Doce años


La noche del 6 de diciembre de 1998, conocidos los resultados de las elecciones presidenciales, fui testigo y partícipe de una de las demostraciones de júbilo popular más impresionantes que me haya tocado vivir. Era una mezcla de satisfacción y sorpresa: supongo que muchos sospechábamos que la vieja partidocracia recurriría a cualquier trampa para impedir la victoria de Chávez. Hacía mucho que habíamos dejado de creer en los políticos, en los partidos. El zambo vendría a saldar cuentas con todo aquello, o al menos eso era lo que encarnaba entonces. Pero además, sorpresa porque, con la fiesta colectiva, vino el descubrimiento, el reconocimiento igualmente colectivo de que no éramos pocos. En última instancia, comenzábamos a tener la certeza de que habíamos reunido la suficiente fuerza como para derrotar a los viejos partidos.

Entonces vivíamos alquilados en Residencias Tiuna, en Los Teques, justo al lado de los bloques de El Encanto. Recuerdo claramente que se hablaba poco de política, lo que es mucho decir de una ciudad en permanente estado pre-insurreccional durante los primeros noventa. Mucha rebeldía popular, mucha sangre, muerte y represión salvaje recorrieron y salpicaron esas calles. La política casi había desaparecido del espacio público, no sólo por hastío o desinterés, sino también por miedo. Teníamos el miedo metido en el cuerpo.

Recuerdo también que el hartazgo popular llegó a extremos insospechados cuando el entonces candidato presidencial de Acción Democrática, Luis Alfaro Ucero, incurrió en un acto del mayor cinismo: pretendió pedirle perdón al pueblo venezolano, por los errores cometidos durante décadas. La respuesta, en las calles, en las camioneticas, no se hizo esperar, y osciló entre la burla y la rabia. ¿Ahora sí van a pedir perdón? Comenzaba a romperse el silencio.

Por último, recuerdo un episodio que presencié muy pocos días después de la victoria de Chávez, sólo en apariencia insignificante: iba en camionetica, por Cabotaje, ya cerca de la casa, cuando se montó un tipo con boina roja. “¿Me da la cola compatriota?”, le preguntó al camionetero. El compatriota le dio la cola. Es posible que el tipo de la boina roja no tuviera para pagar el pasaje, como me ha pasado a mí y le ha pasado a usted. Pero es imposible saberlo: simplemente no creyó necesario ofrecer explicación alguna. Quizá pensó que bastaba con llevar boina roja y emplear la palabra de moda.

A propósito de estos doce años de revolución bolivariana, es preciso recordarlo: hay mucho “compatriota” que se disfraza de rojo para no tener que pagar pasaje, o para pagar y darse el vuelto. Cuidado: hace mucho que no les tenemos miedo.

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