No juntarse con la chusma


Arriba: Doña Florinda enamorada. Abajo: Doña Florinda dirigiéndose a la chusma.

La pieza de propaganda más hilarante que he leído en mucho tiempo fue escrita por Joseph Poliszuk, y fue publicada en el diario El Universal el domingo 19 de febrero de 2012, es decir, exactamente una semana después de las primarias opositoras. 


La nota, titulada El candidato del equilibrio, un empalagoso alegato en favor de las pretendidas virtudes del gobernador Capriles, deja deslizar un dato demostradamente falso, pero al que el antichavismo recurre con frecuencia cuando la intención es reforzar el mensaje de que Chávez es un tirano rabioso: “Aunque nunca quedó claro si el teniente coronel Hugo Chávez realmente habló de ‘freír las cabezas de los adecos en aceite’, buena parte de su base entonó los cantos de venganza que venía anunciando desde 1992”.

Chávez, en efecto, jamás pronunció esas palabras, tal y como lo reconoció en su momento el correspondiente imitador. Pero se trata, por supuesto, de sembrar la duda (una vez más) o apostarle a la desmemoria. A veces, simplemente, de escribir lo que el público consumidor reclutado entre la “gente decente” desea creer. Como aquello de que para nosotros, los chavistas, participar en política es equivalente a entonar “cantos de venganza”.

Además, la nota de Poliszuk vuelve sobre una idea-fuerza cara al “pensamiento” antichavista: aquella según la cual Chávez y el chavismo son sinónimos de “emoción”, en contraste con la “razón” que encarnaría el gobernador Capriles. No obstante, y como la sola idea de un candidato sin carisma es un total contrasentido, el periodista se apresura a aclarar: esto “no quiere decir que Capriles no transmita sentimientos”. Simplemente transmite los adecuados.

Así, a diferencia de Chávez, que, según cuenta la leyenda antichavista, ya una vez amenazó con freírle la cabeza a los adecos, el gobernador Capriles es uno que “evita la confrontación” y transmite “seguridad”. Agrega: “el gobernador ha evolucionado como el país”. Para demostrarlo, recuerda que cuando se lanzó como candidato a la Alcaldía de Baruta empleó la consigna: “Cero tolerancia al delito”. Ahora, en cambio, nos dice que “hay un camino”.

Traducción: si para resultar electo por Baruta a Capriles le bastaba con emplear el trillado lenguaje del populismo punitivo, para optar por la Presidencia de la República está obligado a moderar el lenguaje. Sobre todo frente al chavismo.

Pero en su empeño por pintarle esa imagen de candidato que no confronta, al propagandista se le va la mano. Y de qué manera: “La única vez que Capriles se cayó a golpes fue en una riña de estudiantes de sexto grado de la que ni siquiera salió bien parado”. Sí, leyó bien: una sola vez y además perdió.

Realmente importa poco si el gobernador Capriles, ese “muchacho de jeans, con la franela por fuera”, según Roberto Giusti, siempre fue tan bobo. Esto está infinitamente lejos de ser un asunto personal.

Esa imagen que pretende vendernos el omnipresente aparato propagandístico detrás de Capriles, de candidato que no confronta, porque a diferencia de Chávez es un muchacho “racional”, porque jamás ha creído en la violencia, dice mucho de la imagen que el antichavismo tiene del pueblo venezolano. Del pueblo de abajo.

Si hubiera que ilustrar el punto, sólo basta recordar una escena que vimos decenas, acaso centenares de veces, quienes crecimos sintonizando El Chavo del Ocho (unos porque realmente les gustaba, otros porque entonces no existían muchas alternativas), el inolvidable programa mexicano. ¿Quién no recuerda a Doña Florinda, soberbia y mala pobre, diciéndole a su hijo: “Vámonos Quico, no te juntes con esta chusma”, justo después de propinarle sonora cachetada a Don Ramón?

Exactamente así es como actúan los asesores y propagandistas del gobernador Capriles: como Doña Florinda. La soberbia les sobra, está claro, aunque de malos pobres no tienen nada. El dinero fluye a borbotones. 


Soberbia que se expresa en ese permanente tufillo a superioridad que le impide “rebajarse” a responder los ataques despiadados que le profiere el candidato de la sinrazón. La misma soberbia que lo obliga a referirse permanentemente a diálogos imaginarios con gente del pueblo, que jamás presenciamos, de los que nunca conocemos señas ni detalles, gentuza sin nombre y mucho menos apellido. Soberbia cuando le desea “larga vida” a Chávez, pero luego lo acusa de haberse alejado de las calles, de gobernar desde las pantallas de televisión.

Soberbia de candidato que no confronta con chusma, y que si tiene que extenderle la mano, “casa por casa”, es porque en tiempos de elecciones hay que desfilar por el vecindario.

Es Quico candidato.

Sus asesores, cual Doña Florinda, le dicen que no vale la pena; le susurran al oído que el secreto consiste en no confrontar a Chávez. Que no lo merece. Que los pequeños como Chávez se engrandecen cuando los gigantes como Capriles tratan de igual a la chusma. Que el error ha consistido, todos estos años, en no respetar este sagrado orden de jerarquías.

Siempre hallarán una forma de subestimarnos.

Muy ingeniosos asesores de Capriles, va este dato invaluable: la única forma de derrotar a Chávez es confrontándolo. En su terreno, que no quiere decir copiar a Chávez. Con firmeza, audacia, carácter, inteligencia. No hay otra opción. Escurrir el bulto, mirar por encima del hombro, hacerse el distraído, es más bien cosa de cobardes, de niños malcriados.

En el fondo, sospecho, ustedes lo saben. Pero el dinero fluye a borbotones.

¿Será por eso que Quico ha corrido a buscar asesoría con los paramilitares? ¿O fueron ustedes mismos, genios, quienes se lo recomendaron?

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