Crónicas oficinescas: Hombrillo


Publicado en Épale CCS número 206.

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hombrillo

¿Qué pasará por la cabeza de quienes adelantan por el hombrillo, sobre todo cuando lo hacen en hora pico, cuando el tráfico es tan pesado que se hunde en el asfalto? ¿Qué pensarán de quienes transitamos por el canal lento? ¿Qué sentirán mientras dejan atrás a la hilera de carros estacionados en el canal rápido? ¿Voltearán a vernos o se acomodarán frente al retrovisor? Acaso planificarán qué hacer durante su tiempo libre, dentro de media hora, hoy por la noche, el fin de semana, organizarán sus vacaciones. Acaso nunca tengan tiempo. Seguramente maldecirán mientras ponen luz de cruce para escapar del embotellamiento. Si es que ponen luz de cruce.

¿Qué pasará por la cabeza de quienes van en grandes camionetas y en el menor descuido se abalanzan sobre el carro de otro, obligándole a esquivar o frenar? ¿Por qué tanta animosidad? ¿De dónde ese afán de presumir tamaño? ¿Será porque de otra forma es imposible que les ronquen los motores? ¿Por qué esa obsesión con ir por la vía cual modelos que desfilan en una pasarela?

¿En serio nadie los ha padecido?

No hay un día que salga a la calle sin toparme con alguno de estos personajes.

Por eso me cuesta tomarme en serio a quienes, para referirse a los males asociados al tráfico en la ciudad, sólo hablan pestes de los motorizados.

Es como cuando, para referirse a los males asociados al boicot contra la economía nacional, alguien sólo habla pestes de los bachaqueros.

¿O es que acaso sólo ellos se comen la luz?

¿Y los funcionarios y efectivos de diverso rango a bordo de grandes camionetas que adelantan por el hombrillo? ¿Y los tecnócratas adalides de una suerte de economía de mercado “socialista”, defensores a ultranza de la liberación de precios? ¿Y los empresarios de maletín con estrechas conexiones en el Estado?

¿Y la burguesía comercial importadora? ¿Y la banca? Éstas son de las que te prenden las luces insistentemente y se te enciman, al punto de dejarte sin margen de maniobra, mientras viajas por la autopista a ciento veinte, ciento treinta kilómetros por hora. De ellas prácticamente no hablamos. Nos limitamos a cederles el paso, resignadamente.

¿Nos limitamos a cederles el paso resignadamente?

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Un comentario

  1. Reinaldo, me llama la atención tu llamado a la reflexión. Todos hemos vivido situaciones de anomia o de este caos social que cada día que pasa se hace mas insoportable y mas intolerable la convivencia, mas bien ese estado de no convivencia que amenaza con convertirse en lo cotidiano. Dependiendo de el papel en que nos situemos, nos sentiremos identificados, pero de la conciencia se tratará el que lo hagamos como crítica constructiva y propositiva. Para los que no transitamos en vehículo particular, es todo un conflicto caminar por aceras sucias y llenas de orin y excremento no solo de personas en situación de calle sino de personas que han perdido la conciencia de las normas de urbanidad, educación y convivencia ciudadana. Si vamos a cruzar una calle tenemos que percatarnos de los conductores abusadores “come hombrillo”, y también de los motorizados abusadores que hacen lo que viene en gana, hasta transitar por las aceras con caras de hampones si les dices algo; luego esta sortear el hecho de que el semáforo funcionen o no…en fin, muchos o algunos pensamos en toda esta rutina enajenadora que lleva a convertir la interacción humana en una corriente selva o paraje de la naturaleza salvaje, en donde las manadas de ñus, antílopes, cebras y otros de esta línea, tienen que cuidarse de los depredadores que los acechan y se los llevan por delante al mínimo descuido. En eso se está convirtiendo nuestra “convivencia” en una selva de cemento cada vez mas inhumana. ¿Has viajado en el metro, o en el tren de los Valles del Tuy, últimamente? ojalá pudiéramos hacer un estudio social y sico social del comportamiento cada vez más anómico y salvaje de la gente, ya casi no se percibe la concepción de usuarios, es terrible lo que en estos sistemas sucede, la ley del mas bruto es la que impera, ante la mirada de desidia institucional, y como esta actitud se va proyectando en todos los niveles de nuestra sociedad, no quiero ni imaginarme lo que nos viene.

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