Papel, papel, papel, papel


Publicado originalmente en revista digital Supuesto Negado, número 11.

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Morbochanga

En 1951, en su célebre ensayo “Mensaje sin destino”, Mario Briceño Iragorry evaluaba el impacto de la riqueza petrolera en nuestra cultura: “Para vallar y remediar la desarticulación sucedida con la hipertrofia de la riqueza, poco se ha hecho… en orden a defender los valores espirituales que mantengan nuestro perfil de pueblo. La propia lengua, instrumento de lucha y de conservación de la nacionalidad, se desfigura por la fácil y alegre adopción de inútiles palabras extrañas. Los mismos avisos y nombres de casas de comercio, dan un aspecto de disolución nacional a las ciudades. Los criollísimos obreros de la explotación petrolera empiezan a hablar una jerga vergonzosa. ¿Y qué decir de la música exótica, traída de las Antillas, con que ha sido sustituida nuestra vieja música romántica y que desaloja nuestros propios aires folklóricos? ¿Qué sino contribuir al vértigo de la mente y a acercar las víctimas a los manaderos de marihuana, pueden hacer rumbas, congas y mambos, del peor alarde antirrítmico?”.

En general, Briceño Iragorry es punzante y certero. Más adelante protesta contra la “ola del mercantilismo anglo-americano” que arrasa con todo a su paso: “Y así la Navidad no es hoy en Venezuela la antigua fiesta de los abuelos criollos. Es la fiesta de los intrusos abuelos yanquis… Si Simón Bolívar reapareciera en noche de Navidad en la alegre Caracas donde transcurrió su infancia, en el sitio del antiguo pesebre con el paso del Nacimiento… encontraría un exótico ‘Christmas Tree’, cubierto de simulada nieve, y en vez del estoraque, el mastranto, la pascuita y los helechos que daban fragancia campesina a la recámara, hallaría verdes coronas de fingido agrifolio y gajos de muérdago extranjero”.

Tan sólo un par de citas para evitar equívocos: muy lejos está Briceño Iragorry de esos personajes cansinos que, incapaces de asimilar los nuevos tiempos, se refugian en el todo-tiempo-pasado-fue-mejor. Al contrario, es un agudo observador, además de un feroz crítico del consumismo esnob, correlato cultural del modelo de sociedad que emergió con la explotación del petróleo.

Dicho lo propio, pregunto de la única manera que puedo hacerlo, es decir, como un hombre que escribe sesenta y cinco años después, y con toda la ventaja que eso supone: ¿rumbas, congas y mambos? ¿En serio? Y de la marihuana ni hablemos.

No hay que ser, pero ni de cerca, un entendido en la materia para saber que estamos hablando de algunos de los ritmos que están en el origen de la salsa, género respecto del cual, por pura convención y por obvio que resulte, sólo apuntaré que es sinónimo de venezolanidad. ¿Cómo interpretar tales palabras de Briceño Iragorry?

Una nota al pie de página, justo al término del primer párrafo, ofrece pistas claves: “Caracas presenció recientemente un doloroso espectáculo de incultura y de negación de nuestros valores nacionales, cuando un grupo de mozos de nuestra ‘primera’ sociedad destruyó los alto-parlantes que en la Plazoleta del Obelisco, en Altamira, difundían música popular venezolana. Ellos querían mambos, congas y rumbas”.

De manera que lo que a primera vista parece una simple declaración cargada de prejuicios, es en realidad, al menos en lo fundamental, el severo cuestionamiento de una forma concreta de consumo cultural de la elite caraqueña, antes que una valoración del bien cultural. Es, a despecho de quienes prefieren un Briceño Iragorry descafeinado y bajo en grasas, una afirmación mediada por un criterio de clase, sobre una clase alta propensa a la “incultura”, al culto al dinero, etc.

Ahora bien, ¿creía realmente Briceño Iragorry en aquello de mambos, congas y rumbas como expresiones “del peor alarde antirrítmico”? ¿O se trata simplemente de un exceso calculado, de una licencia que decidió permitirse para censurar el “doloroso espectáculo” de aquellos “mozos” malcriados?

Lo cierto del caso es que, mucho más recientemente, y a propósito de géneros como el reguetón, la cumbia villera en Argentina o el funk brasilero, no ha dejado de repetirse el estribillo: eso ni siquiera puede considerarse música. Es antirrítmica.

En el caso específico del reguetón, que es el que nos concierne, la abrumadora mayoría de quienes niegan su condición de género musical lo hacen por motivos absolutamente extra-musicales, independientemente de que se trate de motivos bien fundados.

En lo particular, y salvo muy contadas excepciones, considero que el reguetón ha venido perdido su potencia contra-cultural. Pero no sólo eso: ha terminado siendo un vehículo bastante eficaz para la dominación cultural. Más allá de la misoginia de sus letras promedio, y de la manera como la industria del entretenimiento eleva a la categoría de artistas a personas con poco talento y sin ningún espíritu rebelde, me resulta particularmente chocante la estética de sus productos audiovisuales: esa copia burda de la estética del rap gangsta, de la cual termina siendo una versión edulcorada, la idealización de una vida de excesos y lujos que por supuesto hay que ostentar, la fetichización del cuerpo de la mujer, etc.

No obstante, ninguna de las razones anteriores da como para negar su condición de género musical. Más aún, resulta absolutamente incomprensible que tantas personas eviten hacerse la pregunta obvia: ¿acaso aquello que cuestionamos del reguetón, y de hecho hacemos como si fuera exclusivo de éste, no está presente en muchos otros géneros musicales, sobre los cuales ni siquiera pesa la sombra de la duda?

No nos gusta reconocerlo, lo consideramos casi una afrenta personal, pero nuestro rechazo del reguetón en tanto género musical obedece fundamentalmente a prejuicios de clase. Tal cual ocurre en los casos de la cumbia villera o el funk carioca. Es música que no es música porque se escucha y se hace (o se hizo originalmente) en el barrio.

Nos puede parecer ridículo, hasta inconcebible, pero lo cierto es que somos nietos de aquellos “mozos” que hicieron destrozos en Plaza Altamira hace más de medio siglo. Claro que no seremos descendientes directos, la inmensa mayoría de nosotros, que más bien provenimos de familias humildes. Pero somos descendientes directos de aquel modelo de sociedad, contra el cual insurgió el chavismo, y que entró en crisis terminal, pero que sigue aferrándose a la vida, a través de nosotros mismos. Un modelo de sociedad que cobra aliento cada vez que le damos la espalda a lo popular, cada vez que nos negamos como nación y como pueblo, cada vez que bajamos los brazos y permitimos que, para decirlo como Briceño Iragorry, se desdibuje “nuestro perfil de pueblo”.

A tal punto se nos han ido atrofiando los sentidos que ya casi no podemos ver lo que sucede en nuestras propias narices. Por eso hemos sido incapaces de enterarnos de la existencia de eso que algunos han dado en llamar morbochanga.

No apto para quienes se escandalizaron alguna vez con la procacidad de las líricas reguetoneras o por la animalidad de su baile, la morbochanga ha llevado las cosas a otro nivel. Derivado de lo que en términos muy generales se conoce como música electrónica, lo realmente distintivo de la morbochanga son sus letras brutalmente explícitas, que lo mismo hablan del consumo de drogas (“Pastilla, perico, popper, papel”) como de sexo.

Casi siempre de factura casera, barrial, algunas piezas cuentan con millones de reproducciones en YouTube. En otras palabras, se trata de un fenómeno masivo que, en lugar de ignorar o condenar, deberíamos estar tomando muy en serio.

Es lo que está haciendo el antichavismo: algunos usuarios de YouTube distan de parecer pioneros del género, y más bien parecen tener como propósito cabalgar la ola de la morbochanga para, humor mediante, denigrar de lo popular, y en ocasiones, de la manera más explícita, del pueblo chavista y de sus líderes más visibles.

La morbochanga no nos mostrará nuestro mejor perfil, sin duda alguna, pero la respuesta no puede seguir siendo negar el país real, una parte de él, porque preferimos vivir de las apariencias. Condenarlo al ostracismo simbólico, que es lo que hacemos sistemáticamente, no hace sino ensanchar una brecha que ya es demasiado grande. ¿Cuántos jóvenes que nacieron o crecieron en revolución, hijos o hermanos nuestros, no estarán simplemente hartos de tanta propaganda vacía que no les dice nada? ¿Cuántos jóvenes “despolitizados” no estarán hartos de “la política de los políticos”, de todos, de sus miserias, de su violencia?

Hay que escuchar, así no nos guste la música.

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4 comentarios

  1. juliofernandezbaraibar · · Responder

    Chapeau, compañero. Excelente! Vuestro Briceño piensa en consonancia con nuestro Jauretche. Y el perjuicio de clase es igual aquí que allá, aún entre los nuestros. Abrazo.

  2. Regina Falangi · · Responder

    Me gusta tu análisis y sí, Mario Briceño hace una crítica bastante ácida y profética, diría yo, de la invasión cultural que ya comenzaba a dar sus frutos en ese momento, justo como lo hizo Aquiles Nazoa también, en reiterados cuentos sobre “la clase decente” de este país. Ahora, aunque estoy bastante de acuerdo contigo en que la aversión hacia regueaton tiene unas raices clasistas debo comentarte que no siempre es ese el caso, y claro, la misoginia en sus letras no tiene nada que ver porque la misoginia y el machismo se encuentra en el 70% de las letras de canciones de cualquier género musical que tenga lírica, así que ahí no se centra la discusión, el tema es que el regueaton, como bien señalaste termina formando parte de las estrategias del sistema para idiotizar y atrofiar a una porción de la población que ve en esos “artistas” un modelo de vida a imitar y seguir ¿qué valores se exaltan en el regueaton? el consumo, no solo de drogas sino también de marcas, de ropas, de objetos y de mujeres cosificadas a nivel de objeto.

    ¿Entonces? lo mismo hace el pop, y el rock, por ejemplo, ahí no hay nada nuevo bajo el sol, lo que yo creo es que la principal diferencia radica en la simpleza y repetición absurda del ritmo, es marcadamente repetitivo y sus letras terminan siendo fórmulas de unas 300 palabras en distintas combinaciones. Con todo esto voy a algo, la diferencia real que yo veo entre todos los otros géneros musicales y el regueaton es que este último resulta el paroxismo de la industria, la desfachatez del sistema, con este género musical te dicen en tu cara “esto es lo que somos y lo que te vendemos, queremos que lo consumas y sabes que lo harás porque no te queda de otra” Se muestran mediocres, repetitivos, exagerados y siguen vendiendo, lo que termina por confirmar el hecho de que estamos terriblemente adormilados por el sistema de consumo. El resumidas cuentas, el regueaton marca el punto más bajo de creatividad humana, y el hecho de que se venda como pan caliente nos muestra nuestra propia miseria espiritual y eso es realmente triste.

  3. Excelente escrito, para las que oímos radio mientras conducimos, y escuchamos la oferta musical…de radios comunitarias y comerciales locales y nacionales, viene a bien.

  4. Gustavo Mérida · · Responder

    El montaje está bueno. ¿Lo haces tú mismo? ¿Vas a ilustrar el libro que aún no hacemos? En cuanto al reguetón…una vez oí que oyéndolo mientras se suda abajo o arriba de una mujer (o de otro ser humano que esté de acuerdo, para que no haya exclusión ni ofensas), se oye distinto.

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