Crónicas oficinescas: Vergüenza


Publicado en Épale CCS número 186.

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San Benito

Dejé de verla durante un par de minutos y me asaltó la angustia: esa que asalta a cualquier padre que pierde de vista a una hija. Sur, que me acompañaba en el viaje, tampoco la ubicaba. Un escándalo de niños y niñas se arremolinaba en la calle, frente a la casa. Varios de ellos habían formado una pequeña fila para recibir un vaso de papelón con limón bien frío. Allí estaba Ainhoa Michel, con su cuerpito de casi dos años y medio, esperando su turno para saciar la sed, por segunda vez.

El calor no era normal. Al menos no para quienes estamos acostumbrados a los veintitantos grados centígrados del Valle de Caracas. Estábamos en Palmarito, Sur del Lago de Maracaibo, y la temperatura debía acercarse a los cuarenta grados. Casi finalizaba la tarde.

A media mañana habíamos llegado a Gibraltar. Me esperaba una de las comitivas más combativas de las que tenga recuerdo. La señora Carmen llevaba la voz cantante. Apenas me bajé del carro, y luego del saludo de rigor, inició su exposición de los problemas del pueblo. Me exigió que camináramos por la calle principal, hasta la Iglesia, para que viera con mis propios ojos el deplorable estado de una y otra. Me contó de la desatención consuetudinaria de la que eran víctimas, de las promesas incumplidas.

Al término del recorrido, ya frente a la Iglesia, aquello había dejado de ser una simple exposición. Era un reclamo sonoro y firme, apasionado y digno, que se convertía en eco por las calles vacías y retumbaba por todo el pueblo. Sentí una mezcla de vergüenza y orgullo infinitos: vergüenza por el trabajo mal hecho y orgullo por Carmen. Deseé que todas las voceras fueran como ellas.

Con todo, era un reclamo amoroso. No iba dirigido a mi persona. Yo estaba allí como uno de los de Chávez, y ahora de Maduro, y así lo asumían plenamente. Lo que debía hacer era simple: dedicarle tiempo a observar y escuchar, ponerme en la situación del otro; y dedicarme con empeño a la resolución de los problemas, bien fuera directa o indirectamente, de acuerdo al asunto del que se tratara.

Y la verdad es que uno no siempre puede. Entonces uno recuerda la vergüenza inicial y no le queda más que actualizarla. Gobernar es tener la decencia de reconocer cuando se ha gobernado mal, y es lo que pienso cuando recuerdo los pueblos de Gibraltar, San Juan y Palmarito, que fue los que recorrí aquel día, y el montón de diligencias infructuosas que hicimos desde entonces.

Allá sigue la gente de Fundavasallos, resistiendo, con su chimbángueles y su San Benito. Y en uno queda este deseo ferviente de saldar aquella deuda, y tantas otras deudas.

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Un comentario

  1. Irma Martinez · · Responder

    Es dificil a veces llegar al pueblo hacer seguimiento a obras y encontrarse con situaciones muy complejas, donde las soluciones han sido peor que el problema en muchos casos por decidía, cuando uno concibe al mundo desde otras posturas, que estan más allá de lo que el capitalismo nos planteas, así fue Reinaldo, como yo asumí mi trabajo en la revolución, uno se llena de rabia cuando encuentra escenarios importante para el avance del proceso, pero por el egoismo, la codicia y el facilismo de unos pocos (casi siempre los que dirigen) se perdieron, a uno no le queda otra cosa que luchar contra la corriente cuando es un simple técnico o como diria Antonio Gramsci “un revolucionario integral”, llenandose de enemigos, convirtiendose en el “Necio” como la canción de Silvio Rodriguez. Imaginese usted entonces, que se puede esperar cuando este escrito lo hace un ministro, definitivamente debemos repensarnos los revolucionarios.

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