta serán enviados a todas las alcaldías de la ciudad – «el rol de Chacao como municipio es regalar los resultados de esta encuesta a toda la ciudad de Caracas», dice Emilio Graterón, según la nota de la Alcaldía – y, a través de un convenio con la Universidad Católica Andrés Bello, serán aprovechados para la formulación de programas de cultura ciudadana».

Un dato básico para hacerse una idea de la fiabilidad del estudio en cuestión, la ficha técnica, no es revelada por El Nacional. Sólo sabemos que la muestra la constituyen 2100 caraqueños. De manera que la pregunta elemental: ¿de dónde provienen estos caraqueños?, es imposible respondérsela.

Dudas aparte – o dudas mediante, como se prefiera -, el resultado que arroja una de las preguntas del estudio, «¿A cuáles de estas personas no le gustaría tener como vecinos?», parece un compendio de los sujetos «indeseables» para el habitante promedio del este caraqueño y, por supuesto, para los cerebros que concibieron el estudio. Así, el «drogadicto» es rechazado por el 93% de los consultados, seguido del «alcohólico» (86%), el «narcotraficante» (84%), la «trabajadora sexual» (59%), el «homosexual» (58%), el «invasor» (57%), el «corrupto» (42%) y el «damnificado» (29%). No sé ustedes, pero me quedé con las ganas de saber cuál era el rechazo hacia el sujeto «chavista». Bueno, ni tanto. ¿Acaso no todos los sujetos mencionados anteriormente son asociados, de alguna forma, con la esencia del chavismo?

Llama la atención la manera como Florantonia Singer, la periodista de El Nacional responsable de la nota, traduce los resultados de esta pregunta en particular: «En la encuesta se consulta sobre qué personaje no se desea tener como vecino. Los caraqueños rechazan a drogadictos, alcohólicos, narcotraficantes y trabajadores sexuales. Los invasores – que se han apoderado de cerca de 1.000 propiedades en la ciudad, según cifras de la Asociación de Propietarios de Inmuebles Urbanos – y damnificados son otros indeseables». Es cierto que, a estas alturas, sólo un iluso esperaría que El Nacional consultara el parecer de los «invasores», en lugar de beber exclusivamente de la fuente de la Asociación de Propietarios de Inmuebles Urbanos. Ya nadie se espera que consulte a los Sin Techo, por ejemplo. Sin embargo, no deja de producir cierto escozor la naturalización de categorías como la misma de «invasores», pero sobre todo la de «indeseables», con todo y su carga de menosprecio y discriminación.

Pero es tal vez la ilustración de Mauricio Lemus que acompaña la nota, la que mejor describe esta asociación hasta cierto punto subrepticia entre el sujeto «indeseable» y el chavista – valga la redundancia. ¿Alguna vez en su vida ha visto a cualquier personaje de traje y corbata portando un maletín de color rojo? Mientras que los «invasores», naturalmente, tienen que ser chavistas. De hecho, exhiben sus símbolos (una gorra roja, por ejemplo) con el mayor desparpajo.

Ilustración de Lemus.

Idéntico ejercicio de violencia simbólica perpetra El Nacional en la última página del mismo cuerpo. Una nota escrita por Edgar López, intitulada Violencia física contra las mujeres acarrea hasta 9 años de cárcel, y que recoge la opinión de la jueza Renée Moros, es acompañada de una fotografía de Nelson Castro que muestra a un individuo descamisado, de tez morena, de gorra roja, golpeando cobardemente a un mujer en plena vía pública. La mujer lleva franela roja.

Detalle de la fotografía de Nelson Castro.

El mensaje que transmite El Nacional es claro, no deja margen de dudas: la violencia (física contra las mujeres) es un fenómeno deplorable, asociable a ese sujeto «indeseable» que es el «chavista». Bien cabe la pregunta: ¿acaso la violencia simbólica que practica El Nacional no es tan abominable como la violencia ejercida contra la mujer – esa que testimonia la fotografía de Nelson Castro?

Algo similar hace El Universal, también en su edición de hoy, cuando acompaña un artículo de la campeona de la tristeza, Marta Colomina, con una ilustración de Dumont, que muestra a los que se supone son unos ciudadanos escudándose de unos malignos rayos rojos que simbolizarían las «trapacerías y delirios comunistas». Y si todavía albergara alguna duda sobre la asociación, deliberada o subrepticia, entre sujetos «indeseables» y chavismo, basta con leer la columna de Julio Borges en Últimas Noticias, en la que expresa su pesar por la muerte de Edwin Valero: «A todos nos ha pegado el trágico final del boxeador venezolano y de su esposa». Sigue diciendo que «esa tragedia se ha podido evitar», manifiesta su deseo de que «ese triste caso sirva para reforzar la lucha contra la violencia de género» y termina afirmando que no puede evitar comparar el caso con la situación de Álvarez Paz: «Una frase merece prisión mientras se cierran los ojos a los golpes y a la violencia manifiesta». Por supuesto, el breve comentario va reforzado con una fotografía de Valero en la que sostiene su franela con ambas manos, a la altura del cuello, para mostrar el resabido tatuaje del rostro de Chávez en su pecho, el mismo que la prensa antichavista intentó disimular – cuando no ocultar – durante años, pero que ahora exhibe cual corona de campeón.

Ilustración de Dumont que acompaña el artículo de Marta Colomina. Ciertamente, dispuestas así, las hojas de El Universal parecen una improvisada y casi inofensiva arma para cazar moscas. Pero no: es un arma letal, que persigue la aniquilación – en primer lugar simbólica – de los «comunistas».

En Últimas Noticias, Julio Borges exhibe con orgullo su corona de campeón: el pecho de Edwin Valero.

Esta violencia simbólica se inscribe en una política de las pasiones tristes, como diría Spinoza, que es consustancial al sentido común opositor; política de la tristeza que es, al mismo tiempo y por tanto, radicalmente antidemocrática. Nunca será suficiente todo cuanto se escriba contra esta política de la tristeza que, en primer lugar – y como lo ilustran los ejemplos citados arriba – es una prédica del odio que suscita el resentimiento, la burla, el miedo, la indignación y la venganza contra el chavismo «indeseable»; y en segundo lugar, la culpa de ser chavista: «lo que envenena la vida es el odio, el odio vuelto contra uno mismo, la culpabilidad», escribía Deleuze siguiendo a Spinoza. En general, política de la tristeza porque, según Spinoza, «en la medida en que el alma se entristece, resulta disminuida o reprimida su potencia de entender, esto es, su potencia de obrar».

Si la política como pasión triste es indisociable de las dominaciones de todo cuño – «El esclavo, el tirano y el sacerdote», escribía Deleuze, «el hombre que explota esas pasiones tristes, que las necesita para asentar su poder» y también «el hombre que se entristece con la condición humana y las pasiones del hombre (puede burlarse tanto con indignarse, esta burla misma es una risa mala) -, su exacerbación en tiempos de revolución es explicable, fundamentalmente, como una reacción – literalmente hablando – contra la súbita explosión de pasiones alegres que hace posible el acontecimiento revolucionario. La revolución es la fiesta organizada por los «indeseables» de la historia. Es preciso, por tanto, dedicar un esfuerzo considerable para que los «indeseables» sientan culpa por su participación en una fiesta que de ahora en más habrá de entenderse como un festín intolerable de excentricidades y excesos.

De lo anterior se desprende que la culpa, tanto como el resto de las pasiones tristes, son la medida de la política reaccionaria: por sus pasiones los reconoceréis. Con el añadido de que ellas mismas nos permitirán reconocer el verdadero talante de aquellos que, llamándose «revolucionarios», gobiernan en contra de los «indeseables», alientan la sumisión y la codicia, y ya quisieran suscitar la vergüenza en aquellos que no están dispuestos a ceder en su derecho a expresar ideas propias.

No por casualidad, esta temática de la tristeza recorre parte de la cinematografía sobre la Revolución de los Claveles, según un trabajo de Anabela Dinis Branco de Oliveira: Estado Novo no plateau: luzes, câmara, acçâo. En él, Branco hace referencia a los testimonios que sobre el Portugal previo a la revolución, ofrecen el fotógrafo brasileño, Sebastião Salgado, y su esposa, Lélia Wanick, recogidos en el documental Outro País. Memórias, Sonhos, Ilusões… Portugal 1974-1975 (1999), del también brasileño Sérgio Tréfaut. Escribe Branco: «elogian la luz portuguesa y la belleza de Lisboa, pero subrayan la presencia de una tristeza marcada y distintiva en el rostro de las personas: ‘las personas eran muy tristes, eran todos tristes'».

Branco también hace referencia a un célebre cuento infantil escrito en 1993 por el periodista, escritor y poeta portugués Manuel António Pina, O tesouro (El tesoro), en el que denomina al Portugal bajo la dictadura como el «País de las Personas Tristes». A partir de este cuento, escribe Branco, el cineasta portugués João Botelho «interroga la existencia de la memoria» portuguesa, en Se a memória existe (1999), realizado a propósito del veinticinco aniversario del 25 de Abril.

El debate sobre los derroteros que habrá tomado el 25 de Abril portugués es asunto que no concierne a este escrito. Lo que está claro es que, como en el cuento de Pina, hace treinta y seis años los soldados y el pueblo portugueses decidieron levantarse contra la tristeza, así como en abril de 2002 el pueblo y los soldados venezolanos se levantaron contra la dictadura, como bien lo narra la extraordinaria canción del Gino González, Del despecho a la alegría. De lo que se trató, en ambos casos, fue de inolvidables expresiones de alegría popular, que aún resienten los adalides de la política de la tristeza.

Para prevenir los estragos de esta política de las pasiones tristes, en homenaje al pueblo y a los soldados portugueses y venezolanos insurrectos, pero sobre todo en honor a nuestros hijos e hijas, que habrán de continuar nuestras luchas, nada mejor que dejarlos, a treinta y seis años de la Revolución de los Claveles, con la traducción de El tesoro, de Manuel Antonio Pina.

Salud.

Revolución de los claveles: soldados y niños en las calles.


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El tesoro.
Hace muchos años, en el tiempo en que tu padre andaba en la escuela, en un país muy distante vivía un pueblo infeliz y solitario, sometido bajo el peso de una misteriosa tristeza. El cielo era alto y azul, los campos fértiles, el mar y los ríos llenos de peces y de vida, las ciudades cálidas y luminosas, pero las personas que pasaban se miraban con ojos tristes, caminando apresuradamente y ocultándose dentro de sus casas; y cuando se encontraban unas con otras, en los cafés, en sus trabajos, en la calle, hablaban bajo, como si alguna cosa, un secreto terrible, las amedrentase.

Quien, procedente de otras tierras, llegaba al País de las Personas Tristes, no comprendía. Las personas eran buenas y afectuosas, y aparentemente sólo tenían motivos para ser felices. Pero cuando les hacían preguntas, las personas se distanciaban y no respondían, o cambiaban delicadamente de tema ofreciendo disculpas.

A veces los visitantes se quedaban más tiempo, y hacían amigos rápidamente, porque era muy fácil hacer amigos en aquel país. Esos amigos los llevaban entonces a sus casas y, después de haber trancado bien las puertas y cerrado todas las ventanas, les revelaban el secreto de su tristeza.

Les contaban que el pueblo de aquel país tuvo un día un inmenso y bello tesoro y que alguien lo había robado. Y que era un tesoro tan grande y tan valioso que, sin él, no podían ser felices.

– ¿Un tesoro?, preguntaban los visitantes muy sorprendidos.
– Sí, un tesoro… La libertad.
– ¿La libertad? ¿Un tesoro?

Los visitantes no podían creerlo porque, en sus tierras, la libertad era una cosa muy común, casi sin importancia. Toda la gente era libre de hacer lo que quisiera siempre que no hiciera mal a nadie, y eso era tan normal que las personas ni se ocupan de la libertad. Eran libres del mismo modo que respiraban y nadie da cuenta de que respira, respira y ya.

– Sí, la libertad es como el aire que respiramos, les decían sus nuevos amigos tristemente. Sólo cuando nos falta, y nos sofocamos llenos de aflicción, es que descubrimos que, sin él, no podemos vivir…
– ¿Cómo puede alguien vivir en libertad? ¿Cómo es posible?

Entonces les explicaban: en aquel país las personas no podían hacer lo que querían, ni podían decir lo que pensaban o lo que sentían ni, como ellos, viajar y visitar otros países y conocer otros pueblos, vivían encerrados en su país como si fuese una prisión. Ni siquiera podían contarle ese secreto a nadie, porque las harían presas o incluso las matarían.

– ¡Pero eso debe ser una gran infelicidad!, decían los visitantes. ¡No imaginábamos que ustedes estuvieran siempre tan tristes!

Y sus amigos, luego de ir a revisar de nuevo la puerta para ver si alguien, afuera, los espiaba, les contaban cómo era la vida de todos los días en el País de las Personas Tristes. Había policías por todas partes, no policías buenos, que orientan el tránsito o atrapan a los ladrones, sino policías para vigilar a las personas e impedir que hablen entre sí; policías en las fronteras para no dejarlas salir; hasta policías que abrían sus cartas y oían sus conversaciones para descubrir lo que decían y lo que pensaban, y que las perseguían y las golpeaban si ellas no decían o pensaban lo que ellos querían que dijeran y pensaran.

Los niños del País de las Personas Tristes no podían oír la música, ni ver las películas ni leer los libros y las revistas que les gustaran, sino sólo la música, las películas y los libros que no estaban prohibidos. ¡Ni siquiera podían beber Coca Cola, porque la Coca Cola también estaba (nadie sabía por qué) prohibida!

Las muchachas y los jóvenes no podían conversar ni convivir unos con otros y tenían que andar en escuelas separadas y divertirse en los recreos separados por muros y por rejas. Las muchachas no podían usar pantalones ni andar sin medias, también estaba prohibido; y los muchachos, cuando crecían, eran enviados para horribles guerras en países lejanos y obligados a matar gente que no conocían y que nunca les habían hecho mal ninguno, y muchos de ellos morían o regresaban locos o mutilados.

– Pero, ¿y por qué ustedes no eligen gobernantes que acaben con todas esas cosas y además les restituyan su libertad, su tesoro?, se extrañaban los visitantes.
– Porque nosotros tampoco podemos votar.

Era espantoso:

– ¿No pueden votar? ¿Entonces cómo escogen a sus gobernantes?
– Nosotros no escogemos a nuestros gobernantes.
– ¿Entonces quién los escoge?
– Nadie sabe.

Quien oía estas cosas se quedaba muy inquieto y, súbitamente, su corazón se henchía también de tristeza y de amargura. El sol ya no le parecía tan cálido, ni el cielo tan transparente ni tan azul y, cuando volvía a la calle, también miraba a su alrededor atemorizado, pensando que podía estar siendo vigilado y seguido, temiendo incluso que alguien pudiese leer sus pensamientos y salir de la sombra para castigarlo a causa de ellos.

De regreso a su país, comprendía entonces cómo su libertad era, después de todo, un tesoro muy valioso y, a partir de ese momento, comenzaba a cuidar de él como un bien raro del que su felicidad y su propia vida dependían, acordándose muchas veces de los amigos que había dejado, solos e infelices, en el País de las Personas Tristes.

Hasta que llegó un día en que, en el País de las Personas Tristes, las personas decidieron reconquistar su libertad. Los soldados se reunieron en los cuarteles y tomaron sus armas para arrancar finalmente el tesoro de las manos de sus ladrones. Y toda la gente salió alborozadamente para la calle y acompañó a los soldados, cantando y gritando: «¡Viva la libertad! ¡Viva la libertad!».

Los corazones se exaltaron de alegría y las ventanas se llenaron de banderas y de claveles rojos: los soldados pusieron claveles rojos en sus fusiles y las mujeres se olvidaron de la cena y de la limpieza de la casa y corrieron para la calle con sus hijos en su regazo y claveles rojos en su pecho, llorando y riendo, conmovidas y confundidas; las personas que habían sido expulsadas y obligadas a refugiarse lejos regresaron; las puertas de las cárceles se abrieron y los presos regresaron a casa; los jóvenes regresaron de la guerra, felices por estar de nuevo rodeados de amigos y abrazar de nuevo a sus padres y hermanos; y los niños y las niñas pudieron por primera vez darse la mano y hablarse y oírse, caminando lado a lado sin miedo de acusaciones ni castigos. Todo el país se transformó en una gran fiesta, ruidosa y rebosante, y las personas dejaban salir libremente de su corazón todas las palabras y todos los sentimientos largamente acumulados durante los años de infelicidad. Era el día 25 de Abril y, porque fue ese día que aquel pueblo recuperó el tesoro de su libertad, ese día pasó para siempre a llamarse el Día de la Libertad.

***

Todo esto aconteció hace mucho tiempo (tú todavía no habías nacido), en un país muy distante.

Ese país ahora no se llama País de las Personas Tristes, se llama Portugal y es tu país. Ese tesoro te pertenece a ti, eres tú quien ahora debes cuidar de él, guardándolo muy bien en el fondo de tu corazón para que nadie te lo robe otra vez.

Porque esta historia no es una historia inventada. Es una historia verdadera, aconteció realmente. Pregunta a tus padres y a tus maestros y ellos te contarán más cosas sobre el País de las Personas Tristes y sobre el Día de la Libertad.

No olvidar de dónde venimos: lección en 6 pasos


I.-
Hace pocos días tuve la oportunidad de recibir una invaluable lección de sabiduría militante de un cumpa argentino, Guillermo Cieza, del Frente Popular Darío Santillán, por quien profeso alta estima y un muy profundo respeto. Quisiera compartir sus enseñanzas con los cámaras que, incluso desde alguna institución del Estado, militan en la revolución bolivariana desde posiciones críticas, siempre reñidas con las tendencias conservadoras que anidan en el chavismo.

La postura de Guillermo podría resumirse así:

1) Desconfiar de aquellos que asumen la postura de quienes observan con un microscopio las construcciones históricas, políticas, organizativas – aquí cabe la revolución bolivariana -para luego señalar: «Falta esto, aquí van mal, esto tienen que mejorar». Señala Guillermo: «Mi primera respuesta sería: por qué no te vas al carajo».

2) Luego de lo cual formularía su «primera pregunta»: «¿Desde qué construcción superior me estás hablando? Porque si es de los libros, primero tendríamos que ponernos de acuerdo en cuáles son los libros apropiados, y explicarme por qué tenés una experiencia y una maduración suficiente para entender lo que leíste. Las revoluciones no se hacen con regla y tiralíneas».

3) «Creo que el peor servicio que le podemos hacer a una causa es el oficialismo, porque el oficialismo es siempre la resultante de una suma de contradicciones. Siempre tenemos que involucrarnos críticamente y empujando hacia la izquierda, hacia lo que entendemos son líneas de avance revolucionario».

4) «Pero lo que nunca podemos hacer es comparar nuestra realidad con una idea de lo que supuestamente es revolucionario, confundir proyecto con utopía. En cada momento hay cosas que transformar y cambiar, hay saltos chicos y saltos grandes, pero cada proceso es original y determina en qué momento hay que saltar y hacia dónde, y para poder entender eso, hay que estar metido hasta las orejas en un proceso de cambio. Desde las bibliotecas no se entiende nada».

5) Hay que estar siempre atentos frente al «enemigo interno, que suele ser más peligroso que el de afuera. El problema es cómo lo combatimos, y una de las premisas es recuperar nuestros logros, nuestra autoestima: si fuimos capaces de hacer esto y lo otro, por qué no nos ocupamos también de aquellos otros asuntos, por qué no vamos a fondo en estas cuestiones. El problema siempre es cómo nos paramos, desde dónde nos paramos (que supone reconocer desde dónde venimos) y hacia dónde vamos (que casi siempre es lo mas fácil)».

6) Última: «Para hacer un programa revolucionario, no hay más que juntarnos una noche con los amigos, tomarnos unos vinos y agarrar lápiz y papel. El problema es ejecutarlo».

II.-
El pasado lunes, 1 de junio, me tocó en suerte vivir uno de esos felices momentos que le dan sentido al hecho de haber asumido – tres meses antes – la dirección de la Escuela de Medios y Producción Audiovisual de Ávila TV: el recibimiento de una nueva cohorte de estudiantes, poco más de ochenta jóvenes, en su inmensa mayoría provenientes de los barrios populares de Caracas.

El discurso inaugural estuvo a cargo de un cámara por quien profeso un respeto similar al que guardo por Guillermo: José Roberto Duque, Director de Información y Opinión de Ávila TV. Si tuviera que resumir en una frase el mensaje que quiso transmitir el Duque a la muchachada presente, lo haría así: No olviden nunca de dónde vienen.

No olvidar nunca de dónde venimos, cómo nos paramos, desde dónde y hacia dónde vamos. Porque nuestra intención no es formar, en los tres trimestres que dura la escolaridad que ofrecemos, cualquier productor audiovisual que hará cualquier programa de televisión. La televisión que requiere nuestra revolución tendrá que ser aquella que se haga desde nuestros barrios, y en nuestro caso particular será una televisión hecha por nuestros jóvenes, con sus estéticas y sus sensibilidades.

III.-
¿Cómo y desde dónde nos paramos para realizar la crítica? Nada más deleznable y ruin que hacer demagogia con nuestros propios muertos. Es demagogo quien se limita a llevar la cuenta de nuestros campesinos asesinados, acumulando razones para denunciar las miserias y contradicciones de la revolución bolivariana, pero se hace de oídos sordos cuando el movimiento campesino habla de tierras ocupadas, victorias alcanzadas, comunas, ciudades comunales o planes de siembra. «Recuperar nuestros logros», escribe Guillermo, visibilizarlos, porque haciendo visibles nuestros logros mostramos nuestro poder y nos hacemos más fuertes. «¿Por qué no vamos a fondo en estas cuestiones?». «Autoestima», le llama Guillermo. Dignidad en lugar de indignación, podría decirse. ¿Pasaje al acto revolucionario? ¿O el problema es que no somos capaces de identificar los actos revolucionarios? Mucho menos acompañarlos o tan siquiera mostrarlos.

¿Cooptación del movimiento popular? Tendríamos que ser muy despistados, muy ingenuos o demasiado cínicos para no reconocer en este hecho una de las principales amenazas de la revolución bolivariana: la fuerte compulsión conservadora por asimilar todas forma de organización popular bajo la figura del Partido. Burócratas de Partido que reclaman a los líderes de los movimientos populares por realizar actos «paralelos», como si el Partido fuera la medida de todas las cosas. ¿Pero acaso detrás de la crítica de la cooptación del movimiento popular no pasará, de contrabando, un desconocimiento de la potencia, de la capacidad deliberativa de algunas experiencias de organización popular? ¿Por qué no visibilizar aquellas experiencias en las que la relación con el Estado, lejos de caracterizarse por la subordinación o el clientelismo, es conflictiva, tensa, de alianza o de interpelación permanente?

A veces ni siquiera hace falta «estar metido hasta las orejas» para sumarle a un proceso de cambio. Basta con estar metido hasta los tobillos: este viernes 5 de junio, en la Plaza El Venezolano, el Frente Nacional Campesino Ezequiel Zamora, el Frente Nacional Comunal Simón Bolívar y el Centro de Formación y Estudios Sociales Simón Rodríguez convocan al Primer Festival del Poder Popular Aquí está el socialismo. Cuatrocientas personas, diez ciudades comunales, cien comunas, cinco estados: Apure, Barinas, Mérida, Táchira y Portuguesa. Desde las 8 de la mañana. Si Mahoma no va a la montaña, a la montaña no le queda otra que venir a Mahoma.

IV.-
Ésta es la parte en la que paso por afrancesado. Pero es que conviene recordar cierto comentario de Gilles Deleuze: «Hoy está de moda denunciar los horrores de la revolución. Esto no es algo nuevo, todo el romanticismo inglés está lleno de una reflexión sobre Cromwell, análoga a la que se hace hoy día sobre Stalin. Se dice que las revoluciones tienen un mal porvenir. Pero no dejan de mezclar dos cosas, el porvenir de las revoluciones en la historia y el devenir revolucionario de la gente».

Si vamos a denunciar los horrores de la revolución bolivariana, al menos no copiemos las fórmulas del romanticismo inglés ni repitamos las invectivas de Francois Furet.

V.-
Guillermo lo escribía más sencillo: «Siempre tenemos que involucrarnos críticamente y empujando hacia la izquierda, hacia lo que entendemos son líneas de avance revolucionario».

VI.-
El problema con las revoluciones es que hay que hacerlas.

Lo incomprensible, lo intolerable


«… y ahora nos oprime la vergüenza».
Primo Levi

I.- Lo incomprensible.
De La indagación. Oratorio en 11 cantos, el drama de Peter Weiss basado en el juicio de Frankfurt del Main contra los responsables del campo de concentración de Auschwitz, no pude olvidar nunca una de las intervenciones del testigo número 6: «Cuando hablamos hoy de nuestras experiencias con personas que no estuvieron en el campo, todo aquello les parece siempre algo impensable. Y, sin embargo, son personas iguales a las que allí fueron presos y guardianes. El hecho de que fuéramos tantos los que llegábamos al campo y el hecho de que fueran otros quienes nos llevaban allí en tan gran cantidad debería hacer que aquel suceso aún resultase hoy comprensible. Muchos de los que estaban destinados a representar el papel de presos habían sido educados en los mismos conceptos que aquellos que se encontraron en el papel de guardianes. Se habían puesto a disposición de la misma nación, y por un mismo resurgir y un mismo beneficio; de no haber sido nombrados presos hubieran podido hacer igualmente de guardianes. Hemos de abandonar esa postura de arrogancia con la que pretendemos que aquel mundo del campo nos resulte incomprensible. Todos conocíamos la sociedad de la que surgió el régimen que pudo organizar tales campos. El orden entonces vigente nos era familiar en su propio origen, por eso pudimos encontrarnos justificados también en su consecuencia extrema, cuando el explotador podía desarrollar su dominio hasta un grado hasta entonces desconocido».

Puede leerse en el capítulo cuarto del drama, que corresponde al Canto a la posibilidad de sobrevivir, y constituye un punto de inflexión. El asunto es éste: toda la obra de Weiss, desde el principio hasta el final, abunda en detalles sobre los crímenes casi inenarrables de los nazis. Los testigos, con frecuencia, aún casi veinte años después – el juicio se desarrolló entre 1963 y 1965 – hablan con penosa dificultad, con temor y hasta con vergüenza. Sin duda, muchos de nosotros seremos incapaces de entender siquiera parte de lo que significa no ya haber sido víctima de toda clase de privaciones y humillaciones, sino haber sobrevivido al Lager. Algunas cosas sólo se entienden si se las ha experimentado. Seguramente la inmensa mayoría de los lectores se solidarizará con las víctimas, se horrorizará con los relatos de los testigos y sentirá náuseas al saber de las risas de los verdugos en el tribunal, a quienes odiarán en silencio. Y sin embargo, tal vez muy pocos intentarán comprender cómo ha sido posible todo aquello.

De allí la importancia de la intervención del testigo número 6. En primer lugar, es un exhorto a abandonar la arrogancia, la hipocresía y la impostura de la incomprensión: «Todos conocíamos la sociedad de la que surgió el régimen que pudo organizar tales campos». Se precisa de mucha mala conciencia para renunciar a este conocimiento. En segundo lugar, la sentencia más difícil de asimilar: muchos de los presos hubieran podido ser los guardianes.

Con respecto a lo primero, existe el testimonio de un sobreviviente de Auschwitz, autor de otra obra indispensable: Si esto es un hombre (primera parte de una trilogía que complementan La tregua y Los hundidos y los salvados). Se trata de Primo Levi, un partisano judío italiano capturado por los fascistas en diciembre de 1943, y que fuera trasladado al Lager en febrero de 1944, junto a centenares de los suyos. En el Apéndice de 1976, donde Levi intentó resumir las respuestas a las preguntas que con más frecuencia le hacían, escribió: es cierto, el régimen nazi fue extremadamente hábil al sustituir la información por propaganda. «Sin embargo, esconder del pueblo alemán el enorme aparato de los campos de concentración no era posible, y además (desde el punto de vista de los nazis) no era deseable. Crear y mantener en el país una atmósfera de indefinido terror formaba parte de los fines del nazismo: era bueno que el pueblo supiese que oponerse a Hitler era extremadamente peligroso». Pero sobre todo, concluye Levi, «la mayor parte de los alemanes no sabía porque no quería saber más: porque quería no saber… En la Alemania de Hitler se había difundido una singular forma de urbanidad: quien sabía no hablaba, quien no sabía no preguntaba, quien preguntaba no obtenía respuestas. De esta manera el ciudadano alemán típico conquistaba y defendía su ignorancia, que le parecía suficiente justificación de su adhesión al nazismo: cerrando el pico, los ojos y las orejas, se construía la ilusión de no estar al corriente de nada, y por consiguiente de no ser cómplice, de todo lo que ocurría ante su puerta». Y sin embargo, la inmensa mayoría tenía conocimiento de lo que ocurría.

Luego, la segunda cuestión, el espinoso tema de los guardianes y los presos. Dice el testigo número 6: muchos de nosotros recibimos la misma educación que ustedes y estuvimos al servicio de la misma nación. Es cierto que fuimos nosotros y no ustedes los que fuimos primero apartados, y luego execrados y encerrados. Pero éramos iguales a ustedes. Bien ha podido sucederle a ustedes.

Pero más allá de todo esto, ¿qué puede decirse de los prisioneros que transigieron con sus guardianes? Aunque están presentes durante todo el relato, Primo Levi les ha dedicado un capítulo entero: Los hundidos y los salvados. Para Levi, el Lager funcionó como «una gigantesca experiencia biológica y social. Enciérrese tras la alambrada de púas a millares de individuos diferentes en edades, estado, origen, lengua, cultura y costumbres y sean sometidos aquí a un régimen de vida constante, controlable, idéntico para todos y por debajo de todas las necesidades: es cuanto de más riguroso habría podido organizar un estudioso para establecer qué es esencial y qué es accesorio en el comportamiento del animal-hombre frente a la lucha por la vida». Están, observa Levi, de una parte los hundidos, catalogados por los veteranos del campo – y vaya qué ironía – «musulmanes» (muselmänner): «Una vez en el campo, debido a su esencial incapacidad, o por desgracia, o por culpa de cualquier incidente trivial, se han visto arrollados antes de haber podido adaptarse; han sido vencidos antes de empezar, no se ponen a aprender alemán y a discernir nada en el infernal enredo de leyes y de prohibiciones, sino cuando su cuerpo es una ruina, y nada podría salvarlos de la selección o de la muerte por agotamiento. Su vida es breve pero su número es desmesurado; son ellos, los Muselmänner, los hundidos, los cimientos del campo, ellos, la masa anónima, continuamente renovada y siempre idéntica, de no hombres que marchan y trabajan en silencio, apagada en ellos la llama divina, demasiado vacíos ya para sufrir verdaderamente. Se duda en llamarlos vivos: se duda en llamar muerte a su muerte, ante la que no temen porque están demasiado cansados para comprenderla». Los hundidos son seres sin historia, «no tienen historia», afirma Levi. Pero si es «una sola y ancha la vía de la perdición, las vías de la salvación son, en cambio, muchas, ásperas e impensadas». Entre los salvados sobresalen, literalmente, aquellos que pertenecen a la Prominenz, y son los funcionarios judíos del Lager, desde el director-Häftling (Lagerälstester), pasando por «los Kapos, los cocineros, los enfermeros, los guardias nocturnos, hasta los barrenderos de las barracas y los Scheissminister y Bademeister (encargados de letrinas y duchas)», títulos rimbombantes que apenas logran disimular una realidad atroz. La prominenz judía es «un triste y notable fenómeno humano», afirma Levi, «son el típico producto de la estructura del Lager alemán: ofrézcase a algunos individuos en estado de esclavitud una posición privilegiada, cierta comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir, exigiéndoles a cambio la traición a la solidaridad natural de sus compañeros, y seguro que habrá quien acepte. Éste será sustraído a la ley común y se convertirá en intangible; será por ello tanto más odiado cuanto mayor poder le haya sido conferido. Cuando le sea confiado el mando de una cuadrilla de desgraciados, con derecho de vida y muerte sobre ellos, será cruel y tiránico porque entenderá que si no lo fuese bastante, otro, considerado más idóneo, ocuparía su puesto. Sucederá además que su capacidad de odiar, que se mantenía viva en dirección a sus opresores, se volverá, irracionalmente, contra los oprimidos, y él se sentirá satisfecho cuando haya descargado en sus subordinados la ofensa recibida de los de arriba».

Por último, están los salvados que no han sido favorecidos con ningún cargo, los salvados sin títulos: son los que «luchan tan sólo con sus fuerzas para sobrevivir». Son los que han optado por «remontar la corriente; dar la batalla todos los días al hambre, al frío y a la consiguiente inercia; resistirse a los enemigos y no apiadarse de los rivales; aguzar el ingenio, ejercitar la paciencia, fortalecer la voluntad. O, también, acallar la dignidad y apagar la luz de la conciencia, bajar al campo como brutos contra otros brutos, dejarse guiar por las insospechadas fuerza subterráneas que sostienen a las estirpes y a los individuos en los tiempos crueles». En fin, todos los caminos elegidos para salvarse «suponen una lucha extenuadora de cada uno contra todos, y muchos, una suma no pequeña de aberraciones y compromisos».

Muchas veces hubo de enfrentarse Levi a la pregunta: ¿por qué no rebelarse? Hubiera podido responder: sólo a los hombres les está dado el don de la rebelión. En el Lager no habitan hombres, y ese es su propósito fundamental. Lo afirma, en efecto, Levi: «Los personajes de estas páginas no son hombres. Su humanidad está sepultada, o ellos mismos la han sepultado, bajo la ofensa sufrida o infligida a los demás». El Lager es una máquina que aniquila todo vestigio de humanidad: «Destruir al hombre es difícil, casi tanto como crearlo: no ha sido fácil, no ha sido breve, pero lo habéis conseguido, alemanes. Henos aquí dóciles bajo nuestras miradas: de nuestra parte nada tenéis que temer: ni actos de rebeldía, ni palabras de desafío, ni siquiera una mirada que juzgue… Porque también nosotros estamos destrozados, vencidos: aunque hayamos sabido adaptarnos, aunque hayamos, al fin, aprendido a encontrar nuestra comida y a resistir el cansancio y el frío, aunque regresemos. Hemos puesto la menaschka en la litera, hemos hecho el reparto, hemos satisfecho la rabia cotidiana del hambre, y ahora nos oprime la vergüenza».

Si es que acaso esto es un hombre, he allí lo que significa sentir la vergüenza de ser hombres.

II.- Lo intolerable.
Destrozados, vencidos. Ha sido inevitable incurrir en aberraciones y establecer compromisos con los guardianes, con los verdugos, para sobrevivir. ¿Cómo pudo llegar a ser posible? ¿Es que acaso la humanidad es un rebaño sin remedio que se dirige ciegamente al matadero? ¿Cómo puede llegar a ser pensable, comprensible? ¿Acaso somos todos culpables? ¿Cómo comprender que los presos pudieran comprometerse con sus guardianes?

Preguntas sin sentido, nos dice Gilles Deleuze. Citando a Primo Levi, afirma: «no conseguirán que tomemos a las víctimas por verdugos». Vergüenza de ser hombres, pero no «porque todos seamos responsables del nazismo, como se nos intenta hacer creer, sino porque hemos sido mancillados por él: incluso los supervivientes de los campos se vieron obligados a aceptar compromisos, aunque sólo fuera por sobrevivir. Vergüenza de que hayan existido hombres capaces de ser nazis, vergüenza de no haber sabido o de no haber podido impedirlo, vergüenza de haber aceptado compromisos».

¿Somos todos culpables? ¿Acaso no sentimos, con frecuencia, cada uno de nosotros, vergüenza de ser hombres? ¿Acaso estamos exentos de establecer compromisos con nuestros verdugos? ¿Acaso no experimentamos, se pregunta Deleuze, «la vergüenza de ser hombres en circunstancias ridículas: ante un pensamiento demasiado vulgar, un programa de variedades, el discurso de un ministro o las declaraciones de los ‘vividores'»? Y escribe en otra parte: «la vergüenza de ser un hombre no sólo la experimentamos en las situaciones extremas descritas por Primo Levi, sino en condiciones insignificantes, ante la vileza y la vulgaridad de la existencia que acecha a las democracias, ante la propagación de estos modos de existencia y de pensamiento-para-el-mercado, ante los valores, los ideales y las opiniones de nuestra época. La ignominia de las posibilidades de vida que se nos ofrecen surge de dentro. No nos sentimos ajenos a nuestra época, por el contrario contraemos continuamente compromisos vergonzosos. Este sentimiento de vergüenza es uno de los temas más poderosos de la filosofía. No somos responsables de las víctimas, sino ante las víctimas».

De allí que para Deleuze, la filosofía, así como la obra de arte, y pudieran agregarse la escritura, la militancia política, están llamadas no por la raza superior, por los blancos anglosajones protestantes que se pretenden modelo de toda civilización, por las democracias liberales occidentales que se pretenden modelo universal de sistema político («¿Qué socialdemocracia no ha dado la orden de disparar cuando la miseria sale de su territorio o gueto?»), por Occidente y sus valores, por los hombres y mujeres que reclaman para sí derechos que no reconocen en quienes-no-han estudiado-y-no-trabajan, por los Estudiantes que luchan por la Libertad porque-esto-es-una-dictadura, por los palangristas que denuncian los-crímenes-del-régimen en nombre de la Verdad, por los funcionarios para quienes la revolución ha ido demasiado lejos, por los burócratas y vividores que moran a las sombras de la Revolución; la filosofía y la obra de arte están llamadas «por una raza oprimida, bastarda, inferior y anárquica, nómada, irremediablemente menor».

La filosofía y la obra de arte son responsables ante las víctimas: «son del todo incapaces de crear un pueblo, sólo pueden llamarlo con todas sus fuerzas. Un pueblo sólo puede crearse con sufrimientos abominables, y ya no puede ocuparse más de arte o de filosofía. Pero los libros de filosofía y las obras de arte también contienen su suma inimaginable de sufrimiento que hace presentir el advenimiento de un pueblo. Tienen en común la resistencia a la muerte, a la servidumbre, a lo intolerable, a la vergüenza, al presente».

Escribir no en nombre de la Verdad o la Revolución, sino porque algo nos resulta profundamente intolerable. Aunque nos oprima la vergüenza de ser hombres y nos veamos obligados a establecer compromisos con nuestros verdugos, propios y ajenos. Escribir porque a tantos les resulte incomprensible, porque tantos pretendan no ver lo que sin embargo todos comprenden y conocen. Escribir no porque seamos responsables de, sino ante las víctimas, los postergados, los oprimidos.

III.- Lo que hay de intolerable en el presente.
Ante todo, es realmente intolerable que para tantos resulte tan radicalmente incomprensible, tan impensable la extraordinaria cantidad de corrientes políticas y culturales que desembocan en ese agitado mar que se ha dado en llamar chavismo. Resulta intolerable tanta arrogancia, tanta hipocresía de aquellos que hoy se jactan de desconocer las condiciones históricas y de existencia que le han hecho posible. Resulta intolerable que tantos, durante tanto tiempo, pretendieran desconocer lo que, sin embargo, todos sabían: que muchos, durante demasiado tiempo, morían de hambre; que a muchos, demasiados, les fuera negada la educación o la salud, y en general todo aquello que, justamente por ser lo más básico, hace de la vida una experiencia tolerable, vivible; que durante tanto tiempo, tantos seres humanos fueran relegados a vivir en los márgenes, y que fueran tratados como invasores cuando se atrevían a traspasar esos límites territoriales que se consideraban inmutables; que tantos hubieran sido considerados seres humanos impresentables, incapaces para la política; que tantos, durante tanto tiempo, optaran por renunciar a hablar a pesar de saber, o a no preguntar a pesar de no saber. Todos conocíamos la sociedad que ha visto aparecer estas corrientes que hoy impugnan esta misma sociedad que les negó a tantos seres no digamos ya el estatus de ciudadanos, sino, en muchos casos, la vida misma.

Pero por sobre todas las cosas resulta intolerable esa laboriosa empresa que avanza constante, y al parecer indetenible, y que persigue el propósito de asimilar al chavismo con la muerte. Los mismos que ayer cerraron sus ojos y su boca y taparon sus orejas, para vivir en la ilusión de no ser cómplices de una sociedad que aniquilaba a sus iguales, hoy tienen los ojos desorbitados por la rabia, hace muecas grotescas con sus bocas y prestan sus orejas para escuchar todo cuanto les convoque a creer que están gobernados por el mal y por la muerte.

Vergüenza ante el silencio cómplice de tantos venezolanos con el genocidio contra el pueblo palestino. Hoy vuelven a resonar las palabras de Primo Levi, partisano judío italiano, sobreviviente de Auschwitz: «Si desde el interior del campo algún mensaje hubiese podido dirigirse a los hombres libres, habría sido éste: no hagáis nunca lo que nos están haciendo aquí». De seguir vivo, hoy Primo Levi volvería a sentir vergüenza. Vergüenza de ser judío.

También, vergüenza de ser venezolano. Vergüenza de tanta estupidez ciega, de tanta miseria humana, de tanto cretinismo en los diarios, la prensa, la radio, las calles. Vergüenza de muchos de mis coetáneos, de muchos de los que habitan esta misma tierra. Vergüenza de quienes nos reclaman neutralidad, de quienes nos acusan de terroristas. Vergüenza de quienes llaman «regalos» a nuestra ayuda a otros pueblos. Pero sobre todo, vergüenza de quienes comparan nuestros muertos con los niños asesinados y luego devorados por los perros del Ejército israelí. Vergüenza de quienes hablan de genocidio en Venezuela.

Nada ni nadie puede justificar la inmensa deuda que acumula el gobierno venezolano con respecto a la seguridad de sus ciudadanos. Léase bien: nada ni nadie. Demasiados planes fracasados o postergados, demasiados funcionarios incapaces o indolentes. Vergüenza que nos producen los discursos de algunos ministros. De paso, nadie puede justificar tampoco el deplorable estado en que se encuentran las cárceles, diez años después.

Lo intolerable, ya lo he dicho, lo constituye la tenaz empresa que pretende asimilar, permanentemente, al chavismo con la muerte, de lo que se deduce que todo chavista es, por lo tanto, culpable. Doblemente culpable: por apoyar al gobierno de Chávez y, dado que Chávez es el culpable de la muerte de cualquier venezolano a manos de la delincuencia, es también, por consiguiente, culpable de estas muertes. Ni una sola palabra sobre el tipo de sociedad que ha engendrado a los delincuentes, a los asesinos. De nuevo, se trata de aquellos que optaron por renunciar a hablar a pesar de saber, o a no preguntar a pesar de no saber. Una vez más, todos conocemos la sociedad que ha hecho posible estas muertes: una sociedad fundada sobre los cimientos de la violencia, una de cuyas expresiones es la violencia delincuencial, y una de cuyas partes, un segmento mayoritario de seres humanos, fue apartada y echada al olvido, donde aún hoy yace, al menos parcialmente, y aunque cada vez sean menos. Si nada excusa a la burocracia indolente, tanto o más intolerable resulta la impostura cómplice de los que no dicen nada sobre esta violencia primigenia.

Así, como no es concebible que exista algo más importante que expulsar al mal de la Tierra, y como Chávez es el mal (el innombrable, el maligno, etc.), Chávez debe ser aniquilado, y sus seguidores, cuales ríos desbordados, deben volver a sus respectivos cauces, a donde pertenecen. Chávez es la muerte, y su derrota será la victoria de la Vida sobre la muerte. De esta forma, ningún acontecimiento, ninguna tragedia ocurrida en cualquier lugar del mundo será más importante o, en dado caso, equiparable a la tragedia que significa vivir en la Venezuela gobernada, codo a codo, por Chávez y el hampa. Pero al mismo tiempo, y aunque parezca paradójico, cualquier acontecimiento, cualquier tragedia será asimilable, «comprensible», única y exclusivamente a condición de que se emplee como punto de referencia insoslayable la tragedia venezolana. En otras palabras, la singularidad de cualquier acontecimiento será, así, sometida a la regularidad de la tragedia venezolana.

Ejemplos sobran: el genocidio contra el pueblo palestino asentado en la franja de Gaza será equiparado con los muertos que reposan en la Morgue de Bello Monte; las víctimas de un terremoto en China será equivalente a los muertos a manos del hampa en Venezuela; las muertes en Vietnam, el Golfo Pérsico e Irak serán equiparables a las muertes a manos de la delincuencia en Venezuela; los inmigrantes africanos preferirán las costas de la más segura «Europa fascista», antes que Venezuela, donde los índices de criminalidad están por los cielos. Palestina, China, Vietnam, Irak o África son referencias geográficas casi accesorias. No importa que se trate de un terremoto, de una más de las tantas agresiones imperialistas estadounidenses – con su secuela de millones de asesinados – o de la infame directiva de retorno europea. Nada se compara con la tragedia venezolana.

Hay más -siempre hay más: el Festival de San Fermín (en Pamplona, España) será comparado con la Parroquia San Agustín, en Caracas, y mientras en el primero los participantes de la fiesta evitarán ser alcanzados por los toros, en San Agustín se corre para evitar ser alcanzados por los delincuentes; la alfombra roja del Festival de Venecia (Italia) será equiparada con las cifras rojas que produce el hampa; las expropiaciones serán equivalentes a un atraco a mano armada; las tensiones diplomáticas con Estados Unidos serán representadas con un cuadro que identifica al Tío Sam con el «enemigo» y a los delincuentes con «amigos»; la corona del Rey Chávez, que pretendería mantenerse «indefinidamente» en el poder, será equivalente a las coronas mortuorias de las víctimas del hampa; las evidencias de planes de magnicidio contra Chávez serán desestimadas con la pregunta: «¿Cuántos venezolanos mueren asesinados?»; y los anuncios gubernamentales de renovación de su parque de armas, serán respondidos con la frase: «Queremos misiles pero contra el hampa».

Multiplicadas estas imágenes ad infinitum, repetidas hasta el hartazgo, de todas las formas posibles, a través de todos los medios disponibles, ellas constituyen uno de los pilares que soportan el discurso de la oposición venezolana. Un discurso cuya premisa podría ser, para decirlo con Eneko: «No tocar. No ver. No oír. No gritar». A menos, claro está, que se trate de otro «crimen» cometido por Chávez y los suyos. Un discurso impasible, una risa ruin disfrazada de «humor inteligente»; un discurso que vence cada vez que logra inocular en alguno de nosotros la culpa, y frente al cual, sin embargo, no nos queda otra opción que sentir vergüenza, y combatirlo como sólo puede combatirse contra lo intolerable.

Las piedras- Gilles Deleuze



(A propósito de una nueva ofensiva criminal del Estado israelí contra el pueblo palestino asentado en la Franja de Gaza, comparto con ustedes este artículo de Deleuze, fechado en junio de 1988, y publicado en árabe por la revista Al-Karmel, n° 29, 1988, con el título: Desde donde aún puedan verla. Fue escrito a petición de la revista, poco después de iniciada la primera Intifada, en diciembre de 1987).

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Europa no ha comenzado a pagar la deuda infinita que tenía con los judíos, pero se la ha hecho pagar a un pueblo inocente, los palestinos.

El Estado de Israel lo construyeron los sionistas sobre el pasado reciente de su suplicio, el inolvidable horror europeo, pero también sobre el sufrimiento de este otro pueblo, sobre las piedras de este otro pueblo. El Irgún[1] fue calificado como terrorista, no solamente porque hizo saltar por los aires el cuartel general inglés, sino porque destruía pueblos y aniquilaba poblaciones.

Los americanos no repararon en gastos para hacer de él toda una superproducción de Hollywood. Se suponía que el Estado de Israel se instalaba en una tierra vacía que desde mucho tiempo atrás aguardaba al antiguo pueblo hebreo entre los fantasmas de algunos árabes llegados de fuera, guardianes de las piedras dormidas. Se condenaba a los palestinos al olvido. Se les conminaba a reconocer jurídicamente al Estado de Israel, pero los israelíes no dejaban de negar el hecho concreto del pueblo palestino.

Desde el principio, este pueblo emprendió, solo, una guerra que aún no ha terminado para defender su propia tierra, sus propias piedras, su propia vida: de esta primera guerra no se habla, porque lo que importa es hacer creer que los palestinos son árabes llegados desde otros lugares y que, por tanto, pueden volver a ellos. ¿Quién desenmarañará todas estas Jordanias? ¿Quién dirá que entre un palestino y cualquier otro árabe existe un fuerte vínculo, pero no mayor que el que pueda haber entre dos países europeos? ¿Y qué palestino puede olvidar lo que otros árabes le han hecho pasar, no menos que los israelíes? ¿Cuál es el nudo de esta nueva deuda? Expulsados de su tierra, los palestinos se instalaron en un lugar desde donde al menos podían aún verla, conservando esa visión como un último contacto con su ser alucinado. Los israelíes nunca podían empujarlos lo suficientemente lejos, sumergirlos en la noche, en el olvido.

Destrucción de pueblos, dinamitado de casas, expulsiones, asesinatos de personas, una historia horrible volvía a empezar sobre las espaldas de los nuevos inocentes. Se dice de los servicios secretos israelíes que son la admiración del mundo entero. Pero ¿qué es una democracia cuya política se confunde con la acción de sus servicios secretos? Todos estos se llaman Abou, declara un oficial israelí tras el asesinato de Abou Jihad[2]. ¿Recordamos aquellas voces sanguinarias que gritaban «Todos estos se llaman Levy»…?

¿Cómo acabará Israel con los territorios anexionados, con los territorios ocupados, con los colonos y las colonias, con sus rabinos enloquecidos? Ocupación, ocupación infinita: las piedras arrojadas vienen de dentro, vienen del pueblo palestino para recordar que, en un lugar del mundo, aunque sea muy pequeño, la deuda se ha subvertido. Lo que los palestinos arrojan son sus propias piedras, las piedras vivas de su país. Nadie puede pagar una deuda mediante asesinatos – uno, dos, tres, siete, diez cada día – ni entendiéndose con terceros. Los terceros se desentienden, cada muerto llama a los vivos, y los palestinos han entrado en el alma de Israel, ocupan esa alma como quien la sondea y la taladra día tras día.

[1] Brazo armado del movimiento extremista fundado por Vladimir Jabotinsky (también fundador del Likud). El Irgún, dirigido luego por Menahem Begin, desarrollaba acciones tanto contra el movimiento nacional árabe palestino como contra la administración británica. En concreto, es responsable de la masacre de un pueblo palestino de los arrabales de Jerusalén (Deir Yassine) en 1948 y del atentado contra el hotel King David, que entonces era la sede del Mandato británico en Jerusalén.
[2] Muy cercano a Arafat, Abou Jihad era uno de los fundadores del Fath, uno de los principales dirigentes de la OLP y uno de los líderes históricos de la resistencia palestina. Desempeñó un papel importante, como dirigente político, en el curso de la Intifada. Fue asesinado en Túnez por un comando israelí el 16 de abril de 1989.

Una presentación necesaria


I.-
Voy a comenzar por referirme a la más reciente entrada del blog del Duque: discursodeloeste.blogspot.com. El título: Autopsia del periodismo venezolano. Las primeras líneas son, lejos de cualquier metáfora, lapidarias:

«El periodismo venezolano ha muerto.
Al respecto, no hay matices, no hay excusas, no hay justificaciones, disimuladores ni suavizantes. Esa mierda que todos leemos en la prensa, vemos por televisión o escuchamos por radio en forma de noticias, no son trabajos periodísticos. Son en realidad objetos propagandísticos destinados a destruir un proyecto de país o adular al líder de ese proyecto de país. Ambas aplicaciones del periodismo son inaceptables: el periodismo debería servir para registrar la verdad, no para ensalzar o destruir personas o proyectos».

Prefiero pensar que la actitud del Duque, en lugar de minoritaria y marginal, es una expresión de los tiempos que corren: cada vez somos más los que nos covencemos de que la consigna política no puede sustituir a la política como práctica revolucionaria. Y la práctica revolucionaria no puede ser entendida como un dejarse llevar por la pragmática burocrática y funcionarial que caracteriza a las instituciones públicas.

Un ejemplo reciente que revela este uso y abuso desproporcionado de la consigna, en desmedro del análisis de las situaciones al que está obligado todo político revolucionario, nos lo ofrece la postura asumida por la mayoría de los voceros gubernamentales al momento de «caracterizar» las protestas estudiantiles opositoras. Casi todos se limitaron a ensayar variantes de una misma frase: «Están repitiendo el libreto del 11 de abril». «Quieren hacer lo mismo que hicieron el 11 de abril». «No permitiremos que hagan lo mismo que hicieron el 11 de abril». «Cómo se les ocurre pretender hacer lo mismo que hicieron el 11 de abril». Y por supuesto, como uno está convencido hasta los tuétanos de que si nos vienen con otro 11 les responderemos con otro 13, la repetición una y mil veces de la misma consigna apenas y logra su cometido: que el pueblo esté alerta.

Pero una cosa es «sospechar» que tras las movilizaciones de los estudiantes opositores se está desarrollando un plan desestabilizador, y otra muy distinta es entender a cabalidad la situación, la coyuntura, el momento político, o como se le prefiera llamar. El 11 de Abril es, sin duda, un signo. Un enunciado que denota: golpe de Estado, atentado contra el proceso revolucionario. ¿Qué fueron el paro-sabotaje petrolero y el lock out empresarial de diciembre 2002-febrero 2003? Un nuevo intento de derrocar al gobierno, un nuevo atentado contra la democracia y el proceso revolucionario. ¿Las guarimbas? Una nueva tentativa desestabilizadora por la vía de la violencia, otro atentado contra el proceso revolucionario. De lo que se deduce algo básico: tenemos razones para pensar que la oposición (o al menos una parte de ella) seguirá intentando nuevas salidas de fuerza, atentando de esta forma contra el proceso democrático y revolucionario venezolano. Sin embargo, al margen de este común denominador, cada intento desestabilizador tuvo, evidentemente (aunque a veces pareciera que no tanto) sus particularidades: obedeció a correlaciones de fuerza concretas, tuvo como principales protagonistas a actores distintos, se emplearon consignas y estrategias distintas en cada caso.

El 11 de Abril es un signo, decía, que ciertamente empleamos para elaborar una consigna combativa: «Si vienen por otro 11, tendrán otro 13». Más claro no se envía un mensaje a un adversario político que, además, está tramando permanentemente cómo liquidarte. Pero a veces a uno le asalta la amarga sensación de que buena parte de la clase política chavista se quedó viviendo en el 11 de abril de 2002. En esa fecha, quiero decir.

¿No tiene uno derecho a esperar de la dirigencia chavista algo más que la repetición de consignas? Honestamente, no creo que el pueblo revolucionario se plantee siquiera esa pregunta. O ese falso dilema. En ausencia de vocería oficial, vocería popular. A falta de análisis de la dirigencia gubernamental, intuición popular, olfato de la calle. Análisis popular de las situaciones pues. Pero cuánta falta nos hace un vocero oficial que se pare frente a una cámara de televisión y le pregunte a las periodistas: «¿Tú sabes lo que es Otport? ¿No? Bueno, mira, yo te lo voy a explicar, porque lo que hicieron por allá en Serbia, salvando las distancias, se parece mucho a lo que ustedes están haciendo aquí». Pero no, uno tiene que esperar a que venga el comandante Chávez y lo explique en cadena nacional.

II.-
Me gradué de sociólogo en la Universidad Central de Venezuela en el año 2000. Pero ya desde 1998 fecuentaba poco la escuela de Sociología. A partir de mediados de ese año me dediqué a asistir a algunas clases en Filosofia y a hacer mi respectiva tesis de grado. Así que mi carrera universitaria (que comenzó por 1993) transcurrió en una época que presenció la casi desaparición de los partidos de izquierda en la universidad. Y como muchos jóvenes de izquierda de aquellos años, viví el colapso de estos partidos no digamos que tanto como una celebración, pero sí como una oportunidad para leer y luego difundir y discutir la obra de autores proscritos de la academia en que me tocó estudiar: Gilles Deleuze, Felix Guattari, Michel Foucault, Toni Negri, Ernesto Laclau, entre otros. Para mi generación, esa que se reunió en esa cosa que llamamos Círculo de Estudios Postestoicos, el colapso de la política tradicional de izquierda significó el renacimiento de la política.

El vacío que dejó la izquierda tradicional fue tal, que bastaron unos cuantos afichitos alusivos al Mayo Francés en las íngrimas paredes de los pisos 6 y 7 de Faces, para estremecer a una escuela de Sociología que se había acostumbrado a no discutir sobre nada. Luego organizamos unas conversas: sobre el mismo Mayo del 68, sobre el 27 de Febrero de 1989, sobre Nietzsche, etc., y así terminamos apoderándonos de ese espacio. Pero de un espacio como el universitario uno se apodera mientras puede. Y «puede» quiere decir aquí: mientras se está estudiando. Luego viene el abandono forzoso y se lanza uno a esa suerte de selva que es el mundo real.

Pero lo que hace que esta brevísima reseña autobiográfica no sea simplemente un ejercicio inútil de nostalgia, es que en ese mundo real estaba aconteciendo el mismo colapso de la política tradicional y se estaba produciendo idéntico renacimiento de la política. Con Chávez, una buena parte de la población venezolana, hastiada y asqueada de la política tradicional, irrumpía nuevamente en la escena política.

III.-
Cuando un joven comecandela de 23 años llega a la conclusión de que política revolucionaria es inversamente proporcional a ser militante de Bandera Roja o del PCV, algo así como la mitad del camino está hecho. Y si en esas circunstancias te lees, por ejemplo, a un tipo como Michel Foucault, te vas a encontrar con especímenes como los que, en su momento, nos reunimos en el tal Círculo de Estudios Postestoicos. Nombrecito éste, por cierto, sólo en apariencia arrogante y jactancioso, puesto que nunca llegó a significar nada. A lo sumo, su significado estuvo asociado precisamente a la idea de que lo importante no era el nombre, sino lo que nos disponíamos a hacer.

Hacer un balance sobre lo que efectivamente hicimos o dejamos de hacer en aquel momento, ni tiene mucha importancia ni es el propósito de esta entrada. Además, sospecho que es una historia que no debe resultar interesante para mucha gente. Lo que me propongo en este aparte es sugerir, muy brevemente, el porqué del nombre de este blog: saber y poder.

Entre otras, recuerdo que una de las cosas que nos apasionó de Foucault fue su dura crítica del papel que suelen desempeñar los intelectuales progresistas o de izquierda. Leímos y releímos mucho un texto, una conversación entre Deleuze y Foucault, que tuvo lugar a principios de los setenta: Los intelectuales y el poder. Un texto, por cierto, de lectura obligatoria para los estudiantes del primer trimestre de Comunicación Social en la Universidad Bolivariana. Pero estoy hablando del año 2004. Quién sabe si ha sobrevivido a los posteriores cambios de pénsum.

Lo cierto del caso es que en Los intelectuales y el poder, tanto Foucault como Deleuze cuestionaban abierta y profundamente esa idea del intelectual como poseedor de una verdad universal, de una luz o de una conciencia que vendría a iluminar a las masas. Esta idea del intelectual que se arroga el deber moral de señalar cuándo el rey va desnudo:

«El intelectual decía la verdad a quienes aún no la veían, y en nombre de aquellos que no podían decirla: encarnaba a la vez la conciencia y la elocuencia. Ahora bien, lo que los intelectuales descubrieron, tras la reciente avalancha, es que las masas no tienen necesidad de ellos para saber; saben claramente, perfectamente, lo saben mucho mejor que ellos; y lo hacen extraordinariamente bien. Pero existe un sistema de poder que obstaculiza, que prohíbe, que invalida ese discurso y ese saber… Los propios intelectuales forman parte de ese sistema de poder, la idea de que son los agentes de la «conciencia» y del discurso pertenece a ese sistema de poder».

Y aquella crítica que iba dirigida a los intelectuales del tipo Sartre, nosotros la asumíamos como una crítica a esa academia mediocre que, sin ser siquiera progresista, adoptaba (y por supuesto lo sigue haciendo) la misma actitud de superioridad moral que señalaba Foucault.

IV.-
Provoca decir con Duque: «La sociología venezolana ha muerto». Pero no es la vida o la muerte de una disciplina académica lo que está en juego. Si así fuera la cosa no sería tan grave. Sin el ánimo (y sin la capacidad, hay que decirlo) de igualar la retórica lúcida y encendida del Duque, lo que realmente tendríamos que afirmar es que la academia universitaria ha muerto. O al menos está en terapia intensiva. Y no se trata sólo de que ahora ingresan a la universidad casi exclusivamente los estudiantes de liceos privados, los jóvenes de las clases media y alta. Este hecho, absolutamente verificable, no explica por sí solo la situación de la academia universitaria. Las causas hay que buscarlas más allá, y están relacionadas precisamente con el hecho de que la universidad, en nombre de la crítica al poder instituido, ha venido a formar parte del entramado de poder que perpetúa la explotación, la exclusión, la dominación en sus múltiples expresiones. Y si ha cumplido su papel, lo ha hecho porque ha producido saber. Un saber para la dominación.

Pero mientras esto sucede en las universidades, ¿qué sucede con el funcionariado chavista? ¿Qué saber se produce y reproduce desde las instituciones del gobierno? Idéntica pregunta vale para el caso de la intelectualidad vinculada al proceso bolivariano. Siempre habrá excepciones, por supuesto. Pero no nos llamemos a engaño: las excepciones no hacen otra cosa que confirmar la regla. Y por regla general tenemos que el saber que produce la dirigencia chavista es un saber impotente, porque es un saber que poco se corresponde con el desafío que nos plantea el actual momento histórico: transformar la sociedad venezolana. Y esto lo confirma, por ejemplo, el uso demasiado frecuente de las consignas, en sustitución del análisis.

V.-
Ajá, ¿qué hacemos? Yo propongo, humildemente, que comencemos por asumir la precariedad del saber que estamos produciendo, si es que acaso lo estamos produciendo. En segundo lugar, que no cedamos ante el chantaje de que hay cuestiones que no se pueden poner en discusión porque es hacerle el juego al enemigo. Esa práctica, muy típica de la mentalidad de partido marxista-leninista, hay que desterrarla. Y por allí andan muchos camaradas que, militen o no en alguno de estos partidos, han dejado intacta esa lógica de pensamiento y acción. Si la democracia revolucionaria no la podemos construir ahora, ¿cuándo?

¿Qué me propongo con este blog? Contribuir en algo, aunque sea un poco, con la ampliación y multiplicación de nuestras referencias y perspectivas de análisis. Por supuesto no tengo manera de saber si servirá como un espacio para el debate y esas cosas. En principio, no tengo en perspectiva que sea un blog que visite mucha gente, por ejemplo. Más bien lo he concebido como un espacio donde puedo acopiar algunos artículos y entrevistas, algunas de ellas muy interesantes, y que hasta ahora no estaban disponibles electrónicamente. En esto último reside la actualidad de los documentos que he venido colgando acá.

Ya veremos qué tan actual resulte la propuesta que he formulado aquí.

Salud.

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