Inventar la democracia, subvertir el capitalismo global


Congreso Internacional Inventar la Democracia

Una revolución debe plantearse de manera permanente multiplicar los sujetos y lugares de enunciación. De hecho, es muy difícil concebir una revolución sin un cuestionamiento radical del orden de las jerarquías, sin una impugnación de las posiciones de poder asociadas a ciertas formas de saber.

Existe, por ejemplo, un cierto saber (unas lecturas canónicas, unos fundamentos, unos conceptos elementales) asociado a la cultura política de la izquierda más tradicional, así como un saber-hacer de la militancia política (una forma más o menos clientelar de sumar adeptos, vinculada estrechamente con el hábito del sectarismo), que durante algún tiempo permitió a sus portadores ejercer determinadas posiciones de poder: autoerigirse en la “vanguardia” de los pueblos, actuar como agentes civilizadores de las masas bárbaras, dar clases en la universidad, dirigir una institución cultural, aunque siempre en franca minusvalía respecto de los partidos de la derecha tradicional y la influencia de su cultura política, etc.

Este monopolio en el ejercicio de la política (con sus agentes a la derecha y a la izquierda del espectro político), estas relaciones de saber-poder, es lo que subvierte y democratiza radicalmente el chavismo: desde entonces, difícilmente algún actor puede reclamar el monopolio del saber-poder político, precisamente porque ese saber-poder tiende a producirse y ejercerse de manera colectiva, o al menos la revolución bolivariana sigue reclamando esta posibilidad como parte constitutiva de su horizonte.

El eventual desconocimiento de este fenómeno histórico equivale a desconocer el origen de la fuerza del proceso bolivariano. Cualquier tentativa de “retorno” de la vieja cultura política, del signo que sea, implica la negación de hecho de aquel impulso subversivo inicial del chavismo.

¿Qué hacer para que no se produzca tal desconocimiento? De nuevo: no dejar de multiplicar los sujetos y lugares de enunciación, crear las condiciones para que emerjan estos lugares y sujetos, alimentarnos de su vitalidad para que la revolución no envejezca prematuramente.

Chávez era un maestro en estas lides, y tal vez el esfuerzo de mayor alcance estratégico, su mayor apuesta de multiplicación de espacios para el común, fue la creación de los consejos comunales y, luego, como sabemos bien, de las Comunas. Es la misma apuesta estratégica de Nicolás Maduro cuando plantea crear los Consejos Presidenciales de Gobierno Popular.

Guardando las distancias (se trata sin duda de una iniciativa más bien modesta), esa es la apuesta política del Congreso Internacional “Inventar la democracia del siglo XXI. Derechos humanos, cultura y vivir bien”: aportar a la construcción de un espacio donde se exprese, más allá de nuestra intelectualidad, el “intelectual colectivo”. Tal ha sido, es justo reconocerlo, una exigencia reiterada de nuestros intelectuales más lúcidos: superar los formatos tradicionales de discusión (extenuantes jornadas que culminan, invariablemente, en el acto declarativo), y avanzar en la creación de espacios con mayor eficacia política.

“Inventar la democracia del siglo XXI” convoca a intelectuales, activistas de derechos humanos, militantes del movimiento popular, científicos y artistas, al debate público sobre una agenda que, consideramos, contiene muchos de los asuntos que tendrían que estar discutiendo todas las sociedades del planeta en este momento histórico: 1) soberanía, ciencia y tecnología; 2) educación liberadora: revolución del conocimiento; 3) cultura, comunicación y prácticas simbólicas; 4) economía para la vida; 5) ciudades en disputa: entre el capital y la gente; y 6) antiimperialismo, multipolaridad y relaciones Sur-Sur.

De la misma manera que, como tanto se ha insistido en estos años de revolución, el debate sobre la economía no puede ser monopolio de los economistas, ningún sujeto puede ser excluido de la discusión sobre cualquiera de los problemas fundamentales de nuestra sociedad. Esto no implica, por cierto, menospreciar la importancia de los saberes específicos, pongamos por caso, de arquitectos, geógrafos o ingenieros en una discusión sobre la ciudad, sino valorar la importancia de la participación de los movimientos de motorizados o de las comunidades de “pioneros” partidarios de la autogestión popular.

Pero además, ¿acaso nuestros científicos, a los que difícilmente reconocemos como sujetos políticos, no tendrán aportes significativos que hacer en el debate sobre la guerra económica, entre tantos otros? ¿Quién decidió que la actitud de nuestros artistas debe ser la contemplación, o que el lugar de nuestros músicos o poetas debe ser la tarima y su función hacer de teloneros de los discursos centrales? ¿Cómo dejar por fuera el extraordinario aporte de nuestros activistas de derechos humanos, curtidos en el intenso proceso de democratización de la sociedad venezolana?

A otra escala, ¿por qué renunciar a debatir sobre lo que significa la democracia en estos tiempos? En estos asuntos debemos estar siempre un paso adelante. Agregaríamos: una sociedad que se ha planteado el desafío de construir el socialismo, que se reconoce en la tradición de luchas anticapitalistas, está en la obligación de plantear la discusión sobre la democracia, justamente porque para nosotros ella no está reñida con el socialismo. Hacer lo contrario, actuar a la defensiva, es resignarnos a ocupar el lugar que nos tienen reservados los guardianes del capitalismo global: el de tiranías antidemocráticas violadoras de los derechos humanos.

Ese orden de jerarquías del capitalismo global también debemos subvertirlo. Con más democracia. Porque como aprendimos de viejas luchas, el triunfo de la democracia bolivariana pasa necesariamente por la democratización radical a escala global, por el triunfo de las mayorías populares en todo el mundo, por la derrota de las fuerzas del capital.

En tiempos como los que corren, con nuestro planeta amenazado por un orden depredador, lo peor que podemos hacer es dar por sentado la democracia. Lo que corresponde es inventarla. Consolidando una nueva cultura política. Lo contrario es equivocarnos.

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4 comentarios

  1. […] Por Reinaldo Iturriza Una revolución debe plantearse de manera permanente multiplicar los sujetos y lugares de enunciación. De hecho, es muy difícil concebir una revolución sin un cuestionamiento radical del orden de las jerarquías, sin una impugnación de las posiciones de poder asociadas a ciertas formas de saber. Existe, por ejemplo, un cierto saber (unas lecturas canónicas, unos fundamentos, unos conceptos elementales) asociado a la cultura política de la izquierda más tradicional, así como un saber-hacer de la militancia política (una forma más o menos clientelar de sumar adeptos, vinculada estrechamente con el hábito del sectarismo), que durante algún tiempo permitió a sus portadores ejercer determinadas posiciones de poder: autoerigirse en la “vanguardia” de los pueblos, actuar como agentes civilizadores de las masas bárbaras, dar clases en la universidad, dirigir una institución cultural, aunque siempre en franca minusvalía respecto de los partidos de la derecha tradicional y la influencia de su cultura política, etc. Este monopolio en el ejercicio de la política (con sus agentes a la derecha y a la izquierda del espectro político), estas relaciones de saber-poder, es lo que subvierte y democratiza radicalmente el chavismo: desde entonces, difícilmente algún actor puede reclamar el monopolio del saber-poder político, precisamente porque ese saber-poder tiende a producirse y ejercerse de manera colectiva, o al menos la revolución bolivariana sigue reclamando esta posibilidad como parte constitutiva de su horizonte. El eventual desconocimiento de este fenómeno histórico equivale a desconocer el origen de la fuerza del proceso bolivariano. Cualquier tentativa de “retorno” de la vieja cultura política, del signo que sea, implica la negación de hecho de aquel impulso subversivo inicial del chavismo. ¿Qué hacer para que no se produzca tal desconocimiento? De nuevo: no dejar de multiplicar los sujetos y lugares de enunciación, crear las condiciones para que emerjan estos lugares y sujetos, alimentarnos de su vitalidad para que la revolución no envejezca prematuramente. Chávez era un maestro en estas lides, y tal vez el esfuerzo de mayor alcance estratégico, su mayor apuesta de multiplicación de espacios para el común, fue la creación de los consejos comunales y, luego, como sabemos bien, de las Comunas. Es la misma apuesta estratégica de Nicolás Maduro cuando plantea crear los Consejos Presidenciales de Gobierno Popular. Guardando las distancias (se trata sin duda de una iniciativa más bien modesta), esa es la apuesta política del Congreso Internacional “Inventar la democracia del siglo XXI. Derechos humanos, cultura y vivir bien”: aportar a la construcción de un espacio donde se exprese, más allá de nuestra intelectualidad, el “intelectual colectivo”. Tal ha sido, es justo reconocerlo, una exigencia reiterada de nuestros intelectuales más lúcidos: superar los formatos tradicionales de discusión (extenuantes jornadas que culminan, invariablemente, en el acto declarativo), y avanzar en la creación de espacios con mayor eficacia política. “Inventar la democracia del siglo XXI” convoca a intelectuales, activistas de derechos humanos, militantes del movimiento popular, científicos y artistas, al debate público sobre una agenda que, consideramos, contiene muchos de los asuntos que tendrían que estar discutiendo todas las sociedades del planeta en este momento histórico: 1) soberanía, ciencia y tecnología; 2) educación liberadora: revolución del conocimiento; 3) cultura, comunicación y prácticas simbólicas; 4) economía para la vida; 5) ciudades en disputa: entre el capital y la gente; y 6) antiimperialismo, multipolaridad y relaciones Sur-Sur. De la misma manera que, como tanto se ha insistido en estos años de revolución, el debate sobre la economía no puede ser monopolio de los economistas, ningún sujeto puede ser excluido de la discusión sobre cualquiera de los problemas fundamentales de nuestra sociedad. Esto no implica, por cierto, menospreciar la importancia de los saberes específicos, pongamos por caso, de arquitectos, geógrafos o ingenieros en una discusión sobre la ciudad, sino valorar la importancia de la participación de los movimientos de motorizados o de las comunidades de “pioneros” partidarios de la autogestión popular. Pero además, ¿acaso nuestros científicos, a los que difícilmente reconocemos como sujetos políticos, no tendrán aportes significativos que hacer en el debate sobre la guerra económica, entre tantos otros? ¿Quién decidió que la actitud de nuestros artistas debe ser la contemplación, o que el lugar de nuestros músicos o poetas debe ser la tarima y su función hacer de teloneros de los discursos centrales? ¿Cómo dejar por fuera el extraordinario aporte de nuestros activistas de derechos humanos, curtidos en el intenso proceso de democratización de la sociedad venezolana? A otra escala, ¿por qué renunciar a debatir sobre lo que significa la democracia en estos tiempos? En estos asuntos debemos estar siempre un paso adelante. Agregaríamos: una sociedad que se ha planteado el desafío de construir el socialismo, que se reconoce en la tradición de luchas anticapitalistas, está en la obligación de plantear la discusión sobre la democracia, justamente porque para nosotros ella no está reñida con el socialismo. Hacer lo contrario, actuar a la defensiva, es resignarnos a ocupar el lugar que nos tienen reservados los guardianes del capitalismo global: el de tiranías antidemocráticas violadoras de los derechos humanos. Ese orden de jerarquías del capitalismo global también debemos subvertirlo. Con más democracia. Porque como aprendimos de viejas luchas, el triunfo de la democracia bolivariana pasa necesariamente por la democratización radical a escala global, por el triunfo de las mayorías populares en todo el mundo, por la derrota de las fuerzas del capital. En tiempos como los que corren, con nuestro planeta amenazado por un orden depredador, lo peor que podemos hacer es dar por sentado la democracia. Lo que corresponde es inventarla. Consolidando una nueva cultura política. Lo contrario es equivocarnos. Fuente: https://elotrosaberypoder.wordpress.com/2015/05/23/inventar-la-democracia-subvertir-el-capitalismo-g… […]

  2. […] Una revolución debe plantearse de manera permanente multiplicar los sujetos y lugares de enunciación. De hecho, es muy difícil concebir una revolución sin un cuestionamiento radical del orden de las jerarquías, sin una impugnación de las posiciones de poder asociadas a ciertas formas de saber. Existe, por ejemplo, un cierto saber (unas lecturas canónicas, unos fundamentos, unos conceptos elementales) asociado a la cultura política de la izquierda más tradicional, así como un saber-hacer de la militancia política (una forma más o menos clientelar de sumar adeptos, vinculada estrechamente con el hábito del sectarismo), que durante algún tiempo permitió a sus portadores ejercer determinadas posiciones de poder: autoerigirse en la “vanguardia” de los pueblos, actuar como agentes civilizadores de las masas bárbaras, dar clases en la universidad, dirigir una institución cultural, aunque siempre en franca minusvalía respecto de los partidos de la derecha tradicional y la influencia de su cultura política, etc. Compartir: Autor: Reinaldo Iturriza, blog Saber y Poder […]

  3. Prensa Alternativa y Comunitaria EL NEGRERO (VENEZUELA) · · Responder

    La visibilización, el reconocimiento y la dignificación de los seres humanos inteligente que salieron de África, desarraigados y sin identidad por los propios africanos y sus implicaciones en este siglo, se ha convertido en un reto de múltiples actores que desde sus roles permean los mundos sociales para demostrar esta pluri-étnicidad latente, diversidad infinita que ha sido ensombrecida por procesos sistemáticos de violencia, discriminación, pobreza, racismo, segregación, exclusión etc. Sin embargo, en los procesos de reconstrucción de nuestra historia, hemos notados que no hemos sidos reivindicados porque existe en Venezuela la discriminación política, a pesar de que hay nuevos espacios, que dan cuenta de la importancia nuestros orígenes que nos permiten mantener vigente todo un legado ancestral y cultural dejada por nuestros epónimos negros en América y Europa.

    No podemos decir, que hemos tenido logros en términos legales, territoriales, culturales y políticos en la Venezuela de hoy, pero el trabajo continúa y aunque falta mucho por lograr…,continuamos trabajando para avanzar en ello, es por esto que construir este diálogo abierto, como una especie de plataforma, pensada para vislumbrar a través de sus amplios contenidos a los sujetos venezolanos que poseen una piel negra, como objeto de derechos político, o como sujeto activos, protagonistas en pie de lucha por el reconocimiento, auto-reconocimiento y la salvaguarda de una cultura en riesgo de ser olvidada y que está siendo olvidada por el gobierno bolivariano.

    Por otra parte, debemos pretender en lo posible, que todos los procesos y actividades que se realicen a nivel de país, que se reconozcan nuestra participación en la gesta libertaria que independizó a Venezuela y el esfuerzo hecho por nuestros epónimos negros, así nuestras costumbres, y todas las prácticas tradicionales y culturales que nos destacan y que todos nos empoderemos de este maravilloso legado que se origina en América, pero que se mantiene vivo en el mundo. Es por ello, que aspiramos ser un espacio de denuncia pública de acciones y/o situaciones que afecten negativamente a nuestra gente negra; compartir tendencias y posturas teóricas, que nos permitan nuestra visibilización de forma asertiva, porque el término negro nos reivindicó, porque esos seres humanos lograron superar tal situación y pasaron a pasar parte de las culturas del mundo y en el que podemos dejar a un lado, que gracias al desprecio, al acto cruel de los africanos de intercambiar a su propia gente, tenemos esta apreciación, la cual es clara y evidente. Por tal razón tenemos que sentirnos orgullo de nuestra herencia negra y es lo que tenemos que enarbolar y poner en la balanza, a la hora de asumir posición.
    Es cierto esa afirmación. Una cosa es hablar de negros y otra de africanos. Lo que estamos sosteniendo ya es un debate que lo venimos reivindicando en el mundo. Como te dije en el comentario…., de África salieron negros y negras, no salieron africanos, ni africanos, porque sus formas elementales de la vida religiosa, se lo prohibían y para ello se buscó un subterfugio cultural para poder hacerlo y por ello les impusieron el termino negro o negra para no reconocerlos como africanos o africanas y se convirtieron en gestores o en los encargados de cazarlos e intercambiarlos, Ello implicó y nos llevó a la matriz, después de mucha lectura y análisis…, “que si la participación de los africanos que desarraigaban a su propia gente jamás se hubiese dado el intercambio de seres vivos inteligentes” (que tú llamas Trata Negrera). En ningún momento, he dicho que no han tenido identidad original, pero una cosa es tenerla y otra que se te reconozca y más en un sistema tan cerrado como el de las culturas africanas. Son dos situaciones distintas que hay que verlas con mucho cuidado. Por ejemplo…, es muy evidente el caso de los asientos en África, controlados por los mismo africanos, puesto que la caza de negros y negras se convirtió en un oficio muy lucrativo para complacer a la aristocracia Tribual, la cual gozaba dentro de su entorno de poderes especiales considerados como supremos. Porque pienso…., y afirmo que es imposible que un puñado de europeos llegaron por el mar, muertos de hambre a un continente desconocido, diferente al de ellos, inhóspito por diferente tipo de fauna y flora, donde las enfermedades tropicales hacía la suyas en cuerpos que no estaban adaptadas a tal realidad natural, en el que el toque con cualquier animal, ponía en peligro la expedición; porque lo que estaba en juego, era el sistema feudal en tránsito hacia el capitalismo y los europeos necesitaban acumular originariamente. Por otro lado, es incalculable la población que en contra de su voluntad, salieron de áfrica mediante un proceso de desarraigo (donde no podemos hablar de venta, sino de intercambio, porque la venta se dio en tierras europeas y americanas) y convertidos en piezas de ébano o en negro, porque casualmente estos apelativo significan oscuridad, lo malo, etc., mientras lo blanco, la claridad lo bueno. Pienso que nosotros que somos descendientes de los desarraigados y tratados como negros y negras, debemos fortalecer la cultura negra en el mundo, a esos epónimos que dieron su vida, existencia por darnos identidad, nacionalidad y que cada día, nos están pidiendo en silencio desde otras esferas que se da en los sagrados, su vindicación, como seres humanos inteligentes capaces de crear un mundo totalmente diferente…, porque la cultura negra es eso…, una muestra que nos debe llevar a elevar la reflexión, que implica, un mundo donde todos podamos vivir en paz, en base al desarrollo de las potencialidades

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