Derecho al silencio


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Es preciso no confundir rutina con constancia. Una cosa es estar presente todo el tiempo y otra muy distinta es tener algo que decir. Es propio de las almas rutinarias, invadidas por el agobio, reclamarnos nuestra falta de compromiso. Que ellos se mantienen ocupados, nos dicen, mientras nosotros hacemos fiesta, mientras amamos, divagamos, reposamos, jugamos, como si amarse, divagar, reposar o jugar fueran pecado. Como si la revolución tuviera que estar reñida con la fiesta.

Se creen intocables porque permanecen ocupados.

Si al caso vamos, lo que tendríamos que juzgar severamente es la rutina.

Estamos perdidos si nos creemos el cuento de que pensar es igual a transmitir la propaganda oficial. Si ella es un mal necesario, imprescindible es pensar. Utilizar la cabeza para algo distinto a repetir. Sacudir nuestras mentes, ampliar nuestros horizontes. Esto último nos garantiza algo vital: seguir teniendo un horizonte de cambios. Repetir es conducirnos por inercia.

No permitamos que la jerga grisácea y estanca de la propaganda se apodere de nosotros, incluso si eventualmente tenemos que asumir la función de propagandista. Si vamos a decir algo, intentemos que sea algo digno de ser escuchado. Igual vale para quienes escribimos.

Por lo demás, tendríamos que reclamar nuestro derecho a no escuchar, de la misma manera que algunos nos harían un favor ejerciendo su derecho de callar. Una vez que hemos tomado la palabra, no está de más permitirnos momentos para guardar silencio.

Recién he descubierto que el silencio también puede estar asociado a la dignidad. Me ha sucedido que me he visto repitiendo una y otra vez las mismas ideas, sin nada nuevo que aportar. He decidido parar y no abusar de la confianza, y mucho menos de la inteligencia, de mis eventuales lectores.

Hoy puedo decir que existe algo llamado derecho al silencio.

Hace unos días les contaba a Adriana y a Doris que para mí la revolución bolivariana había significado un intenso y a veces doloroso proceso de desaprendizaje: en algún momento entendí que no entendía nada, y que me correspondía comenzar a aprender de ese pueblo que se había apoderado de las calles. Para entender había que callar. Había que saber escuchar al pueblo chavista, ese gran maestro.

El mismo Chávez, que irrumpió en la política con un brevísimo y memorable discurso una madrugada de febrero de 1992, y que tantos discursos se ha largado desde entonces, lo entendió muy pronto: más que hablar, se trataba de escuchar. Sólo el que escucha puede decir la palabra justa. Más allá de esta verdad indiscutible lo que hay es aprendices de políticos. Explicadores que confunden. Representantes que sólo se representan a sí mismos.

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4 comentarios

  1. Víctor Manuel Quintero · · Responder

    Quizas eso es lo que ha pasado en nuestra Revolución, todos quieren hablar y muy pocos escuchar y eso sucede desde arriba para abajo, conclusión CONFUSIÓN. Para mi no se si estoy equivocado, para hablar: estudiar, pensar, comprender, analizar, concluir y exponer en forma explicita y concreta. Para escuchar: Disposición, interes, atención, comprensión y analisis. Así es lo hago y me ha ido bien en lo poco que he aprendido. Siga que la lucha apenas está empezando, para que el pueblo llegue a una verdadera ideologia de algo como La Revolución, la emoción es un completmento, pero la verdadera esencia de lo que verdad se quiere falta mucho. Tenemos que sacarnos de nuestro interior lo que nos metieron, enseñaron y comprimieron en nuestro cerebro, burguesía y materialismo, unos tratan de hacerlo, otros les es dificil y la mayoria vive feliz así, pero estoy seguro que triunfaremos porque somos vencedores y tenemos un ideal, TRIUNFAR. Gracias.

  2. Luis Duno-Gottberg · · Responder

    Extraordinaria reflexión Reinaldo.
    La idea de un “derecho al silencio” que se basa no en la indiferencia ni el oportunismo, sino en la pausa digna (para meditar, aprender, sopesar y festejar) me parece poderosa. Y lo es sobretodo frente a otro punto que tu mismo haces, al referirte a los “explicadores que confunden”…. Eso marca distancia frente a esos que yo mismo describo como vociferantes cuyo artilugio es lucir ocupados y deslumbrar por locuaces. Asimismo, marca distancia frente al burocratismo moralista que no alcanza a pensar más allá de la seguridad gris del escritorio y la retahíla “formuláica”…
    Agradecido siempre de leerte y celebrar alejados de los espíritus tristes…
    L

  3. Verónica · · Responder

    Reinaldo…me entusiasma tu artículo. Tu silencio compartido y cómplice involucra. Guardas silencio y lo comunicas en un estado de participación y transparencia que inspira. Gracias por alimentar este blog.
    Un abrazo! Sludos a tu linda familia.
    Verónica

  4. Lo dije por otro medio y lo repito por aquí: para nosotros, el pueblo trabajador, es motivo de alegría que alguien tan serio como tú esté en la Junta Directiva de VTV. Y precisamente no porque seas nuestro representante o nuestro explicador, sino porque has entendido lo que sentimos y pensamos, pero no siempre sabemos decir. Tú lo pones magníficamente bien en tus, La razón es sencilla o al menos eso me parece: tú eres uno de los nuestros. Sigue así camarada.

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