Crónicas oficinescas: Dormir tranquilo


Una versión más corta de esta crónica aparece publicada en Épale CCS número 190.

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Chávez, exprópiese

Era bien entrada la noche cuando recibí la noticia de que había sido liberado de mi responsabilidad en Cultura. Las once, tal vez. De inmediato lo comuniqué a mi esposa e hijas. Conversamos algún rato sobre las nuevas circunstancias, el futuro. Pasada la medianoche escribí al Presidente, agradeciéndole la confianza y expresándole mi solidaridad. Me respondió en términos similares.

Ya de madrugada, me acosté pensando que por fin tendría la oportunidad de recuperar algo del sueño perdido.

Aquella noche debo haber dormido unas cinco horas. Me levanté temprano, fui a la oficina, tuve varias reuniones. Cerrando, dejando las cosas en orden. Al cabo de unos pocos días ya estaba en mi casa, con el tiempo a mi entera disposición. Al menos sin oficina, sin reuniones, lo que ya es mucho decir.

Hoy sufro de insomnio.

No uno de esos insomnios novelescos, de personaje atormentado, perseguido por su pasado. Uno más bien plácido, que aprovecho para ganarle unas horas a la lectura o para ver alguna película. Pero insomnio al fin.

Como último recurso, tengo a la mano una de Gus Van Sant, Gerry. Es una película de 2002, pero jamás la había visto. La verdad, aún no la termino de ver: es tan insoportablemente lenta que funciona como el somnífero perfecto.

En cambio, no guardo un solo recuerdo grato de ninguna de las noches que debí dormir en mi oficina. No sólo por todo lo que implica dormir fuera de casa, y porque tal circunstancia significa violar el principio básico: delimitar muy bien la frontera que separa el hogar del lugar de trabajo. Es que además soy de los que duerme ligero de ropas, y resulta francamente desagradable levantarse de madrugada para orinar, y sentirte observado por muebles que no son los tuyos.

Ni qué decir de la intermitencia del sueño durante los viajes en carretera, de los sobresaltos, de la vergüenza que produce un involuntario cabeceo durante un acto transmitido en vivo y en directo.

Cuando recuerdo esas y tantas otras situaciones, no dejo de pensar en los amigos con mayores o menores responsabilidades, y que ya quisieran tener la oportunidad de compartir más tiempo con sus seres amados y consigo mismos. Entonces se me hace muy sencillo mirar las cosas en perspectiva: mi insomnio es, de lejos, una nimiedad, un mal menor con el que, dicho sea de paso, no es tan complicado lidiar.

Durante las últimas semanas, y mientras intento conciliar el sueño, me ha dado por preguntarme cómo dormirán aquellos que se sienten tan cómodos desentendiéndose de algunas de las decisiones más importantes de Chávez, cuestionándolas públicamente, desconociendo sus orientaciones estratégicas. Me gusta imaginarme a Chávez apareciéndoseles allí, a un lado de la cama, y gritándoles: “¡Exprópiese!”. Me gusta imaginarme la sonrisa cómplice de mis amigos y de tantos millones de venezolanos. Entonces, duermo tranquilo.

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