Expectante, rabioso…


Motorizado y alcantarilla

En cualquier otra circunstancia de nuestra historia, y en particular en el país que nos tocó vivir antes de Chávez, los crímenes y las provocaciones (sobre todo el asedio a bases militares en varias ciudades del país) de esa porción del antichavismo que está en la calle desde el 1 de abril habrían sido respondidos con una brutalidad tal, que la cantidad de víctimas mortales sería considerablemente mayor a la ya escandalosa cifra acumulada durante los últimos tres meses. Por muchísimo menos, el viejo Estado habría impuesto su orden y su paz a sangre y fuego, como ya lo hizo cuando quienes hoy son oposición eran Gobierno, y como lo volvería a hacer.

Es lo que hubiera ocurrido en cualquier otra circunstancia de nuestra historia y, valga la importante acotación, es lo que ha ocurrido en cualquier otro país donde el Gobierno de Estados Unidos ha promovido alguna de las múltiples variantes de desestabilización política y económica, desde la guerra de perros hasta las revoluciones de colores.

Hasta ahora, Venezuela ha sido un hueso durísimo de roer, imposible de quebrar. Y esto ha sido así en la medida en que no han sido capaces de lograr su principal cometido: terminar de doblegar moralmente al chavismo.

El hecho de que, en el peor momento de la revolución bolivariana, el chavismo siga siendo la principal minoría política de un país cada vez más hastiado de la política o, en otras palabras, la asombrosa incapacidad del antichavismo para capitalizar políticamente su victoria electoral de diciembre de 2015 y sus numerosas victorias en el frente económico (guerra económica), es algo que para cualquier observador debe resultar sencillamente incomprensible.

Ensoberbecido, obnubilado, el antichavismo sigue actuando como si encarnara el sentir mayoritario de la población, deseando fervientemente creer que el país casi entero se traga sus mentiras, tolera sus arrebatos y se conmueve hasta el llanto con su épica de pacotilla, con sus “héroes”, sus “libertadores” y su “resistencia”. Confunde malestar general de la población con simpatía por su proyecto político, por demás inconfesable e inevitablemente antipopular. Si el chavismo militante, aún numeroso y disciplinado, ha optado por contenerse, haciendo un esfuerzo gigantesco por evitar caer en provocaciones, lo que ha impedido que la violencia alcance un punto de no retorno, esto lo interpreta como debilidad o cobardía. Más grave aún, parece no tener en cuenta un detalle clave, decisivo: más allá está el pueblo mayoritario, buena parte del cual alguna vez se identificó con el chavismo, y todavía cercano culturalmente a él, observando, expectante, rabioso, a punto de desbordarse, como presentíamos que sucedería en 1998 si la vieja clase política desconocía la victoria de Hugo Chávez.

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