Crónicas oficinescas: La mejor fiesta en años


Una versión más corta de esta crónica aparece publicada en Épale CCS número 187.

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Vela

A Zulay.

Mi cumpleaños cuarenta y uno decidí pasarlo en Maracay, en casa de Sur. El trabajo me impedía verla con más frecuencia y, para ser franco, la mitad del tiempo que compartíamos tenía yo la cabeza en otra parte.

Aquella noche transcurrió en tranquilidad. Fue una celebración austera, incluso para los estándares de mi familia, habituada a las reuniones sencillas y sin mucho escándalo. Hasta que, alrededor de las once, cuando la mayoría de los invitados se había ido, un borracho decidió hacer de las suyas.

La verdad, no sé muy bien de dónde salió el tipo. Lo había visto un par de veces, tal vez, y no recuerdo haber intercambiado palabra con él. Amigo de alguno de los amigos de alguno de mis hermanos, el borracho no era más que eso que llamamos un arrocero.

Llevaba rato sentado en una silla, por allá, en una esquina, y todo indicaba que estaba dormido. Nadie quería responder por él. Alguien le sugirió a uno de mis hermanos que lo llevara hasta a su casa, y lo que obtuvo como respuesta fue un firme: – Yo no le doy cola a borrachos.

Para nuestra sorpresa, el borracho se incorporó, no sin cierta dificultad, y comenzó a insultar a mi hermano. No bastando con eso, se le cuadró, buscando pelea. Cual acto reflejo, mi hermano se le cuadró igualmente. La situación dejó de ser graciosa: gritos de alarma, gente intercediendo. A los pocos segundos, mi hermano bajó la guardia, le dio la espalda al tipo, que seguía insultando, y caminó hacia el portón de la casa. Entonces el borracho agarró una, y luego otra silla, y se las lanzó. Ni siquiera le llegaron cerca, pero a partir de ese momento el repudio fue unánime. Mi hermano le exigió que se retirara de la casa, y todos lo secundamos.

Como suele suceder, hoy nos reímos de aquello: “La mejor fiesta en años”. Y el atrevimiento del aquel tipo es desde entonces, para nosotros, el ejemplo más claro de lo desubicada que puede ser una persona.

Cuenta la leyenda que el pueblo pobre es malagradecido. Sin embargo, mi experiencia me ha enseñado que, salvo contadas excepciones, los que menos agradecen el esfuerzo desinteresado de otros para resolver algún problema que les afecta, son los que más tienen. Problemas que muchas veces son situaciones de vida o muerte, que exigen múltiples diligencias ante las instituciones responsables de atenderlas.

Como el caso aquel del señor que debía ser operado del corazón, y cuyos familiares pretendían que el ministerio le pagara el pasaje de ida y vuelta, se encargara de su traslado del aeropuerto al hospital y viceversa, y además designara a alguien que le acompañara durante su estadía en Caracas, porque todos los hijos estaban ocupados. O el otro caso de una señora a la que se le tramitó una cita médica, y cuando un compañero de trabajo fue hasta su casa a buscarla, para acompañarla al hospital, le atendió el esposo, borracho por cierto, y cuando vio que el compañero andaba a pie, se molestó, y le dijo que su esposa no iba a ninguna parte porque no tenían dinero para pagar un taxi. En ambos casos, familias de clase media, con posibilidades.

Cada vez que sabía de un caso de estos recordaba al borracho de mi cumpleaños cuarenta y uno. Del tipo cuadrándosele a mi hermano, a uno de los hijos de la dueña de la casa que lo recibió para celebrar una fiesta. Son igualitos.

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