Crónicas oficinescas: Sálvese quien pueda


Naufragio, Goya

No me lo contaron. Yo lo viví. Llegado el día me senté en aquel escritorio rodeado de libros y justo cuando creía estar más despierto, comencé a padecer de somnolencia prolongada. No pasó mucho tiempo hasta que se hicieron frecuentes todo tipo de sueños intranquilos. Supongo que cualquiera podía darse cuenta de lo rodeado que estaba. Pero qué van a saber los cualquiera. Yo me sentía a buen resguardo en mi trinchera de ideas. Ideas, ideas, ideas. Vamos a estar claros: no todos pueden tenerlas. Para claridad, mi oficina atiborrada de libros. El sol pega primero en un piso veinticinco. Después recuerda su deber de alumbrar a los que deambulan por las calles. Qué pequeñas se veían las gentes, allá, por las avenidas Bolívar, Sucre o San Martín. Para sacudirme la modorra, me arrastraba hasta la oficina contigua y me instalaba a firmar papeles. Cuando me vencía el cansancio, volvía con mis libros. Seamos honestos: ¿quién no acude a sus libros salvavidas en medio de una tormenta? Y vaya que son días tormentosos. Sí, los hombres de la cultura adoramos las metáforas. Nos permiten decir las cosas de manera que cualquiera entienda. Entonces, una catástrofe. Un barco que se hunde. No había nadie que golpeara el timón. Todos ahogados, menos yo, que me cansé de advertirlo: ¡Sálvese quien pueda! Cuando desperté, desparramado sobre la silla, la cabeza hacia atrás, extremidades extendidas, la boca abierta, cual sobreviviente de naufragio, me incorporé lentamente. El dolor punzante a la altura de la nuca delataba horas de mala postura. Sorbí un poco de café frío. Tomé agua tibia. Caminé hacia la puerta, salí de la oficina. Antes de cerrar, me aseguré de pasar el seguro, y en ese gesto era como si intentara que todos fuéramos salvos. Bajé hasta la calle. Caminé, todavía con el recuerdo vivo de aquella pesadilla. Y pensé en los burócratas que se creen intelectuales, y en los intelectuales que actúan como burócratas; en esa fe ciega que los distingue, y que les hace creer que son los únicos capaces de advertir y, también, sobrevivir a todas las tragedias. Y aborrecí de ellos.

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