Crónicas oficinescas: Estar despierto


(Una versión más corta de esta crónica aparece publicada en Épale CCS número 177).

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Snatch, escena pelea

Cuando amaneció el 15 de junio de 2013 tenía la certeza de que sería un día gratificante, como solía serlo cada vez que mi equipo planificaba trabajo voluntario. Apenas diez días antes habíamos organizado la primera de muchas de estas jornadas de trabajo, junto a un grupo de familias que construían sus viviendas en Tanaguarena, en Vargas.

Luego de aquella primera jornada no tuvimos ninguna duda: si la circunstancia de los cargos no es aprovechada para demostrarnos que quienes los ocupan son iguales a nosotros, entonces no tienen ningún sentido. Salvo para quienes encuentran sentido en marcar distancia, pero ese no era nuestro propósito.

Por eso, aquel sábado de junio disfrutamos la oportunidad de trabajar un rato junto a obreros de la construcción en el barrio San José, parroquia Unión, en Barquisimeto, y por la misma razón me provocó mucha risa cuando me informaron que alguien encargado del protocolo había dispuesto una pequeña tarima para que yo me dirigiera a la concurrencia. “Hermano, nosotros no vinimos aquí a dar discursos”.

Con la misma actitud nos llegamos, a media tarde, hasta El Maizal. Nada de discursos. Que tomara la palabra todo el que deseara tomarla. De eso se trataba el gobierno de calle. Escuchar para construir la solución de los problemas de manera colectiva. Hablaron más de treinta personas. Estuvimos allí más de tres horas.

En El Maizal había estado el comandante Chávez, por primera vez, el 5 de marzo de 2009. Exactamente cuatro años antes de su muerte. Entonces, invitó al pueblo campesino a hacer de esas tierras una Comuna. Ángel, uno de sus líderes, me contó que a la sombra de aquel imponente samán, allá a la izquierda, se había tomado un café con Chávez y otros integrantes de su comitiva. Hasta allá fuimos. Hasta allá he vuelto varias veces, buscando refugio. Chávez volvió una vez más, el 29 de noviembre del mismo año, para hacer un Aló, Presidente.

Serían alrededor de las seis de la tarde cuando partimos rumbo a la Comuna Ataroa, en el oeste de Barquisimeto, donde nos esperaba otra asamblea. Ya en La Carucieña, decidimos hacer una parada previa en un puesto de perros calientes. “Dame uno con todo, sin repollo”. Estaban buenos, los condenados. Luego, a seguir escuchando.

Rondaba la medianoche cuando arribamos al hotel. No lo podía creer: un hotel cinco estrellas, de apellido Suites. Recuerdo haber llamado a Zulay para reclamarle la absoluta falta de coherencia. “Coño, más nunca me metan en una vaina así”. Entré a la habitación. Miré de un extremo al otro. Abrí la puerta del baño. Contemplé el paisaje. Los arreglos. Era como burlarme, en la intimidad, de toda la gente que nos había confiado su palabra durante todo el día.

Luego de darme un baño me fui a la cama. En posición horizontal, hundiéndome entre las sábanas, me sentí como Mickey (Brad Pitt), el boxeador gitano de Snatch, el film de Guy Ritchie, luego de recibir el gancho de derecha que lo llevaría, en cámara lenta, a una lona que se hizo aguas bajo su cuerpo, mientras Mickey devenido espectro observaba, desde las profundidades, cómo allá arriba en el ring seguía recibiendo la paliza de su contrincante. Pensé: “Bueno, pero… después de una jornada de trabajo como la que he tenido, ¿acaso no me merezco dormir en una cama tan cómoda como ésta?”.

Esa noche entendí el significado de la palabra aburguesamiento.

“Todo lo que tenía que hacer era quedarse allí, como muerto”, dijo Turkish (Jason Statham), voz en off. Habían arreglado la pelea, y sus propias vidas dependían de que Mickey simulara su derrota. Pero Mickey regresó desde las profundidades, se incorporó, y con un potente directo a la mandíbula mandó a dormir a su oponente.

Más nunca volví a quedarme en un hotel cinco estrellas. Al contrario, llegué a dormir en hoteles de mala muerte. Pero esa es otra historia.

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3 comentarios

  1. Carola Chávez · · Responder

    Recuerdo cuando me contaste esta historia. También recuerdo cuando me quedé en aquel hotel de Sabana Grande, la vez que viajamos a Sucre ida y vuelta con Comunas, y al que regresé a las dos de la madrugada para encontrar una pareja desnuda en mi habitación! Hoteles de mala muerte con mucha vida! 🙂

  2. Carola Chávez · · Responder

    Y recordando, recuerdo la primera vez que fui a presentar un libro en el Teresa Carreño. Iba con mi compinche Roberto Malaver, mi hermano del alma. Entramos por arriba porque no conocíamos el protocolo, y mientras bajábamos por los pasillos toda la sala llena empezó a aplaudir y yo escuchaba “¡Carola, Carola!“. No lo podía creer y mi cara lo decía. Entonces Roberto me tomó por el brazo y me dijo algo más o menos así: “Dra. el día que uno se crea esta vaina, el día que uno se crea arrecho por esta vaina, ese día te jodes”. Y bajamos, bajaditos de la nube. Desde ese día, Roberto es también mi Sensei.

  3. Quizás eso le pasa a la mayoría de los que llegan a cualquier gobierno, se engolonizan con el dulce trinar de mariposas y que es posible que no lo hayan tenido, el trabajo en el gobierno es duro, cuando se hace de corazón, porque siempre se hace para el prójimo, lo que casi nunca predomina, porque el concepto, es llegar a un fin, dinero, prebendas y poder.
    Hay muchos que trabajan con el interés de hacer un buen servicio y lo hacen de buen espíritu, no se ven, pasan sin ser percibidos, para ellos eso no importa porque están cumpliendo por su amor, honor y dignidad.

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